Lo que pasó con mi vecino en el ascensor esa tarde
Durante meses lo único que tuvimos fueron las madrugadas. Yo salía de casa cuando todavía no había amanecido del todo, y él llegaba a esa misma hora, arrastrando el cansancio de una noche entera de turno. Nos cruzábamos en el portal: yo entrando al ascensor, él saliendo; o al revés, según el día. Siempre el mismo gesto mínimo, una sonrisa apenas dibujada, un «buenos días» que en su caso era casi un «buenas noches».
Se llamaba Adrián. Lo sé porque me molesté en averiguarlo, aunque del resto del edificio no supiera ni los nombres. Con él fue distinto desde el principio. Quizás porque teníamos una edad parecida, quizás porque —aunque me costara admitirlo— me había fijado en él más veces de las que debería al cruzármelo en los pasillos.
Sin convertirlo en una intromisión, terminé sabiendo que trabajaba en una ambulancia, en el servicio de emergencias de la ciudad. Por eso volvía a casa de madrugada, con el uniforme todavía puesto y los ojos pidiendo a gritos una cama. Yo, en cambio, salía fresca y a medio despertar hacia un trabajo que empezaba demasiado temprano. Vivíamos encontrados, literalmente. Él terminaba justo cuando yo arrancaba.
Aquel viernes de octubre todo siguió el guion hasta que dejó de seguirlo.
Nos cruzamos como siempre. La sonrisa, la mirada de reojo, el gesto de cerrar mi puerta mientras él caminaba hacia el ascensor. Pero esa mañana Adrián no continuó su camino. Detuvo la hoja con la mano, la mantuvo abierta y, sin apartar los ojos de mí, habló.
—Madrugas mucho, Marina.
Creo que era la primera vez que escuchaba su voz dirigiéndose a mí. Una frase tonta, sobre nada, y aun así me cogió completamente desprevenida.
—Ya ves. Cosas del trabajo. Tú llegas y yo me voy, no hay manera —contesté, improvisando un tono más coqueto de lo que pretendía.
—Cierto. Habría que hacer algo para arreglar eso —siguió él, entrando sin esfuerzo en el juego.
—Estaría bien, sí —dije, con una alegría tonta solo de imaginarlo en otro contexto que no fuera ese pasillo a las seis de la mañana.
No respondió enseguida. Dejó el silencio en el aire mientras me estudiaba la cara, como si buscara algo en ella.
—Si no tienes nada que hacer, podríamos vernos esta tarde.
Y así, sin más, rompió el suspense que pesaba en el frío del portal.
***
Pasé la mañana intentando mantener a raya lo ocurrido. Lo conseguí a medias. Hice mi trabajo, atendí lo que tenía que atender, pero la frase volvía cada vez que bajaba la guardia. Podríamos vernos esta tarde. Cinco palabras y no era capaz de soltarlas.
A las dos y media fiché y salí de allí con el cuerpo ya cansado. Pasé por el supermercado aprovechando que a esa hora apenas había gente, compré algo preparado para no tener que cocinar y me fui directa a casa. El sofá me reclamaba.
La siesta fue un desastre. Me desperté sudando, peleada con un cojín, con la sensación de haber descansado menos que antes de tumbarme. Y, por supuesto, con Adrián metido otra vez en la cabeza. Esperaba noticias suyas durante la tarde, pero el reloj avanzaba y él no aparecía por ninguna parte.
Así que decidí ser yo. La idea llevaba horas rondándome y dejé de resistirme a ella. Aunque presentarme en la puerta de su casa fuese un atrevimiento, no pensaba hacerlo con las pintas de andar por casa.
Me puse unos vaqueros bien apretados, de esos que levantan todo y marcan cada curva. Busqué una camisa a juego, la dejé a medio abrir con un botón estratégicamente suelto, para que pareciera despreocupado y no calculado. Unos botines de tacón para ganar altura y verme más estilizada. Me solté el pelo y lo dejé caer con desorden estudiado, como si nada de aquello me importara demasiado. Debajo, un tanga negro de encaje que ya notaba húmedo solo de pensar en llamar a su puerta.
Salí al rellano dispuesta a subir y llamar a la puerta del octavo.
El timbre sonó agudo, insistente. Detrás de la puerta, nada. Esperé. Volví a llamar. Silencio.
Pensé que habría salido, o que dormía, lo cual no sería raro con los horarios que manejaba. Insistí un minuto más, una cortesía inútil cuando es evidente que no hay nadie. La puerta siguió cerrada y mi valentía se desinfló de golpe.
Avergonzada, me separé de la puerta haciéndome la que pasaba por allí de casualidad, pulsé el botón del ascensor y recé para que llegara cuanto antes. Solo quería desaparecer, volver al calor de mi casa y olvidar la escena ridícula que acababa de protagonizar para nadie.
***
Las puertas del ascensor se abrieron. Y ahí estaba él.
Adrián, con dos bolsas del supermercado en las manos, vestido de calle. Me había acostumbrado tanto a verlo de uniforme que casi se me había olvidado cómo era sin él. Parecía otra persona, un hombre cualquiera, y al mismo tiempo el mismo de siempre.
Sonrió en cuanto me vio. Yo dudé entre entrar o esperar a que saliera. Apostarlo todo o no apostar nada.
Nunca había sido de las que esperan a que las cosas pasen solas. Pero esa tarde, por una vez, me apeteció tener paciencia y dejar que ocurriera lo que tuviera que ocurrir. Así que esperé, atenta a su reacción.
Adrián dio un par de pasos. Pensé que me esquivaría, estaba casi segura de que lo haría. No lo hizo. Alargó la mano, me cogió del brazo y tiró de mí hacia dentro del ascensor.
Una fuerza contenida me arrastró hasta él.
Las puertas se cerraron a nuestra espalda y, con un zumbido sordo, la cabina empezó a subir. El silencio se instaló en aquel cubículo diminuto. Solo quedaba la mirada, clavada el uno en el otro, sin hablar, sin dejar que la distancia volviera a separarnos. Él seguía sujetándome el brazo, firme, pegándome a su cuerpo. Noté cómo el bulto de su polla, ya medio dura bajo el vaquero, se apretaba contra mi cadera sin ningún disimulo.
Cuando me llegó su olor supe que era a él a quien había estado esperando todo ese tiempo. Un perfume cálido y penetrante que me invadió por completo.
El ascensor se detuvo en la última planta. Más arriba no había nada salvo la azotea. Adrián, obedeciendo a algún impulso, pulsó el botón de parada y el ascensor quedó suspendido entre dos pisos. Con ese gesto detuvo también el tiempo. En aquel encierro palpitaba la certeza de algo irrepetible, el instante exacto en que nuestras vidas, hasta entonces tan ordenadas y repetidas, estaban a punto de torcerse para siempre.
—Marina, espérame ahí.
Su mano me marcó el sitio exacto donde quería que me quedara. No entendía el juego, pero tampoco estaba dispuesta a irme sin averiguarlo, así que me quedé clavada donde él me había puesto.
Rebuscó en una de las bolsas con la seguridad de quien sabe perfectamente qué busca. Como si lo hubiera comprado solo para ese momento.
—Toma. Muérdela.
Una manzana. Eso fue lo que sacó. Me quedé perpleja con la fruta en la mano. Había esperado cualquier cosa menos eso, algo más sugerente, más inquietante. ¿Pero una manzana? ¿Qué tenía de especial?
—Muérdela. La vas a necesitar —insistió, y la curiosidad pudo conmigo.
Sin apartar la vista de él, me llevé la manzana a los labios. El frío de la piel contra la boca despertó algo casi animal. Hundí los dientes con ganas, y el jugo dulce me hizo salivar sin control, una mezcla de placer y ansia que se extendió por todo el cuerpo. Adrián cambió de cara en ese instante. La mirada se le volvió más oscura, más depredadora, como si verme morder hubiera prendido algo que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
Reconocí esa necesidad apenas la vi. Y, lejos de esconderla, me sentí orgullosa de provocarla.
***
No perdió el tiempo. Sacó unos guantes de látex de los que usaba en cada turno y se los puso despacio, marcando bien el gesto, dejándome claro para qué pensaba usarlos.
Sus manos recorrieron el contorno de mi cuerpo por encima de la ropa, dibujando mi silueta con una calma que me ponía nerviosa.
—Llevaba mucho tiempo pensando en ti, Marina —confesó, y suspiré sin querer—. Y veo que tú también.
No podía negárselo. Llevaba meses fantaseando con él, con su aire de tipo difícil, con esa actitud que me desarmaba. Durante demasiadas noches lo había llevado a mi cama solo con la imaginación, metiéndome dos dedos hasta el fondo del coño mientras susurraba su nombre contra la almohada.
—Nunca me fuiste indiferente, Adrián —respondí con la voz más ronca que me salió.
—Ya lo veo —susurró.
Sus dedos se colaron por el borde de la camisa. El látex, frío y casi inerte, cobraba vida absorbiendo el calor de mi piel. Me acarició el vientre, jugueteó alrededor del ombligo y fue subiendo sin disimulo los pocos centímetros que lo separaban de mis pechos. Desabrochó los botones uno a uno, sin prisa, hasta dejarme la camisa abierta de par en par. El sujetador, de encaje negro, apenas contenía unos pezones ya endurecidos que se marcaban tras la tela. Metió los dedos por el borde de las copas y las bajó de un tirón, dejándome las tetas al aire dentro de aquel ascensor. Se aferró a ellas con fuerza, sin delicadeza, apretando la carne y pellizcándome los pezones con el látex hasta que se me escapó un gemido ronco.
—Qué buenas tetas tienes, joder —masculló, agachándose para chuparme un pezón mientras el otro se lo pinzaba entre el pulgar y el índice.
La lengua caliente contrastaba con el frío del guante en el pezón contrario. Se lo metía en la boca entero, tirando de él, mordiéndolo con cuidado y volviéndolo a soltar. Yo arqueaba la espalda contra la pared de espejo del ascensor, ofreciéndoselas más, buscando más lengua, más dientes, más de todo.
Sentir sus manos y su boca impacientes sobre mí me desbordó. Me pegué a él buscando más contacto, más calor, y llevé las manos a su pecho, bajando enseguida hasta el bulto que se marcaba bajo la tela del pantalón. Se la apreté por encima de la ropa y la noté crecer contra mi palma, dura, exigente, tan larga como me la había imaginado tantas veces. Me recibió de buena gana, con esa evidencia que crecía contra mis caderas.
—Sigue tocándomela así —gruñó contra mi cuello—. Me pones cachondo perdido, Marina.
Me movía inquieta, necesitada. Ese hombre conseguía sacar de mí una versión que yo misma desconocía.
Adrián no me defraudó. Pegado a mi cuerpo, deslizó la mano entre mis piernas, por encima del vaquero primero, apretando la costura contra mi coño hasta hacerme jadear. Después, con la otra mano, me desabrochó el botón y bajó la cremallera despacio, hasta hundir los dedos dentro del tanga. Buscaba la prueba de que yo también lo deseaba, y al encontrarla —empapada, resbaladiza, ardiendo— ya no hubo vuelta atrás ni negación posible.
—Estás chorreando, cabrona —susurró contra mi oreja, mordiéndome el lóbulo—. Estás así por mí, ¿verdad?
—Sí… por ti, joder, por ti —conseguí soltar entre jadeos.
Suspiré. Sentía el látex lubricado por mis propios jugos abrirse paso con una lentitud calculada. Dos dedos que se colaban entre los labios de mi coño, separándolos, jugando en la entrada antes de hundirse. Cuando por fin lo hizo, entraron enteros de una sola embestida, hasta los nudillos, y el guante se coló dentro de mí con un chapoteo húmedo que resonó en la cabina. Lo agarré de las solapas de la chaqueta y tiré de él con la brusquedad de un cuerpo al límite. El choque fue contundente, igual que el hundimiento de sus dedos. Un golpe seco y certero que me arrancó un suspiro visceral, algo que salió de lo más hondo y se convirtió en su nombre.
—Adrián…
Esbozó una sonrisa medio diabólica. Sabía exactamente lo que estaba consiguiendo y se sentía orgulloso de ello. Empezó a follarme con los dedos con un ritmo constante, sacándolos casi del todo y volviéndolos a hundir hasta el fondo, arrancándome un jadeo por cada embestida. Con la otra mano me tapó la boca. Yo apreté los dientes contra su palma, ahogando los jadeos que seguían el ritmo de sus dedos.
—Calla, que nos van a oír —murmuró, sin dejar de moverme dentro—. Aunque me pondría todavía más cachondo que nos pillaran así.
Añadió un tercer dedo y el ascensor me pareció girar. Me abría, me llenaba, me curvaba el dedo corazón contra ese punto exacto donde sabía que iba a romperme. Con el pulgar me buscó el clítoris y empezó a frotarlo en círculos apretados, sincronizando el movimiento con las embestidas. Sentí cómo se me contraía todo el vientre, cómo el coño me apretaba sus dedos con espasmos que anunciaban lo que venía.
En ningún momento aparté la mirada. Me mantenía de pie, estática, anclada al punto exacto donde él me había dejado, con las piernas separadas y los vaqueros a media cadera. Él tampoco dejaba de mirarme. Disfrutaba de mi rubor, de cómo la lujuria se me dibujaba en la cara, de ver mis tetas moverse al ritmo con el que me follaba con la mano.
—Nunca te vi tan guapa como ahora —dijo, sereno, como una verdad que necesitaba soltar—. Siempre fuiste mi locura. Cuántas pajas me habré hecho pensando en meterte los dedos así.
Llevaba meses observándolo como a alguien inalcanzable, un amor platónico que jamás creí que pasaría al plano real. Y ahí estaba, susurrándome esas guarradas al oído en un ascensor parado, con tres dedos hasta el fondo de mi coño.
Me abordó la boca con furia, mordiéndome los labios hasta el punto justo de escocer, mientras aceleraba el ritmo hasta llevarme donde ya no podía aguantar. Los dedos me entraban y me salían con un sonido obsceno, chapoteando dentro de mí, mientras el pulgar no dejaba de castigarme el clítoris. El aire me salía ardiente y entrecortado, el cuerpo me temblaba rendido, hasta que me rompí en un espasmo profundo, apretándole los dedos con el coño en oleadas, corriéndome con los dientes todavía clavados en su mano y un grito ahogado escapándoseme entre los nudillos.
Cuando sacó la mano de entre mis piernas, el guante estaba empapado, brillante, chorreando hilos de flujo hasta la muñeca. La señal evidente de su victoria. Se lo llevó despacio hasta mi boca, me pasó los dedos por los labios y me los metió entre los dientes. Los chupé sin pensarlo, saboreándome a mí misma en el látex, mientras él me miraba morderme el labio inferior.
—Así me gusta —dijo—. Sabes cómo estás de rica.
***
No podía creer lo que acababa de pasar. Aturdida, fui saliendo del trance, volviendo a una realidad más concreta. Seguíamos en el ascensor. En alguna planta del edificio se oían voces, gente que iba y venía, y la sola idea de que me hubieran escuchado me dio una vergüenza que, al mismo tiempo, me hacía sentir extrañamente orgullosa.
Acalorada, alargué la mano hacia el botón para poner el ascensor en marcha y huir a casa, a un lugar seguro donde digerir todo aquello.
Adrián no me dejó. Me sujetó la mano, invitándome a abandonar la idea, manteniendo las puertas cerradas y la cabina detenida.
—Todavía no hemos terminado —fue lo único que dijo.
Tardé en entender que aquello significaba seguir. Él no me dejó mucho tiempo en la duda. Se quitó los guantes de un tirón, los tiró al suelo y se desabrochó la hebilla del cinturón con una parsimonia deliberada que me encendió aún más. Mis dedos se sumaron a los suyos, ayudándole con cierta urgencia, liberando el cuero, soltando el botón del pantalón sin apenas esfuerzo. Cuando le bajé la cremallera y le hundí la mano por dentro del bóxer, la polla saltó gruesa y caliente contra mi palma, dura como una piedra, con la punta ya mojada de líquido preseminal.
—Joder —murmuré sin querer, cerrando los dedos alrededor de la base.
La saqué del bóxer y la miré. Larga, gorda, con una vena palpitándole en la parte de abajo y el glande rojo, hinchado, brillando de humedad. Empecé a masturbársela despacio, con la palma cerrada, subiendo y bajando, mientras él echaba la cabeza hacia atrás y apretaba los dientes.
—Así, muy bien —jadeó—, apriétala más.
No me hizo falta que insistiera. Me arrodillé en el suelo del ascensor sin pensarlo, porque llevaba meses queriendo hacerlo. Le bajé el pantalón y el bóxer hasta los muslos y me quedé con la polla a la altura de la cara, dura, apuntándome. Le pasé la lengua desde la base hasta el glande, lamiéndole toda la longitud como si fuera un helado, recogiendo el sabor salado del preseminal. Cuando llegué arriba, la abrí en la boca y me la metí entera, ahogándome un poco al notarla golpear el fondo de la garganta.
—Hostia, Marina —gruñó—, joder qué bien la chupas.
Le agarré la base con una mano y empecé a mamársela con ganas, subiendo y bajando la cabeza, dejando que se me llenara la boca de saliva para que resbalara mejor. Con la otra mano le acariciaba los huevos, apretándoselos con cuidado, sintiendo cómo se le tensaban a cada arcada mía. Él me agarró del pelo, no con violencia pero sí con firmeza, y empezó a mover las caderas marcándome el ritmo, follándome la boca sin miramientos.
—Trágatela toda, así, así —repetía—, joder qué guarra eres.
Cada vez que me la hundía hasta el fondo se me saltaban las lágrimas y me caía saliva por la barbilla, mezclándose con los hilos que colgaban de mis labios hasta su polla. Levanté la vista para mirarlo, con los ojos húmedos y la boca abierta, y él estuvo a punto de correrse solo con verme así. Se salió de golpe, jadeando.
—Para, para —dijo—, todavía no. Levanta.
Me puso en pie de un tirón. Me giró contra el espejo del ascensor y me bajó los vaqueros y el tanga de un solo movimiento, dejándome el culo al aire, con las bragas hechas un lío entre los tobillos. Me miró en el reflejo, roja, despeinada, con las tetas fuera y la boca todavía brillante de saliva.
—Mírate qué pinta tienes —dijo detrás de mí, agarrándome de las caderas—. Puta perfecta.
Me abrió las piernas con la rodilla y me obligó a inclinarme hacia delante, apoyando las manos contra el espejo. Sentí la punta de su polla frotándose entre los labios de mi coño, buscando la entrada, resbalando arriba y abajo, mojándose con todo lo que yo tenía. Se rozó también con el clítoris, castigándomelo, hasta que se colocó bien y empujó.
Entró de una embestida. Entera, hasta el fondo, hasta chocar contra mí y arrancarme un grito ahogado que casi no pude contener. Me llenó de golpe, estirándome, y por un segundo me quedé sin aire.
—Joder, qué apretada estás —gimió pegado a mi oído—. Cómo me la chupa este coño.
Empezó a moverse. Al principio despacio, saliendo casi entera y volviendo a hundirse hasta la base, dejándome sentir cada centímetro. Después, sin previo aviso, aceleró. Me la clavaba con embestidas duras, secas, que sonaban con un chapoteo húmedo cada vez que sus caderas chocaban contra mi culo. El espejo se empañaba con mi aliento, mis tetas se movían al ritmo de sus golpes, y sus manos me agarraban las caderas tan fuerte que sabía que me iban a dejar marca.
—Más fuerte —le pedí sin reconocer mi propia voz—, fóllame más fuerte.
Y me la clavó más fuerte. Me dio una palmada en una nalga que resonó en la cabina y me llevó la mano al pelo, agarrándome un mechón y tirándome de la cabeza hacia atrás. Yo estaba doblada contra el espejo, con la espalda arqueada, ofreciéndole el culo mientras él me embestía cada vez más rápido, cada vez más profundo.
—Tócate el clítoris —me ordenó—, córrete otra vez con mi polla dentro.
Le hice caso. Metí la mano entre mis piernas y empecé a frotarme rápido, en círculos, sintiendo cómo su polla entraba y salía de mí a un ritmo brutal. Me llegó rápido, casi de golpe. Me apreté contra él, el coño se me contrajo en oleadas alrededor de su verga, y me corrí por segunda vez, gimiendo contra el espejo, tan fuerte que estoy segura de que alguien lo oyó en algún piso.
Él aguantó unas cuantas embestidas más, salvajes, casi desesperadas. Me agarró de las caderas con las dos manos y se la clavó hasta el fondo tres o cuatro veces seguidas.
—Me corro, Marina, me corro dentro —jadeó.
—Sí, joder, córrete dentro —le pedí.
Sentí cómo la polla se le hinchaba todavía más y descargaba en oleadas dentro de mí, llenándome de semen caliente mientras seguía empujando lentamente, exprimiéndose hasta la última gota. Su gemido final quedó pegado a mi cuello, con los dientes clavados en mi hombro.
Un encuentro sin delicadezas ni formalismos, sin romanticismos ni promesas. Solo sexo, puro y honesto, una reacción física que no pedía nada más. El golpe de mi espalda contra la pared del ascensor y un grito ahogado entre los labios apretados. Así terminó.
Cuando salió de mí, un hilo espeso de semen empezó a resbalarme por el interior del muslo. Me lo recogí con dos dedos y, sin pensarlo, me los llevé a la boca. Él me miró hacerlo y sonrió.
Cuando Adrián se recompuso, yo recobré el aliento. Me coloqué la ropa como pude, subí el tanga empapado, me abroché el vaquero con las manos todavía temblando y me guardé las tetas dentro del sujetador como buenamente pude.
—Volvamos a casa, ¿no? —dije, casi sin mirarlo.
Recogió sus bolsas y pulsó el botón. Descendimos hasta la planta baja, los dos esperando que ya no hubiera nadie en el portal cuando se abrieran las puertas, porque aquello había sido solo cosa de dos.
El rellano estaba vacío. Salí deprisa hacia mi puerta y solo me giré para una despedida corta y escueta.
—Buenas tardes, Adrián.
—Que pases buena tarde, Marina —respondió, sonriendo.
Y en el silencio de aquel descansillo se quedó atrapada la despedida, justo cuando las puertas volvían a cerrarse.