Le di clases particulares al sobrino de mi amiga
—Sí, sí, así, no pares, ay, ay…
Me desperté empapada en sudor, con el corazón saltándome contra las costillas. Por un instante no supe ni dónde estaba. La almohada estaba húmeda, la sábana enredada entre mis piernas, y todavía sentía un latido tibio entre los muslos. Estaba sola, claro. Pero alguien me cogía en ese sueño y yo no podía recordarle la cara.
Me levanté, fui hasta la cocina y bebí un vaso de agua tibia del grifo. Las cuatro y diez de la mañana. Faltaban dos horas para el despertador. Volví al cuarto, me arranqué la remera empapada y me dejé caer boca arriba. Cerré los ojos pero la cara del soñado no aparecía, solo la sensación.
***
Llegué a la oficina con ojeras profundas. Era viernes, gracias a Dios, y los viernes siempre traen ese aire de ya falta poco. Alguien había dejado una caja de medialunas en la cocina del piso. Me serví un café cargado, agarré dos y me senté en mi escritorio. Carla, mi compañera de cubículo y mi única amiga de verdad en ese edificio, llegó cinco minutos tarde como siempre, con anteojos negros y un termo en la mano.
—Tenés cara de muerta —dijo apoyando la cartera.
—Dormí mal. Soñé cualquier cosa.
—Lore, te tengo que pedir un favor enorme —dijo cambiando de tema sin pestañear. Carla nunca pedía favores chicos.
—Decime.
—Mi sobrino entra a trabajar el lunes en una empresa de logística. En el currículum puso que maneja Excel a nivel avanzado.
—¿Y no maneja?
—No sabe ni hacer una suma con la barra de fórmulas. Se va a pegar el palo del año.
Me reí con la boca llena de medialuna.
—Mandámelo. Le explico lo básico, tablas dinámicas, búsqueda v, lo justo para no quedar en evidencia el primer día.
—Sos un sol. Pero, ojo, eh.
—¿Ojo qué?
—Mi sobrino tiene treinta y dos años. Y es… bueno. Ojo.
Treinta y dos. Yo tenía cuarenta y nueve. Le saqué la cuenta mentalmente y solté una risa medio nerviosa.
—Casi le saco diecisiete años, Carla. Me parece que el ojo lo tenés que tener vos, no yo.
—Vos hacele caso a tu tía. Te dejo su número, le digo que te escriba para acomodar el día.
—Mañana sábado a la tarde, antes de que me arrepienta. ¿Cómo se llama?
—Matías.
***
El sábado a la tarde acomodé el living, levanté las tazas del desayuno y le pasé la aspiradora rápida a la alfombra. Me puse una calza negra corta —de esas que dibujan todo— y una remera blanca de tirantes finos sin corpiño. Nada del otro mundo, me dije a mí misma. Es sábado y estoy en mi casa. Si por casualidad se le iban los ojos, problema de él.
El timbre sonó a las tres en punto. Abrí, y me quedé un segundo de más con la mano en el picaporte. Carla no había exagerado nada. Matías era alto, de hombros anchos bajo una remera gris simple, el pelo oscuro recién cortado y una sonrisa tímida que no le iba con el cuerpo.
—Hola, soy Matías. Disculpá la molestia.
—No es molestia, pasá. Acomodate ahí en la mesa que ya traigo la notebook.
Fui al cuarto a buscar la computadora y aproveché para mandarle un mensaje a Carla.
—Hija de mil, no me avisaste que tu sobrino estaba para alquilar balcones.
—Te avisé, te avisé. Vos no quisiste entender —me respondió enseguida, con una catarata de emojis de risa.
Volví al living con la notebook bajo el brazo y me senté a su lado. Huele a colonia limpia. Eso casi me distrae más que el cuerpo.
Empezamos por lo más básico. Le mostré cómo se referencia una celda, después el copiar y pegar con relación, después las fórmulas con el dólar. Aprendía rápido cuando prestaba atención, pero cada tanto se le iba la mirada. La primera vez fue cuando me incliné sobre la pantalla para señalarle algo. La segunda, cuando crucé las piernas debajo de la mesa. Yo me hacía la que no notaba nada y seguía explicando con la voz suave de profesora paciente.
A la media hora le ofrecí mate. Acepté la excusa con ganas: necesitaba pararme y respirar. Caminé hasta la cocina sabiendo perfectamente que él me estaba mirando la espalda y lo de abajo. Tardé en cebar el primero. Cuando volví, dejé el mate sobre la mesa y me quedé de pie a su lado, con una mano apoyada en el respaldo de su silla. Para mirar la pantalla por encima de su hombro. Para que el costado de mi pecho le rozara el brazo. Sin querer, por supuesto.
Él hizo como que no se daba cuenta. O quizás de verdad no se daba cuenta. La gente joven es difícil de leer.
Estuvimos hasta las siete repasando filtros, tablas dinámicas y un par de gráficos. Quedamos en que el domingo iba a volver para cerrar algunos temas más. Lo despedí en la puerta con dos besos, uno por mejilla, demasiado cerca de la comisura del segundo. Se fue. Yo cerré, apoyé la espalda en la puerta y me di cuenta de que tenía la calza pegada.
***
Caminé al sillón, me tiré boca arriba, me bajé la calza hasta la mitad de la pierna y me toqué por encima de la bombacha. Estaba húmeda hasta la pretina. Me reí sola, casi enojada conmigo misma, y me metí la mano por dentro. Dos dedos. Tres. Pensaba en el rastro de su colonia, en sus manos grandes apoyadas en el teclado, en cómo me iba a mirar si yo me sacaba la remera de un tirón. La almohada del sillón apagó el primer gemido. El segundo no, porque vivo sola y no me importa. Me vine fuerte, con las piernas tiesas, y cuando bajé del temblor me acordé del sueño de la madrugada del viernes. Esa cara que no había podido reconocer. Ahora la tenía. Era él. Por supuesto que era él.
Le mandé un mensaje a Carla.
—Lo despaché vivo y sano. Mañana cierra el repaso.
—¿Te portaste? —me respondió.
—Como una santa.
—No te creo nada.
—Hacés bien.
***
El domingo me puse la misma calza y otra remera, también sin corpiño. No iba a fingir frente al espejo que no había decidido nada.
Matías llegó a las tres con bermudas y una remera blanca. Traía una botella de gaseosa fría. Detalle chico, pero detalle. Me gustó.
Trabajamos casi dos horas seguidas. Estaba más concentrado que el sábado, hacía preguntas pertinentes, anotaba en un cuaderno. Le insistí con un par de funciones que iba a necesitar sí o sí, y se las hice repetir tres veces hasta que las dejó pegadas. Cuando cerré la notebook y le dije que ya estaba listo para mentir con propiedad en su nuevo trabajo, se rió.
—Te tengo que pagar algo. Dos tardes enteras es un montón.
—¿Cuánto creés que cobro? —le dije, mirándolo fijo.
—Ni idea. Decime vos.
Me paré de la silla. Caminé los dos pasos que me separaban de él, me puse entre sus rodillas y le apoyé las manos en los hombros. Él dejó de respirar un segundo entero.
—Salgo cara —le dije.
Me sacó las manos de los hombros y me las llevó a la cintura. No dije nada más. Me agaché y lo besé en la boca. Tenía la lengua tibia y un poco torpe los primeros dos segundos, después se acomodó. Le pasé los dedos por el pelo de la nuca y él me apretó contra su pecho hasta que tuve que doblar la espalda.
Me separé un instante y me saqué la remera por la cabeza. Sus ojos se quedaron fijos en mis tetas y por primera vez en toda la tarde le vi cara de necesitar algo con urgencia. Le tomé la mano y se la puse en una. Apretó suave. Después no tan suave. Bajé al nivel de su cara y se la ofrecí en la boca. Cerró los labios alrededor del pezón y chupó con esa hambre que solo tienen los hombres cuando algo no se lo esperaban del todo.
—Vamos al cuarto —le dije en voz baja.
Me siguió sin discutir.
***
En el cuarto me terminé de desnudar de pie, despacio, mirándolo. Él se sentó en el borde de la cama y se sacó la remera mientras yo le bajaba las bermudas y el bóxer de un tirón. La tenía dura contra el ombligo, no demasiado larga pero gruesa, perfecta para una boca como la mía. Me arrodillé entre sus piernas y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, despacio, mirándolo a los ojos. Tiró la cabeza para atrás y soltó un sonido que no quiso reprimir.
Lo chupé un rato largo. Me gusta esa parte. Me gusta sentir cómo van perdiendo el control de a poco, cómo la mano que al principio reposa con timidez sobre mi hombro termina apretándome el pelo. Cuando me di cuenta de que se iba a acabar muy rápido si seguía, me trepé a la cama y me senté arriba de él.
Me metí su pija de un solo movimiento y me quedé quieta un segundo, sintiéndola entera. Después empecé a moverme. Despacio al principio. Apoyé las manos en su pecho, me incliné para que las puntas de los pezones le rozaran la boca, y aceleré. La cama crujía bajo mis caderas. Él me apretaba la cintura tan fuerte que al día siguiente iba a tener marcas.
—No aguanto mucho —dijo entre dientes.
—Adentro —contesté.
Lo sentí estallar dentro de mí, un calor que me corrió por todo el vientre. Yo seguí moviéndome unos segundos más, terminé de venirme con un escalofrío largo, y me dejé caer sobre su pecho. Estaba transpirado, jadeando como después de un partido. Le pasé la lengua por el cuello salado y se rió con los ojos cerrados.
Nos quedamos así un rato. Después se vistió en silencio. En la puerta me dio un beso largo, distinto al primero.
—Avisame cómo te va el lunes —le dije.
—Te aviso.
***
Cerré la puerta y me quedé parada en el medio del living, desnuda, con un hilo tibio bajándome por el muslo. No me moví durante un par de minutos largos. Después me llegó un mensaje al teléfono.
—Fue la mejor de mi vida. Gracias.
El idiota me hizo emocionar. Le contesté con un emoji y nada más.
A los diez minutos sonó otro mensaje. Esta vez era Carla.
—Lore, ¿lo despachaste?
No contesté. A los dos minutos me llamó por videollamada. Atendí desde la cama, con la sábana hasta el cuello.
—Hija de mil —gritó—. ¡Estás en pelotas y tenés cara de cogida! No me digas que…
—Carla, tu sobrino es mayor de edad.
—Sos lo peor.
—Sí. Soy lo peor. Y ahora, si me permitís, me voy a duchar.
Corté antes de que pudiera contestarme.
***
Eso fue hace dos meses. Matías vino tres veces más, siempre con la excusa de alguna duda del trabajo, siempre dejándome marcas nuevas en la cintura. Carla finge que no sabe y yo finjo que no pasa nada. En el fondo las dos sabemos. Algún día le voy a contar cómo termina esto. Por ahora prefiero que se quede así, entre paréntesis, entre dos sábados, entre una calza negra y un sillón húmedo.