La confesión del centro comercial que sigo recordando
Aquella tarde habíamos salido sin un plan claro. Mi mujer, Camila, quería pasear por el centro comercial y tomarse un café, y yo la acompañé como tantos sábados. Llevábamos cinco años casados y, aunque por fuera parecíamos una pareja convencional, los dos sabíamos que no éramos eso. Hablábamos sin tapujos de lo que nos gustaba, de quién nos había mirado, de las fantasías que cada uno cargaba sin esconderlas.
Camila se metió en una tienda de ropa que ocupaba media planta, una de esas marcas internacionales con luces frías y música baja, y se detuvo en la pared de los bolsos. Yo me quedé dos pasos detrás, fingiendo interés en una vitrina con cinturones. Fue ahí cuando lo vi.
Un empleado se acercó a ella con la sonrisa entrenada de los que llevan poco tiempo en el oficio. Veintidós, veintitrés años como mucho. Delgado, blanco, con el pelo oscuro recogido detrás de las orejas y una placa pequeña con su nombre: Mateo. Le mostró a Camila un par de modelos, atento, profesional. Pero a los dos minutos noté algo que ella no notó: cada vez que mi mujer giraba la cabeza, sus ojos se desviaban hacia mí.
La primera vez pensé que era casualidad. La segunda no.
Decidí probar. Me apoyé en la vitrina y dejé caer la mano sobre la entrepierna, lento, como quien se acomoda los pantalones. No fue un gesto inocente y él lo entendió. Se mordió el labio inferior sin dejar de hablar con Camila, y un calor súbito me subió desde el estómago.
—No me decido —le dijo mi mujer—, lo voy a pensar un rato.
—Cuando quiera, señora —respondió él, todavía mirándome a mí.
Salimos de la tienda y nos sentamos en una cafetería que estaba justo enfrente, una terraza con mesas redondas y vista directa al escaparate. Camila pidió dos cafés y se quedó leyendo algo en el teléfono. Yo aproveché el silencio.
—Voy un momento al baño —le dije—. Vuelvo enseguida.
Ella asintió sin levantar la vista.
El baño estaba al fondo del pasillo lateral, pasado un puesto de helados y una papelería. Antes de doblar la esquina pasé por delante del escaparate de la tienda. Mateo estaba de pie junto a la puerta, fingiendo doblar una camisa. Le sostuve la mirada un segundo y le guiñé el ojo. No necesité decir nada más.
Entré al baño y elegí un urinario. El espacio olía a desinfectante de pino, esa mezcla rara que tienen los centros comerciales, y la luz blanca caía desde un fluorescente sin reflectores. Conté hasta veinte. Justo cuando empezaba a pensar que no vendría, la puerta crujió.
Lo escuché antes de verlo. Pasos cortos, controlados. Se colocó en el urinario contiguo y, sin mirarme todavía, se bajó los pantalones más de lo necesario, hasta dejar al descubierto un culo blanco, redondo, completamente lampiño. La tela quedó tensa sobre los muslos pero sin caer del todo, como si hubiera ensayado esa postura mil veces.
Yo ya estaba duro desde que crucé la puerta. Verlo ahí, ofrecido en silencio, me terminó de poner el corazón en la garganta. Me eché un poco hacia atrás y empecé a tocarme por encima del pantalón. Él giró la cabeza, sin disimular.
—¿Te gusta lo que ves, papi? —dijo en voz baja, moviendo las caderas apenas.
—Me gusta más de lo que debería —respondí—. Y estás listo para más que una mirada.
—Pues mírame bien, porque me vas a romper.
Sonó la puerta del baño y los dos nos enderezamos en un segundo. Un hombre mayor entró arrastrando los pies, se metió a uno de los cubículos y echó el pestillo. Mateo me hizo una seña discreta hacia el último cubículo del fondo. Subió los pantalones, fingió lavarse las manos y entró.
Esperé. Cuando escuché que el otro tiraba de la cisterna y salía, crucé el pasillo en cuatro pasos y empujé la puerta del cubículo. La cerré con el pestillo.
Mateo estaba ahí, inclinado sobre la taza, con los pantalones por las pantorrillas y la espalda formando una curva limpia. La luz del techo le marcaba dos hoyuelos sobre las nalgas. No dijo nada. No hacía falta.
Me arrodillé y le abrí con las manos. Le pasé la lengua despacio, primero el contorno y luego el centro, una y otra vez, hasta que lo escuché gemir contra la palma de su propia mano. Lo dejé empapado, brillante, mientras sentía mi propia erección presionando contra la cremallera.
—Papi, sabía que tu mujer no te da culo —susurró, con la voz quebrada—. Yo sí.
No le contesté. Me incorporé, me bajé el pantalón hasta media pierna y apoyé la cabeza de mi verga en su entrada. Empujé con cuidado. Estaba apretado, casi virgen al tacto, y al entrar lo escuché contener el aire. Avancé centímetro a centímetro hasta sentir las nalgas pegadas a mis caderas.
—Quieto —le dije al oído—. Aguanta.
En ese momento crujió otra vez la puerta del baño. Otro hombre, esta vez con prisa, se metió a un cubículo a tres puertas de distancia. Le tapé la boca a Mateo con la mano y empecé a moverme muy despacio, casi sin separar las caderas. Él me lamió la palma, me chupó el dedo índice como si fuera otra cosa, y yo sentí que la presión se me concentraba en la nuca.
Cuando el otro hombre tiró de la cisterna y se marchó, dejé de fingir. Lo agarré por la cintura y empecé a bombearle fuerte, casi a la altura del hueso. Sacaba la verga casi entera y la volvía a meter de un golpe, y él se mordía el dorso de la mano para no gritar.
—Más, papi, más —pidió cuando pudo respirar—. Lléname.
El sudor me caía por la espalda. Las paredes del cubículo eran de un melamínico color crema, sucias en las esquinas, y de fondo se escuchaba la música ambiental del centro comercial filtrándose por los altavoces del techo. Algo de jazz suave, ridículo, completamente fuera de lugar. Lo encontré cómico un segundo, y al segundo siguiente se me olvidó porque me empezaba a temblar el bajo vientre.
—Me voy a venir —le avisé.
—Adentro. Dame todo. Tu mujer no te lo da así.
Le clavé los dedos en la cintura, me hundí lo más profundo que pude y me corrí. Sentí cada espasmo como un corrientazo, uno detrás de otro, y cada uno me arrancaba un poco de cordura. Cuando terminé, me quedé quieto, jadeando contra su nuca, y él se relajó debajo de mí como si lo hubieran desinflado.
—Date la vuelta —le dije.
Se incorporó, giró y se sentó en la taza con la verga todavía dura. Le agarré la cabeza por el pelo, le acerqué la cara y le metí la mía en la boca sin pedir permiso. Él la recibió con los ojos cerrados, succionando lo que quedaba dentro de mí. La segunda venida no fue tan intensa, pero le bajó por la garganta y la lamió como si fuera lo último que iba a probar en su vida.
Se levantó. Me besó. Compartió el sabor entre los dos durante un par de segundos y luego se lo tragó. Cuando se subió los pantalones, vi una mancha húmeda en su ropa interior. Había acabado sin tocarse.
—Papi —dijo, todavía con la respiración alterada, mientras me garabateaba un número en un trozo de papel higiénico—, si algún día tu mujer te bota, vente a mi casa. Te enseño cómo se trata a un hombre como tú.
Salió primero. Yo esperé un minuto largo, me lavé la cara, me acomodé la ropa y me miré al espejo. Tenía la cara enrojecida y los ojos brillantes. Me eché agua fría y respiré hondo dos veces.
***
Cuando volví a la mesa, el café ya estaba tibio. Camila levantó la vista del teléfono y me sonrió como si supiera algo.
—Te ves relajado. ¿Pasó algo en el baño?
—Me descargué —dije, encogiéndome de hombros—. Tenía la cabeza pesada.
Ella se rio bajito, con los hombros, y volvió a su pantalla un segundo. Luego cerró la aplicación, guardó el teléfono y se levantó.
—Voy a comprar ese bolso —anunció—. Acompáñame.
La seguí. Cruzamos el pasillo otra vez, y al entrar en la tienda lo vi. Mateo seguía ahí, doblando blusas detrás del mostrador. Tenía el pelo un poco más alborotado que antes, y los pómulos rosados. Me saludó con un movimiento de cabeza, profesional, mientras se acercaba a atender a Camila.
Le mostró el bolso, le explicó los compartimentos, le pasó la tarjeta. Yo me quedé apoyado en una mesa, fingiendo mirar el escaparate. En ningún momento le tembló la voz. Ni una sola vez se le quebró la sonrisa. Me impresionó. Yo no habría podido.
—Gracias, que tenga buena tarde —le dijo a mi mujer.
—Igualmente —contestó ella.
Caminamos hacia el aparcamiento por uno de los pasillos largos, ese que tiene los bancos de madera y las plantas de plástico. Camila iba colgada de mi brazo, balanceando la bolsa con su bolso nuevo. A mitad de camino, sin frenar el paso, me dijo en voz baja:
—Te follaste al chico de la tienda en el baño, ¿verdad?
La miré. No estaba enfadada. Tenía esa media sonrisa que conozco demasiado bien, la que pone cuando le gusta lo que oye y todavía no lo dice.
—Sí.
—Cuéntamelo todo.
Se lo conté mientras llegábamos al coche. Sin adornos. La mirada en la tienda, el guiño en el pasillo, el cubículo, el sabor, el número de teléfono. Ella escuchó sin interrumpir. Cuando entramos al ascensor del aparcamiento, soltó una risa corta y dijo:
—Esa perra no sabe nada.
—¿Qué?
—Eso. Que cree que te llevó al baño él, y la realidad es que tú te lo llevaste a él. No sabe nada.
Yo me reí. La abracé contra la puerta del ascensor y le besé el cuello.
—Eso me pasa por tener un macho así como esposo —murmuró ella, con la boca pegada a mi oreja—. Pero ya verás esta noche. Yo también sé dar lo que tú necesitas. Y te lo voy a dar entero.
***
Llevamos cinco años casados. Los dos somos bisexuales. Los dos sabemos lo que el otro disfruta y ninguno tiene miedo de decirlo en voz alta. Habrá quien lea esto y piense que es mentira, o que algo así rompería un matrimonio. No es así. No, al menos, en el nuestro.
Por la noche, después de cenar, Camila apagó las luces del cuarto y cumplió lo que había prometido. Y yo, mientras le agarraba las caderas, todavía tenía en la cabeza el sonido del jazz suave en los altavoces del centro comercial.