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Relatos Ardientes

Lo que hice mientras mi marido dormía

Los besos ya no eran como antes. Todo se había ido apagando entre nosotros, despacio, sin que ninguno lo dijera en voz alta. Ni siquiera en la cama quedaba rastro de lo que fuimos.

¿Se habrá acabado la magia después de tantos años?

Me sorprendía a mí misma evocando aquellas tardes interminables en el sofá, boca contra boca. Manos que apretaban la carne, una lengua que se colaba hasta el fondo de mi garganta. Sin tregua, sin pausa, sin necesidad de llegar más lejos. Solo el placer de devorar su boca y dejar que él hiciera lo mismo con la mía.

Casi suspiraba al recordarlo. El sexo, entonces, no era la meta. Eran calenturas de adolescentes tardíos que dejaban la ropa tensa y una humedad terca entre mis piernas. Nada más. Ya llegaría lo demás, no había prisa.

Y llegó, vaya que llegó. La cama se nos quedaba pequeña para las batallas que librábamos en ella. No importaba el lugar. Cualquier rincón servía para perdernos en la piel del otro.

Pero todo aquello había quedado atrás, perdido en algún punto del camino. Suspiro tras suspiro, yo buscaba desesperada la manera de volver a sentirlo.

Su cuerpo ya no era el de antes. El mío tampoco había mejorado con los años. ¿Y si era eso, simplemente eso?

Me planté frente al espejo, desnuda. No, mis pechos ya no se sostenían como antaño. Las caderas habían cedido, los muslos perdieron la línea firme de otra época. Por no hablar de lo que quedaba detrás.

No es que estuviera mal. Para nada. Pero ya no era ese cuerpo capaz de encender a alguien con solo mostrarse.

¿Y del sexo? Mejor ni hablar. Un metesaca a destiempo, alguno que otro orgasmo más fruto de mis propios dedos que de la sensación de tenerlo dentro. Esporádico, casi por obligación. Desganado. Más por descargar la tensión acumulada de los días que por un deseo verdadero.

Andrés dormía a mi lado cuando levanté la sábana lo justo para mirarlo. Desnudo debajo, tal como vino al mundo.

Su pecho subía y bajaba con esa respiración honda de quien anda lejos, en brazos del sueño. Me daba el lujo de observarlo sabiéndolo del todo ajeno.

Estaba boca arriba, una oportunidad para recorrerlo entero. El pecho, los brazos, el vientre algo más prominente con el paso del tiempo. Y allí, medio escondido entre la maleza de sus rizos oscuros, el trozo de carne que más había deseado durante tantos años.

En reposo no parecía gran cosa. De esos que engañan, de los que crecen de golpe cuando llega la sangre. Recuerdo cómo me sorprendió la primera vez. Sí, engañaba lo suyo.

Me deslicé un poco hacia abajo, empujada por la curiosidad. Tantos años, tantas veces, y creo que nunca había tenido la ocasión de mirarlo sin la vergüenza de que me pillara haciéndolo. Cosas de la timidez de siempre.

Quedé a la altura de su muslo. Aparté la sábana lo suficiente para tener espacio.

Sigue durmiendo, ajeno a todo.

Me fijé bien. El glande oculto bajo su capucha de piel. Más abajo, dos redondeces que guardaban el origen de tantas cosas. Lo miraba a placer, sin freno.

Debía de estar soñando algo subido de tono. Frente a mis ojos, aquello empezó a tomar consistencia. Una de esas erecciones nocturnas que cuentan secretos que el día calla.

Iba ganando grosor por momentos. Su mano bajó hasta allí entre sueños, supongo que para acomodarlo más que para otra cosa.

Asomó el glande, rojo y desafiante. Lo observé con calma, como si fuera la primera vez. Tantos años, tantas veces tenido, y recién esa madrugada me ponía a examinarlo de cerca. Mitad curiosidad, mitad búsqueda de recuerdos, quizá con un deseo callado debajo de todo. Seguí mirando.

Sus testículos también se firmaban. La piel se tensaba, los alzaba, los elevaba.

Sentí ese espasmo conocido justo donde se juntan mis piernas. La firmeza de su sexo hacía estragos en mi cabeza.

Despacio, con el corazón acelerado, extendí la mano. Solo un roce. Necesitaba recordar su tacto.

A escondidas sentí entre los dedos la dureza que durante años me había dado tanto. No quería que despertara. Solo calmar la curiosidad, nada más.

Se removió un poco. Me detuve. Que no se despierte, que no me sorprenda. Volví a escuchar su respiración profunda. El miedo se disolvió.

Lo intenté de nuevo.

Estaba caliente. Las venas que lo recorrían se veían cargadas, hinchadas. Me fascinaba.

Lo tomé con suavidad en la palma. Dejé que un dedo le acariciara la punta, imaginando una lengua que aún no me atrevía a usar.

Me preguntaba qué estaría pasando en su sueño. Levanté la vista hacia su cara. No, seguía dormido.

Me llegó ese olor que conozco de memoria, el de su piel cuando despierta. Y me encendió todavía más.

Con cuidado empecé a subir y bajar la piel, haciendo desaparecer el glande entre mis dedos para verlo florecer de nuevo, perlado ya de gotas transparentes.

Recogí una en la yema y me la llevé a la boca. El sabor salado, sentido tantas veces, se extendió por mi paladar.

¿Y si lo hago? Volví a mirar su cara antes de acercar la boca a su carne tibia. Mira que si se corre dormido mientras lo hago…

Mi lengua encontró pronto lo que buscaba. Lentamente, como quien saborea un helado, la pasé por donde la piel está más tersa, justo al final del miembro. Otra vez ese sabor que lo llenaba todo.

Despacio, conteniéndome cuanto podía, disfrutaba del calor que despedía contra mi lengua. Me inundaban los recuerdos de todas las veces que lo había probado.

Él seguía durmiendo, completamente ajeno a mi locura.

Con la ayuda de la mano lo guié hacia mis labios. Era como si un imán tirara de mí. Lo necesitaba dentro de mi boca. Necesitaba recuperar aquel placer perdido.

No tenía prisa. Solo la que empezaba a apretar en mi propio sexo. Traté de ignorarla mientras sentía el calor familiar en el paladar.

Apoyé la cara con cuidado en su vientre. Por favor, que no despierte. Aspiré hondo antes de sentirlo casi en la garganta. Tenía hambre, mucha hambre. Mis bragas daban fe de ello.

Los ojos cerrados, la boca bien abierta para no rozarlo con los dientes. Lo hundí y me abandoné por completo a lo que sentía.

La mano ayudaba más abajo. La ligereza de esas redondeces se escurría entre mis dedos. Intentaba ir despacio.

Noté cómo su respiración se aceleraba. ¿Por dónde andará su sueño? ¿Por carnes ajenas, o por las mías? Es extraño eso de los sueños.

Lo saqué un momento para poder respirar. Cómo engañan ciertos cuerpos en reposo. Ahora me ahogaba sin haberlo tomado siquiera entero.

Respiré hondo mientras le lamía la cabeza caliente. Se sentía tan bien.

La humedad ya rebasaba la tela, empapaba el pantalón del pijama. Tenía que hacer algo con eso.

Abandoné un instante mi presa para arrastrar la ropa hasta las rodillas. Dejé que un dedo jugara con mi intimidad antes de volver a lo mío.

Lo miré para asegurarme de que dormía. Tenía un gesto raro en la cara. Las cejas apretadas, la boca entreabierta, lo vi tragar saliva.

Frente a frente con aquello que tanto adoraba, abrí de nuevo la boca para sentirlo rozar mis labios al entrar. La lengua lo recibió con saliva que todo lubricaba.

Para entonces mis dedos volaban sobre mi propio sexo. Placeres compartidos, aunque fuera solo en sueños.

Lo admití hasta la mitad; más allá no podía sin sentir arcadas. Cerré los ojos y abrí la imaginación mientras chupaba y hundía un dedo en mí. Luego dos. La respiración se me volvió pesada.

Se retorció un poco. Me aparté. Solo fue un susto, pero entonces su mano se adueñó del lugar que yo tanto anhelaba.

No hice nada. Al contrario: verlo me encendía.

Creo que nunca lo había visto masturbarse. Y quería verlo.

Con algo parecido a un espasmo, sus dedos apresaron la carne caliente. Subían y bajaban despacio, frotaban el glande contra su propio muslo. ¿Qué le pasará por la cabeza ahora mismo?

Mientras lo miraba, mi calentura crecía. Abrí las piernas para darle paso al placer. La respiración seguía el ritmo que él marcaba sin saberlo.

Lo observaba con ganas de acercar otra vez la boca. No me reprimí.

Sus dedos chocaban contra mis labios mientras mi saliva lubricaba el tronco que él apretaba. Se sentía tan obsceno, tan prohibido.

El vientre empezó a avisarme con ese hormigueo que anuncia la crecida. Saboreé la gota que asomaba en su punta. Escuché un gemido. Sentí sus muslos temblar.

Abrí la boca para recibirlo.

El chorro tibio me salpicó la cara, los labios, el paladar, la lengua. Y me corrí apretando los dientes para no despertarlo, temblando con todo lo que me arrasaba por dentro. Se abrieron de golpe las compuertas que mantenían el deseo contenido. Sentí lo que hacía tanto que no sentía. Me arrasó por completo.

Su mano quedó quieta, el glande descansando sobre mis labios entreabiertos. En la boca, el sabor de mi hombre; en los dedos, el de mi propio cuerpo.

Cuando volví a la almohada, me recibieron sus ojos abiertos y su boca buscando la mía. Al final lo había despertado.

—Te amo —murmuró, y se me erizó la piel entera.

Una mano que rodeó mi pecho mientras su boca apretaba mis labios. Mis brazos que volvieron a buscarlo, como si nunca hubieran sabido hacer otra cosa.

—Yo también —le contesté contra su boca—. Más de lo que crees.

Sí, lo amo. Pese a todo, pese a los años. Solo son momentos de duda los que aprietan de vez en cuando.

Volvimos a sentir, a vivirnos, a desearnos. Daba igual que fuera en la cama, en la cocina, en el sofá, en el coche o en cualquier rincón. Cualquier escenario sirve si lleva deseo dentro. Sexo, amor y sueños eróticos aderezados con caricias que los vuelven reales, mientras quizá tú navegas en otros brazos. Solo son sueños. La realidad, a veces, llega todavía más lejos.

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Comentarios (5)

RosaMariel

Que buenisimo!! me encanto de principio a fin

Lectora_Sofia

Se nota que es una historia verdadera, tiene esa textura real que los relatos inventados no logran. Muy lindo de verdad

NinaOcre

Me recordo a una noche que yo tambien me desperte y todo cambio. Gracias por poner en palabras algo que cuesta tanto explicar

FedePampa

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas de saber mas

curiosa88

tremendo, muy bien escrito!!

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