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Relatos Ardientes

Lo que hice en la ducha del hotel con mi marido

Entramos en la habitación sabiendo que aún faltaban un par de horas para que abrieran el comedor. El tiempo justo para descansar un poco antes de bajar a almorzar. O al menos esa era la excusa que nos habíamos contado en el ascensor. Dejé las sandalias junto a la puerta y me acerqué al armario con la intención de deshacer el equipaje y dejar la ropa más a mano.

De reojo vi cómo Bruno se desnudaba hasta quedarse en ropa interior y se tiraba sobre la cama, adueñándose del mando del aire acondicionado y de la tele. Llevaba conduciendo desde el amanecer y se le notaba el cansancio en la cara, pero no tanto como para no mirarme.

Llené las perchas y la mayoría de los cajones, y empujé las maletas vacías debajo del mueble con el pie.

—Voy a darme una ducha —anuncié, alzando un poco la voz.

Abrí la puerta del armario buscando toallas limpias, plenamente consciente de que sus ojos estaban clavados en mi espalda. Era el momento perfecto para jugar un rato. Desaté el nudo que sujetaba mi pantalón pirata y lo dejé caer al suelo, acompañando el gesto con un levísimo y calculado contoneo de caderas.

Llevaba unas braguitas moradas que, con el trasiego del viaje, se habían movido lo justo para enseñar medio cachete. Sabía de sobra el efecto que esa imagen tenía sobre él.

Sin darle tiempo a recuperarse, agarré el dobladillo de la camiseta y me la quité por encima de la cabeza. Mientras me recogía el pelo en un moño desordenado con una pinza, me desabroché el cierre del sujetador por la espalda. Con un suave movimiento de hombros dejé que los tirantes resbalaran por mis brazos y liberé los pechos justo en el instante en que me inclinaba para quitarme la ropa interior.

Cuando me incorporé, me giré a medias. El bulto que tensaba la tela de sus calzoncillos delataba lo mucho que estaba disfrutando de mi improvisado espectáculo. Cogí una toalla grande y una esponja y me encaminé hacia el baño.

Al pasar junto a la cama, cerca del marco de la puerta, giré la cabeza. Bajé la mirada hasta su entrepierna sin ningún disimulo y luego volví a subirla hasta encontrarme con sus ojos verdes. Me mordí el labio inferior con lentitud, saboreando la anticipación, y terminé de entrar en el baño empujando la puerta tras de mí, pero asegurándome de no cerrarla del todo.

La invitación estaba servida.

***

Apenas el agua caliente empezó a correr y a empapar mi piel, escuché el leve crujido de las bisagras. Sonreí bajo el chorro. No había tardado ni diez segundos en saltar de la cama.

Me quedé de espaldas a la mampara, dejando que el agua golpeara mi pecho y resbalara por todo mi cuerpo. Sentí la corriente de aire frío cuando abrió la puerta de cristal para colarse conmigo. Alargó los brazos y rodeó mi cintura, entrelazando los dedos sobre mi ombligo. Su pecho desnudo chocó contra mis hombros y, al instante, noté la presión dura y ardiente de su erección atrapada entre mis nalgas y su abdomen.

Me estremecí. Cubrí sus manos con las mías, apretándolas contra mi vientre para mantenerlo pegado a mí. Acomodado entre mis glúteos, empezó a besar mis hombros, regalándome pequeños mordiscos posesivos. Dejé caer la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre él, ofreciéndole el cuello con total rendición para que lo recorriera con la punta de la lengua. Cerré los ojos, embriagada por el vapor y por su tacto.

Sus manos abandonaron mi estómago para ascender, rozando apenas la base de mis pechos en un tormento delicioso. Sentía el latido de su erección suplicando atención contra mi piel, mientras mis pezones endurecidos exigían exactamente lo mismo. Por fin los agarró. Los masajeó con firmeza, apretando mi carne húmeda. Apreté mis manos sobre las suyas, animándolo a ser más rudo.

Me dio media vuelta y busqué sus labios con urgencia. Nuestras lenguas chocaron, enredándose con nervios y pura excitación. Mi vientre se rozaba contra él y mis pezones se aplastaban contra su pecho. Movida por el instinto, bajé una mano, lo agarré y empecé a acariciarlo, guiando su punta húmeda para que se deslizara entre mis labios. El agua no dejaba de caer sobre nosotros, pero el calor que salía de mí era de otra clase, inconfundible.

Me sujetó por los hombros y me empujó levemente hacia atrás para obligarme a soltarlo. Me dio la vuelta de nuevo, dejándome de cara a los azulejos, y sentí cómo se arrodillaba tras de mí.

Empezó a devorarme los cachetes a besos. Los chupaba y los mordisqueaba mientras su mano se abría paso sin dudar entre mis piernas. Su palma rozó mi sexo en un contacto tan perfecto que no pude evitar ahogar un gemido. Estaba suave, recién depilada y extraordinariamente sensible. Fui sintiendo cómo sus dedos descendían poco a poco, hasta que uno trazó una línea ardiente que me recorrió entera. Una sacudida de electricidad me subió por la espalda.

Con suma delicadeza separó mis labios. Notó cuánto palpitaba yo ya, cuánto lo anhelaba. Sin querer alargar más la agonía, sus dedos regresaron a mi clítoris y empezó a masajearlo muy despacio. Me aferré al grifo con una mano y apoyé la otra en la pared, sintiendo cómo las rodillas amenazaban con ceder en cualquier momento.

Fue subiendo el ritmo poco a poco. La velocidad de sus dedos crecía en proporción directa al volumen de mis gemidos, que resonaban con el eco del baño. Justo cuando creía que las piernas no me sostendrían más, detuvo el masaje un segundo. Sus manos se aferraron a mi cintura y tiró con suavidad para obligarme a girar. Me dejé hacer, apoyando ahora la espalda contra los azulejos fríos, de frente a él.

Bruno se sentó en el suelo del plato de la ducha, mirándome desde abajo. Sujetó mi tobillo y levantó mi pierna, apoyando el pie sobre su hombro para dejarme completamente expuesta ante sus ojos. Agarró mis caderas, tiró para acercarme a su cara y hundió la boca entre mis piernas.

El grito que se me escapó debió de oírse en todo el pasillo del hotel.

Buscaba mi clítoris con una desesperación maravillosa. Quería besarlo, morderlo, sentirlo temblar dentro de su boca. Mis muslos, temblorosos, le enmarcaban el rostro y le rozaban las orejas. Me penetró con la lengua, bebiéndose el agua de la ducha mezclada con mi propio deseo. El placer era tan abrumador que tuve que soltar la pared para agarrarme los pechos, pellizcándome los pezones con fuerza para no perder la cabeza.

Volvió a centrar su atención en mi clítoris, lamiéndolo con avidez. Mi agitación se convirtió en una serie de pequeñas convulsiones. Estaba empapada por dentro y por fuera. Sus dedos no encontraron la más mínima resistencia cuando se introdujeron en mi interior. Mi cuerpo se amoldó a él al instante. Empezó un movimiento de vaivén profundo mientras su lengua me arrastraba sin frenos hacia el final.

No tardé en llegar. Todo mi cuerpo tembló de arriba abajo en una sacudida violenta.

Bruno se incorporó despacio. Se quedó frente a mí, mirándome a los ojos, y se metió un dedo en la boca, saboreándome con una lentitud que me hizo tragar saliva. Luego me ofreció el otro dedo a mí. Quería que yo también probara mi propio sabor. Lo acepté, chupando su piel húmeda, y por mi expresión supo que me gustaba tanto como a él.

***

Terminamos de ducharnos, aunque en realidad fue él quien se encargó de enjabonarnos a los dos. Mientras me limpiaba, su erección no dejó de acariciar mis piernas, mi culo y mi abdomen en ningún momento, como un recordatorio constante de lo que faltaba.

Salí del baño antes que él, envuelta en una toalla para secarme el pelo. Me tiré en la cama desnuda, levantando los brazos hasta apoyarlos en la almohada, estirando cada músculo relajado de mi cuerpo. Cuando Bruno salió, mi mirada viajó directamente hacia su erección. Levanté los pies y empecé a acariciarlo con las plantas, descubriendo la punta, donde ya brillaba una gruesa gota. Usé los dedos para extenderla por todo su tronco.

Él sujetó mis tobillos para facilitarme el trabajo, marcándome el ritmo y asegurándose de que no pudiera escapar. Veía cómo mis pies se humedecían poco a poco con él. De pronto tiró de mis piernas, arrastrándome hacia él hasta dejarme al mismísimo borde de la cama, con las piernas abiertas de par en par.

Llevé una mano a mi sexo y apoyé un dedo sobre mi clítoris. Estaba brillante, hinchado de pura necesidad. Bruno se agachó ligeramente, acomodándose entre mis labios húmedos. Lo invité a pasar. Entró poco a poco, y yo no podía dejar de mirar cómo mi propio cuerpo lo abrazaba hasta hacerlo desaparecer por completo en mi interior. Los dos suspiramos a la vez.

Me juntó las rodillas, apretando mis muslos contra mi pecho, de modo que mis pies quedaron casi rozando su cara, y aumentó el ritmo de sus embestidas. Mis gemidos empezaron a volverse incontrolables. Intentaba callarme mordiéndome el labio inferior, consciente de que las paredes de los hoteles parecen de papel, pero me resultaba imposible contener la avalancha. Bruno estaba a punto de llegar al límite. Dejé de tocarme y me dejé llevar, derramándome sobre él en una serie de espasmos intensos, rematados por un largo suspiro de puro agotamiento.

Salió de mí justo a tiempo, llevándose consigo su propio orgasmo a medio camino. Su tronco brillaba, cubierto por completo de mí.

Me puse de pie de inmediato. Lo empujé con suavidad para apartarlo del borde de la cama, creando un pequeño hueco entre él y el colchón donde pude arrodillarme con comodidad. Lo agarré con ambas manos y, arrastrada por la inercia de mi propio clímax, no tardé ni un segundo en llevármelo a la boca.

Mi saliva se mezcló con los restos de mi placer, creando un calor espeso que lo hizo perder el control mucho antes de lo que él hubiera querido. Bruno me sujetó con firmeza por el hombro; era nuestra señal. Sabía que no podía aguantar más.

Reaccioné al instante. Me separé, soltándolo de mis labios. Ladeé la cabeza ligeramente hacia arriba, abrí la boca y coloqué la mano izquierda debajo de mi barbilla, a modo de bandeja. Con la derecha empecé a acariciarlo con una firmeza implacable, acelerando el ritmo a la vez que sentía cómo sus contracciones se disparaban bajo mi puño.

Por fin estalló.

El impacto caliente me golpeó la cara y resbaló despacio hasta alcanzar mi lengua. Mantuve el movimiento de mi mano, acompasándolo con las sacudidas de su pelvis, exprimiéndolo hasta la última gota.

Cuando el último espasmo remitió, lo solté. Usé la mano derecha, ahora libre, para recoger lo que había quedado en mi cara. Lo arrastré con el índice y lo dejé caer en un hilo pesado hacia mi mano izquierda, que seguía esperando paciente bajo mi barbilla. Cuando lo tuve todo recogido, lo esparcí sobre mis pechos con ambas manos. Mis pezones volvieron a erizarse.

Bruno se dejó caer sobre la cama, absolutamente exhausto, con la respiración rota. Yo me levanté despacio, me incliné sobre él y le regalé un beso profundo, relamiéndome con descaro lo poco que aún quedaba en mi boca para que él también lo saboreara.

—Te toca volver a la ducha —le susurré al oído, antes de encaminarme de nuevo hacia el baño con una sonrisa.

Aún nos quedaba una hora antes del almuerzo. Y, conociéndonos, dudaba mucho que fuéramos a llegar a tiempo al comedor.

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Comentarios (5)

CaroLectora

Que bien narrado, se siente completamente real. Felicitaciones!!

Manu1987

Hay segunda parte?? porque esto se hizo corto jaja, quede con ganas de mas

RocioLectora

Me hizo acordar a unas vacaciones de hace unos años, los hoteles tienen algo que despierta eso. Muy buena confesion!

ToniBaires

La puerta entornada a proposito... ese detalle lo dice todo jaja. Tremendo

ViboraLenta

excelente!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

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