Mi ex apareció en el hotel y mi marido sonrió
Soy Lorena y voy a contarles lo que me pasó hace unos meses con mi marido Damián y, sin haberlo planeado, con un ex. Tenemos treinta y uno y treinta y cinco años, llevamos seis de casados y, aunque parezcamos una pareja convencional desde afuera, hace tiempo que decidimos no serlo en lo privado.
Damián es alto, de barba corta y unos cuantos tatuajes en los brazos que se hizo después de los treinta, cuando dijo «ya, basta de pedir permiso». Yo soy morena, de caderas grandes, piernas firmes y una cara que él insiste en llamar la mejor parte. A los dos nos gusta mirarnos a los ojos cuando hablamos de sexo y no esquivar nada.
A lo largo de los años fuimos abriendo cosas. Probamos juegos de roles, pasamos noches inventando escenas que terminábamos actuando, fuimos un par de veces a bares para parejas en la zona portuaria de la ciudad y entramos una vez al único cine de adultos que queda en el centro. Mucho de eso fue mirar más que hacer; lo importante era contarnos después qué nos había prendido.
De esas conversaciones surgieron las fantasías. Damián siempre se enredó con la idea de una mujer mayor, con la posibilidad de un trío y con algo que le costó nombrar al principio: verme con otro. La palabra le incomodaba, pero la idea no. Mis fantasías eran más simples: el mar, alguien moreno y grande, algo en un lugar donde pudieran descubrirnos.
Damián cumplía treinta y cinco y yo quería regalarle una salida fuerte. No tenía ningún plan claro hasta que una compañera de trabajo, sin saber nada de lo nuestro, me sugirió un viaje. La idea del viaje sirvió de fachada. Yo reservé otra cosa.
Encontré un hotel para adultos a hora y media de la ciudad, un complejo con piscina, eventos nocturnos y una clientela que iba por algo más que descansar. Le dije a Damián que armara un bolso, que íbamos a manejar y que no iba a saber el destino hasta llegar.
—¿Tan misteriosa estás? —preguntó mientras cargaba el auto.
—Tan misteriosa —contesté.
***
Llegamos al mediodía. En la recepción, una mujer de unos cuarenta años con un escote tranquilo nos explicó las reglas del lugar con la naturalidad de quien lee un menú: zonas de adultos, fiestas en la pileta, cuartos con espejos, áreas de juego. Damián me miró de costado y se le escapó una sonrisa.
—¿Esto es lo que reservaste? —murmuró.
—Esto es lo que reservé.
La habitación tenía una cama enorme, una bañera afuera del baño y un espejo en el techo que pretendía ser discreto y no lo era. En la pileta, durante la tarde, vimos parejas tomando sol sin parte de arriba, miradas largas, gente que se besaba como si estuviera sola. No éramos los más fogosos ni los más tímidos. Nos acomodamos al ritmo y empezamos a coquetear con un nivel que no sacábamos en la calle.
Hubo aviso de fiesta para esa noche en el borde de la pileta. Yo me puse una tanga negra muy chica debajo de un short de jean recortado y una blusa de gasa que dejaba ver el corpiño. Le pedí a Damián que no se pusiera ropa interior bajo el short y aceptó sin discutir.
—Hoy va a ser una noche rara —dijo al pasar, peinándose frente al espejo.
No tenía idea de cuánto.
***
Bajamos cerca de la medianoche. La fiesta ya estaba andando: luces moradas y rojas barriendo el agua, música electrónica baja, gente bailando con copas en la mano. Conseguimos una mesa al costado, pedimos tragos y empezamos a soltarnos. Besos en el cuello, manos en el muslo, un par de bailes pegados que no eran para nadie más.
En un momento le dije que iba al baño y que volvía con dos tragos más. Pasé por la barra. Esperaba el pedido cuando una voz a mi espalda me dijo, con una calma que reconocí antes de pensar:
—¿Lorena?
Me di vuelta despacio. Era Sebastián. El mismo Sebastián con el que había estado más de un año cuando tenía veintitrés, el que había desaparecido de mi vida cuando me mudé. Más alto de lo que recordaba, o quizás solo era la postura. La camisa abierta dos botones, un anillo en la mano derecha pero ninguno en la izquierda.
—Sebas —dije, y odié el segundo en que me quedé sin saber qué hacer con las manos.
—No es el lugar donde esperaba verte —dijo, mirándome de arriba a abajo sin disimular—. Estás… distinta.
—Tengo siete años más.
—Te quedaron bien.
Hablamos de tonterías mientras el barman armaba los tragos. De gente que ya no veíamos, del trabajo de él, de la ciudad. Estaba en el hotel con un grupo, dijo, amigos y amigas, una despedida atrasada de alguien. Yo me reía más fuerte de lo que correspondía y se notaba. El cuerpo me había decidido algo antes de que yo lo decidiera.
Damián apareció en ese momento. Me buscó con la mirada, vio que no estaba sola y caminó hasta nosotros con la tranquilidad de un hombre que sabe que no le van a robar nada.
—Te demoraste —dijo, dándome un beso en la sien.
—Me encontré con un viejo conocido —contesté—. Sebastián, te presento a Damián, mi marido.
Se dieron la mano. Yo le había hablado de Sebastián en alguna de esas charlas largas sobre el pasado, pero no había mencionado su nombre. Pensé en ese instante que se me notaba la cara, que cualquiera que mirara con atención iba a entender. Damián no dijo nada raro. Se sumó a la charla, bromeó con Sebastián sobre el hotel, aceptó cuando él nos invitó a su mesa.
***
La mesa de Sebastián era ruidosa. Seis personas más, casi todos en pareja, una chica sola que bailaba sobre la silla. Damián se sentó frente a mí, dejándome a Sebastián al lado. Eso lo eligió. Yo lo registré.
Pasamos una hora bailando, riéndonos, brindando. En algún punto Damián dijo que subía a poner el celular a cargar y desapareció diez, quince minutos. No fue un descuido. Estoy segura.
Cuando Damián se fue, Sebastián se inclinó hacia mí y bajó la voz.
—Te quedó bien el tiempo, ¿sabés? —dijo, con los ojos pegados a los míos—. Mejor que bien. No te puedo dejar de mirar.
—Estás envalentonado —le dije, sin retirarme.
—Estoy con cuatro tragos encima y vos con esa blusa.
Me reí. Apoyó la mano en mi rodilla un segundo, como midiendo, y la sacó. No me sacudí. Lo registré entero: el calor de la palma, el dedo pulgar que se quedó un instante más.
Damián volvió, me besó en la boca delante de él, me preguntó al oído si todo bien y se sentó. Después de unos minutos me dijo, como quien comenta el clima:
—Te veo en algún lado.
—¿Cómo?
—No sé. Distinta. ¿Pasó algo?
No sé mentir. Nunca pude. Le conté en dos frases bajo la música quién era Sebastián, lo que había pasado en la barra, lo de la mano en la rodilla. Esperé que pusiera mala cara. No la puso.
—Me lo imaginaba —dijo—. Te lo vi cuando me lo presentaste.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿No te molesta?
Me miró un momento largo. Después se acercó y me habló al oído.
—Si te querés divertir con él, divertite. Yo quiero verte así de prendida. Hace mucho que no te veo así.
Yo dije que no, que no hacía falta, que estaba bien con él. Pero por dentro la cabeza ya estaba haciendo el cálculo. Empecé a acordarme de cómo era el sexo con Sebastián a los veintitrés, lo que yo todavía no sabía pedir entonces y él hacía igual. Me empezó a costar mirar a Damián a los ojos.
—Estás pensando —dijo él, sin sonreír.
—Estoy pensando.
—Pensá tranquila. Yo no me voy a sentir mal. Te lo prometo.
***
Me levanté antes de decidirlo del todo. Caminé hasta Sebastián, le toqué el hombro y le dije que bailara conmigo. Bailamos un tema y medio. Después le pedí que me acompañara a la barra, le agarré la cara y lo besé. Sabía a ron y a algo más viejo.
—¿No te asusta que tu marido nos vea? —preguntó.
—¿Por qué pensás que estamos en este hotel? —contesté.
Sebastián miró por encima de mi hombro. Damián estaba en la mesa, mirándonos. Le sostuvo la mirada un segundo y volvió a la mía.
—¿Querés acordarte?
—Quiero.
Subimos a su habitación, no a la nuestra. No quería ese lugar manchado con esto, no esa noche. Apenas cerró la puerta, me corrió la blusa hacia un costado, me dio vuelta y me empujó suave contra la pared. Me besó la nuca, los hombros, fue bajando la mano hasta el borde del short. Cuando metió los dedos por debajo de la tanga descubrió que ya estaba mojada.
—No cambiaste tanto —murmuró contra mi oreja.
Se sacó el pantalón, abrió un condón con los dientes y se lo puso él mismo. Me corrió la tanga a un costado y entró de una vez, sin pedir permiso pero leyendo cada respiración. Me agarré a la pared. Me acordé del cuerpo entero de golpe, no como un recuerdo abstracto sino concreto, físico, devuelto.
Me sacó de la pared, me llevó a la cama, me dejó arriba. Lo monté agarrándole el pecho, despacio primero, después más fuerte. Hacía mucho que no me escuchaba gemir así, sin filtro, sin medir si alguien podía oírnos. Me dio vuelta él y me puso en cuatro contra el colchón.
—¿Sigue siendo tu posición preferida? —dijo.
—Sí.
—Me acordaba.
No me importó que se acordara. Me importó que se notara que se acordaba. Me vine dos veces seguidas, una más larga que la otra. Cuando sentí que él estaba cerca, le dije que se sacara el condón. Me arrodillé entre sus piernas, le hice sexo oral apenas unos segundos y le pedí que se viniera arriba mío. Lo hizo en el pecho, en la línea entre los pechos, con un gemido que era casi un agradecimiento.
***
Me arreglé en su baño. Me lavé la cara, me acomodé el pelo, me puse la blusa derecha. Bajé sola. Cuando llegué a la mesa, Damián seguía ahí. Me sirvió un trago y no me preguntó nada. Me apretó la mano por debajo de la mesa.
—¿Estás bien? —fue todo lo que dijo.
—Estoy muy bien.
Nos fuimos a la habitación pasadas las cuatro. En el ascensor me dio un beso largo, distinto, como si me estuviera reconociendo. Al entrar, me senté sobre él en la cama, le bajé el short, le agarré la verga ya dura y empecé a masturbarlo despacio.
—Contame —pidió.
—Te cuento todo.
Le conté todo. Le conté cómo me había agarrado contra la pared, lo que había dicho, cómo me había puesto en cuatro, lo que me había hecho con la boca antes de venirse en el pecho. Damián cerraba los ojos y los abría como si quisiera ver lo que yo describía. Se vino en mi mano antes de que yo terminara el relato.
***
Ya pasaron unos meses. No volvimos a ese hotel todavía, aunque hablamos del tema. Lo de Sebastián quedó en eso, una noche. Pero algo se nos abrió de nuevo. Damián me mira distinto cuando me cambio, y yo le cuento todo, hasta lo que pensé y no hice. El sexo nuestro mejoró, y nunca había sido malo. Mejoró en otra dirección.
A veces, mientras él duerme, pienso en la cara de Sebastián cuando se dio vuelta en la barra y dijo mi nombre. Pienso también en la cara de Damián cuando lo presenté. Las dos caras, separadas por un metro de barra. Las dos sabiendo cosas distintas, y yo en el medio, decidiendo.
Esa fue la confesión que necesitaba escribir.