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Relatos Ardientes

Mi cita con un cliente nuevo: confesión de una escort

Me podéis llamar Naia y soy puta. No acompañante, no escort, no señorita de compañía. Puta. Lo digo así porque lo decidí yo y porque, después de casi un año, me sigue gustando. Hoy os voy a contar cómo es una de mis citas cualquiera, no la mejor ni la peor, solo una más. Nada de lo que veis es como creéis.

Llevo en esto algo más de diez meses. Me vine a Barcelona desde una ciudad del norte que por seguridad no voy a nombrar, con la excusa de estudiar Comunicación. Mis padres se lo creyeron a medias. Mi madre, sobre todo, siempre supo que yo no encajaba en el guion que ella tenía pensado. En casa había estrecheces, en mi ciudad no había trabajo y yo tenía claro que no iba a pasarme tres años sirviendo cervezas para pagarme el alquiler.

Unos años antes me había puesto unas prótesis que en su momento parecían lo mejor del mercado y que ahora todo el mundo dice que dan problemas. Me dieron una 95 que llama la atención sin esfuerzo y que vuelve idiotas a la mayoría de los hombres que se sientan delante de mí. No me arrepiento, aunque tendré que cambiarlas algún día.

Perdonad que me vaya por las ramas. A los veinticuatro recién cumplidos, mandé a mi novio de entonces a freír espárragos, hice las maletas y me subí al tren que me dejó en la estación de Sants. En menos de una semana ya tenía un anuncio publicado en dos páginas de las que se consideran serias. Las fotos me las hizo un cantamañanas con el que cometí el error de acostarme una sola vez. No volvió a tocarme, faltaría más. Yo soy la que folla. Vosotros sois los que os creéis que me folláis. No es lo mismo.

El lunes en que publiqué llegaron cerca de sesenta correos a la cuenta que había abierto para esto. Había elegido un nombre que empezara por A para salir entre las primeras en los listados alfabéticos. En el perfil dejaba muchas cosas sin decir; no contaba qué hacía ni qué dejaba de hacer. Las fotos eran sugerentes, no explícitas. Quería que los clientes llegaran con dudas y se fueran con ganas.

Mis primeros encuentros pasaron sin pena ni gloria. Aplicaba lo que sabía de mis exparejas, que no era poco, pero no era oficio. Con el tiempo aprendes. Hoy puedo hacer que un hombre se corra en cinco minutos casi sin tocarlo. Hoy puedo decidir si vuelve o no vuelve. Hoy soy de las caras, de las que se vacían la cartera del cliente, los huevos del cliente y, si el cliente no me gusta, le cierro la puerta para siempre.

Lo que más disfruto, y esto es difícil de explicar, es el primer encuentro. Soy muy selectiva. Hago pasar filtros largos por correo antes de citar a nadie en persona. Mi intuición no falla casi nunca. Solo me equivoqué una vez, con un tarado al que denuncié; me consta que alguien ya le ajustó las cuentas por otra vía, porque mi mundo es pequeño y se entera todo el mundo de todo. Sé qué hilo mover y a quién pedirle el favor.

Cuando el candidato pasa los filtros, lo cito en una cafetería para verle dos minutos. Con dos me basta. Cómo se sienta, cómo sostiene la taza, dónde aparcan sus ojos cuando me siento. En dos minutos sé lo que quiere y lo que necesita, que casi nunca coincide. Pero antes de esa cita yo me preparo, y la preparación es una liturgia que me quema por dentro. Si no fuera por el rato que paso pensando en lo que va a pasar, creo que me consumiría.

Mientras me subo las medias, despacio, mientras me delineo los ojos con pulso firme, mientras elijo qué perfume voy a llevar, voy entrando en personaje. Es el mejor momento del día. Lo demás, todo lo demás, viene después y nunca es tan intenso.

Os voy a contar lo que me pasó ayer. No el mejor cliente, ni el peor. Uno más.

Después de diez días intercambiando correos con un tipo de cuarenta y un años, decidí que era el momento de pasar al siguiente paso. Decía estar soltero —mentira gordísima, estaba casado hasta las cejas y a los casados los desvalijo sin remordimiento—, tenía una redacción cuidada, decía mantenerse en forma y «no estar mal de cara». A mí lo segundo me da bastante igual. Cuando ya está la cita en marcha, lo único que me importa es que no haya demasiado vello donde no toca y que el cliente huela bien.

Lo primero no tiene arreglo; lo segundo sí: lo meto en la ducha y lo dejo brillando. Llamémosle Sergio. El nombre es ficticio, evidentemente. Lo cité en una cafetería del final del Paseo de Gracia. Para el encuentro saqué del armario uno de mis vestidos peligrosos y dediqué la tarde entera a la liturgia.

***

Me di un baño largo en mi apartamento, me puse mascarilla, me hidraté hasta el interior de las orejas. La ropa esperaba sobre la cama. Antes de ponerme la lencería más atrevida que tenía en el cajón, me planté desnuda delante del espejo y casi me besé a mí misma. Me veía irresistiblemente atractiva, sin falsa modestia.

Mis curvas, los pechos perfectos que la cirugía me dejó, las aréolas medianas, los labios carnosos, el pubis depilado y suave como una pluma. Sergio no me va a durar ni diez minutos. Me reí sola.

Me senté en la descalzadora, me coloqué las medias hasta el muslo, enganché el liguero negro despacio. Después el sujetador, también negro, delicado, casi un adorno. Volví al espejo y me gustaba más cada vez. Me perfumé apenas. Nunca pienso en el cliente cuando elijo el perfume; me importa poco si después huele a hembra. Eso soy. El que viene a verme se lleva el paquete completo.

Una blusa blanca que dejaba entrever la lencería, una falda de tubo gris hasta la rodilla que marcaba la cadera, una chaqueta corta a juego y unos tacones negros de vértigo. Bolso pequeño con dos preservativos, lubricante —es importantísimo el lubricante, todo cliente debe quedarse con la sensación de que le has empapado y eso solo se consigue con litros de lubricante o con un polvo de los que pasan una vez entre un millón—, las llaves y la cartera. Salí justa de tiempo. El taxi me esperaba en el portal.

—Al final del Paseo de Gracia.

—¿Por dónde quiere que vayamos?

—Suba por Balmes.

El taxista era un chaval que me desnudaba con los ojos por el retrovisor. Hablaba mucho. Yo cerré los oídos y pensé en la pasta que me iba a pagar Sergio. Para animar el cuadro, me desabroché un botón de la blusa con disimulo y miré por la ventana como si nada.

Pagué la carrera, tomé aire y entré. Solo había una mesa con un hombre solo. Era él, evidentemente.

—¿Sergio?

—Sí. ¿Naia?

—Sí. Qué guapo eres, no te esperaba así —primera mentira de la tarde.

—Gracias. Yo creo que tú eres muy guapa.

—Muchas gracias —le dije con voz de gatita.

Me senté a su lado y le besé en la comisura de los labios para olerle el miedo. Es un olor concreto, todos los hombres lo tienen la primera vez. Es lo que me confirma que la cita va a salir bien.

—¿Quieres que tomemos algo o nos vamos?

—Prefiero que nos vayamos. Luego tomamos algo si quieres.

Sergio pagó la consumición y, antes de que abriera la boca, le dije que tenía un apartamento cerca donde podríamos estar tranquilos. En realidad es un piso que comparto con otras dos chicas para estas cosas. Nos coordinamos por un grupo, dividimos los gastos, las toallas, el gel, las zapatillas de un solo uso, el enjuague bucal. Entre nosotras nos llevamos bien, lo cual es raro en este oficio.

Sergio venía detrás de mí como un perrillo. No se daba cuenta de cómo me relamía yo por dentro.

Subimos a la novena planta. Estoy convencida de que la portera sabe a qué nos dedicamos, pero por mi carácter no se ha atrevido nunca a abrir la boca, salvo para decir buenos días. Y así seguirá.

Abrí la puerta con decisión y le pregunté qué quería beber. Me pidió un gin tonic, claro, ahora todos los pijos quieren gin tonic. Se lo preparé despacio, dejándole tiempo para que me observara. Estaba nervioso, con prisa. Me gustan los nerviosos: se corren rápido. Antes de pasar a más le dije con la voz más dulce que tenía que me pagara, y sacó un sobre de boda con la tarifa de una hora. Lo guardé en un bolsillo interior del bolso, donde nadie llega sin avisar, y volví con él.

No le dio tiempo a beber el gin tonic. Me fui hacia la ducha y le pedí que viniera conmigo. Esperé a que el agua estuviera caliente y nos metimos los dos. No le había besado en la boca todavía y aproveché ese momento mientras le agarraba la polla para enjabonarla. Se la dejé limpia como una patena. Luego me sequé, le pasé una toalla y le sugerí —educadamente, sin que pareciera una orden— que se enjuagara la boca con Listerine. Le dije que era por precaución. Mentira. Los tíos a los que les huele el aliento son insoportables y ese sabor te lo dejan a ti dentro de la boca durante horas.

Cuando estuvo listo me lo llevé a la cama, una de casi dos metros y medio con espejos hasta en el techo. Le pedí que esperara un instante y, dándole la espalda, me embadurné con lubricante.

***

Tiré a Sergio sobre la cama. Estaba mudo, solo resoplaba. Con la mirada más pícara que sé poner me recosté a su lado, dejé un preservativo en la mesilla disimuladamente y le susurré que se preparara para tocar el cielo. Le besé el cuello despacio. Sentí cómo se le ponían duros los pezones. Sus manos me toqueteaban con torpeza, pero no era brusco, y eso ya es ganar mucho.

Bajé dando un rodeo hasta el pecho, lo lamí muy despacio, le acaricié el torso. No tenía mucho pelo, lo cual se agradece. Mientras tanto, mis piernas se abrían un hueco entre sus muslos para sentir la polla contra mi vientre y para que él la sintiera contra mí.

No le perdía el contacto visual mientras lamía cada centímetro hacia abajo. Aquí es donde se ve quién sabe hacer su trabajo y quién no. Lo paradójico es que los clientes malos son los que más prisa tienen por que les metas la polla en la boca. Y se la metes, claro. Es tiempo ganado.

Cuando llegué con los labios a la base de su polla erecta, hice una parada teatral. Eso les vuelve locos. Cuando volví sobre ella, Sergio respiraba como si le faltara el aire. Primero le lamí el tronco, paré en el glande, jugué con los testículos. Si tienen muchos pelos casi ni los toco, me dan arcadas. Me metí el glande en la boca con la lengua bien empapada, para que sintiera el calor. Hacía paradas. Cuando notaba que empujaba, lo sujetaba con la mano para que no me la metiera hasta el fondo sin que yo estuviera preparada.

Solo cuando lo noté relajado dejé que entrara más adentro, sin que me tocara la campanilla y mirándole a los ojos. Creo que el contacto visual es lo que más les acelera. Disimuladamente saqué el preservativo, me lo enfundé en el dedo corazón, lo empapé con la saliva que le caía por la polla y se lo metí sin preguntar, hasta el fondo.

Casi todos protestan al principio. Ninguno me ha dicho luego que no le haya gustado. Mientras le seguía chupando, mi dedo buscaba la próstata sin esfuerzo. Es cuestión de segundos. Llegan unas gotas dulces como aviso y después el chorro. En ese momento cierro la garganta para que no me baje nada, dejo que repose en la boca y, cuando él ya no puede más, lo dejo respirar. Me levanto, voy al baño y escupo. Me enjuago. Vuelvo.

Con el tiempo dejas de fijarte en el tamaño de la polla de los que pasan por tu cama. Salvo algún espécimen digno de museo, ni te molestas en comparar. Eso parece molestarles muchísimo a todos los hombres, no sé por qué. En todo este tiempo solo dos me han preguntado qué me gustaba a mí. Solo dos. Y lo digo con pena, porque fueron los dos más dulces de todo este año. Uno sigue siendo cliente fijo. Si supiera cómo vibro yo cada vez que me toca, creo que lo dejaría todo y me iría con él.

Del otro me enteré por el periódico. Lo destinaron a una embajada al otro lado del Atlántico y se fue con toda la familia. Tenía mujer y tres hijos. Le envidiaba a ella, aunque dudo que disfrutara la cuarta parte que yo cuando ese hombre se metía en mi cama y me follaba hasta el alma.

Sergio seguía respirando agitado. Habían pasado, calculé, unos veinte minutos. Era de los que, cuando se corren, les entra de golpe el problema de conciencia. Se acuerdan de la mujer, del trabajo, de la cuenta del banco. Para esos casos tengo un protocolo: me acuesto a su lado y dejo que hablen. Sergio me empezó a contar sus problemas con la jefa de su departamento. Maldita la gracia que me hace. Mientras hablaba, le di un masaje suave en la espalda. No tengo ni idea de cómo dar masajes, pero a mis amantes nunca parece importarles.

Cuando quiso darse cuenta faltaban siete minutos para cumplir la hora. Me levanté con suavidad.

—Casi es la hora —le dije.

—Qué corto se me ha hecho. Eres un encanto, Naia.

—Tú también lo eres. A mí también se me ha hecho corto.

—Te volveré a llamar.

—Vale.

Sé perfectamente que este no vuelve. Lo sé desde el primer minuto en la cafetería. Este vuelve con su mujer, con el rabo entre las piernas y un cargo de conciencia que durará hasta dentro de unas semanas, cuando empiece a contestar correos otra vez. La marca del anillo, sea real o virtual, nosotras la vemos a tres metros.

Nos duchamos juntos otra vez, esta vez sin tocarnos demasiado, y nos vestimos con calma. Antes de salir me dijo que no podía quedarse, que se le había hecho tarde. Lo sabía. Por una mamada le había sacado un dineral. Cada día estoy más cerca de financiar el negocio que tengo en la cabeza y poder dejar esto. Con tipos como Sergio, cada día me cuesta menos.

Lo dicho, ni el mejor ni el peor. Uno más. Mis ahorros crecen. Si todavía no me conoces y un día te da por marcar mi número, ten cuidado: te irás convencido de que me has follado, pero soy yo la que decide cuándo, cómo y hasta dónde. Soy yo la que te folla.

P. D. Todos los nombres y lugares son ficticios. Si alguien encuentra un parecido, es cosa suya, no mía.

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