Mi primera vez con Mateo terminó como nunca imaginé
Era un sábado de marzo y todavía hacía calor cuando bajé a la cancha del barrio. Llevaba el balón bajo el brazo y la cabeza ocupada en cualquier cosa menos en lo que terminaría pasando esa tarde. Mateo ya estaba ahí, sentado en el banco de cemento, tomando agua de una botella que se le había puesto tibia por el sol.
—Llegaste tarde —me dijo, sin enojo.
—Llegué cuando llegué. Vamos a calentar.
Mateo y yo nos conocíamos del colegio. Él iba un año más adelante, era flaco, callado, con esa cara medio aburrida que tienen los chicos que no necesitan hablar para llamar la atención. Hasta esa tarde, para mí, era solo Mateo. Un amigo más con el que jugaba al fútbol los fines de semana.
Se levantó y empezó a bajarse el pantalón deportivo. Pensé que iba a quedarse en calzones y me reí por adelantado, lista para hacerle alguna broma. Pero debajo del pantalón llevaba una licra negra, ajustadísima, y cuando se giró para dejar la ropa sobre el banco, me quedé sin palabras.
La tela se le marcaba con un detalle obsceno. No era posible. Lo miré una vez, dos, tres. No supe disimular.
—Mateo, ¿eso es…?
Se cubrió con las manos por reflejo, como si lo hubiera pillado en otra cosa.
—Bueno, sí. Si te molesta, me pongo el short rápido.
—No, no es eso. Es que… nunca había visto algo así.
—¿Algo así cómo? ¿Está raro?
—No, raro no —murmuré—. Es que es enorme.
Se rio incómodo. Hasta a él le daba un poco de vergüenza. Se puso el short por encima de la licra, pero igual se le notaba, y los dos sabíamos que se le notaba. Tratamos de jugar como si nada, pero yo no podía dejar de mirarlo cada vez que corría, cada vez que se agachaba a recoger el balón. Mi cabeza ya no estaba en el partido.
En una jugada me puse de espaldas a él para proteger el balón. Mateo empezó a empujarme con las caderas, supuestamente para quitármelo, y yo sentí ese bulto duro apretándose contra mí una vez, dos, tres. Aguanté la respiración. Cuando me lo quitó, quedamos de frente. Quise hacer como que me lanzaba al balón, pero mi mano fue directa a su entrepierna.
La dejé ahí. No la moví.
Mateo se quedó quieto. Me miró como si me estuviera pidiendo permiso para algo que ya no se podía deshacer. Yo bajé un poco la mano y traté de rodearlo con los dedos. No alcancé. Lo tenía tan duro que parecía a punto de romperle el short.
—Mejor en otro lado —dijo, con la voz seca.
—Vamos a mi casa. No hay nadie.
***
No fue verdad del todo. Mi madre se iba a juntar con mi padre a almorzar fuera, pero todavía no me había confirmado a qué hora volvían. No me importó. En ese momento no me importaba nada que no fuera meterlo en mi habitación lo antes posible.
No llegamos a la habitación. Apenas crucé el umbral de la sala, me di vuelta y le dije:
—Acá. Acá mismo.
Mateo cerró la puerta con el pie. Yo me senté en el sillón con las rodillas separadas, todavía con el short de fútbol puesto y la remera transpirada. Él se bajó el short y la licra de un solo tirón.
Por fin lo vi sin filtros, sin ropa, sin sombra. Estaba a media asta y aun así me costaba creerlo. Era grueso, largo, pesado, con la piel oscura y las venas marcadas. Las dos manos no alcanzaban para abarcarlo entero. Lo tomé desde la base, traté de cerrar los dedos alrededor, y todavía sobraba un buen tramo libre.
—Es tuyo —me dijo, como si me estuviera entregando algo serio.
Yo nunca había estado con un chico. Tenía diecinueve años, mucha curiosidad y solo lo que me contaban mis amigas y lo que había visto en algún video robado en pantalla compartida. Sabía cómo se hacía en teoría. En la práctica, mis manos temblaban.
Lo acerqué a mi boca. Apenas pude meterme la cabeza. Lo sentía latir contra el paladar, caliente, salado, denso. Me obligué a abrir más, pero no había forma. Cerré los labios alrededor de lo que pude y empecé a moverme despacio, intentando que no se me notara que no sabía bien qué estaba haciendo.
—Despacio —me susurró—. Así. Así está bien.
Le tomé los testículos con la otra mano. Pesaban, eran grandes, y cuando se los acaricié, Mateo empujó las caderas hacia adelante como si no pudiera contenerlo. Lo sentí golpearme contra el fondo de la garganta. Se me llenaron los ojos de agua, no por tristeza ni por dolor, sino porque mi cuerpo no sabía qué hacer con tanto.
Cuando me lo sacó de la boca, la tenía tan dura y tan roja que pensé que iba a explotar. Me quedé un segundo mirándola, jadeando, y entonces sentí algo que nunca había sentido. Un calor que me subió desde las rodillas hasta la garganta. Una contracción dulce, larga, eléctrica. Cerré los ojos. Me venía. Me venía con tal intensidad que me agarré del sillón para no caerme.
—¿Estás bien? —preguntó, asustado.
—Estoy bien. Sigue.
***
Me sacó la remera y me apretó los pechos contra su sexo. Empezó a empujar entre ellos, despacio al principio, después con un ritmo cada vez más urgente. Cuando subía, la punta me llegaba hasta la barbilla y yo sacaba la lengua para alcanzarla. Mateo cerraba los ojos cada vez. Mis pechos estaban resbalosos por el sudor y por el líquido que se le escapaba, y yo me imaginaba que era mi sexo y no mi pecho lo que lo estaba recibiendo.
—Date vuelta —me dijo de golpe.
Me puse en cuatro patas sobre el sillón. Apoyé los codos contra el respaldo y le ofrecí el trasero como pude. Lo escuché respirar fuerte detrás de mí. Sus manos me recorrieron la cintura, las caderas, los muslos. Después sentí su miembro entre mis nalgas, golpeando suave, embarrándolo todo.
—Métela, Mateo. Métela de una vez.
—Es tu primera vez. Avísame si te duele.
Lo apoyó en la entrada y empujó muy despacio. Sentí cómo me iba abriendo, milímetro por milímetro. Apreté los dientes. Era una mezcla rara de placer y de dolor, como si me estuvieran inventando un sentido nuevo. Me bajó otro orgasmo, este más profundo, más lento, y solté un grito ahogado contra el respaldo del sillón.
Quería más. Quería sentirlo entero. Llevé la mano hacia atrás para tocarlo y descubrí que todavía le sobraba una buena parte fuera de mí. No me la había metido toda. Lo tenía a fondo y aun así me faltaba.
—Toda, Mateo. Dámela toda.
—No te entra toda, Camila. No te quiero romper.
Igual lo intentó. Empujó con más fuerza y yo dejé de pensar. Se me cruzaron palabras que no recuerdo. Le decía cosas y al mismo tiempo me sorprendía de lo que decía. Mateo me agarró las caderas y empezó a moverse con un ritmo que no le había visto a nadie, ni en pantalla ni en mi cabeza.
En algún momento me la sacó y la apoyó más arriba, sobre el otro lugar. Yo nunca había pensado en eso. Pero mi cuerpo, esa tarde, parecía estar dispuesto a probarlo todo.
—Despacio —le pedí.
—Despacio —prometió.
Lo intentó con paciencia. Yo soporté un tramo y después le pedí que volviera al lugar de antes. Volvió a entrarme por delante y me sacudió hasta que la cabeza se me quedó en blanco. Estaba por venirme de nuevo cuando escuché la llave en la puerta.
***
Mi madre.
Mateo apenas tuvo tiempo de salir de mí. Yo quedé en cuatro patas sobre el sillón, con el trasero al aire y la cara roja como una manzana. Él se quedó parado al lado, sin saber qué hacer con esa erección que no se le iba a bajar por arte de magia.
Mi madre se quedó en el marco. No gritó. No nos echó. Lo miró a él. Lo miró fijo, sin mover los ojos a ningún otro lado. Yo conocía esa cara. Era la misma cara con la que miraba un buen vino o un postre que no debía comer.
—Mamá, lo siento —balbuceé—. No es lo que…
—No te disculpes. Es lógico que lo desees. Ya me lo imaginaba. Por eso no acompañé a tu padre.
Se giró hacia Mateo, todavía con la voz tranquila.
—Vestite. Vení conmigo a la cocina un momento.
Yo me cubrí con un almohadón. Me quedé sentada en el sillón, sudando, con la entrepierna palpitando y la cabeza dando vueltas. Esperé. Y esperé. No fueron a la cocina. Los escuché subir las escaleras hacia el cuarto de mi madre. La puerta se cerró.
Cuarenta y cinco minutos. Conté cada uno.
Cuando bajaron, Mateo se acercó a mí, me dio un beso corto en la mejilla y me dijo, casi al oído:
—Te escribo. Te llamo. No te preocupes.
Mi madre no me miró. Solo dijo:
—Vestite. Vamos a salir a comer.
***
De eso ya pasaron dos meses. Mateo me escribe casi todos los días. Hablamos por teléfono. Quedamos en vernos el veintiuno de junio. Me confesó que tiene novia y que también ha seguido viendo a mi madre. No le creí al principio. Después dejé de hacer preguntas.
Una amiga mía, Lucía, lo conoció una tarde en la plaza. Desde entonces no para de insinuarme que quiere probarlo. Dice que la idea le viene rondando hace semanas, que ya lo habló con otras dos del grupo, que si yo doy el sí, ella organiza. Se lo comenté a Mateo. Me dijo que tal vez. Que lo pensaría.
Yo no sé qué hacer con todo esto. Sé que debería sentir celos. Sé que debería ofenderme con lo de mi madre. Pero la verdad —y esta es mi confesión— es que me excita imaginarlo. Me excita imaginar a Lucía con él. Me excita, aunque cueste decirlo, imaginar a mi madre con él.
Quizá ese veintiuno de junio terminemos siendo más que dos en esa habitación. Quizá no. Lo único que tengo claro es que aquella tarde, en la cancha del barrio, algo en mí se abrió de un golpe y todavía no encontré la forma de volverlo a cerrar.