Lo que Lucía hace con los amigos de su novio
Lucía tenía veinticuatro años y era de esas mujeres que entran en una habitación y la cambian sin proponérselo. Morena, de estatura media, delgada, con el pelo castaño cayéndole liso sobre los hombros y unos ojos verdes que parecían reírse de todo. No era una belleza de revista, pero tenía algo mejor: sabía gustar y le gustaba gustar.
Vivía con Marcos, su novio, veintisiete años, alto y trabajador, en un piso pequeño donde los fines de semana se juntaba siempre la misma cuadrilla. Lo que casi nadie de fuera entendía era el pacto que sostenía la pareja: podían acostarse con quien quisieran, con una sola condición innegociable. Después se lo contaban todo.
No era infidelidad porque no había engaño. Para ellos, el amor romántico y el deseo de la carne eran dos cosas distintas que no tenían por qué pisarse. Marcos era quien más usaba esa libertad; volvía a casa y le narraba cada detalle a Lucía, que lo escuchaba muerta de morbo, exigiéndole hasta la última palabra como si lo confesara en un altar.
—Y no descuides a la del trabajo, que te tiene ganas —lo picaba ella, sonriente, sin una sombra de celos.
Lucía también disfrutaba por su cuenta, aunque con menos hambre y más discreción. Tenía su propia regla, su única ética: nada de hombres emparejados. Solo sus amigos solteros. Y aquella noche, dos de ellos esperaban en el sofá.
***
Rubén y Diego estaban repantingados, uno a cada lado, con Marcos en el centro y los brazos abiertos sobre el respaldo. Lucía apareció descalza desde la cocina, con una camiseta ancha que apenas le cubría medio muslo y nada debajo. Se detuvo a mirarlos y sonrió con esa cara de juego que le iluminaba la cara.
—¿Listos, guapos? —preguntó, con la voz suave.
—Listísimos —respondió Marcos, riendo por lo bajo—. Yo os miro.
A él le gustaba verla, saber que después volvería a su lado encendida y suya. Lucía se arrodilló entre las piernas de sus dos amigos. No tenía prisa. Les bajó los pantalones a la vez, con las dos manos, y los encontró ya duros, calientes, esperándola.
Cogió una con cada mano. La de Rubén, gruesa y de venas marcadas; la de Diego, más larga y curvada hacia arriba. Empezó despacio, solo para sentir cómo se tensaban bajo sus palmas. Los pulgares trazaban círculos en la punta, bajaban hasta la base y volvían a subir, apretando un poco más en cada pasada.
Rubén soltó un gemido bajo y cerró los ojos. Diego respiraba fuerte por la nariz, mirándola sin pestañear. Lucía buscó de reojo a Marcos, que ya tenía una mano metida dentro del pantalón, moviéndose lento, disfrutando del espectáculo.
Saber que excitaba a su novio la encendía a ella más que nada. Se mordió el labio, escupió en cada palma para que todo resbalara mejor y aceleró. Las manos volaban arriba y abajo, alternando presión: firme en la base, suave en la cabeza, un giro de muñeca justo en el punto donde sabía que dolía de gusto.
—Joder, Lucía… —murmuró Rubén, con la voz rota.
—Calla y disfruta —se limitó a contestar ella, sin parar.
Diego fue el primero. El cuerpo se le tensó como un arco, soltó un sonido gutural y, antes de que terminara, Lucía se metió el glande en la boca y se lo tragó todo, sin perder una gota. No le dio tiempo a dejarlo limpio: Rubén llegó apenas unos segundos después, en ráfagas espesas que le salpicaron los dedos, el muslo y un poco la camiseta. Ella siguió moviendo la mano hasta vaciarlo del todo, sonriendo cada vez más ancho.
Cuando acabaron, los dos quedaron resoplando contra el sofá. Lucía se secó las manos en su propia camiseta y se sentó en el regazo de Marcos, que había descargado en silencio mirándola. Él la abrazó por detrás y le besó el cuello.
—Eres una reina —le susurró al oído.
—Y tú el mejor espectador del mundo —contestó ella, antes de besarlo.
***
La calma duró poco. A los pocos minutos, los ojos de Rubén y Diego volvían a brillar y sus sexos a despertarse solo de mirarla. Lucía se giró hasta quedar de frente a Marcos, abierta de piernas sobre él, y volvió a coger las dos vergas.
Esta vez fue más lenta, casi reverente. Acariciaba arriba y abajo, dibujando las venas con la yema de los dedos, sintiendo cómo crecían en cada pase. Marcos, debajo, notaba su propia erección presionando contra ella.
—¿Ves qué buenos chicos? —le dijo Lucía con la voz ronca—. Se dejan hacer tan bien…
—Sigue, amor. Hazlos disfrutar —pidió él, sujetándole las caderas.
Mientras una de sus manos seguía trabajando, Marcos llevó la suya al sexo de Lucía y le metió dos dedos. Ella pegó un respingo y abrió la boca.
—¡Marcos…! ¡Sigue…! —jadeó.
—Te pone, ¿eh? —la provocó él, sintiéndola ardiendo—. Te gusta hacer esto delante de mí…
—Sí… Me pone muchísimo… —confesó ella entre gemidos, sin dejar de masturbarlos.
Diego se vació de nuevo, con menos cantidad pero igual de espeso, y Rubén lo siguió poco después. Lucía iba tan caliente que se corrió con ellos: agarró a Rubén por la nuca y se descargó comiéndole la boca mientras Marcos la penetraba con los dedos. Cuando todo pasó, se dejó caer contra su novio, satisfecha, con la camiseta hecha un desastre y el cuerpo todavía vibrando.
***
El olor a sexo y a sudor llenaba el salón. Marcos rompió el silencio cómodo con la voz ronca de quien quiere convencer.
—Me he puesto tan cachondo viéndoos que creo que deberíamos seguir. Los cuatro. En la cama.
Rubén y Diego se miraron y sonrieron a la vez, con esa complicidad de quien ya sabe que va a decir que sí. Lucía, en cambio, sintió un calor subirle por el pecho que no era solo deseo. Se sonrojó de verdad, bajó la mirada y soltó una risa nerviosa, casi infantil.
—No digo que no… —murmuró—. Pero id despacio al principio. Quiero sentirlo todo.
Marcos la cogió en brazos como si no pesara nada y la llevó al dormitorio. Allí la dejó en el centro de la cama. Ella se quitó la camiseta y quedó desnuda del todo, las piernas abiertas, tendiendo los brazos hacia los tres.
—Venid —susurró—. Quiero sentiros a todos.
Sus amigos conocían sus reglas de memoria, porque ella las repetía siempre con dulzura: nada de prisa, mucha lengua antes, y una norma sagrada que Marcos enunció con la barbilla.
—Vosotros, el culo. Y ya sabéis: el coño es mío, salvo que Lucía diga otra cosa.
Diego se arrodilló entre sus muslos y empezó despacio, besando la piel sensible, subiendo hasta lamerla con la lengua plana donde la hacía arquear la espalda. Rubén se sumó por el otro lado, las dos bocas trabajando juntas mientras ella temblaba y subía las caderas pidiendo más.
Marcos se acercó por arriba, le cogió la cara y la besó hondo, tragándose sus gemidos, pellizcándole los pezones hasta endurecérselos.
—Estás preciosa así… dejándote querer por todos —le susurró.
—Quiero que me folléis ya… pero despacio —pidió ella, jadeando.
Rubén se puso un condón —por el culo, con más de uno, era norma de la casa— y entró despacio, centímetro a centímetro. Lucía gimió largo, clavando las uñas en las sábanas. Después Marcos se colocó entre sus piernas y entró en su sexo de un empujón firme.
El contraste la volvió loca: una verga delante, otra detrás, y la cabeza perdida en la idea de estar con varios hombres a la vez. Buscó a Diego con la mano, lo atrajo hacia su boca y lo chupó con ganas mientras los otros dos marcaban el ritmo.
—Joder, Lucía… estás tan apretada —gruñó Rubén.
Ella se corrió la primera, el cuerpo entero temblando, el sexo contrayéndose alrededor de Marcos y el culo apretando a Rubén.
—¡Me matáis, cabrones! —chilló, apartando la boca de Diego, con lágrimas de gusto en las mejillas.
Marcos no aguantó más y se vació dentro de ella con un gruñido. Rubén lo siguió empujando profundo y abrazándola por detrás. Diego, que pretendía terminar en su boca, se vació en el último instante sobre su cara y su pecho por un giro involuntario. Ella le sonrió: en ese estado, cualquier guarrería valía.
Los tres se dejaron caer a su alrededor, jadeando, y Lucía quedó en el centro, entre restos y sonrisas.
***
Había algo de Diego que todos sabían y que en el grupo se hablaba con la misma naturalidad con que se discute quién toma el café solo o con leche. Diego tenía un problema en el aparato reproductor —nada grave, nada que le impidiera disfrutar— que hacía que eyaculara muy poco, apenas unas gotas, a veces casi nada.
Lo arrastraba con complejo desde hacía años. Se sentía menos hombre cuando los demás se corrían a chorros y él apenas mojaba. Nadie se había burlado nunca, pero le pesaba igual.
Lucía lo sabía mejor que nadie. Por eso, cuando notaba que Diego estaba cerca, se las apañaba siempre para que terminara en su boca. Se lo tragaba todo, fuera lo poco que fuese, para que nadie viera cuánto salía y él no tuviera que bajar la mirada. Lo hacía con ternura, como el gesto más natural del mundo.
Esa noche, antes de que él se desbordara sobre su cara, ella se había girado más de una vez para cogerlo en la boca, chupando despacio, mirándolo a los ojos. Y cuando él terminaba, con apenas unas gotas calientes en su lengua, ella tragaba sin un solo gesto de decepción.
—Gracias —le susurró Diego después, con la voz rota.
—No me las des —respondió ella, besándole el vientre—. Me encanta. Me encanta ser yo la que lo guarda todo.
Marcos, que lo había visto, le acarició la espalda a su novia.
—Eres la mejor con él. Siempre lo has sido.
Rubén le pasó un brazo por la cintura a Lucía y le guiñó un ojo a Diego, en un gesto de pura complicidad. No hizo falta decir nada más.
***
Pasó un rato de caricias lentas, de cuerpos enredados sin prisa por seguir. Lucía abrazaba a Diego contra su costado, besándole la frente, cuando él se incorporó apoyado en un codo y la miró con esa timidez que siempre le rompía un poco el corazón.
—Sé que antes has dicho que no a repetir, pero… —empezó, tragando saliva, sonrojándose hasta las orejas— ¿podemos volver los cuatro? Como antes… pero esta vez yo también por detrás. Quiero darte. Si te apetece.
Marcos y Rubén se quedaron quietos, sorprendidos. No por la timidez de Diego, que conocían de sobra, sino porque nunca era él quien proponía nada, y menos algo tan directo. Lucía sintió el calor en el pecho otra vez, y no era solo deseo: era emoción pura. Que su Diego, vulnerable y valiente a la vez, se atreviera a pedirlo la derretía.
—Claro que sí, guapísimo —susurró, sin dudar—. Quiero sentirte ahí detrás. Venid los tres.
Se tumbó boca abajo, apoyó la cabeza en los brazos cruzados y lo miró por encima del hombro, moviendo las caderas para él.
—Despacito, como siempre. Tú marcas el ritmo.
Diego se arrodilló detrás, con las manos temblorosas, y la preparó con la lengua hasta dejarla húmeda y relajada. Marcos se colocó debajo y entró en su sexo con un empujón suave. Rubén se lubricó bien y entró en su culo con cuidado, centímetro a centímetro.
—Deja que vaya yo primero —le dijo a Diego—, así de paso la calentamos. Ya sabes lo que le va a Lucía.
Cada empujón de Rubén la hacía bajar más sobre Marcos, en una sincronía perfecta. Lucía se perdía en la sensación: el sexo lleno, el culo dilatado, el placer subiéndole en oleadas. Hasta que Rubén salió casi del todo.
—Venga, tío. Para adentro —le dijo a Diego.
Diego, con el sexo duro y tembloroso por los nervios, colocó la punta contra el agujero ya abierto y empujó, mientras Lucía se movía hacia atrás para ayudarlo. Entró despacio, gimiendo al sentir el calor apretado, y Rubén volvió a entrar justo después. Dos sexos buscando el mismo sitio estrecho. Ella se tensó un segundo, respiró hondo y se relajó.
—¡Cabrones! ¡No paréis! —gritó cuando empezaron a alternarse dentro de ella, mientras Marcos seguía por delante.
La presión era brutal y deliciosa a partes iguales. Lucía estiró las manos hacia atrás, agarró las caderas de Diego y lo guio, atrayéndolo más adentro.
—Así, precioso… más adentro. No tengas miedo. Quiero sentirte en lo más hondo —susurró entre gemidos.
Diego ganó confianza con sus manos guiándolo. Llegaron al clímax uno tras otro: Lucía la primera, con un grito largo y el cuerpo curvado como un arco. Su sexo ordeñó a Marcos hasta vaciarlo dentro. El culo apretó tanto que Rubén y Diego gimieron a la vez; Rubén se descargó a chorros y Diego, guiado por las manos de ella, se vació también, con su poquito mezclándose dentro.
—¡Me estáis volviendo loca! —sollozaba ella, llorando de gusto, temblando en oleadas, recibiendo cada espasmo como un regalo, incluido lo poco que su amigo tímido había dejado.
Después se quedaron quietos dentro de ella un buen rato, sellándola con cuidado, como a ella le gustaba: dedos que empujaban todo hacia el fondo, besos en la espalda, caricias en el pelo. Lucía giró la cabeza y buscó los ojos de Diego.
—Gracias por pedírmelo, guapo. Me ha hecho muy feliz que fueras tú.
—Gracias a ti… por hacerme sentir valiente —respondió él, besándole la nuca.
Lucía cerró los ojos, agotada y plena, en el centro de aquel enredo de cuerpos donde nadie sobraba y nadie se sentía menos. No tenía nada que confesarle a Marcos esta vez: él lo había vivido todo a su lado. Y aun así la miraba como si acabara de descubrirla.