Mi primera vez en el ascensor y casi nos descubren
Tenía veintidós años y una cara que engañaba a cualquiera. Era bajita, morena, delgada pero con un culo redondo que se movía solo cuando caminaba. Llevaba unos lentes de montura plateada que me daban un aire de niña aplicada, de las que se sientan en primera fila y nunca levantan la voz. Nadie que me cruzara por la calle se habría imaginado lo que pensaba la mayor parte del tiempo.
Esa noche me probé un vestido beige que me prestó mi hermana. Apenas me lo subí por las caderas supe que era un error precioso. Era tan corto que, si me agachaba un centímetro, se me veía la mitad del trasero. Tan ajustado que se marcaba todo lo que llevaba debajo, que no era mucho. No me puse sujetador. La tanga roja era apenas un hilo que se perdía entre mis nalgas.
Me miré al espejo un buen rato. Me solté el pelo, me retoqué el pintalabios rojo y me giré para verme de espaldas. Hoy no soy la chica buena de los lentes. Nunca me había sentido así de descarada, y descubrir esa parte de mí, frente al espejo del baño de mi hermana, me aceleró el pulso.
Había algo embriagador en saber que, por una noche, podía ser exactamente lo contrario de lo que todos esperaban de mí. La tímida. La estudiosa. La que siempre se quedaba en casa. Esa noche pensaba dejarla encerrada en el espejo.
Mi novio llegó a buscarme y se quedó parado en la puerta. No dijo nada al principio; solo me recorrió con la mirada de arriba abajo, despacio, como si me estuviera desvistiendo con los ojos. Después me arrinconó contra la pared del pasillo, me besó con la lengua hasta dejarme sin aire y me agarró el culo con las dos manos.
—Si seguimos, no llegamos a ninguna fiesta —le dije, apartándolo con un esfuerzo enorme.
—Me da igual la fiesta —murmuró contra mi cuello.
Tuve que prometerle que la noche terminaría bien para que me soltara.
***
El departamento donde era la fiesta estaba lleno de gente, música alta y luces bajas. Me quité el abrigo apenas entramos y sentí cómo varias miradas se clavaban en mí de inmediato. No estoy acostumbrada a eso; siempre fui la invisible, la del grupo de atrás. Esa noche, por primera vez, era otra cosa. Y me gustaba demasiado.
Mi novio fue por unas bebidas y me dejó sola un momento junto a la ventana. No pasó ni un minuto cuando se me acercó un hombre mayor, de unos cincuenta y tantos, con la camisa entreabierta y el aliento cargado de cerveza. Me miró el escote sin disimulo y sonrió de esa manera que da escalofríos.
—Qué desperdicio verte aquí sola, preciosa —dijo—. ¿Me concedes un baile?
Le dije que no, con educación. Él no escuchó. Me tomó de la cintura y me pegó a su cuerpo antes de que pudiera reaccionar. Empezó a moverse contra mí, demasiado cerca, y sentí su mano bajar por mi espalda hasta posarse sobre la tela del vestido, justo en la curva del trasero.
—Tranquila, que no muerdo —me susurró al oído—. Aunque tú pareces de las que quieren que muerda.
Su mano siguió bajando, recorriendo la tela hasta detenerse en el borde del vestido, donde la piel ya quedaba al descubierto. Me apretó con descaro y se inclinó otra vez sobre mi oído.
—Con lo formal que pareces y mira cómo vienes vestida —dijo—. A quién quieres engañar.
Me revolví para soltarme. Lo conseguí, pero antes de que me alejara me dio una palmada seca en una nalga, tan fuerte que se me escapó un gemido que no quería dar. El hombre se fue riendo entre la gente, satisfecho. Yo me quedé temblando, con la cara ardiendo y la entrepierna mojada de una manera que me daba vergüenza admitir. Lo peor no fue el manotazo. Lo peor fue darme cuenta de que una parte de mí lo había disfrutado.
Cuando mi novio volvió con los vasos, se lo conté todo. Esperaba que se enojara, que fuera a buscar al tipo. En cambio me miró con los ojos encendidos y me apretó contra él.
—Así que andas provocando —dijo bajito—. Esta noche te voy a dar lo que estás buscando.
***
El alcohol me fue soltando. Bailamos en el centro de la pista, pegados, y el vestido se me subía solo cada vez que levantaba los brazos. Entre tanta gente sentí más de una mano anónima que aprovechaba el roce, dedos que se demoraban un segundo de más en mi cintura, en mis caderas. En vez de molestarme, cada toque me encendía un poco más.
Mi novio se dio cuenta. Me puso de espaldas contra él, metió una mano entre mis piernas por debajo del vestido y, escondido entre la multitud, apartó el hilo de la tanga y me acarició justo ahí. Yo seguí bailando como si nada, mordiéndome el labio, rezando para que nadie notara lo empapada que estaba.
—Estás chorreando —me gruñó al oído—. Eres un desastre.
—Llévame a casa —le rogué, girando la cabeza—. Te necesito ya.
No hizo falta repetirlo.
***
En el taxi no aguantamos. Me senté con las piernas entreabiertas y le froté el bulto por encima del pantalón mientras él metía la mano bajo mi vestido. El chofer nos miraba de reojo por el espejo retrovisor, fingiendo concentrarse en la carretera, pero yo sabía que veía todo. Y saber que me veía me ponía peor.
—El chofer nos está mirando —le murmuré, sin dejar de tocarlo.
—Pues que mire —respondió él, hundiendo los dedos un poco más—. Total, ya no hay nada que esconder.
El trayecto se me hizo eterno y demasiado corto a la vez. Cada semáforo en rojo era una tortura deliciosa. Cuando por fin frenamos frente a su edificio, le pagué al chofer con la cara roja y bajé sin atreverme a mirarlo a los ojos. Salimos casi corriendo, riéndonos como dos adolescentes, agarrados de la mano.
Las puertas del ascensor se cerraron y, en cuanto el espejo de metal nos devolvió nuestro reflejo, dejé de ser la chica buena por completo.
Me empujó contra la pared, me subió el vestido hasta la cintura de un tirón y se pegó a mí por detrás. Yo apoyé las manos en el frío del metal y eché el trasero hacia atrás, buscándolo.
—Aquí no, nos pueden ver —susurré, sin convicción ninguna.
—Por eso mismo —respondió.
Me di la vuelta, me dejé caer de rodillas sobre el suelo del ascensor y le bajé el pantalón. La saqué dura, palpitante, y me la metí en la boca sin ceremonias. Lo escuché soltar un gruñido largo mientras le hundía la garganta una y otra vez, mirándolo desde abajo por encima de mis lentes empañados. Él me sujetaba el pelo con una mano y marcaba el ritmo, sin prisa, disfrutando cada segundo.
—Mírate —dijo, casi sin voz—. Mi niña aplicada de los lentes.
El ascensor seguía subiendo. Cada piso que marcaba el número rojo encima de la puerta era una posibilidad de que se abriera y nos encontrara un vecino. Lejos de frenarme, esa idea me volvía loca. Lo chupé más rápido, más sucio, hasta que tuvo que apartarme la cabeza para no terminar antes de tiempo.
Me levantó del brazo, me giró de cara a la pared y me agachó. Sentí su lengua recorrerme entera por detrás, lenta y profunda, y tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar y despertar a medio edificio. Movía las caderas contra su cara sin ningún pudor.
—Métemela ya —le supliqué—. No aguanto más.
Se incorporó, me tapó la boca con una mano y me penetró de una sola embestida hasta el fondo. Solté un grito ahogado contra su palma. Empezó a moverse rápido, fuerte, y el sonido de nuestros cuerpos chocando retumbaba en aquel cubículo metálico de una manera escandalosa. Cada golpe me subía sobre las puntas de los tacones.
—Dime que esto es lo que querías —me dijo al oído.
—Sí —jadeé contra su mano—. Más fuerte. Por favor.
Me levantó una pierna y entró más hondo, en un ángulo que me hizo ver puntos blancos detrás de los lentes empañados. Estaba tan mojada que se escuchaba todo, y la idea de que cualquiera podía oírnos desde el pasillo me empujó al borde más rápido de lo que jamás me había pasado.
El ascensor frenó en el último piso con un golpe seco. Por un segundo nos quedamos congelados, conteniendo la respiración, mirando la puerta. No se abrió. Mi novio apretó el botón para mantenerla cerrada y siguió, ahora más despacio, más profundo, mirándome a los ojos en el reflejo del metal.
Me corrí ahí, de pie, con la boca tapada y las rodillas temblando, en una oleada que me dejó sin fuerzas. Él aguantó unos segundos más antes de salirse, ponerme de rodillas otra vez y terminar sobre mi cara y mis lentes, jadeando mi nombre. Me limpié con un dedo y me lo llevé a la boca, mirándolo, todavía incrédula de lo que acababa de hacer.
***
Subimos los últimos metros a su departamento muertos de risa y de adrenalina, tratando de no hacer ruido. Apenas cerramos la puerta de su cuarto, escuchamos la de su madre abrirse al fondo del pasillo.
—¿Ya llegaron? —preguntó medio dormida.
—Sí, mamá, ya estamos —contestó él, conteniendo la risa—. Buenas noches.
La puerta volvió a cerrarse. Nos miramos en la oscuridad y tuvimos que taparnos la boca para no estallar de la risa, imaginando lo cerca que habíamos estado de que nos descubriera, no solo ella, sino medio edificio.
Me tiró sobre la cama y me hizo el amor otra vez, esta vez lento, sin prisa, besándome todo el cuerpo en silencio. Yo estaba tan agotada, tan llena de él, que me quedé dormida a mitad de camino, con su cuerpo todavía pegado al mío.
A la mañana siguiente desayunamos con su familia como dos chicos correctos, yo con mis lentes y mi sonrisa de buena niña. Nadie sospechó nada. Pero por debajo de la mesa, mientras su madre nos servía café, él me apretó el muslo y me miró con esa media sonrisa. Y yo ya estaba pensando en la próxima vez que el ascensor se cerrara solo para nosotros.