La despedida de Romina en el baño de la emisora
Con Romina nos veníamos acostando desde hacía meses, casi siempre en el estudio chico de la emisora o en la pieza de la pensión donde ella paraba. Mucho sexo y nada más que eso. Ninguno de los dos pidió nunca otra cosa, y por eso funcionaba. Hasta que una tarde, mientras se vestía de espaldas a mí, me soltó la noticia sin darse vuelta: se iba.
Como tanta gente del interior, había decidido probar suerte lejos. Tenía contactos para entrar en una radio grande de la capital y, de paso, anotarse en el instituto de locutores. Me alegré por ella, de verdad. Era joven, tenía una voz que enamoraba detrás del micrófono y, si le ponía empeño, iba a tener futuro. Lo que no le dije fue que la idea de no volver a tenerla me apretaba el pecho de una manera que no me esperaba.
—Me voy el viernes a la noche —me avisó—. Pero el jueves paso por la radio a saludar a todos. Justo es tu turno.
Y así fue. El jueves a las cinco de la tarde, en el momento de mayor movimiento, cuando la emisora era un hervidero, ella apareció. Productores entrando y saliendo, locutores repasando guiones, operadores corriendo de una consola a la otra, periodistas pegados al teléfono. Ese día encima se reunía el directorio, así que también andaban dando vueltas las secretarias y los contadores, gente que uno casi nunca veía por los pasillos.
Romina fue saludando a cada uno. Abrazos, besos en la mejilla, promesas de mantenerse en contacto que probablemente nadie iba a cumplir. Me reservó para el final. Lo hizo a propósito, lo supe apenas la vi caminar hacia mí entre los escritorios.
—No me iba a ir sin saludarte a vos —dijo, con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Era bajita, yo soy alto, así que desde donde estaba podía verle el escote sin esfuerzo, las tetas adelantándose un paso antes que ella. Se detuvo a un metro mío, abrió la cartera y sacó el lápiz labial. Se lo pasó despacio, mirándome, hasta dejar la boca de un rojo intenso. Humedeció los labios, ladeó la cabeza y se acercó a darme dos besos, uno en cada mejilla.
Sentí cómo presionaba la boca contra mi piel, marcándome a propósito. Cuando se apartó, me miré en el reflejo del vidrio del estudio: tenía un chupón rojo en cada cachete. Era su forma de avisarle a toda la emisora que yo había sido suyo, aunque fuera hasta ese momento.
No pude contenerme. La empujé suave hacia el rincón que quedaba detrás de la puerta del estudio, el único lugar con algo de privacidad, y le partí la boca de un beso. La tenía dura al instante y se lo hice sentir contra el vientre, mientras le amasaba las tetas por encima de la ropa y le robaba el gusto de los labios recién pintados. Ella se dejó, blanda, entregada, como si el cuerpo le pidiera otra cosa que la cabeza no llegaba a frenar. Pero la radio estaba llena de gente. No había manera.
***
La calentura nos vuelve a todos creativos. Nos hace animarnos a cosas que, si las pensáramos en frío, jamás haríamos. Nos separamos, yo todavía duro, calculando. Ella se fue a seguir saludando y yo me quedé un segundo midiendo el terreno.
Llamé a un compañero y le pedí que me cubriera el puesto cinco minutos. Salí a la zona de producción, la busqué con la mirada y, cuando me cruzó los ojos, le hice una seña para que me siguiera. No tenía un plan claro, solo las ganas. Mis pasos me llevaron hacia el ala de gerencia, donde el movimiento era mínimo, apenas un par de administrativos cabizbajos en sus monitores. Pasé de largo.
Terminé en la zona del directorio. Detrás de una puerta enorme, cerrada, se escuchaba el murmullo de la reunión. Me di vuelta: Romina venía un par de metros atrás, conteniendo la risa. Justo enfrente estaba el baño del directorio. Empujé la puerta, me metí y la dejé entornada, con la luz apagada. Un instante después entró ella.
El lugar era amplio y lujoso, el famoso «baño de los jefes», ese rincón que el resto de los empleados ni siquiera conocía. Techos altos, dos lavabos enfrentados, una ducha vidriada y una ventana angosta cerca del cielorraso. Más que un baño, parecía un dormitorio. Pasé el pestillo, dejé la luz apagada y la atraje del brazo.
La besé con desesperación y empezamos a manosearnos a oscuras. Ella me apretaba el bulto por encima del pantalón; yo le tomaba el culo con una mano y una teta con la otra. De golpe se le escapó un gemido que rebotó contra los azulejos y volvió multiplicado. Nos quedamos congelados. El eco nos recordó dónde estábamos: a metros de la reunión, donde cualquier ruido nos delataba.
Pasado el susto, la tomé de los hombros y la fui empujando hacia abajo. Quería su boca una última vez, esos labios carnosos recorriéndome como solo ella sabía hacerlo. Romina entendió. Despacio, sin dejar de mirarme a los ojos, me soltó el cinto, el botón, bajó el cierre. El pantalón cayó solo y ella empezó a chuparme por encima del calzoncillo, dándome mordiscos suaves, pasando la lengua, apoyando los labios sobre la tela tensa.
Después metió las manos bajo mi remera, me recorrió los costados con las uñas hasta hacerme estremecer, llegó al elástico del calzoncillo y lo bajó de un tirón.
Salté como un resorte y le pegué en la mejilla. Ella se rió. La tenía dura, la punta brillando con la primera gota. Romina sacó la lengua y la pasó apenas por ahí, saboreando, y ese contacto mínimo me corrió un escalofrío por toda la espalda.
No aguanté la calma. Le sostuve la cabeza con las dos manos y se la metí entera de una sola vez, hasta el fondo. Sorprendida, me clavó las uñas en los muslos, pero no la solté. Sentía su respiración agitada contra mi vientre, las arcadas, la falta de aire, la garganta cerrándose. La saqué chorreando de saliva y ella tosió, buscando recuperarse. Levantó los ojos, llorosos, y por un segundo parecieron pedirme tregua.
No se la di. Volví a hundirme en su boca, esta vez moviéndome yo, marcando el ritmo. Quería que se llevara mi gusto de recuerdo, que no me olvidara. La que jugaba a tragárselo todo ahora estaba entregada, dejándose usar.
Después de un rato di un paso atrás para mirarla. Romina seguía de rodillas, con las tetas afuera, hilos de saliva colgándole de la boca hasta los pezones, el labial corrido por toda la cara, dos surcos negros de rímel bajándole desde los ojos. Tomaba aire a bocanadas, despeinada, hecha un desastre hermoso. Una mujer en plena entrega.
***
La ayudé a levantarse y la di vuelta con firmeza contra el lavabo. Le bajé la calza y la bombacha de un solo movimiento. Su culo redondo quedó expuesto en la penumbra. Ella abrió las piernas sola, ofreciéndose. Metí la mano entre sus muslos y la encontré empapada, los líquidos colgándole hacia las piernas, la bombacha hecha un charco.
—¿Ya te viniste? —le susurré al oído.
—Sí… dos veces —contestó, con la voz quebrada.
—Y eso que todavía no te cogí —dije, con toda la soberbia que tenía encima.
—Dale, métemela —rogó entre suspiros.
Desde atrás empecé a hacerle una paja lenta, apretándole el clítoris, volviendo con los dedos en uve por los labios y rozando apenas el otro agujero. Ida y vuelta. El espejo nos devolvía una imagen que me calentaba todavía más. La poca luz de la ventanita alta apenas alcanzaba para distinguir las tetas bamboleándose, su cara desencajada, el rímel corrido, la boca agrandada por el labial deshecho. Detrás, yo, con el pantalón en los tobillos, la camisa subida, resoplando, mirándola como una fiera a punto de comerse a su presa.
Me acomodé, la tomé de la nuca y le hice agachar la cabeza. Le separé las nalgas, flexioné un poco las piernas y empecé a pasar la punta entre sus labios, buscando la entrada. Quise meterla despacio, pero ella se tiró hacia atrás y me entró de una hasta el fondo.
—Ahhh… —se le escapó, y la voz volvió a retumbar en todo el baño.
Levantó la vista y me buscó en el espejo. Los dos entendimos lo mismo al mismo tiempo: un ruido más y nos descubrían. Le tapé la boca con la mano y empecé a cogerla en serio, bombeando duro, sin dejar de mirarla en el reflejo.
Esa imagen me tenía al límite. Ella sometida, callada a la fuerza con mi mano; yo dominándola desde atrás; su cara reflejada con el maquillaje hecho un desastre después de habérsela cogido en la boca; medio vestida, doblada sobre el lavabo de los jefes. Someterla me prendía fuego, y a ella, por cómo empujaba el culo contra mí, también.
Me mordía la palma de la mano mientras se apoyaba contra el espejo y me clavaba los ojos. No duramos mucho. Sentí su concha apretarse alrededor, me mordió más fuerte, y yo la hundí hasta el fondo y me quedé quieto. Le tomé el cuello con la otra mano y me vacié entero adentro de ella, sintiendo cómo me quemaba. Por un instante quedamos los dos paralizados. Después ella se aflojó y la sostuve, sin salir todavía.
Me apoyé sobre su espalda, ella giró la cabeza y la besé en los labios mientras me retiraba despacio. Algo me caía por las piernas a ella, manchándole el muslo y la ropa. Tomó papel y se limpió por encima, sin apuro, mientras yo la miraba de pie, todavía recuperando el aire.
Mientras se subía la calza, me dijo, casi al pasar:
—Me voy a llevar tu leche adentro.
Debió ver mi cara, porque enseguida soltó una risa.
—Tranquilo, tomo pastillas… —y se rió otra vez.
Nos vestimos a oscuras. Ella se limpió el rímel corrido frente al espejo, se repintó los labios, se acomodó el pelo y se preparó para salir primera. Antes de que abriera el pestillo la frené del brazo, la giré, le puse la mano en la nuca y le partí la boca de un último beso, largo, apasionado, sin apuro esta vez.
Me miró a los ojos. Me limpió los labios con el pulgar, cariñosa, y me guiñó un ojo.
—No te voy a olvidar —dijo.
Fue la última vez que la vi. Cuando salí del baño, después de unos minutos, ella ya se había ido de la emisora. No nos volvimos a cruzar nunca más. Me quedó el gusto de sus labios en la boca, esa cosa que uno guarda y cree que va a durar para siempre, y que sin embargo se fue borrando despacio con el tiempo, hasta volverse apenas un recuerdo que vuelve cuando menos lo espero.