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Relatos Ardientes

El secreto que guardo desde que llegó el doctor nuevo

Vuelvo a sentarme a escribir porque esto me pesa demasiado y no tengo a quién contárselo. No me siento orgullosa de lo que voy a confesar, pero llevo meses con este secreto guardado en el pecho y necesito sacarlo de algún modo, aunque sea así, en silencio, con nadie del otro lado que me juzgue.

Me llamo Marina. Empiezo por describirme un poco para que entiendas. Soy mamá de dos terremotos pequeños, rubia, no muy alta, y soy de esas mujeres que ahora llaman curvy: pecho grande, caderas anchas. Hasta hace unos meses pensaba que era feliz, que follar una vez por semana era lo normal después de más de diez años de matrimonio. Creía que eso era todo lo que había, y me había acostumbrado a creerlo.

Empecé a trabajar en la clínica apenas terminé la carrera. Hice las prácticas allí y me quedé. Durante mucho tiempo todo fue rutina: mis pacientes, mis compañeras, y de vuelta a casa con mi familia. Una vida ordenada, predecible, cómoda. No me quejaba. Tampoco me preguntaba si quería otra cosa.

El verano pasado todo cambió. Una de las doctoras tuvo un accidente y se dio de baja por varios meses, así que la dirección decidió contratar a alguien para cubrir el puesto. El día que llegó, nos reunió a todas para presentarse. Se llamaba Andrés, era alto, moreno, de origen colombiano, con una voz pausada que parecía hecha para tranquilizar a los pacientes.

Los primeros días fueron de lo más normal. En el vestuario, sin embargo, mis compañeras no hablaban de otra cosa. Que si estaba buenísimo, que si alguna no le comería la polla ahí mismo, que si la sonrisa que tenía. Yo me reía con ellas, pero por dentro no le daba mayor importancia. Era guapo, sí. ¿Y qué? Yo tenía a mi Rubén en casa.

Saliendo de un turno agotador coincidí con Andrés en la puerta.

—Buenas, Marina. Por fin se terminó —dijo, estirándose.

—Sí, la verdad. Qué ganas de llegar a casa.

—¿Quieres que te acerque a algún lado? Tengo el coche aquí mismo.

—No, gracias. Tengo la parada del bus ahí enfrente.

—Vale. Nos vemos mañana. Descansa.

—Igualmente, Andrés.

Y nada más. Una conversación de ascensor, sin importancia. O eso pensé.

***

Uno de mis días libres aproveché que los niños estaban en el colegio para ir a hacer la compra tranquila, sin que nadie me pidiera caprichos por los pasillos del supermercado. Estaba eligiendo fruta cuando una voz familiar me llamó por mi nombre.

—Pero bueno, ¿qué hace una de mis enfermeras por mi barrio?

—¡Andrés! ¿Tú por aquí? ¿Cómo que tu barrio?

—Pues claro, si yo vivo aquí detrás.

—Vamos, que casi somos vecinos. Yo vivo justo detrás del parque.

—Casi casi. Qué agradable sorpresa, vecina.

Desde ese día, en lugar de darnos los buenos días como con el resto, nos saludábamos con un «buenos días, vecina» que se volvió nuestra pequeña broma privada. Y, claro, mis compañeras lo notaron enseguida.

—Mira la rubia, que ya ligó con el doctor —me soltó Lucía un día en el vestuario.

—¿Qué dices? De verdad vivimos en el mismo barrio, nada más.

—Ya, ya. Y los ojitos que te pone cuando está en la sala.

—¿Cómo se va a fijar en mí? Además, yo ya tengo a mi Rubén.

—No es lo mismo tu Rubén que el doctor macizorro —se rio.

—Quita, quita. No me vengáis con líos. ¿Cómo se va a fijar él en una gordita como yo?

—A lo mejor le gustan las pechugonas —comentó Noelia, muerta de risa—. Con esas tetas que tienes, seguro que se le pone dura solo con verte.

Entre broma y broma, sin querer, empecé a fijarme en Andrés cada vez que entraba en nuestra sala. Y entonces me di cuenta de algo que hasta ese momento había preferido ignorar: él tampoco me quitaba el ojo de encima. Su mirada se me clavaba en el escote cada vez que me agachaba, y yo notaba cómo se me endurecían los pezones bajo el uniforme sin poder evitarlo.

***

Otro día volvimos a coincidir a la salida del turno.

—Buenas, mi bella vecina. ¿Ya terminaste?

—Sí, ya está. Para casa, que menudo día.

—Vuelvo a insistir, entonces. ¿Te acerco?

Estaba realmente cansada y, esta vez, no le iba a decir que no. Durante el trayecto hablamos de mil cosas. Me contó que era soltero, que llevaba diez años ejerciendo la medicina en España, que había estado dando tumbos de una ciudad a otra y que por eso nunca había podido formar una relación seria. Me dejó en la puerta de casa y se despidió con un beso suave en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios, que me dejó el coño palpitando de una forma que hacía tiempo no sentía.

A partir de ahí se volvió costumbre que quedáramos para ir y volver del trabajo juntos. Yo me repetía que no iba a pasar nada, que estaba casada, que aquello era solo amabilidad entre vecinos. No va a pasar nada, me decía. O bueno, eso pensaba yo.

Mi relación con Rubén se había ido enfriando con el tiempo. Él era celador en un hospital, con turnos imposibles, y la monotonía de la pareja había empezado a hacer mella, sobre todo en la cama. Cuando por fin follábamos, era lo mismo de siempre: dos minutos en misionero, él se corría, se giraba y a dormir. Yo me quedaba con la mano metida entre las piernas, terminándome sola en silencio para no despertarlo. Oía a mis compañeras hablar de sus fines de semana, de las corridas que les sacaban sus parejas, y yo llevaba más de dos meses sin recordar siquiera qué se sentía al tener un orgasmo de verdad, uno que no me tuviera que dar yo con los dedos. Me reía con ellas, pero por dentro me preguntaba en qué momento mi vida se había vuelto tan gris.

***

Una de esas tardes en que Andrés me llevaba a casa, me preguntó si podíamos pasar primero por una tienda a recoger unas cosas que había pedido desde su país.

—Claro, sin problema —le dije.

Llegamos al lugar y volvió con tres cajas bastante voluminosas que metió en el maletero.

—Vaya, cuántas cosas pediste.

—Es mi madre, que no quiere que me falte de nada de allá. Me manda cositas de Colombia cada tanto.

—Ya veo —sonreí.

—Bueno, te dejo en casa, vecina.

—No, hombre. Te ayudo a subir las cajas y luego me voy.

—No, Marina, no quiero abusar de ti.

—De abusar nada. Es lo mínimo, con lo que me ahorras tú a mí en el viaje cada día.

—Vale. Muchas gracias, cielo.

Subimos las cajas hasta su piso. Lo tenía muy bien decorado, con esa pulcritud algo fría de la casa de un soltero: tecnología por todas partes, cuadros con motivos deportivos, ni una sola foto familiar.

—Vecina, un vinito por el esfuerzo —ofreció.

—No te voy a decir que no.

Me sirvió una copa de vino blanco y se puso otra para él. Apoyados en la encimera de la cocina, empezamos a recordar las salidas de uno de los pacientes más graciosos de la clínica, ese señor que siempre tenía una ocurrencia para cada enfermera. Entre risas y chascarrillos, nuestros cuerpos se fueron acercando casi sin darnos cuenta.

Y entonces nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos. Andrés me besó en la boca. Fue un beso lento, hambriento, con lengua, y yo se lo devolví abriendo los labios sin pensarlo. Sentí el sabor del vino en su lengua y cómo su mano se colaba por debajo de mi blusa, buscándome la piel.

No me negué lo más mínimo. Al contrario. Hacía tanto que no me sentía deseada, querida, mirada de esa forma, que me abandoné al beso como si llevara meses esperándolo. Me apretó contra la encimera y noté clarísimo el bulto duro de su polla contra mi vientre. Se me escapó un gemido dentro de su boca. Sus manos bajaron por mi espalda y, cuando me agarraron el culo y me lo apretaron con fuerza, restregándome contra su erección, una imagen de mis hijos me cruzó la mente como un latigazo. Me separé de golpe.

—Lo siento. Lo siento, me tengo que ir.

Y salí casi corriendo de su casa, con el corazón a mil, las bragas empapadas y la culpa pisándome los talones.

***

Al llegar a casa, por suerte, los niños estaban con mi madre y Rubén aún tardaría en volver. No habría sabido qué decirles para explicar por qué llegaba tan alterada. Durante la cena, esa noche, me costaba mirar a mi marido a la cara. Sentía que lo estaba traicionando, aunque me dijera a mí misma que no había pasado nada grave.

—Cari, ¿qué te pasa? Te noto rara —me dijo Rubén.

—Nada, gordo. Ha sido un día mejor olvidar.

—Ya me imagino. Algún paciente que se puso grave, ¿no?

—Sí, sí, fue eso —mentí, sintiéndome todavía peor.

—Ya, cari. Pero ya sabes cómo es nuestro trabajo. Aunque no nos acostumbremos.

—Lo sé, gordi. No me apetece hablar.

—Vale. Me ducho y nos acostamos.

Esa noche, y las que vinieron después, ni me acerqué a él. Le puse mil excusas para no follar. En el trabajo intentaba no cruzarme a solas con Andrés, lo evitaba a toda costa. Y, sin embargo, era una contradicción andante, porque cada noche acababa hablando con él por mensajes hasta tarde. No sé explicarlo. Sabía que estaba mal, pero necesitaba esas conversaciones. Me encantaba cómo se refería a mí, cómo sus palabras me hacían sentir deseada otra vez, viva otra vez. Alguna noche, encerrada en el baño con el móvil, terminé metiéndome dos dedos en el coño mientras leía lo que me escribía, imaginándome su polla dentro de mí, y me corrí tapándome la boca para que Rubén no me oyera desde la cama.

***

Volví a encontrármelo haciendo la compra en otro de mis días libres. Después de una breve charla, terminamos tomando un café. Yo no tenía prisa: los niños estaban de campamento y no volverían hasta dentro de un par de días, y Rubén tenía doble turno, así que llegaría bien entrada la noche. El destino, o lo que fuera, parecía empeñado en dejarme sin excusas.

En la cafetería no paraba de decirme lo bonita que era mientras me sostenía la mano sobre la mesa. Bajo el mantel, su rodilla rozaba la mía y yo apretaba los muslos, notando cómo se me empapaban las bragas otra vez. Yo sabía perfectamente hacia dónde iba todo aquello. Y, por una vez, decidí no detenerlo. Cuando me invitó a subir a su casa, lo seguí como en trance, con el pulso disparado y el estómago hecho un nudo.

Apenas cerró la puerta, me atrajo hacia él y empezó a besarme con una urgencia distinta a la de la otra vez, como si supiera que hoy no me iba a escapar. Me apretó contra la pared del recibidor y me metió una pierna entre los muslos. Yo, sin poder evitarlo, empecé a frotarme contra ella mientras él me mordía el cuello.

—Llevo semanas imaginándome esto, Marina —me susurró al oído—. Tengo la polla dura desde que te vi entrar por la puerta.

Me agarró la mano y me la llevó a su bragueta. Cerré los dedos alrededor de su bulto y le apreté por encima del pantalón. Estaba durísimo. Se me escapó un jadeo.

—Andrés, joder...

—Al sofá. Vamos al sofá.

No sé muy bien cómo, pero acabé en el sofá del salón con la parte de arriba de la ropa por el suelo. Me desabrochó el sujetador de un tirón y mis tetas se le cayeron encima de la cara. Se le escapó un gruñido al verlas.

—Qué maravilla, joder. Qué tetas tienes.

Andrés se colocó encima de mí, con la cara hundida entre mis pechos. Los besaba, los mordía, me chupaba los pezones uno detrás de otro, tirando de ellos con los dientes hasta ponerlos rojos y durísimos. Me acariciaba con una urgencia que me arrancaba suspiros que no recordaba haber dado nunca. Bajó lamiendo por mi vientre, me desabrochó el pantalón y me lo bajó de un tirón junto con las bragas empapadas.

—Mira cómo estás, cielo. Toda mojada para mí.

Me abrió las piernas y hundió la cara entre mis muslos. Cuando su lengua tocó mi clítoris, arqueé la espalda del sofá. Hacía años que Rubén no me comía el coño, y ahora este hombre lo hacía como si estuviera hambriento, chupándome los labios, lamiéndome de arriba abajo, metiéndome la lengua bien adentro. Me metió dos dedos y empezó a moverlos en círculos mientras seguía lamiéndome el clítoris. Le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté contra mí sin pudor.

—Sí, sí, ahí, no pares, por favor no pares...

Me corrí en su boca a los pocos minutos, temblando entera, con las piernas cerradas alrededor de su cabeza. Él no se apartó hasta que dejé de convulsionar, lamiendo cada gota. Cuando levantó la cara, tenía la barbilla brillante de mis flujos y una sonrisa de macho satisfecho que me volvió a poner cachonda al instante.

Me aparté un momento para desabrocharle el pantalón. Lo liberé y se me escapó un jadeo al verla salir. La tenía enorme, gruesa, con el glande morado hinchado y una gota de líquido pre-seminal en la punta. Empecé a acariciarla despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos. En su mirada había un deseo tan crudo que me encendía todavía más. Sentía cómo palpitaba en mi puño y, al hacerme una idea de su tamaño, se me secó la boca: era más grande y más gruesa que la de mi marido, no había color.

Empecé con besos pequeños en la punta, recogiendo con la lengua esa gota que le había asomado. Recorrí toda la longitud de arriba abajo con lametazos lentos, sintiendo cómo se estremecía. Luego me la llevé a la boca y fui bajando hasta el fondo de la garganta, tanto que tuve una arcada y se me llenaron los ojos de lágrimas. No me rendí. Saqué, tomé aire y volví a hundirla. Seguí, marcando un ritmo, mientras le acariciaba los testículos con la otra mano y con la otra le apretaba la base de la polla. Se la mamé con ganas, con hambre, haciendo ruidos guarros que no me reconocía, dejando que la saliva me chorreara por la barbilla.

—Joder, Marina, la mamas como una diosa. Así, cielo, así...

Me sostenía la cabeza con suavidad y su respiración se aceleraba con cada movimiento. Cuando noté que se estaba poniendo demasiado duro, la saqué de mi boca con un chasquido.

Me quité las bragas, que ya estaban empapadas de las ganas que tenía, y me senté a horcajadas sobre él. Me agarré su polla con la mano y la restregué por mis labios mojados, poniéndomela entre los pliegues sin llegar a metérmela, torturándonos a los dos. Andrés me apretaba las tetas y jadeaba.

—Métemela, joder, por favor.

La fui introduciendo poco a poco, sintiendo cómo se abría paso dentro de mí centímetro a centímetro. Era una sensación que me cortaba la respiración. Me llenaba de una forma que no había sentido nunca, estirándome, tocándome sitios que no sabía ni que existían. Cuando la tuve entera dentro, me quedé quieta un momento, con la boca abierta, tratando de asimilarla.

—Dios mío, qué grande la tienes...

—Y toda para ti, cielo. Móntame.

Empecé a subir y bajar despacio, luego cada vez más rápido, mientras Andrés me besaba con desesperación y sus manos se aferraban a mis caderas para clavarme contra él. Mis tetas le rebotaban en la cara y él aprovechaba para chuparme los pezones cada vez que bajaba. Nuestros gemidos llenaban el salón. Cada golpe de sus caderas contra mi culo me sacaba un grito.

—Espera, amor. Ven, vamos a estar más cómodos —me susurró.

Me llevó hasta su habitación con la polla todavía dura, chorreando de mis flujos, y me tumbó en la cama, boca arriba. Me apoyó las piernas contra su pecho, doblándome casi por la mitad, y empezó a penetrarme con embestidas lentas y profundas que me hacían ver las estrellas. Después aceleró hasta hacerme gritar sin ningún control, sin acordarme ya ni de dónde estaba.

—Qué coño tan rico tienes, joder. Qué apretado, qué caliente...

—Más fuerte, Andrés, más fuerte, no pares...

Me follaba con toda el alma, dándome con los huevos contra el culo en cada embestida. Yo me agarraba a las sábanas y le suplicaba que no parara. Cuando sintió que me iba a correr otra vez, me sacó la polla de golpe y me dio la vuelta, poniéndome a cuatro patas al borde de la cama.

Fue entonces cuando me percaté de que había un gran espejo en la pared, justo enfrente, y que podía verlo todo. Me vi a mí misma con el pelo revuelto, los pezones durísimos, el maquillaje corrido, la boca abierta jadeando como una perra en celo. Y detrás, a él, con esa polla brutal en la mano, apuntándome a la entrada del coño.

Sus manos se cerraron sobre mi cintura y me embistió de una sola estocada hasta el fondo, arrancándome un gemido a medio camino entre el placer y el dolor. Empezó a follarme fuerte, casi con violencia, agarrándome de la cintura para empotrarme contra su polla. El golpeteo de sus caderas contra mi culo hacía un ruido húmedo, obsceno, que llenaba la habitación. La imagen de mis tetas balanceándose al ritmo de cada empujón en el reflejo del espejo, la cara de Andrés mordiéndose el labio detrás de mí, mi culo temblando con cada golpe... todo eso me llevaba al borde sin remedio.

Me dio un azote fuerte en la nalga derecha y yo grité de puro gusto.

—Eres mía esta tarde, ¿verdad, cielo? Dime que eres mía.

—Sí, sí, soy tuya, fóllame, no pares...

Me agarró del pelo, tirándome de la cabeza hacia atrás, y siguió embistiéndome con una fuerza que hacía crujir la cama. Con la otra mano me buscó el clítoris y empezó a frotármelo en círculos mientras me la seguía metiendo hasta el fondo. Sentí que ya no podía más.

—¿Puedo acabar dentro, amor? —me susurró al oído, inclinándose sobre mi espalda sin dejar de follarme.

—Sí, sí, sí, córrete dentro, lléname —respondí entre gemidos, viendo su cara de placer en el espejo.

Aceleró todavía más, embistiéndome como un animal durante los últimos segundos. Un gruñido grave salió de su pecho y sentí una descarga caliente dentro de mí, chorro tras chorro, mientras él se hundía hasta el fondo y se quedaba quieto, temblando. Al mismo tiempo me sacudió un orgasmo que me hizo temblar las piernas, tan intenso que tuve que agarrarme a las sábanas con los dientes apretados para no despertar a todo el edificio. Sentía cómo su polla seguía palpitando dentro de mí, vaciándose, y cómo mi coño se contraía a su alrededor apretándolo. Nunca en la vida me había corrido de aquella manera.

Cuando por fin la sacó, noté cómo su semen empezaba a chorrearme por el interior del muslo. Me dejé caer boca abajo en la cama, agotada, con el culo levantado y su corrida escurriéndoseme del coño. Andrés se dejó caer a mi lado y me abrazó mientras los dos recuperábamos el aliento. Nos quedamos así, enredados, hasta que el sueño nos venció un rato.

***

Un par de horas después me vestí, con las bragas todavía notando la humedad pegajosa entre las piernas, y volví a mi casa antes de que llegara Rubén. Me duché dos veces, como si el agua pudiera borrar lo que había hecho. No pudo. Todavía sentía la polla de Andrés dentro de mí cuando cerraba los ojos.

Desde entonces guardo este secreto. No sé si volverá a pasar, no sé si tengo el valor de dejarlo o de continuar. Solo sé que, por primera vez en mucho tiempo, me sentí deseada, follada de verdad, hecha mujer otra vez. Y que esa sensación, por más mal que esté, todavía no se me ha ido del cuerpo. Por eso necesitaba contarlo. Por eso estoy aquí.

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Comentarios(9)

ClaraVdM

increible!!! me dejo sin palabras

ElenaOscura

Como me identifique con esto. La rutina te va apagando sin que te das cuenta, y de repente algo te despierta. Gracias por animarte a contarlo.

Leti_online

Por favor segui, quede con ganas de saber mas!!

MarisolPC

Ay, me recordo a algo que vivi hace años... el deseo que creias muerto de repente vuelve y te descoloca todo. Muy bien escrito.

Santi_Mdq

buenisimo, lo leí de una sola sentada

GusLector

La verdad que escribis muy bien. Se siente autentico, no parece ficción para nada. Sigue asi!

Romina_lect

¿Va a tener segunda parte? Porque asi no se puede dejar :)

Peluso_78

de los mejores relatos que lei en este sitio, en serio

LaViajera_M

Que valiente contarlo asi de frente. A muchas nos pasa y no nos animamos ni a admitirlo. Muy real todo.

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