Volví a casa y mi marido me preguntó por mi fantasía
Subí al avión sabiendo que aquella escala marcaba el final de algo y el principio de otra cosa que aún no sabía nombrar. Mis padres habían pagado el pasaje de regreso a Cartagena la misma tarde en que les confesé todo. Entre Andrés y mis hijos, no había duda. Los elegiría mil veces. Pero el dolor de saber que también dejaba atrás algo que durante meses me había hecho sentir viva no me cabía en el pecho.
Cuando aterricé, mamá y mi hermano Damián estaban esperándome del otro lado del cristal. Mi esposo no fue. No tenía cara para reprochárselo. Me apreté el bolso contra el cuerpo y caminé hacia ellos con la sensación de que cada paso era un cargo más en mi expediente.
—Hola, mija —dijo mamá, y me abrazó sin demasiada fuerza.
Damián no me abrazó. Me quitó la maleta de la mano sin mirarme y echó a andar hacia la salida. Lo seguí en silencio, mordiéndome el labio para no llorar todavía.
En el taxi de regreso, mamá esperó tres semáforos antes de hablar.
—¿Tú sabes lo que le hiciste a Mateo?
—Lo sé.
—¿Sabes lo que les pudiste haber hecho a esos niños?
—También.
Damián miraba por la ventana. Cuando habló, lo hizo sin girar la cabeza.
—¿Por qué, Camila?
No pude responder enseguida. Apreté los ojos hasta que sentí la presión detrás de la frente.
—Allá la vida era triste. Andrés me dio la mano cuando me estaba ahogando, y caí en sus manos. Eso no lo justifica. Lo sé. Pero no quiero mentirles diciéndoles que fue solo deseo.
Mamá suspiró. Damián siguió en silencio. Lloré apoyada contra el vidrio durante el resto del viaje.
***
Cuando entré a la casa, Mateo estaba sentado en la sala con las manos entrelazadas entre las rodillas. Mamá y Damián se despidieron con frases cortas y se fueron. Nos dejaron solos.
Lloró antes de decir nada. No con escándalo. Lloró con esa rabia contenida del hombre al que nunca le enseñaron a llorar. Yo me senté frente a él sin saber dónde poner las manos.
—No esperaba esto de ti, Camila. No de ti.
—Lo sé.
—Los niños no se pueden enterar. Nunca. ¿Me oyes? Eso lo cuidamos los dos siempre.
Asentí.
—Vamos a hacer las veces de pareja. Vamos a estar bien delante de ellos. Pero si algún día uno de los dos decide irse, esa persona se va con lo puesto. No nos llevamos peleas, no nos llevamos recuerdos, no nos volvemos a ver. Eso te lo pido como única condición.
—Está bien.
—Júramelo.
—Te lo juro.
Esa misma tarde se lo dijimos a mamá y a Damián. Mateo lo expuso con calma, como si estuviera leyendo un contrato. Mi mamá lloró menos que en el taxi. Mi hermano me miró con algo parecido al respeto, aunque también con desconfianza.
Cuando ellos se fueron, la casa quedó otra vez en silencio. Los niños estaban con mi suegra. Mateo se metió en la ducha durante mucho tiempo. Yo me quedé sentada en la cama del cuarto principal, escuchando el agua, oliendo el jabón de él, oliendo todo lo que durante meses no había olido y que de pronto me golpeaba con fuerza.
***
Cuando salió del baño, traía solo una toalla. Tenía el pelo mojado y la mirada cansada. Me levanté de la cama y caminé hacia él. Le quité la toalla sin pedir permiso.
—No tengo ganas —dijo, en voz baja.
—Yo sí.
Lo besé. Al principio él no me devolvió el beso. Después sí. Lo empujé contra la puerta del baño y le bajé la cara hasta la mía, mordiéndole el cuello, los hombros, el pecho. Le mordí el lóbulo de la oreja y le susurré algo que no había dicho nunca antes.
—Pégame.
Se quedó quieto. Lo miré a los ojos.
—Pégame. Una cachetada. Por todo lo que te hice. Quiero que me la des.
—Camila…
—Hazlo.
Lo hizo. Una sola, pero firme. Me ardió la cara y se me llenaron los ojos de lágrimas que no eran solo de dolor. Le sonreí con la mejilla roja.
—Otra.
Esa noche dejé de ser solo su esposa. Me entregué de la manera en que nunca me había entregado en quince años de casados. Lo hice todo. Le di todo. Le pedí que me tratara como a una desconocida cualquiera. Le supliqué que descargara en mi cuerpo toda la rabia que la educación, el orgullo o el amor le habían impedido descargar en mi cara.
Era un castigo, y yo lo necesitaba.
Cuando terminamos, los dos estábamos llorando. Él me abrazó con una fuerza que jamás le había sentido. Me dormí pensando que tal vez aquel pacto podía funcionar.
***
Pasaron los días y empezó a notarse algo nuevo. Yo no era la de antes. Y él tampoco.
Me compraba ropa diminuta. Sostenes de encaje negro, tangas con corazones, medias de red que me obligaba a estrenar en cosas tan triviales como ir a hacer mercado. Yo me las ponía debajo del vestido y a veces se las mostraba en el carro antes de bajarme. Él me apretaba el muslo con una mezcla de orgullo y posesión que antes no estaba.
En la cama se había vuelto otro. Un Mateo que yo no conocía. Más bruto, más insistente, más capaz de pedirme cosas que jamás se habría atrevido a nombrar. Y yo respondía. Cada noche más. Cada noche pidiéndole más.
—Soy tu puta —le decía al oído.
—Mi puta.
—Tuya. Solo tuya. ¿Sí?
—Solo mía.
Pero algo empezó a fallar. Yo lo sentía. Yo necesitaba más y él se quedaba cada vez más vacío. Acabábamos, y a los veinte minutos yo ya estaba acariciándolo otra vez, frotándome contra su pierna, buscándole la boca con los dedos. Él intentaba responder. Al rato se quedaba dormido y yo me iba al baño a terminarme sola, mordiéndome el dorso de la mano para no hacer ruido.
***
Una mañana, después de una semana especialmente intensa, se sentó al borde de la cama y se llevó las manos a la cara.
—Amor, no sé qué me pasó. No sé qué nos pasó. Me agotaste.
Me senté detrás de él y le abracé la espalda.
—No te preocupes. Descansamos.
—No es cuestión de descansar, Camila. Es que ya no puedo seguirte el ritmo. Y me jode. Me jode mucho. Tengo la sensación de que algo despertó en ti que ya no puedo apagar.
Se le quebró la voz. Me solté del abrazo y me puse a llorar mirando la pared. No supe qué decirle. Tenía razón.
***
Pasaron varios días sin que habláramos del tema. Una tarde de domingo, los niños estaban con mi suegra otra vez. Estábamos en la terraza, él tomando una cerveza, yo con un café. El sol caía detrás de los cerros y todo parecía tranquilo. Entonces lo soltó.
—Camila. Te voy a hacer una pregunta, y quiero que me respondas con la verdad. Pase lo que pase.
Lo miré.
—¿Cuál es tu fantasía sexual?
Sentí que se me cerraba la garganta. Pensé varias respuestas. Pensé en mentirle. Pensé en decirle algo dulce, algo que él pudiera cumplir solo, algo que no nos pusiera otra vez al borde de un precipicio. Pero ya estábamos en otro lugar. Y mentirle ahora era peor que cualquier verdad.
—¿De verdad la verdad?
—De verdad.
Respiré.
—Quiero estar con varios hombres. Al mismo tiempo. Quiero sentirme su puta. Quiero que me usen. Y si me dan dinero, mejor.
No me atreví a mirarlo enseguida. Cuando lo hice, esperaba encontrar rabia. Pero no había rabia. Había algo más complicado en sus ojos. Una mezcla de derrota, de curiosidad y, debajo de todo, una chispa que yo no había visto en años.
—Está bien.
—¿Qué?
—Que está bien, Camila. Que se hace.
Me quedé sin aire.
—Te voy a cumplir esa fantasía. Pero con dos condiciones. La primera: yo siempre estoy. No te voy a dejar sola con nadie que no haya visto antes. La segunda: yo busco. Yo decido. Yo elijo a las personas adecuadas. Por internet hay maneras. Hay sitios para esto. Voy a investigar y te voy a dar una respuesta.
No supe qué responderle. Le tomé la mano. Él me la apretó.
Esa noche no hicimos el amor. Solo dormimos abrazados. Pero yo no pegué un ojo en horas, pensando en el sí que acababa de darme, en la cara que pondrían unos desconocidos al verme entrar en una habitación de hotel, en la voz de Mateo diciéndoles lo que podían y lo que no podían hacerme. Pensando en la mujer que había sido hasta hacía un año y en la que estaba a punto de ser.
Mañana, cuando los niños se levantaran, todo parecería normal. Desayuno, colegio, besos en la mejilla, cuentos antes de dormir. Y, por debajo, el pacto nuevo que mi esposo y yo acabábamos de firmar, un pacto sin testigos, sin papel, sin marcha atrás.
A las tres de la mañana, todavía despierta, lo busqué con la mano por debajo de la sábana. Esta vez no para cobrar nada. Solo para asegurarme de que seguía ahí.