Lo que mi hermana vio esa noche en mi cuarto
Siempre digo que soy tímida y la gente me cree. El pudor es mi mejor disfraz: la cara de no rompo un plato, la voz bajita, los ojos que miran al piso cuando alguien cuenta algo subido de tono. Lo que nadie sabe es que mi cuerpo no entiende de modales ni de puertas cerradas. Tengo un hambre que no respeta horarios y un coño que se moja con cualquier excusa.
Y hay una sola cosa que lo enciende más que cualquier caricia: la posibilidad de que me descubran con las bragas por los tobillos y una polla adentro.
No es que quiera que me vean, o por lo menos eso me repetía durante mucho tiempo. Es el filo. Ese segundo en el que cualquier ruido en el pasillo te hiela la espalda y, en vez de frenarte, te empuja a apretar más las caderas. Una chispa que convierte un encuentro cualquiera en algo eléctrico, descontrolado, imposible de parar.
Lo descubrí casi sin querer. La primera vez fue en un baño de un bar lleno de gente, con la música retumbando del otro lado de una puerta que no cerraba bien. Cualquiera podía entrar. Esa noche entendí que no era el lugar lo que me prendía, sino el riesgo. La idea de que una mano ajena girara el picaporte en el momento exacto en el que un desconocido me la metía hasta el fondo.
Desde entonces aprendí a esconderlo. A poner cara de nada en los almuerzos familiares, a sonrojarme falso cuando alguien contaba un chiste verde. Por dentro, mientras tanto, calculaba. Medía distancias, ruidos, horarios. Buscaba el filo en cada lugar al que entraba, como quien busca una salida de emergencia, solo que yo buscaba lo contrario.
Tengo veintidós años y, como casi todos en la facultad, todavía vivo en casa de mis padres. Esa noche era lo que tendría que haber sido una visita tranquila de mi novio. Bruno había venido con la excusa de estudiar para un parcial, y mis viejos lo dejaron subir con una condición de siempre.
—La puerta abierta —dijo mi mamá desde la cocina, sin levantar la vista.
Abierta de par en par. Como si eso garantizara algo.
***
El aire de mi habitación pesaba esa noche. Mis padres dormían un piso más abajo y mi hermana Caro descansaba en el cuarto de al lado, separada de mí por una pared fina y una puerta que daba al mismo pasillo. La penumbra de afuera se mezclaba con el brillo azulado de mi monitor, la única luz encendida.
Bruno estaba sentado en mi silla, ese sillón de cuero gastado que me había comprado con el primer sueldo y que conocía todos mis secretos. Yo estaba a horcajadas sobre él, sintiendo cómo se le endurecía la polla contra la tela de mi ropa interior. Encaje negro, ya empapado por mi propio flujo antes de que él me tocara siquiera. Me frotaba despacio contra el bulto, moviendo las caderas en círculos, notando cómo el pantalón se le manchaba con mi humedad y él apretaba los dientes para no gemir.
Me levanté. Caminé hasta el baño con los muslos ardiendo y, cuando volví, la prenda ya no estaba en mi cuerpo. La había dejado caer en algún rincón del pasillo, a propósito.
—Cerrá los ojos —le ordené en un susurro que era todo menos tímido.
Le pasé la tela húmeda por la nariz, despacio, dejando que el aroma a coño mojado me lo entregara antes que mis manos. Bruno respiró hondo y se le escapó un sonido grave que tuvo que tragarse. Mis dedos ya le estaban desabrochando el pantalón y bajándole el calzoncillo hasta liberarle la verga, dura, gruesa, con la punta ya brillando de líquido preseminal.
Me arrodillé entre sus piernas. Antes de tocarlo, me llevé mi propia lencería a la boca y la saboreé frente a él, chupando la tela empapada, mirándolo a los ojos. Quería que entendiera hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Después bajé la cabeza.
Le pasé la lengua por toda la extensión, desde los huevos hasta la punta, lento, ensuciándole el glande con mi saliva. Le di un beso húmedo en la cabeza, la envolví con los labios y me la metí entera de una, tragándomela hasta que la nariz me chocó contra el pubis. Se estremeció y le tuve que apretar los muslos con las manos para que no se le escapara un grito.
La mamada fue salvaje. No buscaba que terminara rápido; buscaba que sufriera. Que se mordiera los labios para no hacer ruido mientras yo lo tragaba entero, sin apuro, midiendo cada movimiento por el silencio de la casa. Subía y bajaba con la boca, dejando que un hilo de saliva le cayera por los huevos, y de vez en cuando la sacaba entera y le escupía encima para que resbalara mejor. Cada vez que crujía algo en el pasillo, en lugar de soltarlo, lo apretaba más fuerte con la garganta, sintiendo cómo la verga me palpitaba adentro de la boca.
Le lamí los huevos uno por uno mientras se la seguía masturbando con la mano llena de mi baba. Él tenía la cabeza tirada hacia atrás, la vena del cuello marcada, las manos hechas puños en los apoyabrazos para no gemir.
Me saqué la remera. No tenía corpiño. Dejé que la luz del monitor me dibujara las curvas y las tetas paradas mientras volvía a montarlo. Le agarré la polla con la mano, la guie hasta mi entrada y me la clavé de una sola vez, hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se me abría alrededor de esa dureza que ya conocía de memoria. Solté un jadeo ahogado y me quedé quieta un segundo, apretándolo por dentro, disfrutando de cómo me llenaba.
Empecé a moverme. Arriba y abajo, apoyando las manos en sus hombros, sintiendo cómo la verga entraba y salía con un chasquido pegajoso cada vez. El sonido húmedo, rítmico, obsceno, llenaba la habitación y rebotaba contra las paredes. Le agarré la mano y me la llevé a una teta para que me apretara el pezón mientras yo cabalgaba. Estaba en pleno trance, los ojos cerrados, la respiración hecha pedazos, cuando Bruno me clavó las uñas en la cintura.
—Pará —dijo con un hilo de voz—. Pará. Caro está en la puerta.
El frío me bajó por la columna como agua helada.
Ahí estaba ella. En el umbral, en camisón, con la mano todavía en el marco. Mi hermana, viendo cómo la tímida de la familia se devoraba a su novio en la oscuridad, ensartada hasta el fondo, con las tetas al aire y los muslos brillando de flujo. No dijo nada. Yo tampoco. Nos quedamos las dos congeladas un segundo eterno, con la polla de Bruno todavía enterrada dentro de mí.
Y lo que sentí no fue vergüenza.
El morbo de saberme descubierta me golpeó como una descarga eléctrica que me atravesó desde el clítoris hasta la nuca. Tuve que clavar las uñas en el respaldo del sillón para no correrme en ese mismo instante, con ella mirándome. Caro entornó los ojos, dio media vuelta y cerró su puerta sin un solo comentario.
Bruno me preguntó, agitado, si paraba. Le tapé la boca con la mano y me seguí moviendo. Más lento. Más profundo. Bajando hasta el fondo y quedándome ahí, moliendo el clítoris contra su pubis, sabiendo que del otro lado de esa pared había alguien que ahora conocía mi verdadera cara. Me incliné hacia adelante para que las tetas le rozaran la boca y él me chupó un pezón, después el otro, mientras yo seguía moviendo el culo en círculos, apretándolo por dentro con cada embestida.
Sentí que se ponía todavía más duro. Me agarró de las caderas y empezó a embestir él desde abajo, en silencio, clavándomela con golpes secos que me arrancaban el aire. La corrida me subió de golpe, incontenible, y cuando exploté tuve que morder la almohada que había tirado sobre el respaldo para no gritar, con el coño apretándolo en oleadas. Él se derramó adentro un segundo después, mordiéndome el hombro para no hacer ruido, llenándome de semen caliente que me chorreó por los muslos cuando me levanté.
***
Pensé que esa noche había sido un accidente. Una de esas cosas que pasan una vez y no se repiten. Me equivoqué. Porque desde entonces, cada vez que estaba con Bruno, mi cabeza volvía al umbral, a la silueta de mi hermana, al filo de ser vista. Y lo necesitaba otra vez.
El peligro, descubrí, es adictivo. Una vez que lo probás, lo demás te sabe a poco.
Unas semanas después, el escenario cambió. Teníamos una hora libre entre dos clases y la facultad estaba medio vacía. Le agarré la mano a Bruno y lo arrastré hacia las escaleras del subsuelo, esa parte del edificio donde guardan las sillas viejas y los proyectores rotos. Frío, polvoriento, prohibido. Perfecto.
No hubo preámbulos. Lo empujé contra una pared húmeda, le desabroché el cinturón y le bajé el pantalón junto con el calzoncillo de un tirón. Ya la tenía media dura, y con dos pases de mano se le puso como una piedra. Me arrodillé sobre el piso de cemento sin importarme el frío en las rodillas ni la mugre en la ropa. La punta me golpeó los labios y saqué la lengua para lamérsela desde abajo, mirándolo a los ojos.
El pantalón deportivo me estorbaba, así que me lo bajé hasta las rodillas y metí una mano directo entre mis piernas mientras con la boca sellaba su destino. Estaba empapada. Los dedos se me hundieron en el coño sin resistencia, chorreando, y empecé a frotarme el clítoris en círculos furiosos mientras me la tragaba entera.
Me la metía hasta la garganta y la aguantaba ahí, sin respirar, hasta que se me caían las lágrimas y la saliva me chorreaba por la barbilla. La sacaba de golpe con un ruido húmedo, tomaba aire y me la volvía a clavar en la boca. Bruno me agarró de la nuca y empezó a moverme él, marcándome el ritmo, follándome la boca con embestidas cortas que me hacían atragantar.
Me masturbaba con furia, escuchando cualquier eco de pasos en la escalera. Tenía los dedos bañados en mi propio flujo, espeso y tibio, un hilo colgando entre la mano y el coño, y se los llevé a Bruno a la cara.
—Lamé —le ordené, marcándolo como mío.
Él obedeció sin dudar, los ojos clavados en los míos, chupándome los dedos uno por uno, saboreando lo mojada que estaba por él. Eso me llevó al borde. Volví a bajar la cabeza, ansiosa, tomándosela entera otra vez, mientras con la otra mano le apretaba los huevos hinchados. Los sentía tensos, listos para reventar.
—Voy a acabar —gruñó, con los ojos en blanco.
Saqué la lengua. No me corrí del paso. La agarré con la mano y me la sacudí encima de la boca abierta. Recibí la primera descarga en la lengua, caliente, espesa, y las siguientes me salpicaron la barbilla, los labios, las mejillas. Un chorro me cayó en el mentón y bajó hasta el cuello. Me quedé un segundo así, de rodillas en ese rincón mugriento, con la cara cubierta de semen, sacando la lengua para juntar lo que se me escapaba y tragándolo despacio, saboreando el final de mi cacería. Me metí dos dedos en la boca junto con la punta de la polla, chupando hasta la última gota que le quedaba adentro.
Y entonces, el portazo.
La puerta del fondo se cerró de golpe contra la pared, un eco metálico que me devolvió de un tirón a la realidad. Alguien había estado ahí. Alguien había visto a la chica callada de la primera fila tragarse hasta la última gota en el subsuelo, manchada y arrodillada, con la mano todavía metida en el coño.
Me limpié con el dorso de la mano, lamiéndome los dedos, me subí el pantalón y subimos las escaleras casi corriendo, el corazón en la garganta, sin animarnos a mirar quién era. Bruno estaba pálido. Yo, por dentro, ardía y todavía tenía la cara pegajosa.
***
El miedo a que se supiera me duró hasta la medianoche.
Estaba en la cama, repasando una y otra vez el sonido de esa puerta y con la mano metida entre las piernas, cuando se iluminó la pantalla del celular. Un mensaje de Vera, mi mejor amiga, la única persona que sé que tiene clase a esa hora en ese pasillo.
«Qué golosa que sos. No aguantás ni a llegar a tu casa.»
Me quedé mirando el mensaje un largo rato. Esperé a sentir la vergüenza, el pánico, las ganas de borrar la conversación y morirme. No llegó nada de eso.
Lo que llegó fue otra cosa. Saber que Vera me había visto en mi versión más animal, de rodillas, cubierta de leche, sin un solo rastro de la chica buena que todos creen que soy, no me dio miedo. Me dio una idea. Me pellizqué un pezón por encima de la remera y sentí cómo el coño me daba un latigazo.
Porque una cosa es que casi te descubran. Y otra muy distinta es saber que alguien te vio y, en vez de juzgarte, te escribe a la medianoche con esa sonrisa entre líneas.
Le contesté después de un rato largo, con el pulgar dudando sobre el teclado.
«¿Y vos qué hacías mirando tanto?»
Vi cómo aparecían y desaparecían los tres puntitos varias veces. Tardó en responder. Cuando lo hizo, fue una sola palabra, y me la quedé mirando hasta quedarme dormida con el celular en una mano y la otra todavía metida entre los muslos, apretando el clítoris.
«Aprendiendo.»
Apagué la pantalla y me reí sola en la oscuridad. La tímida de la familia. La callada de la primera fila. Si supieran.
Ahora que alguien más conoce mi secreto, el juego recién empieza. Y por primera vez no me da miedo lo que viene. Me da una impaciencia que no sé cómo voy a aguantar hasta la próxima clase, con el coño palpitando y los dedos ya buscando otra vez.