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Relatos Ardientes

Su confesión al oído justo antes de la fiesta

Estaban a punto de cumplir un año juntos, aunque la cuenta nunca les cuadraba del todo. Todo había empezado en la fiesta de fin de año de la clínica, la del invierno anterior, pero el primer cruce de miradas venía de mucho antes. Se habían visto durante meses en los pasillos, entre turnos, con esa tensión que ninguno se atrevía a nombrar.

Tomás era demasiado tímido y Renata demasiado orgullosa. Así que durante todo ese tiempo no pasaron del «buenos días» y de algún roce fingidamente casual junto a la máquina de café. Nada más. Cada uno esperando que el otro diera el primer paso que ninguno daba.

Fue en la fiesta, con un par de copas de más, cuando Tomás reunió por fin el valor para acercarse. Dicen que en las celebraciones de trabajo pasan cosas. Y vaya si pasaron. Esa misma noche Renata terminó en su departamento, y no se fue hasta el lunes por la mañana.

Al principio solo se buscaban para eso. Quedaban sin demasiadas palabras, se miraban, se desnudaban. Era casi un acuerdo silencioso entre dos personas que se deseaban y no querían complicarse. Pero entre un encuentro y otro empezaron a colarse las conversaciones: cine, música, libros, la vida. Charlas tan intensas como lo que venía después.

Sexo y charla. Charla y sexo. Pedir algo para comer a medianoche y seguir hablando en la cama. Después llegaron los cafés, los restaurantes, las escapadas de fin de semana. Y un día, sin que ninguno lo decidiera del todo, se descubrieron siendo pareja.

Desde hacía medio año, Renata pasaba casi todo su tiempo en el departamento de Tomás. Aun así, no había querido dejar el suyo para mudarse. Le gustaba conservar ese pequeño territorio propio, ese refugio al que volver cuando lo necesitaba.

Esa noche había preferido que él la recogiera en su edificio en vez de arreglarse juntos. Lo conocía bien: si la veía en ropa interior, pintándose los labios frente al espejo, terminarían en la cama y no llegarían a ninguna parte. Siempre ocurría. Y la fiesta de este año no se la querían perder.

***

Renata bajó hasta el auto, donde Tomás la esperaba con el motor encendido. Llevaba un vestido negro de tirantes, ceñido al cuerpo, corto, que apenas le cubría la mitad de los muslos. El cabello castaño oscuro recogido en un moño bajo, unos aretes largos de oro y unas medias veladas que terminaban en tacones de gamuza negra.

En cuanto la vio, Tomás sintió ese golpe de deseo que ella le provocaba sin proponérselo. El cuello largo y pálido, los hombros descubiertos, las caderas marcadas, las piernas que parecían no terminar nunca. Bajó del auto y le abrió la puerta del acompañante como si la recibiera en una cita de las primeras.

—Estás preciosa, mi amor —le dijo, y la besó.

Renata también lo deseaba. Al acercarse, cada uno reconoció el aroma del otro, ese perfume mezclado con piel que solía encenderlos en segundos. Él llevaba una camisa blanca de mangas largas y un pantalón negro que resaltaban su cuerpo atlético. Ella se apuró a subir al auto antes de que cualquiera de los dos se arrepintiera del plan.

Durante el viaje, Tomás intentó deslizar la mano libre por debajo de la falda. Renata se la apartó con una palmada y una sonrisa de advertencia.

—Ni se te ocurra —le dijo—. Llegamos tarde por tu culpa.

—Por mi culpa —repitió él, fingiendo ofenderse, y volvió a poner la mano sobre la palanca de cambios.

La fiesta de este año era en un restaurante elegante de las afueras de la ciudad. Una casa grande, imponente, levantada sobre una colina desde la que se adivinaba el mar al fondo, oscuro y brillante bajo la luna. Estacionaron y se dirigieron a la entrada, donde la música y las luces ya desbordaban hacia el jardín.

Todo estaba lleno de glamour y de ese espíritu festivo que se contagia sin pedir permiso. Nadie en la clínica sabía que ellos dos salían. Lo habían mantenido en secreto desde el principio, en parte por discreción profesional, en parte porque les gustaba tener algo que era solo suyo.

Justo antes de cruzar la puerta, antes de tener que fingir que apenas se conocían, Renata se inclinó hacia él y le habló muy bajito al oído.

—No llevo nada debajo.

Y siguió de largo, dándole la espalda, dispuesta a saludar al grupo de colegas que ya salían a su encuentro con sonrisas y abrazos. Lo dejó plantado en el umbral, con esas cuatro palabras dándole vueltas en la cabeza.

Un corrientazo recorrió a Tomás desde la nuca hasta la entrepierna. No puede hacerme esto justo ahora. Sus propios compañeros vinieron a saludarlo, le palmearon la espalda, le ofrecieron una copa, y él respondió en automático, sin enterarse de nada. Seguía a Renata con la mirada, intentando disimular lo mejor que podía.

***

No supo cuánto tiempo pasó. Quince minutos, media hora, dos horas. Le pareció una eternidad. Bebía despacio, asentía a conversaciones que no escuchaba, sonreía cuando tocaba sonreír. Toda su atención estaba puesta en el otro extremo del salón, donde ella se movía entre la gente como si nada.

Entonces vio acercarse a ese médico nuevo, el que llevaba semanas rondándola. Lo vio inclinarse hacia ella con la excusa del ruido, hablarle casi pegado a la oreja, sonreírle con demasiada confianza. Renata coqueteaba apenas, con ese brillo en los ojos que Tomás conocía de memoria y que ahora le quemaba por dentro.

Sabe lo que está haciendo. Lo sabe perfectamente.

De pronto ella se apartó del grupo. Caminó con esa elegancia suya, las caderas balanceándose, las piernas largas marcando cada paso. Y sin nada debajo del vestido. Tomás la perdió de vista entre la multitud y, sin pensarlo dos veces, dejó su copa en cualquier mesa y fue tras ella.

A medida que avanzaba hacia la parte trasera de la casa, la música y las voces fueron quedando atrás, amortiguadas. Cruzó un salón vacío, luego un pasillo más oscuro que llevaba a los baños. Y ahí la encontró.

Renata estaba recostada contra la pared, esperándolo. No había duda de que lo había planeado así. Se miraron en silencio, los dos sabiendo exactamente para qué estaban ahí.

Tomás se acercó sin decir palabra. Le sostuvo la mirada mientras deslizaba la mano por debajo del vestido, recorriendo la cara interna del muslo. Renata se estremeció y contuvo el aire. Él siguió subiendo, despacio, hasta que sus dedos encontraron esa humedad que confirmaba todo lo que ella le había estado provocando durante horas.

Se oyeron voces al fondo del pasillo, pasos que se acercaban. Sin soltarla, Tomás la tomó de la mano y la metió en el baño de mujeres. Empujó la puerta de uno de los cubículos y la apoyó contra la pared del fondo.

Eran baños de lujo, con cubículos amplios y paredes de mármol pulido. Apoyó la mano izquierda sobre la boca de ella y, con la derecha, se bajó la bragueta y le subió un poco la falda. Renata levantó una pierna y le rodeó la cadera. Él se hundió en su interior con un movimiento lento.

Ella dejó escapar un suspiro ahogado y le mordió los dedos de pura excitación. Tomás empezó a moverse con un ritmo contenido, sintiendo el aliento agitado de Renata contra su palma, el calor de su cuerpo, la urgencia que llevaban toda la noche guardándose.

—Feliz fin de año, mi amor —le susurró al oído, con una sonrisa.

***

En ese momento la puerta del baño se abrió. Entró un grupo de mujeres entre risas y tacones sobre el mármol. Tomás se tensó de golpe y se detuvo. Ninguno de los dos era de los que disfrutaban el vértigo de que los descubrieran. Al contrario: ellos preferían la penumbra, el silencio, las noches largas a puerta cerrada, los suspiros sin testigos.

Se quedaron inmóviles, pegados el uno al otro, conteniendo hasta la respiración. Reconocieron las voces. Eran compañeras de la clínica, y hablaban precisamente de los hombres más atractivos de la fiesta.

El nombre de Tomás salió a relucir enseguida. Una de ellas comentó, sin el menor pudor, que no le importaría terminar la noche con él y que se aferraría a ese trasero respingón sin soltarlo. Renata no pudo evitar reírse, todavía con la mano de él sellándole la boca, los hombros sacudiéndose en silencio.

—Dicen que sale con una médica —apuntó otra desde el espejo.

—Pues qué suerte la de ella —respondió la primera, y todas rieron.

Se retocaron el maquillaje, siguieron con su cháchara entre risas y, después de lo que pareció una eternidad, salieron del baño dejando el pasillo otra vez en silencio.

Renata miró a su amante. Estaba completamente sonrojado, mitad por el esfuerzo de no moverse, mitad por lo que acababan de escuchar. Esa vergüenza repentina en un hombre que por dentro la deseaba con tanta fuerza la enterneció y la encendió a partes iguales.

Le apartó la mano de la boca con suavidad y lo besó. Primero con ternura, rozándole apenas los labios. Después con hambre, buscándole la lengua, mientras enredaba los dedos en su cabello oscuro y le clavaba la otra mano en la espalda para pegarlo más a ella.

Tomás retomó el movimiento. Lento al principio, recuperando el ritmo perdido, y luego cada vez más profundo, más rápido, olvidándose por completo de la fiesta que seguía sonando lejos. Renata escondió la cara en su cuello para no hacer ruido, y él sintió cómo todo el cuerpo de ella se tensaba contra el suyo.

Acabaron casi al mismo tiempo, los dos temblando, ahogando los jadeos contra la piel del otro. Se dejaron caer agitados, ella todavía aferrada a su cintura, él sosteniéndola contra la pared para que no se resbalara.

Tardaron en recuperar el aliento. Afuera la música cambió a algo más lento, y por debajo de la puerta del cubículo se colaba la luz tibia del baño. Renata seguía abrazada a él, con la respiración volviendo poco a poco a la normalidad. Entonces se acercó a su oído una vez más.

—Feliz fin de año, mi amor —le susurró.

Y los dos sonrieron, sabiendo que dentro de un rato volverían al salón a fingir que apenas se conocían, como si nada hubiera pasado en ese pasillo oscuro del que solo ellos guardarían el secreto.

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Comentarios (5)

Juanma_lector

tremendo!!!

NicolasR_Mdp

Que tension desde el primer parrafo, imposible soltar la lectura. muy bien contado

Sofita_R

Hay segunda parte?? porque esto no puede quedar asi jajaja

Caro_Mendoza

Me encanto como capturaste ese momento, esa incomodidad tan deliciosa. Me recordó algo que pasó en una fiesta hace años, ese tipo de sensaciones no se olvidan.

Rodo_uy

excelente, mas por favor!

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