La fantasía que mi esposa me confesó tras la posada
Camila siempre me sorprendía con sus confesiones tarde por la noche, cuando ya llevábamos un par de copas y el silencio del departamento se volvía cómplice. Tengo veintiséis años, ella veinticinco, y llevamos cuatro de casados. Trabajamos juntos en una consultora pequeña que asesora a clientes del rubro logístico, y entre esos clientes hay uno con el que tenemos una relación particularmente buena. Cada diciembre nos invitan a su cena de fin de año, y este año no fue la excepción.
La semana anterior a la posada, Camila había estado más callada de lo habitual. Una noche, mientras le secaba el pelo después de la ducha, me habló al espejo.
—Quiero que esta vez pasemos de fantasear y lo hagamos.
Yo sabía perfectamente a qué se refería. Llevábamos meses dándole vueltas a la misma idea: ella, achispada y entregada, otros hombres encima creyéndola adormilada, yo mirando desde una esquina. Nunca habíamos pasado del juego verbal en la cama, pero ese «hagámoslo» tuvo un peso distinto. La miré por el espejo y asentí. Ella sonrió.
—Si aparece la oportunidad en la posada, no la dejes pasar —dijo—. Yo me ocupo del resto.
De acuerdo.
La cena fue en un salón rentado en el sur de la ciudad. Mesas redondas, mariachi a las once, demasiado vino tinto. En nuestra mesa nos tocó con dos parejas que conocíamos de vista por reuniones previas: Hernán y Carolina, ambos rondando los cuarenta, y Andrés con su novia Daniela, que andarían por los treinta y cinco. Hernán era el típico hombre que envejece bien: alto, callado, con la barba justa. Andrés era más expresivo, de esos que ríen fuerte y tocan el hombro al hablar.
Camila se había puesto un vestido plateado, corto, sin tirantes. La conozco lo suficiente para saber que no eligió ese vestido por casualidad. Llevaba los hombros descubiertos y el pelo recogido en un moño bajo que dejaba toda su nuca a la vista. Cada vez que pasaba caminando hacia la barra, las miradas de Hernán y Andrés iban detrás de ella como si tuvieran un imán.
—Pásame el plato, amor —me dijo en algún momento, y al inclinarse hacia mí, su escote se hundió un par de centímetros. Hernán bajó la vista a su copa con una sonrisa apenas marcada. Lo vi. Camila también lo vio.
Bailamos. Bebimos. Bailamos más. Carolina, la mujer de Hernán, se fue agotando al ritmo del champán y a las dos de la mañana ya estaba pidiendo el Uber. Daniela también dijo que tenía que madrugar. Las parejas se fueron yendo, pero Hernán y Andrés se quedaron sin sus respectivas. Solos. Con nosotros.
—Vamos a tomar la última a otro lado —propuso Andrés.
Camila me apretó la mano por debajo de la mesa.
Terminamos en un bar de azotea a tres cuadras del salón. Música baja, luces violetas, ese tipo de lugar pensado para que la noche se alargue sin que te des cuenta. Pedimos otra ronda. Camila se sentó entre los dos hombres y yo me ubiqué enfrente, observando. Ella tomaba despacio, pero exageraba los gestos. Se reía con la cabeza echada hacia atrás. Se inclinaba para hablar al oído de Andrés y le rozaba el brazo. Cuando Hernán le sirvió, levantó la copa y le hizo un brindis silencioso que era más invitación que cortesía.
Yo sabía que no estaba ni cerca de borracha. Camila tiene un buen tope para el alcohol y esa noche se había cuidado durante la cena. Pero los dos hombres frente a mí veían a una mujer joven, ligera, riéndose demasiado y dejándose tocar de más. Veían exactamente lo que ella quería que vieran.
—Tu mujer es preciosa —me dijo Hernán al volver del baño.
—Lo sé.
—¿No te molesta cómo se ríe con nosotros?
Lo miré directo a los ojos. No le respondí, pero dejé que mi silencio se estirara lo suficiente para que él entendiera. Hernán bajó la vista a su cerveza y asintió muy despacio, como quien acaba de recibir una respuesta sin necesidad de palabras.
***
A las tres y media de la madrugada, anuncié que era hora. Camila «se había puesto pesada» —según mi versión— y yo necesitaba llevarla a casa. Andrés preguntó si tenía cómo regresar y le dije que con el coche estaba bien. Hernán propuso entonces que él y Andrés nos siguieran «para asegurarse de que llegáramos». Lo dijo con una sonrisa nueva, una sonrisa que no había aparecido en toda la noche. Asentí.
En el coche, ya solos los dos, Camila se rio bajo.
—Vienen.
—Vienen.
—Entonces ya sabes —me dijo, mirándome de reojo—. Yo voy a estar dormida.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que tú digas que no.
Vivimos en un fraccionamiento cerrado, así que abrí el portón desde la aplicación del celular. Subieron detrás de nosotros en otro coche. Camila ya iba descalza por el pasillo del edificio, con los tacones colgando de un dedo y el vestido a medio subir, como una actriz entrando en escena. Antes de llegar al cuarto se quitó el vestido en un solo gesto, lo dejó caer al piso, y se tiró boca arriba sobre la cama solo con una tanga negra. Cerró los ojos. Respiraciones largas. Una sonrisa que se borró al instante.
Yo la conozco. Sé cuándo finge dormir. Sé que esa noche estaba más despierta que nunca.
Cuando Hernán y Andrés llamaron a la puerta, los recibí con tres cervezas frías esperando en la mesa de la sala. Conversamos cinco minutos como si nada. Hernán preguntó por el baño, le indiqué dónde estaba, y al pasar miró —porque tenía que mirar— la puerta abierta del cuarto.
—Está fundida —dije, cuando salió.
—Pobre.
—Pobre nada. Está disfrutando hasta dormida.
Lo dije en voz suficientemente alta para que Camila lo oyera. Vi cómo se le movió el dedo gordo del pie izquierdo. Solo un parpadeo. Mi señal.
Hernán se quedó parado en el marco de la puerta del cuarto. Andrés se levantó del sillón y se acercó por detrás. Los dos miraban a Camila respirar lento, con el pecho subiendo y bajando, esos pechos pequeños y firmes que tanto le gustaba mostrar bajo escotes ajustados. Yo me senté en el sillón del cuarto, abrí otra cerveza y crucé las piernas.
—Está dormida —murmuró Hernán.
—Profundamente.
—¿Y si...?
—Y si nada. Es mi mujer. Pero si ella no se entera, no se entera.
Hernán giró a buscar mis ojos pidiendo confirmación. Le hice un gesto con la cerveza, un asentimiento mínimo.
—Despacio —agregué—. Y cualquier cosa, paran.
***
Andrés fue el primero. Se acercó a la cama y se arrodilló al borde. Le pasó la palma de la mano por el muslo, desde la rodilla hasta la cadera. Camila no se movió. La palma siguió hasta el estómago. Subió hasta el pecho. Le rozó un pezón con el pulgar. Camila respiró un poco más profundo. Andrés se mordió el labio.
Hernán se sentó del otro lado de la cama. Le tomó la mano a Camila y le besó los dedos uno por uno. Después le subió la muñeca a la boca y le lamió la palma. Camila tenía las manos calientes y húmedas, las manos de alguien que sabe que la están mirando. Andrés siguió bajando con la suya, pasó por el ombligo, llegó al elástico de la tanga negra y se detuvo ahí. Esperó.
—Adelante —dije.
Andrés metió los dedos por debajo del elástico. Le acarició por encima, muy despacio. Camila estaba empapada y los dos hombres lo notaron al instante. Hernán emitió un sonido apenas audible, un «mmm» bajo, casi de descubrimiento. Andrés sacó los dedos brillantes y se los acercó a Hernán a la altura de la cara. Hernán los chupó sin pensarlo. Yo estaba duro en el sillón, pero todavía no me toqué. Quería verlos llegar primero.
Le bajaron la tanga juntos, cada uno desde un lado, y se la quitaron por los pies. Camila respiraba como si soñara con algo distinto. Andrés se quitó la camisa, después el pantalón. Hernán hizo lo mismo, más torpe por el alcohol y por las prisas. Cuando se bajaron los bóxers, vi a Camila abrir un ojo un milímetro, mirar, y cerrarlo otra vez con una sonrisa que solo yo entendí.
Le pasé un condón a Andrés. Se lo puso con la mano un poco temblorosa. Se subió a la cama, le abrió las piernas a Camila con cuidado —como si de verdad fuera a despertarla—, y se acomodó entre ellas. La penetró despacio. Camila dejó escapar un suspiro suave que cualquiera habría confundido con un sueño. Yo sabía leerle el suspiro. Era el de cuando le gusta.
Andrés se movió con una cadencia lenta al principio, como un hombre que no quiere despertar a una niña dormida pero que tampoco va a parar. Hernán le sostenía una pierna en alto a Camila, le besaba el tobillo, le chupaba los dedos del pie. Ella tiene los pies pequeños y a Hernán parecía obsesionarle ese detalle. Cada tanto él le miraba la cara como esperando una reacción, y al no encontrarla, se volvía más atrevido.
—Está más mojada que cualquier mujer despierta —murmuró Andrés.
—Es así —respondí.
Hernán cambió de lugar con Andrés. Se puso el condón con más decisión esta vez, levantó las piernas de Camila sobre sus hombros y entró. Era más grueso que Andrés y vi cómo a Camila se le tensaron los hombros un milisegundo antes de relajarse. Una mujer dormida no se tensa así. Una mujer que finge dormir y sabe que va a recibir algo más grueso, sí.
Andrés rodeó la cama y se acercó a la cabecera. Le pasó la punta cerca de la boca a Camila. La frotó suave contra sus labios. Ella abrió la boca apenas, como en un acto reflejo, y Andrés se la metió un poco. La lengua de Camila se movió. Solo eso. Un movimiento mínimo, pero existió.
Yo me había bajado el pantalón al fin y me masturbaba en el sillón mirándolo todo. Hernán empujaba con un ritmo creciente, Andrés se movía despacio en la boca de mi mujer, y Camila —que «dormía»— mantenía las cejas perfectamente relajadas como solo puede hacerlo alguien que está prestando atención a cada detalle.
***
Hernán se vino primero. Se salió justo a tiempo, se quitó el condón y se desahogó sobre el vientre de Camila. Andrés se retiró de su boca al mismo tiempo y se masturbó dos golpes hasta soltar también sobre el muslo izquierdo. Quedaron los dos jadeando, mirándola como si acabaran de robarse algo y no terminaran de creérselo.
—Gracias —murmuró Hernán, y no supe si me lo decía a mí o a ella.
Les pasé una toalla. Se vistieron en silencio, casi avergonzados, como dos invitados que se quedaron más de la cuenta. Hernán se detuvo en la puerta del cuarto antes de salir.
—Si algún día se entera, dile que pedimos perdón.
—No se va a enterar —le dije.
Salieron. Cerré la puerta del departamento con doble vuelta y volví al cuarto. Camila seguía con los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando, el vientre brillante bajo la luz baja de la lámpara. Me senté al borde de la cama y le pasé la mano por la frente.
—Ya se fueron.
Abrió los ojos. Despacio. Los tenía húmedos pero brillantes. Sonrió como si acabara de ganar algo.
—Dime que estuvo a la altura —pidió.
—Estuvo a la altura.
—Dime que tú también disfrutaste.
—No te imaginas cuánto.
Se incorporó, se subió encima mío y se sentó con las piernas a los lados de mi cadera. Estaba caliente y todavía mojada, y a mí me faltaba terminar. Bajó la mano, me guio dentro suyo, y se inclinó hasta dejarme la boca pegada a la oreja.
—La próxima —susurró— no finjo. La próxima me los como con los ojos abiertos.
Le sostuve la cintura y empecé a moverla yo, mientras ella me besaba con la boca todavía con sabor a Andrés. Y mientras la sentía apretarse alrededor mío, pensé que la próxima posada iba a ser muy larga.