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Relatos Ardientes

Lo que hice con un desconocido en el centro comercial

Mariana había salido de casa sin un plan claro. Era uno de esos sábados de calor pegajoso en los que el departamento se vuelve insoportable y el centro comercial, con su aire acondicionado y su ruido constante, parece el único refugio razonable. Tenía treinta y un años, una separación reciente todavía sin cicatrizar y unas ganas enormes de sentirse mirada otra vez.

Se había arreglado más de lo necesario para ir a no comprar nada. Una falda vaquera corta que le marcaba las caderas, un top ajustado que no dejaba mucho a la imaginación y unas sandalias que le obligaban a caminar despacio, balanceándose. Lo había hecho a propósito, aunque no lo admitiría en voz alta. Solo quiero que alguien me note, pensó mientras se miraba de reojo en el escaparate de una zapatería.

Recorrió el primer piso sin prisa. Entró a un par de tiendas, tocó telas que no pensaba llevarse, se probó un vestido en un probador que olía a perfume barato y volvió a colgarlo. El calor de la calle se le había metido en la piel y el bullicio de la gente, lejos de molestarla, la ponía de un humor extraño, inquieto, casi travieso.

Hacia las cinco subió a la zona de restaurantes a tomar algo frío. El lugar estaba lleno: familias con niños gritando, grupos de adolescentes compartiendo papas fritas, parejas que apenas se hablaban. Encontró una mesa pequeña cerca del ventanal y pidió una limonada. Fue mientras esperaba, jugando con el celular sin mirarlo de verdad, cuando lo vio.

Estaba dos mesas más allá, solo, con un café delante y un libro cerrado al lado. Alto, moreno, de unos treinta y tantos, con la barba de unos días y una camisa con los primeros botones abiertos. No tenía nada de espectacular y, sin embargo, había algo en la forma en que ocupaba su silla, relajado, dueño del espacio, que la obligó a mirarlo más de lo prudente.

Él levantó la vista justo entonces. No apartó los ojos, no se hizo el distraído. La miró de frente, directo, con una media sonrisa que era pura insolencia. Mariana sintió que se le encendían las mejillas y bajó la vista a su limonada. Cuando volvió a mirar, él seguía ahí, sosteniéndole la mirada como si la conversación ya hubiera empezado sin palabras.

El juego duró varios minutos. Ella lo miraba, él respondía. Ella desviaba los ojos, él esperaba. Cada vez que sus miradas se cruzaban, algo se tensaba un poco más entre los dos, como una cuerda que alguien estira despacio. Mariana notaba su propia respiración más corta, el pulso golpeándole en sitios donde no debería golpear un sábado por la tarde en un centro comercial lleno de gente.

Esto es ridículo, se dijo. Soy una mujer adulta jugando a las miraditas con un extraño. Y al mismo tiempo, en el fondo, sabía perfectamente lo que quería. Lo supo con una claridad que la asustó y la excitó por partes iguales.

***

No supo de dónde sacó el valor. Nunca había hecho nada parecido en su vida; era de las que se sonrojaban si un camarero le sostenía la mirada un segundo de más. Pero esa tarde algo se había soltado dentro de ella, y antes de pensarlo demasiado se levantó, dejó unos billetes sobre la mesa y caminó hacia él.

Se inclinó apenas, lo justo para que solo él la oyera por encima del ruido.

—Sígueme —le dijo al oído, con una firmeza que no se reconocía—. Y no preguntes nada.

No esperó respuesta. Se enderezó y caminó hacia las escaleras mecánicas sin mirar atrás, rezando para que él la siguiera y muriéndose de vergüenza ante la posibilidad de que no lo hiciera. A los pocos segundos oyó pasos detrás, el roce de unos zapatos contra el suelo pulido, y una oleada de calor le subió por la espalda.

Subió al segundo piso, el de las tiendas más tranquilas, el pasillo donde casi nadie iba un sábado a esa hora. Conocía el lugar: al fondo, después de una óptica que siempre estaba vacía, había unos baños, y entre ellos uno familiar, amplio, con cerrojo por dentro. Caminó derecha hacia allí, sintiendo la presencia del desconocido a unos metros, sin atreverse todavía a girarse.

Empujó la puerta, comprobó de un vistazo que estaba vacío y entró. Él la siguió un instante después. En cuanto la puerta se cerró, Mariana echó el pestillo y se apoyó contra el lavabo, el corazón desbocado. El aire del pequeño cuarto se cargó de inmediato, denso, eléctrico, como si los dos hubieran traído consigo todo lo que había pasado abajo sin decirse una palabra.

—¿Siempre haces esto? —preguntó él en voz baja, divertido, recorriéndola con la mirada.

—Nunca —respondió ella, y era verdad—. Cállate.

***

No hubo más preámbulos. Mariana se acercó, le puso una mano en el pecho y lo empujó suavemente contra la pared de azulejos fríos. Podía oler su perfume mezclado con el café, podía ver cómo el pulso le latía en el cuello. Lo miró a los ojos un segundo, buscando alguna señal de duda, y solo encontró ganas.

Se arrodilló despacio sobre el suelo, sin importarle la falda corta ni dónde estaba. Le desabrochó el cinturón con dedos que temblaban un poco, bajó el botón y luego la cremallera, sintiendo bajo la tela lo duro que ya estaba. Cuando lo liberó, lo tomó en la mano y se quedó un instante mirándolo, como si todavía no terminara de creer que era ella la que estaba haciendo aquello.

—Joder —susurró él, apoyando la nuca contra los azulejos.

Ella sonrió. Pasó la lengua por la punta, una vez, despacio, probándolo, y lo escuchó contener el aire. Lo repitió, lamiéndolo de abajo arriba con una lentitud calculada que lo hacía retorcerse. Le gustaba ese poder, esa forma en que un hombre adulto, seguro de sí mismo dos minutos antes, ahora dependía por completo de su boca.

Cuando por fin se lo metió entero, él soltó un gemido ronco y le buscó el pelo con la mano. Mariana empezó a moverse con ganas, adelante y atrás, marcando un ritmo propio, usando la lengua y los labios, dejando que su saliva resbalara y lo hiciera todo más resbaladizo, más obsceno. Una mano le rodeaba la base; con la otra se sostenía de su muslo tenso.

—Así, exactamente así —murmuró él entre dientes, sin atreverse a empujar demasiado, dejándola llevar el control.

El sonido húmedo llenaba el pequeño baño, mezclado con su respiración entrecortada y el zumbido lejano del centro comercial al otro lado de la puerta. Mariana aceleraba y frenaba, jugando con él, apartándose un segundo para recuperar el aliento y mirarlo a los ojos antes de volver a tragárselo. Sentía su propio cuerpo encendido, la falda subida, las piernas apretadas en un intento inútil de calmar lo que ella misma había despertado.

Notó cómo se tensaba todo en él: los músculos del abdomen, la mano que se cerraba en su pelo, la respiración que se volvía un jadeo apurado.

—Espera, me voy a... —alcanzó a decir.

Pero ella no se apartó. Lo miró desde abajo, sin dejar de moverse, y eso fue suficiente. Él se vino con un gemido que intentó ahogar, agarrándose del borde del lavabo, y Mariana lo recibió sin retroceder, tragando lo que pudo, dejando que el resto le quedara en los labios.

Se quedó un momento así, de rodillas, recuperándose tanto como él. Después se levantó despacio, se limpió la comisura de la boca con el pulgar y se miró en el espejo: el pelo revuelto, las mejillas encendidas, una sonrisa que no se reconocía. Detrás de ella, el desconocido seguía apoyado en la pared, mirándola como si no entendiera qué acababa de pasar.

—Gracias —dijo ella, y casi se rió de lo absurdo de la palabra.

***

Se arregló la falda, se pasó las manos por el pelo y se acomodó el top frente al espejo, como si bastara con eso para volver a ser la mujer que había entrado por la mañana. Él se subió la cremallera, todavía sin palabras, con una expresión a medio camino entre la incredulidad y la gratitud.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él al fin.

Mariana lo pensó un segundo. Luego negó con la cabeza y sonrió.

—No hace falta —respondió.

Descorrió el pestillo, abrió apenas la puerta y miró hacia el pasillo. Vacío. Una pareja mayor pasaba a lo lejos, distraída, sin reparar en nada. Salió tranquila, como si solo hubiera entrado a retocarse el maquillaje, y dejó al desconocido dentro recomponiéndose unos segundos más.

Bajó otra vez al primer piso por las escaleras mecánicas, mezclándose con la gente, anónima de nuevo entre cientos de personas que no tenían la menor idea de lo que acababa de hacer. Y por primera vez en meses no se sentía rota, ni triste, ni invisible. Se sentía poderosa, traviesa, viva.

Pasó frente a una tienda de ropa interior y se detuvo a mirar el escaparate sin entrar. Quizás otro día, pensó, me atreva a algo más. Notaba el cuerpo todavía despierto, una corriente baja que no terminaba de apagarse, y sabía que el recuerdo de esa tarde le duraría mucho más que cualquier cosa que pudiera comprar.

Salió del centro comercial cuando empezaba a caer el sol. El calor de la calle volvió a abrazarla, pero ya no le molestaba. Caminó hasta el coche despacio, con esa misma sonrisa privada, repasando cada detalle: la mirada, el susurro, el cerrojo, las rodillas contra el suelo frío. Nunca le había contado a nadie lo que pasó aquel sábado, y probablemente nunca lo haría.

Pero cada vez que pasaba por delante de ese centro comercial, miraba un instante hacia las ventanas del segundo piso y sentía que se le aceleraba el pulso, como si una parte de ella siguiera todavía allí, de rodillas, descubriendo lo lejos que era capaz de llegar.

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Comentarios (6)

Marito_lector

Que relato!!! me engancho desde la primera linea. Increible

ClaraVentura_ok

Por favor hace una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. No puede terminar ahi!

TorresOscar_82

Me recordo a una situacion parecida que vivi en un shopping hace años jaja. Esa adrenalina no tiene precio, lo describiste perfecto.

lector_ansioso

Como lograste capturar tan bien esa tension del momento? Se siente totalmente real, muy bueno

Gabi_lectora

Lo mejor es la parte de las miradas antes de que ella decida seguirlo. El suspenso esta muy bien logrado, sin apresurar nada.

Sandra_Fuertes

Estuvo increible, me lo lei de una sentada. Espero que sigas escribiendo cosas asi!

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