Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La sorpresa de mis amigas escondía algo que no esperaba

Hacía meses que no veía a Marina y a Patricia, así que cuando aparecieron en mi puerta con tres botellas de vino y esa sonrisa que ya conozco demasiado bien, supe que la noche no iba a ser tranquila. Nunca lo era con ellas. Nos sentamos en el salón, descalzas sobre el sofá, y empezamos a desenterrar viejas historias como quien abre un cajón que llevaba años cerrado.

—¿Te acuerdas de aquel verano en Mykonos? —dijo Marina, balanceando la copa—. Cuando creíamos que se podía vivir solo de vino, sol y promesas baratas.

—Mi hígado todavía no me lo perdona —contesté.

Patricia se rió con esa risa ronca suya y me apretó el brazo.

—Sin contar al pescador que juraba ser nieto de Neptuno. Estuviste a punto de casarte con él, Carla.

—Tenía un barco diminuto y un bañador todavía más diminuto —suspiré—. Y yo seguía dolida por lo de siempre.

Lo de siempre era mi exmarido. El hombre que me cambió por otra sin demasiadas explicaciones y que, cinco años después de la firma del divorcio, todavía ocupaba un rincón de mi cabeza que yo no había logrado desalojar. La casa entera era prueba de ello: demasiado grande, demasiado silenciosa, llena de objetos que ya no significaban nada.

—Basta de lamentos —cortó Marina, chocando su copa contra la mía—. Esta noche somos solo nosotras tres. Sin horarios, sin culpa, sin disculpas.

Patricia se inclinó hacia delante, los ojos brillándole con una picardía que debí haber sabido interpretar.

—Y quizá una pequeña sorpresa.

El timbre sonó justo entonces, rompiendo el calor del momento. Levanté una ceja.

—¿Qué clase de sorpresa? ¿Es ese chocolate artesanal del que Marina no para de hablar? Porque mataría por una trufa amarga ahora mismo.

Mis amigas cruzaron una mirada cómplice. Patricia se mordió el labio.

—Mucho mejor que el chocolate, cariño. Muchísimo mejor.

***

Marina se levantó y fue hasta la entrada con Patricia pegada a sus talones. Oí la puerta, un murmullo de voces, y después el aire del recibidor pareció cambiar de densidad. Cuando mi amiga reapareció, traía las mejillas encendidas. Detrás de ella, cuatro figuras salieron de la penumbra del vestíbulo.

Eran cuatro hombres altos, de hombros anchos, con camisas blancas impecables desabrochadas lo justo para insinuar lo que había debajo. La copa casi se me resbala de las manos.

—Dios mío —murmuré—. ¿Qué es esto?

—Sorpresa —canturreó Marina, abriendo los brazos—. Pensamos que te hacía falta un poco de energía en esta casa.

—Considéralo tu fiesta de divorcio —añadió Patricia, aplaudiendo—. Una fiesta muy, muy atrasada.

Me quedé mirándolos con la boca entreabierta. El primero tenía el pelo negro y unos ojos azules que parecían saber exactamente el efecto que provocaban. El segundo, rubio y macizo, flexionó un brazo con un desafío juguetón. El tercero, delgado y de movimientos nerviosos, se pasó la mano por el pelo corto. El cuarto, de mandíbula dura, no hizo nada: se quedó quieto, observando, con una calma que en aquel momento me pareció timidez y que después entendería de otra manera.

El moreno dio un paso al frente. Más tarde sabría que se llamaba Darío.

—Para todas ustedes —dijo, con una voz cálida y baja—. Pero sobre todo para la anfitriona.

Hizo una pequeña reverencia teatral y los demás lo imitaron. La sorpresa se me convirtió en risa, una risa de verdad, de esas que no me salían desde hacía meses.

—Están completamente locas —les dije a mis amigas.

—No te resistas —me guiñó un ojo Marina—. Solo lo mejor para nuestra Carla.

***

El rubio, Bruno, cogió el mando y la habitación se llenó de un ritmo grave que hacía vibrar el suelo. Los cuatro se colocaron en semicírculo y empezaron a moverse, un balanceo lento de caderas que no les quitaba los ojos de encima a nadie. El vino, la conversación, los años de soledad: todo se disolvió en aquel pulso primitivo.

Bruno se desabrochó la camisa botón a botón, sin prisa, demorándose en cada uno como si la espera fuera parte del número. La tela cayó de sus hombros y dejó al descubierto un torso trabajado. Las tres soltamos el mismo jadeo a la vez, y nos reímos de nuestra propia reacción. Los otros lo siguieron, y las camisas formaron una alfombra blanca alrededor de sus pies. Bruno se llevó la mano al cinturón, lo desabrochó con un tirón seco, y el pantalón resbaló hasta enseñar un bulto grueso y duro apenas contenido por la tela negra del bóxer. Marina se relamió sin disimulo.

Sentí el calor subiéndome por el cuello, y otro calor más abajo, entre los muslos, un latido húmedo que llevaba años sin sentir con esa fuerza. Hacía mucho que no me sentía tan expuesta y tan viva al mismo tiempo, solo por mirar.

El de pelo oscuro y mirada intensa, Iván, se plantó delante de Patricia moviendo las caderas en un ritmo hipnótico. Ella le hundió las manos en el pelo, le bajó la cara hacia la suya y le mordió el labio inferior antes de dejar escapar un gemido bajo.

—Qué barbaridad de hombre —dijo, con la voz tomada, mientras la mano de él le levantaba el vestido y se le colaba entre las piernas sin pedir permiso—. Ay, sí, ahí, hijo de puta.

Marina soltó una carcajada salvaje cuando Bruno la levantó en brazos sin esfuerzo, la hizo girar y la dejó en el suelo con un gruñido juguetón, la cara a un palmo de la suya. Ella le agarró el bulto por encima del bóxer y apretó, midiéndolo con la mano.

—Cuidado con esos brazos, que me partes la espalda —protestó ella, encantada—. Y con esta polla también, joder.

—Solo si me lo pides con educación —respondió él, empujándole la mano contra la tela para que sintiera cómo crecía todavía más.

A mí me había atrapado Darío. Se movía con una fluidez que no parecía ensayada, los ojos azules clavados en los míos, retándome en silencio. Cuando se acercó, todo lo demás se volvió ruido de fondo.

—¿Lista para una función privada? —preguntó, rozándome la mandíbula con los dedos.

No supe contestar. Asentí, y eso bastó. Su mano bajó por mi cuello, por la clavícula, y se detuvo justo sobre la seda de mi túnica, sobre el pecho, apretándomelo entero en la palma. El pezón se me endureció bajo la tela y él lo notó, sonrió, y lo pellizcó entre dos dedos hasta arrancarme un jadeo.

La música se volvió más densa. Vi de reojo cómo Bruno se llevaba a Marina hacia el pasillo, las piernas de ella alrededor de su cintura, la mano de él metida por debajo del vestido agarrándole el culo desnudo, las dos risas perdiéndose por una puerta. Patricia desapareció con Iván en dirección al baño de invitados, los labios de él ya pegados a su cuello y su mano ya de rodillas empujándola contra la pared. Por un instante fuimos cuatro parejas, o casi, y la casa entera pareció contener la respiración.

***

Darío me tomó de la mano y entrelazó sus dedos con los míos.

—Vamos a algún sitio más cómodo —dijo contra mi oído—. Te voy a follar hasta que te olvides de tu propio nombre.

Lo seguí escaleras arriba, prisionera voluntaria de algo que llevaba años dormido. Mi cabeza era un remolino de vino, música y el peso de su presencia. Pero al pasar frente al despacho noté que la puerta estaba entreabierta y que de dentro salía una luz tenue que no debería estar encendida.

El despacho de mi exmarido. La habitación en la que casi no entraba desde el divorcio, llena de los objetos que él nunca se molestó en venir a buscar. Una sombra cruzó por la rendija. Sentí un escalofrío de inquietud, una grieta fría en mitad del calor.

—¿Has visto eso? —empecé a decir.

Pero Darío me apretó la muñeca, me acarició con el pulgar, y la inquietud se ahogó bajo la marea. Me llevó al dormitorio principal, lejos de aquella luz, y cerró la puerta con el pie.

Me empujó con suavidad sobre la cama y su cuerpo siguió al mío. Sus labios encontraron los míos, esta vez sin paciencia, con lengua, con dientes, con hambre. Desató el nudo de mi túnica y la seda resbaló hasta el suelo. Debajo no llevaba sujetador; llevaba unas bragas mínimas que ya estaban empapadas, y él lo comprobó pasando la mano por encima antes de nada, apretando el bulto húmedo con la palma.

—Mírate cómo estás —murmuró, con la voz espesa—. Chorreando por mí y ni siquiera te he tocado bien.

Se irguió sobre las rodillas para desnudarse. Se sacó la camisa, y luego se bajó el pantalón y el bóxer de un tirón. La polla le saltó fuera, dura, gruesa, con la vena marcada y la punta ya brillante. Se me secó la boca. Se la agarró por la base y se la pasó despacio de arriba abajo, enseñándomela.

—¿La quieres? —preguntó.

—Sí —dije, sin reconocer mi propia voz—. Dámela.

—Enséñame antes lo que es mío esta noche.

Me arranqué las bragas yo misma y abrí las piernas. Él se relamió al ver el coño depilado y brillante, con los labios ya hinchados y separados por lo mojada que estaba. Bajó la cabeza sin previo aviso y me lamió entera, de abajo arriba, con la lengua plana, y yo di un respingo tan fuerte que casi le doy con la rodilla en la mandíbula.

—Ah, joder —gemí.

Repitió el gesto, más lento, deteniéndose a chupar el clítoris entre los labios, tirando de él con la boca. Después bajó la lengua y me la metió, la sacó, volvió a meterla, follándome con la boca mientras dos dedos se colaban al mismo tiempo y me buscaban por dentro. Yo empujé las caderas contra su cara sin ningún pudor. Se me agarró de los muslos, se los echó por encima de los hombros, y me devoró como si llevara horas esperando el permiso.

—Sabes de puta madre —murmuró contra mi coño, y el vibrar de su voz me llegó hasta el ombligo.

Cuando ya no aguantaba más, cuando iba a correrme en su lengua, se apartó. Se limpió la boca con el dorso de la mano y subió, plantándome la polla mojada sobre el estómago.

—Mámamela —ordenó—. Pruébate.

Me giré en la cama y me la metí en la boca. Estaba caliente, pesada, con el sabor mezclado de él y de mí. La chupé entera, la saqué de golpe, la lamí por debajo, por la punta, jugué con los huevos con la mano libre. Él me agarró del pelo y me marcó el ritmo, empujando despacio contra el fondo de mi garganta hasta que se me saltaron las lágrimas y una hebra de saliva me colgó de la barbilla.

—Así, joder, así. Qué bien la chupas, Carla.

Me sacó de la boca de un tirón antes de correrse, me tumbó de espaldas y se colocó entre mis piernas. Se agarró la polla y la pasó por la raja abierta, arriba y abajo, mojándose bien, golpeándome el clítoris con la punta.

—Por favor —jadeé—. Métemela ya.

Cuando su mano se deslizó entre mis piernas por última vez y encontró el calor que él mismo había provocado, arqueé la espalda sin pretenderlo. Empujó, y entró de una sola vez, hasta el fondo. Grité. Me llenó tan entera que se me nubló la vista un segundo.

—Dios —susurré—. Por favor.

—Quiero oírte —dijo él, con la voz ronca—. Quiero oír cómo dices mi nombre mientras te la meto.

Lo dije. Lo dije cuando empezó a follarme en serio, con embestidas largas al principio, saliendo casi entera y volviéndose a hundir hasta chocar contra mí, y después más rápido, más corto, más brutal, con el sonido húmedo del sexo llenando la habitación. La cama crujía bajo nosotros, mis caderas buscaban las suyas, y él me agarró de las corvas y me plegó las piernas contra el pecho para llegar más adentro. Yo le clavé las uñas en los hombros.

—Darío —repetí, aferrándome a su nuca—. Darío, no pares, no pares.

—No paro, joder, no paro. Córrete en mi polla, Carla, quiero notarlo.

Me dio la vuelta sin sacármela, me puso a cuatro patas y me agarró del pelo desde atrás. Me embistió con fuerza, una, dos, tres veces, hasta que su pelvis chocaba con mi culo con un chasquido. Con la otra mano bajó y me buscó el clítoris, dibujándolo en círculos apretados mientras me seguía follando por detrás. Por un momento no fui una divorciada de casa demasiado grande: fui solo una mujer a la que alguien deseaba sin condiciones, con una polla dura clavada hasta el fondo y una boca sucia diciéndome al oído que era suya.

—Me corro —avisé, con la voz rota—. Me corro, Darío, me corro.

—Eso quiero, córrete, cerda, córrete en mi polla.

***

Y entonces, justo cuando empezaba a sentir los primeros temblores de algo enorme, cuando ya se me contraía todo por dentro alrededor de él, un estruendo seco y violento resonó al otro lado de la pared. No era música. No eran risas. Era el ruido de algo cayendo, de metal contra el suelo, demasiado fuerte para encajar en aquella noche.

Abrí los ojos de golpe. Todo mi cuerpo se tensó debajo de él, y el orgasmo se me quedó cortado a la mitad, colgando como un cable pelado.

—¿Qué pasa? —gruñó Darío, frustrado, sin sacármela—. No es nada, sigamos, joder, estabas a punto.

—No. —Me incorporé, apartándome de él, sintiendo cómo se me salía la polla con un chapoteo obsceno. El corazón me latía en la garganta—. Eso venía del despacho.

El despacho. La luz encendida. La sombra. La inquietud que había apartado volvió de golpe, helada y nítida. Salté de la cama, me cubrí con la túnica y la cabeza se me despejó como si alguien hubiera abierto una ventana.

—Será uno de los otros con tus amigas —dijo Darío, irritado, todavía con la polla dura goteando entre las piernas—. Vuelve aquí.

—No. —La voz me salió firme, casi desconocida—. Marina y Patricia están abajo. Ese ruido vino de esta planta.

Recorrí el pasillo descalza, la seda apenas cubriéndome, con los muslos todavía pegajosos, y empujé la puerta del despacho. La luz me cegó un segundo. Y ahí, arrodillado frente a la caja fuerte abierta de mi exmarido, con una bolsa a medio llenar de los relojes y las cosas de valor que él nunca vino a reclamar, estaba el cuarto hombre. El callado. El que no había bailado para nadie. El que se había escabullido en cuanto las luces bajaron.

Mateo, lo llamaban los otros. Pero estoy segura de que ese tampoco era su nombre.

***

Confieso que lo más extraño de aquella noche no fue el susto, ni los gritos, ni la vergüenza de plantarme en mitad de mi propia casa medio desnuda, con la marca de la polla de un desconocido todavía entre las piernas, llamando a la policía mientras tres hombres a medio vestir intentaban explicar que ellos no sabían nada. Confieso que ni siquiera fue descubrir que la agencia de mis amigas era una tapadera, y que el regalo de mi divorcio había sido también la excusa perfecta para entrar a robar.

Lo más extraño fue darme cuenta, a la mañana siguiente, sentada en la cocina con Marina y Patricia muertas de culpa por haber contratado a quien no debían, de que no echaba de menos lo que aquel ladrón había metido en su bolsa. Eran relojes de mi ex, regalos de mi ex, fantasmas de mi ex. Que se los quedara.

Lo que sí me llevé yo de aquella noche fue otra cosa: el recuerdo de que, durante un puñado de minutos, alguien me hizo sentir deseada de nuevo, follada de verdad, y de que fui capaz de levantarme de esa cama y defender mi casa con la cabeza fría cuando hizo falta. Resultó que no estaba tan rota como creía. Resultó que esa casa demasiado grande, por fin, era solo mía.

Marina jura que jamás volverá a contratar nada por internet. Patricia se ríe cada vez que lo cuenta. Y yo, que durante cinco años no había sabido pasar página, descubrí que a veces hace falta un desconocido en la oscuridad —y un susto de muerte— para entender que ya estabas lista para empezar de cero.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(8)

LaraM91

Dios mio que buenazo!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar

Santi_Rdz

Por favor necesito una segunda parte, no podes dejarnos asi...

Peluso_78

Jaja me hizo acordar a una vez que unos amigos me armaron algo parecido. No termino tan bien como aca pero me rei un monton recordandolo.

Karen0910

Cómo lo tomaste tan tranquila al principio?? yo me hubiera muerto de la sorpresa jajaj

MarcosNocturno

Muy bien escrito, con un ritmo que te atrapa. Ese detalle de dejar de pensar en el ex... perfecto. Eso si que se llama un giro inesperado.

Tito_BA

tremenda sorpresa la de las amigas jaja, ojala todas fueran asi

RocioLec

Me gusto mucho la forma en que esta contado, se nota que es una confesion real porque tiene esos detalles que solo una persona que lo vivio podria saber. Espero que publiques mas, tienes talento para esto.

FerLector22

Increible el final, no me lo esperaba para nada. Sigue subiendo relatos!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.