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Relatos Ardientes

Mi novio y mi novia me esperaban en el mismo baño

Habíamos quedado los tres en la fuente central del Paseo Andino a las nueve de la noche. Yo llegué cinco minutos antes, con la camisa de lino azul que a Mariela le gustaba, el pelo recién recortado y un nudo en el estómago que no terminaba de entender. Llevábamos casi un año juntos los tres, y todavía me sorprendía la facilidad con la que el deseo se reciclaba entre nosotros en cada encuentro.

A las nueve y diez no había llegado nadie. A las nueve y veinte le escribí a Mariela y no respondió. Volví a marcar y el teléfono sonó hasta que entró el buzón de voz. Imaginé un accidente, después una broma, después la imagen más probable: ella distraída en alguna vidriera, riéndose de algo, sin darse cuenta de que yo estaba parado al lado de la fuente como un tonto.

Le marqué a Nicolás. Atendió al segundo timbre.

—¿Dónde están? —pregunté.

—Subí al segundo piso —dijo él, con una calma que me erizó la nuca—. El baño del fondo, el de discapacitados. La puerta que no tiene cartel.

—¿Qué hacen ahí?

No me contestó. Me llegó una foto al chat un segundo después. Mariela arrodillada sobre las baldosas, con la boca llena, los ojos cerrados y una mano de Nicolás cerrada sobre su pelo. Sentí el calor subirme por el cuello hasta las orejas.

—Vení —escribió él debajo—. No tardes.

***

El baño del segundo piso estaba vacío a esa hora. El zumbido del extractor cubría cualquier otro ruido. Me lavé las manos solo para tener algo que hacer mientras revisaba que no entrara nadie, después caminé hasta el cubículo del fondo y golpeé dos veces, suave.

Mariela abrió. Estaba desnuda. Tenía el cuerpo perlado de sudor y una hebra de semen que le bajaba desde la comisura hasta el escote. Sus tetas, que siempre me habían parecido demasiado bonitas para ser reales, brillaban bajo la luz blanca del cubículo. Me jaló adentro de un tirón y cerró el pasador.

—Llegaste tarde —dijo, y me mordió el labio inferior.

Nos besamos como si estuviéramos solos en una habitación de hotel. Sentí el sabor salado en su lengua, le pasé las manos por la espalda y bajé hasta apretarle el culo con las dos manos. Nicolás estaba sentado sobre la tapa del inodoro, también desnudo, con la verga apuntando al techo y esa sonrisa de medio lado que se le pone cuando sabe que tiene razón.

—Te tardaste demasiado —dijo él, sin moverse.

—Vos no avisaste —contesté.

Mariela se rio bajito contra mi cuello.

***

Se puso en cuatro sobre las baldosas frías, ofreciéndome el culo a mí mientras gateaba hacia Nicolás. Cuando llegó a él lo tomó otra vez con la boca, despacio, como si lo estuviera saboreando por primera vez. Yo me agaché detrás. Le abrí las nalgas con los pulgares y enterré la cara entre ellas.

Empecé por arriba, por el clítoris, recorriéndola con la lengua hacia atrás, despacio, hasta el ano. Tenía el sabor que siempre tenía después de un rato esperándome, salado y dulce a la vez. La oí ahogarse contra Nicolás, suspirar entre arcadas, y eso me puso aún más duro. Le metí dos dedos en la concha y le rocé el otro agujero con el pulgar mojado.

—Despacio —murmuró Nicolás, mirándome por encima de la cabeza de ella—. Que no la oigan en el otro baño.

Me bajé el cierre del pantalón sin contestar. Saqué la verga y la froté de arriba abajo en la entrada de Mariela, dos veces, tres. Después entré hasta el fondo de un solo empuje. A ella se le escapó un gemido grueso que rebotó en las paredes de azulejo. Los tres nos quedamos quietos. Esperamos. Nadie abrió la puerta de afuera. Nadie tosió. Solo el extractor.

—Despacio —repitió Nicolás, pero esta vez con la sonrisa.

***

Empecé a moverme. Mariela sacudía el culo hacia atrás contra mí y las tetas hacia adelante para que Nicolás se las apretara mientras seguía tragándolo. Yo lo miraba a él. Él me miraba a mí. Hay algo en la mirada de Nicolás cuando estamos cogiendo que no se parece a nada que conozca: una mezcla de hambre y de paciencia, como si estuviera midiendo cuánto faltaba para que yo no aguantara más.

Le di una nalgada a Mariela, fuerte, y después otra. Saqué la verga, pasé por encima de ella y le puse la punta a Nicolás contra los labios. No tardó dos segundos en abrirme la boca y tragarme entero. Le agarré el pelo con una mano y empujé despacio, hasta que sentí su garganta cerrándose contra mí. Le acaricié la nuca con el pulgar.

Detrás escuché un quejido distinto. Mariela me había abierto las nalgas y me estaba lamiendo el culo con la lengua plana, larga, sin prisa. Después con la punta, jugando con el ano, dilatándomelo con saliva. Sentí dos dedos suyos entrar despacio, uno detrás del otro.

***

Es difícil explicar lo que se siente cuando hay dos personas que conocés bien ocupándose de tu cuerpo al mismo tiempo. Cuatro manos. Dos lenguas. Una boca tibia adelante y otra atrás. La cabeza se vacía y a la vez se llena de todo a la vez. Me oí jadear contra el aire seco del baño y me pregunté, por un segundo, qué pasaría si entraba alguien justo ahora.

Mariela me sacó los dedos. Me empujó suave de la cintura y entendí lo que querían sin que nadie lo dijera. Me giré, me senté despacio sobre las piernas de Nicolás, de espaldas a él, y dejé que él me guiara con las manos en las caderas.

Mariela me ayudó. Con una mano me separó las nalgas y con la otra fue acomodándole a Nicolás la punta justo donde tenía que estar. Bajé centímetro a centímetro. Nicolás me besó la nuca, después el hombro, después me mordió el lóbulo de la oreja para ahogar mi quejido. Cuando estuve sentado del todo, los tres respiramos al mismo tiempo.

—Quieto un segundo —dijo Nicolás contra mi cuello.

***

Empecé a moverme apenas. Subía dos dedos y volvía a bajar, despacio, mientras mi verga se frotaba contra el abdomen tenso de él. Mariela se sentó frente a nosotros, con las piernas abiertas, mirando. Después se metió la mano entre las piernas y se masajeó el clítoris despacio, sin dejar de mirarnos. Yo la miraba a ella. Nicolás me miraba a mí en el reflejo del espejo del costado.

El ritmo subió. Subí más rápido, bajé más fuerte. Nicolás me agarró las caderas y empezó a empujar hacia arriba, marcándome el tiempo. Sentí su respiración pegada a mi nuca, las gotas de su sudor en mi espalda. Mariela se levantó, vino hacia nosotros y me besó en la boca, mordiéndome el labio igual que al principio. Después agarró su tanga del piso y se la metió a Nicolás en la boca para callarlo.

—Vos también —me susurró, y me besó otra vez.

Me besó mientras me masturbaba con la mano libre, mientras Nicolás me cogía desde abajo con dureza, marcándome con cada empuje. No aguanté mucho. Acabé sobre el abdomen de Nicolás en cuatro chorros largos que llegaron hasta su mandíbula. Tuve que morderle el cuello a Mariela para no gritar.

***

Me levanté con las piernas temblando. Me apoyé contra la pared del cubículo y me toqué el culo, comprobando lo abierto que me había quedado. Mariela se rio.

—Ahora me toca —dijo, y se sentó sobre la tapa del inodoro, justo donde había estado Nicolás—. Bañáme.

Nicolás se paró frente a ella, todavía duro, todavía cubierto de mi semen. Yo me acerqué por detrás y le besé el hombro mientras ella le tomaba la verga con las dos manos y empezaba a chupárselo, lento, profundo, sin dejar de mirarlo a los ojos. Lo masturbé desde la base mientras ella le hacía garganta. Cinco minutos después Nicolás se vino sobre las tetas de Mariela en un chorro largo que le cruzó el escote entero y se quedó colgando del pezón izquierdo.

Nos quedamos los tres quietos un momento, escuchando. Afuera del baño no había pasado nada. Una secadora de manos se activó sola en algún cubículo, después se apagó.

***

Antes de vestirnos nos limpiamos entre los tres. Mariela le pasó papel húmedo a Nicolás por el abdomen con cuidado, casi con ternura. Yo me arrodillé frente a ella y le limpié el escote despacio, una pasada por cada teta, después el cuello, después la comisura de los labios donde todavía quedaba un rastro. Le di un beso en la frente cuando terminé.

Salimos del cubículo de a uno, con cinco minutos de distancia entre cada uno. Cuando me reuní con ellos en la fuente del primer piso, Mariela estaba comiéndose un helado de pistacho y Nicolás revisaba el celular como si nada. Me senté entre los dos y ella me apoyó la cabeza en el hombro.

—La próxima avisás —le dije a Nicolás.

—La próxima llegás temprano —contestó él, sin levantar la vista del teléfono.

Mariela se rio bajito y me pasó la cuchara del helado.

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