El obrero, la lluvia y lo que no le conté a nadie
Acababa de cumplir los veinte y mis hormonas eran una montaña rusa imposible de domar. Salía con chicos, a veces terminábamos en la cama, pero casi ninguno me satisfacía de verdad. La mayoría de las veces me quedaba más caliente que al principio, mordiéndome los labios en la oscuridad de mi cuarto. Lo que voy a contar pasó un sábado, y nunca se lo confesé a nadie.
Vivía con mis padres a unos quince minutos a pie de la plaza del centro. Esa tarde había quedado con Damián, un chico muy guapo, amigo del hermano de una amiga. Ya habíamos hablado un par de veces, nos habíamos dado un beso, pero nada más. Yo tenía ganas de que pasara algo, y por eso me arreglé con cuidado.
Elegí un vestido corto que me marcaba la cintura y un tanga diminuto debajo. Me peiné suelto, me puse un maquillaje básico —a esa edad la piel se defendía sola— y terminé con unas gotas de un perfume de vainilla que me había regalado mi madre. Me miré al espejo y supe que estaba para comerme.
Damián me esperaba junto a la fuente. Fuimos por un postre, paseamos por el parque de al lado y, entre los árboles, me pidió que fuera su novia. Le dije que sí. Después entramos al cine.
La película no la recuerdo. Nos pasamos la sesión entre beso y beso, y Damián resultó ser de manos largas. Empezó acariciándome los muslos por debajo del vestido, fue subiendo despacio hasta rozarme los pechos por encima de la tela. Yo me derretía en la butaca.
Lo insoportable llegó cuando deslizó la mano entre mis piernas y me acarició por encima del tanga ya húmedo. Quería que me tomara ahí mismo, en la penumbra, sin importarme nada. Pero era imposible. La calentura ya se me había instalado en la cabeza y en cada centímetro del cuerpo.
Salimos de la sala y, justo entonces, le sonó el teléfono. Era su madre: tenía que volver a casa enseguida por algo que ya no recuerdo. Me dijo que me acompañaba, pero le aseguré que no se preocupara, que vivía cerca y que llamaría a mi padre para que pasara por mí.
Me quedé molesta, frustrada. Damián había encendido la mecha y se marchaba sin apagarla. Salí de la plaza y el cielo estaba encapotado, empezaba a chispear y oscurecía. Pensé que el viento y el agua fría me calmarían, así que decidí caminar hasta casa en lugar de llamar a nadie.
Me equivoqué. El agua fría no apagó nada.
***
A una cuadra de casa, la lluvia arreció de golpe. En segundos quedé empapada. Me refugié bajo el toldo de una tienda, jadeando, con el pelo pegado a la cara. El vestido, que ya de por sí era ceñido, mojado se me amoldó al cuerpo como una segunda piel. Y como no llevaba sostén, los pezones se me transparentaban por completo.
—Qué rica está la nena —dijo una voz ronca a mi espalda.
Me sobresalté. Al darme la vuelta vi a un hombre de aspecto descuidado, evidentemente albañil: la ropa manchada de cemento y polvo, las botas embarradas. Rondaba los cincuenta. No sé por qué, en lugar de asustarme o ignorarlo, le devolví el cumplido sucio con una sonrisa pícara.
—¿Eres de por aquí, muñeca? —preguntó, tratando de darme conversación.
—Sí, vivo a un par de cuadras —respondí, y me sorprendió lo tranquila que sonaba mi propia voz.
Se ofreció a acompañarme, a compartir su paraguas. No sé ni por qué acepté, pero lo hice. Salimos de debajo del toldo muy juntos, casi pegados, para caber los dos bajo aquella tela negra.
—Hueles delicioso —murmuró—. Pocas chicas tan hermosas se ven por este barrio.
No sé qué esperaba conseguir con esos comentarios, pero, de un modo que entonces me dio vergüenza reconocer, me gustaban. Cada palabra suya me rozaba un nervio que Damián había dejado a flor de piel.
Una cuadra antes de mi casa había una construcción a medio levantar. Me contó que él trabajaba allí y que además se quedaba de velador por las noches. Casi llegando, me ofreció dejarme su paraguas y recuperarlo al día siguiente. Le dije que sí y, al pasármelo, noté cómo se le iban los ojos a mis pechos.
—Uy, nena, se te ven los pezoncitos... están como para chuparlos.
Tendría que haberme indignado. No lo hice. Sus palabras provocaron algo en mí, me pusieron todavía más caliente de lo que ya estaba. Dejé de pensar. Lo único que salió de mi boca fue una frase que aún hoy me cuesta creer que dijera.
—Me gustaría que lo hicieras.
El hombre se quedó de piedra.
—¿De verdad, nena? ¿Me dejarías?
—Sí —contesté—. Aprovecha antes de que me arrepienta.
***
Entramos a la obra y subimos a la primera planta, donde él dormía. Había un catre, un sillón viejo y manchado, una bombilla colgando de un cable y una radio apagada. Olía a cemento húmedo y a serrín. Yo temblaba, y no era de frío.
Me apoyé contra un muro a medio enlucir. Él se acercó despacio, me acarició la cara con una ternura que no esperaba de unas manos tan ásperas y me tomó de los pechos por encima del vestido mojado. Le ayudé a descubrirlos. Mis pezones rosados estaban erectos, listos.
Su lengua recorrió mi piel joven y yo no pude contener un gemido. Me dijo que sabía a vainilla, que nunca había tenido entre las manos a una muñeca como yo. Y se notaba: me disfrutaba con una avidez que ningún chico de mi edad había mostrado jamás.
Sus manos bajaron directas a mi entrepierna. Apartó el tanga y me tocó con esos dedos gruesos y rasposos. Cada movimiento me empapaba más. Se detuvo un momento solo para quitarme del todo el vestido y la ropa interior, hasta dejarme completamente desnuda contra la pared, ofrecida.
Se desabrochó el pantalón. Su miembro no era enorme, pero sí grueso, durísimo, con la punta brillante. Era exactamente como yo me había imaginado que la tenían los hombres maduros.
—Tómala —me ordenó en voz baja—. Masturbámela.
Mi mano blanca apenas lo abarcaba. Luego me pidió que me arrodillara y se la chupara. Lo hice mientras seguía acariciándome a mí misma, dándole el mejor sexo oral que era capaz a esa edad. Él gemía, con la cabeza echada hacia atrás.
—Eres toda una fierecilla, muñequita... qué rico me la comes.
Cada vez que decía algo así, yo succionaba con más fuerza, perdida en una mezcla de vergüenza y placer que me nublaba la razón.
—¿Ya quieres que te la meta? —preguntó, jadeando.
—Sí —supliqué.
Me puse a cuatro patas sobre el catre. Sentí la punta acariciar la entrada de mi sexo hambriento. Me sujetó de las caderas y me penetró entero, de una sola embestida. Me dolió un poco, pero estaba en el cielo. Qué distinto se sentía un hombre maduro a un chico inexperto.
Sus movimientos, lentos al principio, eran firmes y constantes. Me hacían sentir mujer, hembra, justo lo que yo necesitaba esa noche. Gemía sin medida. Tal vez se me oía desde la calle, bajo la lluvia, pero ya nada me importaba.
Salió de mí, se sentó en el sillón viejo y me pidió que me subiera encima. Me acomodé a horcajadas y dejé que volviera a llenarme. Se movía con maestría, agarrándome de la cintura, manejándome a su antojo, subiéndome y bajándome a su ritmo.
—Dame un poco de saliva —me pidió, abriendo la boca.
No me atrevía a besarlo, pero eso sí podía hacerlo. Me dijo que mi saliva era dulce, que era un bombón, que jamás había estado con una mujer como yo. Cada palabra me empujaba más cerca del borde.
Sus embestidas se fueron acelerando. Me clavó la mirada y me avisó de que estaba a punto de terminar.
—¿Dónde lo quieres?
—En los pechos —contesté sin pensar.
Me incorporé, me arrodillé frente a él. Se tomó el miembro y se masturbó unos segundos, hasta que se vino en chorros tibios sobre mis pechos. Lo vi temblar entero, con los ojos cerrados, y sentí un orgullo extraño y oscuro por habérselo provocado.
***
Descansamos un momento, callados, escuchando la lluvia golpear las planchas de la obra. Me limpié como pude, me puse el vestido húmedo, me acomodé el pelo. Le dije que tenía que irme. Me acompañó hasta la entrada y, fiel a su palabra, me prestó el paraguas.
Todavía diluviaba. Corrí las dos cuadras que me quedaban con el corazón a mil. Mis padres estaban en el salón, viendo una película, ajenos a todo. Les dije que subía a darme un baño caliente.
Ya en el cuarto, bajo el agua, no aguanté. Aún olía los restos de él en mi piel, y eso volvió a encenderme. Me acaricié hasta que un orgasmo delicioso me dejó temblando contra los azulejos, pensando en la voz ronca, en las manos ásperas, en aquella noche de tormenta que nunca, jamás, le conté a nadie.