Cómo me exhibí en una clase particular de lucha
Hola a todos. Somos dos amigas, podéis llamarnos Marina y Lucía, y llevamos tiempo leyendo esta web hasta que un día decidimos dejar de solo leer y empezar a contar. Esta vez escribo yo, Marina, sobre algo que hice hace poco y que todavía me cuesta creer que me atreviera a hacer.
Antes de nada, dejad que me describa un poco. Soy muy bajita, de pelo largo y liso que me tiño según el humor; ahora lo llevo de un azul casi negro. No estoy delgada, tampoco voy a engañaros, aunque nada del otro mundo, salvo por una cosa: mis pechos son enormes. Durante años pensé en reducírmelos porque pesan una barbaridad para mi altura y, según cómo me siente, parece que escondo una tripa de embarazada debajo de la camiseta. Pero últimamente les he cogido el gusto. Atraen miradas hasta cuando voy tapada, y resulta que esas miradas me gustan más de lo que admitiría en voz alta.
Lucía es algo más alta que yo, delgada, de melena negra ondulada que se niega a teñir por mucho que insista. Viste con un punto gótico que le sienta de maravilla y tiene unos pechos normales, ni grandes ni pequeños. Ella ya hizo su primera travesura, que os contará cuando le apetezca. Lo mío empezó como todo lo nuestro: una conversación tonta una tarde aburrida, hablando de los relatos de exhibicionismo que devorábamos, preguntándonos si seríamos capaces.
Resulta que yo sí lo era.
Hasta ese momento, lo máximo que había probado era bajar al supermercado con un escote más generoso de lo habitual. Notaba la diferencia, claro, pero el tamaño de mi pecho ya llamaba la atención de por sí, así que un escote más no me parecía suficiente. Necesitaba una situación, un escenario donde el contacto fuera inevitable y pudiera fingir que todo era casualidad.
La respuesta apareció pegada a una farola.
Habían abierto una academia de lucha a un cuarto de hora de casa. Nunca me había fijado, pero el cartel tenía una foto de dos hombres forcejeando en el suelo, enredados sobre una colchoneta, y algo se me encendió por dentro. Investigué un poco y confirmé lo que sospechaba: casi todo el trabajo se hacía en el suelo, cuerpo contra cuerpo. Lo hablé con Lucía esa misma noche y, entre risas nerviosas, me decidí.
***
Llamé para informarme y me enviaron los horarios por mensaje. Había varias franjas con profesores distintos, todas con alumnos, excepto una: la última antes del cierre, vacía. Me apunté a esa sin dudarlo. El profesor aparecía en algunas de las fotos que me mandaron, un chico fuerte, de cara normal pero atractiva. Una clase particular con él, a solas, con las intenciones que yo llevaba, prometía ser entretenida.
El día de la clase me vestí con toda la intención. Me había informado bien sobre qué ropa convenía llevar e hice justo lo contrario. Los pantalones de chándal sí eran buena elección, pero la camiseta de algodón, finísima y escotada, no lo era en absoluto: en cuanto sudara se me pegaría a la piel y transparentaría. Y por si fuera poco, debajo me puse un sujetador de encaje negro, sin aros, de una talla más pequeña de la que necesitaba. Mis pechos apenas cabían dentro, sobresaliendo por todos lados. No me apretaba lo suficiente para dolerme, pero había un riesgo evidente de que algo se saliera de su sitio en cuanto los movimientos se volvieran bruscos.
O eso esperaba yo.
Llegué muerta de nervios, aunque entré aparentando una seguridad que no sentía. El recepcionista, el mismo con el que había hablado, me indicó la sala. Empujé la puerta y encontré una habitación amplia con el suelo cubierto de tatami. Y entonces noté el primer giro de la tarde: el profesor no estaba solo.
Junto a él había otro chico, de unos veintipocos, guapo y bastante más musculado, los dos con kimono blanco, uno con cinturón negro y el otro blanco. Por lo visto, otro alumno se había sumado a esa hora a última hora. El profesor se adelantó con una sonrisa y me tendió la mano.
—¡Hola! ¿Eres Marina? —preguntó. Le estreché la mano, nerviosa—. Soy Diego, tu profesor. Esta es tu clase de prueba, ¿verdad?
Asentí, mirando de reojo al otro, que me saludó con un gesto de cabeza, sin una sola sonrisa.
—Este es Andrés, se ha apuntado también a esta hora —dijo Diego señalándolo—. Lleva un par de meses entrenando, pero no te preocupes, no te va a afectar. Vamos a empezar por lo básico.
Por dentro, mi plan inicial se tambaleaba y se reordenaba al mismo tiempo. Dos en lugar de uno. Esto puede salir mucho mejor de lo que pensaba.
***
La clase arrancó con un calentamiento. Cada movimiento hacía que mis pechos se balancearan de lado a lado, y con la ropa que había elegido, el efecto era imposible de ignorar. Diego no pareció darse cuenta, o lo disimuló bien. Andrés, en cambio, no tenía ni una pizca de sutileza: su mirada bajaba hacia mi escote cada pocos segundos. Yo me aseguraba de balancearme un poco de más, dejando a la vista una franja generosa de piel cada vez que me inclinaba.
Después del calentamiento, Diego explicó la primera técnica, una inmovilización lateral, centrándose en que yo, la novata, la entendiera. Se tumbó primero y yo me coloqué sobre él, atravesada, intentando bloquearlo. Mis pechos se aplastaron contra su costado, desbordándose por encima del cuello de la camiseta. Él me indicaba cómo presionar para que no escapara, pero yo estaba mucho más pendiente de cómo mi piel se frotaba contra su pectoral, medio descubierto bajo el kimono abierto.
No pasó nada más, para mi decepción, aunque me pregunté qué habría ocurrido de haber estado solos. Diego me hizo levantarme y se incorporó a la vez. Después señaló a Andrés.
—Venga, ahora arriba tú. Marina, tienes que intentar quitarte a Andrés de encima mientras él te mantiene en el sitio. Es lo mismo que acabamos de practicar, pero con los papeles cambiados.
Me tumbé y Andrés se colocó sobre mí. Al ser más corpulento, su pecho presionaba el mío con más fuerza, piel contra piel a través de la tela cada vez más fina.
Y ahí cambió todo.
Con Diego, todo había sido lento, didáctico, ninguno de los dos se movía apenas. Andrés no paró quieto ni un segundo. Forcejeaba de verdad, dificultándome cualquier intento de zafarme. La fricción de su cuerpo contra el mío fue demasiado para el sujetador, que a los pocos segundos dejó escapar uno de mis pechos. Todavía quedaba escondido bajo la camiseta, pero un par de sacudidas más lo sacaron casi por completo. El pezón se sumó enseguida, rozándose contra sus músculos.
Al principio no se dio cuenta. Luego se detuvo en seco, se apartó un par de centímetros y miró hacia abajo, sorprendido, con mi pecho al descubierto justo frente a él.
Yo seguí fingiendo que intentaba escapar, sin esforzarme demasiado, la piel cada vez más caliente, igual que la zona entre mis piernas. Jadeaba por el esfuerzo y por algo más, y Andrés volvió a apretarse contra mí, esta vez con toda la intención del mundo.
Al cabo de un rato paré, agotada de verdad, y Diego nos indicó que nos separáramos. Andrés dudó un instante, sin querer moverse, hasta que le hice un gesto para que me dejara incorporarme. Cuando se apartó, sorprendí a Diego mirándome el pecho descubierto un segundo de más antes de desviar la vista, fingiendo no haber visto nada. Andrés ni se molestó en disimular. Yo tardé bastante más de lo necesario en recolocarme todo en su sitio.
***
Me quedé descansando mientras Diego explicaba cómo encadenar otra técnica desde la posición anterior, una en la que uno acaba tumbado y el otro montado sobre él, con las caderas apretándole los costados. Los dos se pusieron a practicarla entre ellos un rato, y Diego se aseguraba de que yo lo entendiera aunque no participara.
Cuando terminaron, me tocó ponerme arriba, con Diego tumbado debajo. Estaba claro que quería evitar que se repitiera lo de antes dándome la posición de control, pero no contaba con un detalle: por el tamaño de mi pecho, él apenas me veía la cara desde abajo. Lo que sí veía perfectamente era el sujetador a través de la tela, ya transparente por el sudor. Mi trasero quedaba justo sobre su entrepierna y, para mi fastidio, no noté nada, fuera por su autocontrol o por el grosor del kimono.
Con cierta insistencia por mi parte, conseguí que me dejara ponerme debajo otra vez. En esa posición, con Diego encima, la presión de sus caderas me clavaba al suelo. Yo levantaba los brazos como para defenderme y, de paso, me apretaba los pechos con ellos, haciéndolos resaltar todavía más.
Empezó a enseñarme una palanca con los brazos cruzados, sujetándome del cuello de la camiseta con suavidad para mostrarme el gesto. Al moverse, mis pechos volvieron a desbordarse y el dorso de sus manos terminó frotándose contra ellos. No las apartó. Esta vez me pareció notar algo firme bajo la parte inferior de mi pecho, justo donde quedaba su entrepierna, rozando la tela. Mientras me explicaba cómo agarrar el kimono, sus manos parecían tocar un poco más a cada repetición, hasta que se retiró de golpe y dio la clase por terminada.
Me sequé el sudor, todavía temblando por dentro.
***
Me entretuve un par de minutos hablando con Diego mientras Andrés se cambiaba a toda prisa y se marchaba sin despedirse de nadie. Le di mi número a Diego, en teoría para que me orientara a la hora de comprar el kimono, aunque los dos sabíamos que eso no hacía ninguna falta.
Y eso ha sido todo, de momento. No creo que siga con la lucha; demasiado esfuerzo físico y bastante menos salsa de la que imaginaba, lo cual tiene sentido, porque se notaba que Diego se lo tomaba en serio como profesional. Pero la sensación de exhibirme a propósito, de provocar y fingir inocencia al mismo tiempo, fue exactamente lo que andaba buscando.
Lucía ya me está animando a por la siguiente. Y, sinceramente, si alguien tiene ideas que tengan un poco de lógica y mucho morbo, soy toda oídos. Esto no ha hecho más que empezar.