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Relatos Ardientes

La apuesta que nos dejó sin ropa y sin excusas

Esa noche empezó con una llamada de Marcos a las ocho de la tarde. Me encontraba frente al espejo, ajustándome la camisa azul oscuro, cuando el celular vibró sobre la cómoda.

—Diego, decime que estás listo —fue lo primero que dijo, sin siquiera saludar—. Porque tengo algo armado que no te lo vas a creer.

—¿Qué tipo de «algo»? —pregunté, aplicándome el último toque de perfume.

—Valeria y Natalia. Las dos separadas, las dos con ganas de salir a divertirse de verdad. Valeria tiene cuarenta y pico, se separó hace dos meses de un tipo que no la merecía. Natalia tiene treinta y cinco, pelirroja, una locura. Las conozco del club donde voy a jugar al pádel.

Sonreí sin poder evitarlo. Cuando Marcos armaba un plan, el plan solía funcionar.

—Dame diez minutos.

—Bajá ya, que estoy abajo.

Lo que me esperaba en la calle no era lo que esperaba. En lugar del auto desvencijado que usaba desde hacía tres años, estacionada frente al edificio con las balizas encendidas había una camioneta gris metalizada, nueva, reluciente. Me detuve en la vereda y lo miré a través del vidrio con los ojos abiertos.

—¿De dónde salió esto? —pregunté mientras me subía.

—Financiamiento, hermano —respondió Marcos con la arrogancia de alguien que ya ensayó la respuesta—. Lo bueno hay que pagarlo.

—Lo vas a terminar de pagar cuando cumplas sesenta.

—Ese es el problema del Marcos del futuro. Hoy concentrémonos en el presente.

Las encontramos en la esquina de Corrientes y Uruguay, bajo la marquesina de un bar que ya cerraba. Dos figuras que cortaban la respiración.

Valeria era exactamente lo que Marcos había prometido: una mujer de cuarenta que los llevaba como un traje a medida. Pantalón negro entallado, blusa vino tinto con escote moderado que no necesitaba exagerar nada porque lo que había debajo hablaba solo. El pelo castaño le caía sobre los hombros en ondas perfectas. Natalia, a su lado, era su contraste perfecto: el pelo rojo cobrizo hasta la mitad de la espalda, un vestido verde botella que le marcaba la cintura, y esa forma de pararse —una cadera levemente adelantada— que decía todo antes de que abriera la boca.

—Por fin —dijo Valeria al asomarse a la ventanilla—. Pensé que no venían.

—¿Dejarlas esperando a ustedes dos? Ni loco —respondió Marcos con esa sonrisa suya que siempre resultaba demasiado efectiva—. Suban, que la noche recién empieza.

***

El boliche era uno de esos lugares que ni siquiera tienen cartel en la puerta. Marcos tenía contactos. Entramos sin hacer fila, y adentro el aire era denso: perfume caro, sudor y el bajo de la música golpeándote en el pecho como un puño suave.

En la barra, los tragos aparecieron rápido. Natalia y yo terminamos hablando casi solos mientras Marcos y Valeria derivaban hacia el extremo opuesto del mostrador, inclinados el uno hacia el otro con esa intimidad que solo tarda veinte minutos en construirse cuando las dos partes quieren lo mismo.

—¿Bailás? —me preguntó Natalia, mirando la pista.

—Algo —mentí.

Algo era bastante más que eso. Aprendí salsa en un curso que tomé hace años y esa noche el ritmo estaba de mi lado. La tomé de la cintura al tercer compás y ella se sorprendió, lo vi en la forma en que abrió los ojos antes de soltarse. Su cuerpo respondió al mío con una fluidez que no es fácil de fingir. Bailamos juntos durante veinte minutos sin hablar, lo que era mejor que cualquier conversación.

Fue en la pista donde apareció él.

Un hombre que se abría paso entre la gente con la torpeza del que lleva demasiado alcohol encima. Tardé un segundo en procesar la escena: el tipo se plantó delante de Valeria, que estaba con Marcos en la barra, y empezó a hablar en un volumen que superaba la música. El ex marido. Borracho, furioso y completamente fuera de lugar.

Marcos no se movió del lugar. Bajó el tono de voz tres octavas, lo miró con esa calma que intimida más que los gritos, y le dijo algo que no llegué a escuchar desde donde estaba. El tipo intentó agarrar a Valeria del brazo. Fue el error que necesitaba el seguridad del boliche para intervenir: dos tipos enormes lo escoltaron hacia afuera en menos de un minuto.

Valeria estaba pálida pero entera. Marcos le puso una mano en la espalda.

—Ya está —le dijo—. ¿Seguimos?

Ella tardó un segundo, luego asintió. Y siguieron.

Natalia me miró desde la pista, arquéando una ceja.

—Siempre tan emocionante salir con ustedes —dijo en tono irónico, aunque le temblaba un poco la comisura de la sonrisa.

La tomé de la cintura y la hice girar. —La noche todavía no terminó.

***

A la una de la mañana, Marcos se acercó a mí en la pista y me habló al oído.

—¿Qué te parece si terminamos esto en tu departamento?

Miré a Natalia, que me sostuvo la mirada con una expresión que no dejaba dudas. Miré a Valeria, que tenía el pelo ligeramente revuelto y los ojos brillantes.

—Dale —dije.

En el auto, en el asiento de atrás, Natalia y yo perdimos el tiempo que nos quedaba. La tomé de la nuca y la besé despacio al principio, sintiendo cómo sus labios respondían con una presión que fue aumentando. El gusto a gin y limón que tenía en la boca era adictivo. Sus manos se apoyaron en mi pecho, luego en mis hombros. Marcos manejaba con una mano y con la otra buscaba la rodilla de Valeria.

Natalia se separó apenas lo suficiente para mirarme.

—Tenés que llevarme a tu casa más seguido —murmuró.

—Todavía no llegamos.

—Ya lo sé. Por eso lo digo.

***

Mi departamento es, lo admito, exageradamente ordenado para un hombre de treinta y dos años. Los libros están organizados por tema y tamaño. Las sábanas son de algodón de calidad y las cambio dos veces por semana. No hay nada sobre las mesadas que no cumpla una función específica.

Esa noche todo eso iba a cambiar.

Abrí la puerta, encendí las luces de ambiente y el departamento los recibió con ese olor a limpio y madera que siempre está ahí. Valeria miró alrededor con una ceja levantada.

—Esto no parece el departamento de un soltero.

—Soy un soltero con criterio —respondí yendo a buscar hielo.

Sirvió Marcos. Sirvió mal, con demasiado whisky y poco hielo, pero nadie se quejó. Nos instalamos en la sala: Natalia y yo en el sofá grande, Valeria y Marcos en el sillón lateral. La conversación se fue aflojando con el alcohol hasta que Marcos vio el mazo de cartas sobre la repisa.

Lo levantó. Lo barajó. Me miró.

—¿Póker de apuestas?

—¿Qué tipo de apuestas? —preguntó Natalia, con la copa a mitad de camino entre la mesa y su boca.

—Las interesantes —dijo Marcos.

Las dos se miraron. Natalia se inclinó hacia Valeria y susurraron algo que no llegué a escuchar. Valeria frunció los labios, como calculando.

—Aceptamos —dijo—. Pero si pierden ustedes, salen a dar una vuelta corriendo por la manzana como Dios los trajo al mundo.

Marcos se echó a reír. Yo también.

—Y si pierden ustedes —dije—, nos deben lo que nosotros pidamos.

Otro intercambio de miradas entre ellas. Otro segundo de cálculo silencioso.

—Repartí —dijo Natalia, cruzando los brazos con una fingida indiferencia que no engañaba a nadie.

***

Las primeras dos manos fueron equilibradas. Marcos perdió el reloj. Yo perdí la camisa, que dejé doblada sobre el respaldo del sofá con un orden que a Natalia le arrancó una carcajada.

—¿Quién dobla la ropa durante el strip póker?

—Alguien con criterio —repetí lo de antes.

La tercera mano se puso seria. Valeria tenía un color de corazones que nos dejó en cero. Las zapatillas de las chicas aterrizaron en el suelo, y Natalia apoyó los pies descalzos sobre la alfombra con una lentitud que tenía algo de ritual.

Cuarta mano: el pantalón de Valeria. Lo bajó despacio, con una calma que claramente era provocación, y quedó en ropa interior negra que contrastaba con su piel clara. Marcos contuvo la respiración de forma muy poco discreta.

Quinta mano: el vestido de Natalia. Se lo sacó por la cabeza en un solo movimiento. El pelo rojo le cayó revuelto sobre los hombros y quedó con un conjunto de encaje verde agua que hacía que la piel se le viera cálida bajo la luz tenue del ambiente.

—Ahí van esos —dijo, tirando el vestido sobre la mesa de centro.

Ninguno de los dos hombres cruzó los brazos.

La última mano fue la que cerró todo. Marcos y yo teníamos dos pares. Ellas tenían menos. Cuando las cuatro cartas quedaron boca arriba sobre la mesa, el silencio duró exactamente tres segundos.

—Bueno —dijo Valeria, y ese «bueno» era una rendición y una invitación al mismo tiempo.

Los broches se soltaron uno después del otro. La luz del living las capturó a las dos: Valeria con los pechos llenos, Natalia con los suyos más compactos y firmes, los pezones oscurecidos por la excitación que llevaban rato acumulando.

Marcos dejó las cartas sobre la mesa. Yo me levanté.

***

No hubo más instrucciones. No hicieron falta.

Me acerqué a Natalia y la tomé de la cintura, igual que en la pista, pero esta vez no había música ni gente ni pretextos. La besé despacio, con las manos en su espalda, sintiendo el calor de su piel directamente. Ella me agarró del pantalón por el cinturón y tiró con suavidad.

—Llevás demasiada ropa todavía —murmuró contra mi boca.

Marcos ya tenía a Valeria en el sillón. La escuché reírse de algo que él le dijo en voz baja, una risa corta que se cortó cuando él le pasó los labios por el cuello.

Natalia me empujó suavemente hacia el sofá y se arrodilló frente a mí. Me miró desde abajo con una expresión que no necesitaba palabras. Cuando cerró los labios alrededor de mí, el apartamento entero dejó de existir durante un rato largo.

Trabajó con una lentitud estudiada, la lengua moviéndose con precisión, los ojos en los míos cada tanto como para verificar el efecto. El efecto era demoledor. Me enredé en su pelo rojo —ese rojo encendido que bajo la luz del living parecía casi irreal— y me concentré en no perder el control antes de tiempo.

Desde el sillón llegaban los sonidos de Marcos y Valeria: el roce de la tela, un gemido suave de ella, la voz de él respondiendo con algo que no llegué a entender. El departamento olía a perfume mezclado con algo más urgente.

Cuando Natalia se puso de pie y se quitó lo que le quedaba de ropa, me tomé un segundo para mirarla. El cuerpo de una mujer que se conoce y no necesita disculparse por nada. La tendí en el sofá y me coloqué encima.

Entramos despacio. Ella apoyó la frente en mi hombro durante un segundo, respirando. Luego levantó las caderas y empezamos a movernos juntos, encontrando un ritmo que fue cambiando de forma. Sus dedos me marcaron la espalda en algún momento y no me importó en absoluto.

—Ahí —decía cada tanto, con la voz baja—. Ahí exactamente.

Del otro lado de la sala, Valeria ya no hacía el esfuerzo de hablar en voz baja. Sus gemidos llenaban el living con una franqueza que a Natalia le arrancó una sonrisa contra mi cuello.

***

En algún momento de la noche, sin que nadie lo organizara demasiado, cambiamos. Valeria terminó en el sofá conmigo, con ese pelo castaño revuelto sobre los almohadones de cuero, y Natalia se llevó a Marcos al rincón que habíamos estado usando nosotros.

Valeria era completamente diferente: más directa, más ruidosa, sabía exactamente lo que quería y lo pedía sin rodeos. Me agarró de los hombros y corrigió el ángulo con las caderas. Le hice caso. Los resultados fueron inmediatos.

—Así —me dijo—. Así exactamente.

La habitación se llenó del sonido de cuatro personas que habían decidido, con distintos grados de conciencia a lo largo de la noche, terminar exactamente donde habían terminado. El living ya no se parecía en nada al lugar impecable que era dos horas antes: ropa sobre el sillón y la alfombra, copas vacías en la mesa de centro, el mazo de cartas esparcido.

Merecía la pena.

***

A las cuatro de la mañana nos duchamos de a dos, en turnos. Natalia usó mi champú sin pedirlo y el olor del baño quedó mezclado entre el suyo y el mío de una forma que no me molestó para nada.

Marcos llevó a las dos en el auto. Natalia se despidió con un beso en la mejilla y una sonrisa que no era exactamente la misma que tenía al principio de la noche, más relajada, más auténtica. Valeria le dijo algo a Marcos en voz baja antes de subirse al auto que lo hizo reírse.

Me quedé en la puerta hasta que el auto dobló en la esquina. Luego entré, miré el desastre del living y tomé la decisión de dejarlo para la mañana.

Me fui a la cama con el olor a perfume de Natalia todavía en la almohada y dormí hasta las dos de la tarde. A las tres me llegó un mensaje de Marcos:

«Socio. La próxima la organizo yo.»

Le contesté: «Cuando quieras.»

Y lo decía en serio.

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Comentarios (10)

FiestaLoca_99

jajajaj tremendo, no me lo esperaba para nada! el final me mató

Yessenia

Me encantó. Esos momentos en que todo escala sin que nadie lo planee son los mejores. Seguí escribiendo!

Naxo64

buenisimo, me reí bastante con lo del plan perfecto de Marcos jajaja

CarmenSol45

Por favor una segunda parte! quedé con ganas de saber como siguió todo después de esa noche

RobertoMdz

Me recordó a una apuesta con unos amigos hace años... nunca mas volvimos a jugar a las cartas igual jajaja. Muy bueno el relato

DiegoCba_91

corto pero jugoso, me gustó mucho

lectora_baires

La categoría confesiones es la que mas me gusta porque se sienten reales. Este no fue la excepción, muy bien narrado.

Paula_XD

sigue así!! tremendo relato

TucMán88

Me encantó como lo contaste, se nota que fue de verdad. Saludos desde tucumán!

Silvina_77

Que situación... jajaja pobres. Ojalá haya continuación para ver en que termina todo esto entre ellos

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