Lo que pasó aquel sábado en la oficina vacía
Lo recuerdo todavía. Han pasado años y, a veces, cuando paso por delante de un edificio de oficinas un fin de semana y veo las luces apagadas, vuelvo a aquel sábado contigo y se me sube el calor a la cara. Y a la polla, para qué mentir.
Llevábamos meses tonteando por el chat interno. Daniela, así te llamabas en mi cabeza, y así sigo nombrándote cada vez que el recuerdo me asalta. Yo te escribía algo subido de tono entre dos correos del director; tú me contestabas un minuto más tarde con algo todavía más atrevido, y los dos seguíamos tecleando como si nada, los ojos clavados en la pantalla y una sonrisa que no podíamos disimular. Ramón, el de contabilidad, te miraba a veces de reojo. Creo que sospechaba algo. Pero nunca preguntó.
Lo que empezó como un juego se nos fue de las manos en cuestión de semanas. Yo te decía que un día iba a cerrar la puerta del despacho y te iba a follar contra la pared hasta que se te olvidara tu nombre. Tú te reías y me contestabas que no me atrevería, que era todo bocaza y ningún huevo. Y, sin embargo, una tarde de jueves, mientras los demás se ponían el abrigo para irse, me acerqué a tu mesa con la excusa de un informe y te lo solté en voz baja.
—El sábado nadie viene a la oficina. Tengo las llaves. Ven.
Te quedaste mirándome unos segundos. No dijiste que sí. No dijiste que no. Solo me apretaste la mano cuando te pasé la carpeta, y supe que vendrías.
***
Llegué media hora antes de la hora acordada. No por nervios, o eso me dije. Por costumbre, por inspeccionar, por dejarlo todo a oscuras. La realidad es que estaba muerto de nervios y necesitaba moverme. Subí los tres pisos sin encender la luz de las escaleras, abrí la puerta del despacho y dejé la llave puesta por dentro. No quería tener que andar buscándola si todo salía como esperaba.
Y entonces empezó la espera. Cinco minutos. Diez. Quince. Pensé que no ibas a venir, que te habías arrepentido, que en realidad nunca tuviste intención de presentarte y que el juego se quedaba en el chat, que era donde debía quedarse. Estaba a punto de escribirte cuando oí los pasos en el rellano y luego un golpe suave en la puerta.
Abrí. Eras tú. Llevabas un abrigo largo y una bufanda subida hasta la nariz, como si vinieras escondiéndote del barrio entero. Te metiste dentro sin decir nada y yo cerré con cuidado.
—Pensé que no venías.
—Yo también lo pensé —dijiste.
No te di tiempo a más. Te cogí la cara con las dos manos y te besé como si llevara meses ahogándome y tú fueras lo único capaz de devolverme el aire. Tardaste medio segundo en responder. Solo medio segundo. Después tus manos buscaron las mías, mi cuello, mi nuca, y la bufanda y el abrigo cayeron sobre la moqueta sin que ninguno de los dos los recogiera. Metí la lengua hasta el fondo de tu boca y tú la chupaste como si te fuera la vida en ello, y sentí cómo se me ponía dura de golpe contra tu vientre. Tú lo notaste. Vaya si lo notaste. Bajaste la mano y me apretaste el bulto por encima del pantalón, sin ninguna vergüenza, como si llevaras meses queriendo comprobarlo.
***
La luz que entraba por la persiana entreabierta dibujaba franjas amarillas sobre tu jersey. No encendí ninguna lámpara. No hizo falta. Te empujé despacio contra el archivador del pasillo y empecé a desabrocharte la blusa botón por botón, mirándote a los ojos mientras lo hacía. Te temblaban las manos. No de miedo. De impaciencia.
Cuando aparté la tela y vi el sujetador negro me quedé quieto un momento. Me reí solo, por dentro. Habías elegido ropa interior para esto. Te habías preparado. Saber eso me puso todavía más caliente que el propio sujetador.
—Pensaba en ti cuando me lo puse esta mañana —susurraste, como si me leyeras la cara—. Y en lo que me ibas a hacer.
—¿Y qué te iba a hacer, según tú?
—Follarme como llevas meses diciéndome que ibas a follarme.
Se me escapó un gruñido bajo, casi animal. Te besé el cuello, la clavícula, el nacimiento de los pechos. Te bajé las copas con los dedos, sin desabrochar nada, y mi boca encontró tu pezón izquierdo antes de que tu mano derecha encontrara mi cinturón. Lo mordí muy suave y oí el primer gemido de la mañana, ese sonido que no habíamos podido permitirnos en el chat. Lo guardé para siempre. Pasé al pezón derecho, lo chupé, lo mordisqueé, tiré de él con los labios hasta que se te escapó un jadeo largo. Los tenías duros como piedras, punteados de gallina por el frío del pasillo, y cada vez que los tocaba se te doblaban un poco las rodillas.
Tu mano entró por debajo de mi pantalón, apartó el elástico del bóxer y me agarró la polla directa, piel contra piel, con una decisión que no esperaba de alguien que medio minuto antes temblaba. Cerré los ojos. Empezaste a masturbarme despacio, con toda la mano, apretando en la base y aflojando en la punta, y noté cómo se te humedecían los dedos con la primera gota que se me escapó. Si seguías así no íbamos a llegar ni a la mesa.
—Espera —te dije al oído—. Espera, joder, que me corro aquí mismo.
—No quiero esperar. Quiero que me la metas ya.
***
No esperamos. Te subí la falda hasta la cintura, te bajé las medias de un tirón y tú te encargaste de mi pantalón con una eficacia que me hizo pensar, por un segundo, que no era la primera vez que hacías algo así en un sitio que no fuera una cama. Metí la mano entre tus piernas por encima de la braguita y noté la tela empapada, pegada al coño, caliente. Aparté el elástico con dos dedos y te toqué directamente. Estabas mojada de una manera que casi no me lo creía, resbaladiza, abierta, lista. Metí un dedo y entró sin resistencia. Metí otro y te clavaste tú misma en mi mano.
—Dios mío, cómo estás —murmuré contra tu cuello.
—Llevo toda la semana así, imbécil. Métemela.
Aparté el lateral de la braguita, me agarré la polla con la mano y te la fui pasando por los labios del coño, arriba y abajo, empapándola en ti. Te la froté sobre el clítoris un par de veces y te oí soltar un taco entre dientes. Después la coloqué en la entrada y empujé de una sola vez, hasta el fondo, contra el archivador, con el ruido seco del metal acompañándonos cada vez que empujaba. Se te escapó un gemido ronco, larguísimo, y las carpetas de dentro tintinearon.
—Estoy protegida —murmuraste sin que te lo preguntara, entre jadeos—. Tomo la pastilla. Córrete dentro.
Esa frase, así, contra mi oído, fue mi perdición. Empecé a follarte fuerte, sin ritmo, sin cabeza, embistiéndote contra el archivador con toda la cintura, agarrándote una nalga con una mano y la nuca con la otra. Se te doblaba el cuello hacia atrás con cada golpe. Se te salía un pecho del sujetador y bailaba con cada embestida. Notaba tu coño apretándome, chupándome, tragándome hasta la base, y el sonido húmedo de la carne contra la carne llenaba el pasillo entero.
—Más fuerte, joder —me pediste—. Más.
No iba a aguantar mucho y no aguanté. Te agarré por la cintura, te apreté contra mí y me corrí dentro de ti con la respiración rota, intentando no hacer ruido aunque allí no había nadie a quien molestar. Sentí cómo salía chorro tras chorro, cómo te llenaba, cómo mi polla latía dentro de ti a cada descarga. Tus uñas se me clavaron en los hombros y, por los gemidos que se te escaparon y por cómo te tembló todo el cuerpo apretándome por dentro, supe que no había sido el único en llegar.
Nos quedamos quietos un instante, los dos jadeando, mi frente contra la tuya, tus brazos alrededor de mi cuello. Todavía dentro. Sentí cómo se me escurría entre los muslos algo de mi propio semen mezclado con tus jugos, y no me dio ni asco ni vergüenza. Me dio ganas de más. Pensé que iba a darme vergüenza haber durado tan poco. Pero te reíste contra mi boca, una risa pequeña, satisfecha, y entendí que no íbamos a parar ahí.
***
Te llevé de la mano hasta el despacho del director. Era el más grande, el que tenía esa mesa enorme de roble en la que firmaba contratos un par de veces al mes. La idea de mancharle aquella superficie me pareció, en ese momento, lo más justo del mundo.
Aparté de un manotazo la lámpara, el portarretratos con la foto de su mujer y dos carpetas que llevaban allí semanas. Te tendí sobre la mesa boca arriba, te abrí las piernas y me arrodillé entre ellas. Te quité del todo la braguita, empapada y con una mancha blanquecina en el centro, y me la quedé un instante en la mano antes de dejarla caer al suelo. Me la llevé primero a la nariz. Olía a ti, a sexo, a mí dentro de ti. Se me volvió a mover la polla solo con eso.
Lo que vino después no quiero contártelo con prisas. Te abrí los labios del coño con los pulgares y te vi entera, roja, hinchada, brillando por la mezcla de todo. Un hilillo blanco te resbalaba hacia el culo. Bajé la boca y empecé por ahí, limpiándote, lamiéndote desde abajo hacia arriba con la lengua plana, chupándote sin asco lo que yo mismo te había dejado dentro. Tú soltaste un grito ahogado y te agarraste al borde de la mesa como si te fueras a caer.
—Joder, joder, qué guarro eres —dijiste entre gemidos.
Seguí lamiéndote despacio, con la lengua plana primero, en círculos después, alternando con los labios y con dos dedos que entraban y salían al ritmo que tú me marcabas con la pelvis. Chupé tu clítoris entre los labios y lo mantuve ahí, tirando muy suave, mientras mis dedos te trabajaban por dentro, curvados hacia arriba, buscándote el punto exacto. Tu mano izquierda se aferró al borde de la mesa. La derecha buscó mi pelo y me empujó suavemente cuando encontré el punto exacto, y ya no me dejó apartarme.
Tuviste un orgasmo. Te arqueaste entera, se te pusieron los muslos rígidos contra mis orejas, y sentí tu coño contraerse alrededor de mis dedos como si fuera un puño. Y luego otro, mientras yo seguía chupándote sin dejarte respirar, sin apartar la boca ni cuando me empujabas la cabeza para que parara. Y un tercero que casi te tira de la mesa, en el que se te escapó un chorrito caliente que me mojó el mentón y el cuello. Te tapaste la boca con el antebrazo y aun así se te escaparon unos gritos que rebotaron contra las paredes vacías del edificio. Yo no paré hasta que me apartaste con las dos manos, riéndote, diciéndome que no podías más, que ibas a desmayarte, que te ibas a mear encima si seguía.
***
Me incorporé y te miré. Estabas tendida sobre la mesa del director, con la blusa abierta, el sujetador descolocado, las tetas fuera y las piernas todavía separadas, el coño abierto y goteando sobre la madera de roble. Me sonreíste con una cara que no te había visto nunca en la oficina, una mezcla de cansancio y desafío, y me di cuenta de que aún no habíamos terminado. Yo la tenía otra vez dura, apuntándote directamente.
—Date la vuelta —te pedí.
Lo hiciste. Te apoyaste de codos sobre la madera, con el culo al borde de la mesa, y me dejaste el cuerpo entero a la vista. Te acaricié la espalda, las nalgas, los muslos. Te di una palmada suave en una nalga y vi cómo se te marcaba y cómo empujabas el culo hacia atrás pidiendo más. Te di otra, más fuerte, y gemiste. Volví a entrar en ti por detrás de una sola embestida y empecé a moverme despacio, mirándote desde arriba, con las manos en tu cintura, viendo cómo mi polla salía brillante y entera y volvía a hundirse en ti hasta las pelotas.
Me agaché sobre tu espalda, te agarré las tetas por debajo con las dos manos y las apreté mientras te embestía. Tú echaste el culo aún más para atrás. Con cada golpe se te escapaba un jadeo corto, agudo, y la mesa empezó a chirriar contra el parqué.
Y entonces, no sé en qué momento, mi pulgar empezó a buscarte por otro sitio, entre las nalgas, empapado con lo que goteaba de tu coño, y presionó despacito sobre el otro agujero.
—No —dijiste, sin girarte del todo, en un tono que no era un no del todo.
—¿Nunca?
—Nunca.
Paré un segundo. Me incliné sobre tu espalda y te besé la nuca.
—Voy a tener cuidado. Si en algún momento quieres que pare, paro. Pero quiero follarte por el culo, Daniela.
Tardaste en contestar. Sentí cómo respirabas hondo dos veces, tres. Después asentiste con la cabeza, sin palabras. Y luego, en voz muy baja, casi contra la madera de la mesa, añadiste:
—Despacio. Prométemelo.
—Despacio.
***
Lo hicimos despacio. Tan despacio como un cuerpo es capaz de soportar cuando lleva una hora ya al límite. Salí de tu coño y me quedé un momento mirándote el culo, abierto por la postura, brillante por todo lo que se te escurría desde arriba. Me ayudé de lo que mi propio cuerpo te había dejado dentro: metí dos dedos en tu coño, los saqué bien empapados y los llevé al otro agujero. Te abrí con un dedo primero, muy despacio, empujando y aflojando, dejando que te acostumbraras. Tú soltaste un jadeo raro, entre incomodidad y curiosidad, y apretaste la frente contra la madera.
—Respira —te dije—. No te cierres.
Metí un segundo dedo cuando el primero ya entraba y salía sin resistencia, embadurnándote bien por dentro con mi propia corrida. Te moví los dedos en tijera, muy despacio, abriéndote. Con la otra mano bajé y empecé a acariciarte el clítoris a la vez, en círculos suaves, para que asociaras una sensación con la otra. Poco a poco dejaste de contraerte. Empezaste a mover el culo tú misma, muy poco, casi sin darte cuenta, buscando mis dedos.
—Ya —dijiste—. Ya, hazlo.
Saqué los dedos. Me escupí en la mano y me embadurné la polla entera, y luego dejé caer un hilo de saliva sobre tu culo para que todo estuviera bien resbaladizo. Coloqué la punta y empujé un milímetro. Nada más. Un milímetro. Sentí cómo se te tensaba todo el cuerpo. Esperé. Empujé un poco más. Esperé otra vez. Fui entrando por centímetros, deteniéndome a cada uno, hasta que sentí que cedías. Tu cara contra la mesa, mi mano cubriéndote la boca cuando se te escapó un gemido demasiado parecido a un grito. No te lo voy a maquillar: hubo dolor al principio. Lo sé porque te tembló todo el cuerpo y porque tus dedos se me clavaron en la muñeca de la mano que te tapaba la boca. Lo sé porque te oí decir “espera, espera, espera” tres veces contra mi palma, y esperé cada una.
Pero no me pediste que parara.
Y poco a poco, empuje a empuje, ese temblor se transformó en otra cosa. En un balanceo. En un acompañamiento. Cuando por fin te sentí abrirte del todo alrededor de mí, cuando toda mi polla desapareció dentro de tu culo hasta la base, dejé caer la cabeza sobre tu espalda y solté un gemido ronco que no supe si era mío o tuyo. Estabas apretadísima. Cada milímetro me quemaba de placer.
Empecé a moverme muy despacio, sacándomela casi entera y volviendo a entrar centímetro a centímetro, mirando cómo tu culo se estiraba y se cerraba alrededor de la base de mi polla. Mi otra mano bajó hasta tu clítoris y empecé a tocarte con dos dedos mientras seguía moviéndome detrás. A los pocos minutos ya no te tenía que sujetar la boca: gemías con la cara pegada a la madera, sin poder controlarlo, empujando el culo hacia atrás para que fuera más profundo, más rápido.
—Más —me pediste, incrédula, como si no reconocieras tu propia voz—. Más fuerte.
La agarré por la cintura con las dos manos y empecé a follarte el culo a serio, marcando el ritmo, viendo cómo mi polla entraba y salía embadurnada, viendo cómo se te movían las tetas por debajo con cada golpe. Con dos dedos de la mano derecha te penetré el coño a la vez, y sentí a través de la fina pared cómo mi propia polla se movía dentro de ti. Te corriste otra vez, así, partida entre dos sensaciones, con el cuerpo entero convulsionando, gritando abiertamente contra la mesa del director sin que ya nos importara nada. El coño se te cerró sobre mis dedos y el culo sobre mi polla al mismo tiempo, y yo me corrí contigo unos segundos después, hundido hasta las pelotas, descargándote dentro chorro tras chorro con la cara hundida en tu pelo, sin saber muy bien dónde acababa mi cuerpo y empezaba el tuyo.
***
Después vino el silencio. Esa quietud rara que se instala en una oficina vacía cuando los aparatos del aire acondicionado todavía no se han encendido y solo se oye el zumbido lejano de la nevera del office. Salí de ti muy despacio, y todavía sentí una última contracción tuya alrededor de la punta antes de acabar de despegarme. Nos quedamos abrazados sobre la mesa del director varios minutos. No dijimos nada. No hacía falta.
Cuando me incorporé, sonreí con una cara que tú no me veías.
—Quiero pedirte algo —dije.
Te giraste despacio, te sentaste al borde de la mesa y me miraste con una ceja levantada. Bajaste los ojos hacia mi polla, todavía a medio bajar, brillante, sucia.
—Lávate primero —dijiste antes de que yo abriera la boca—. Ni loca me la meto en la boca así.
Me reí. Me reí de verdad, por primera vez en toda la mañana. Fui al baño del pasillo, me lavé con el jabón rosa de la oficina, ese que olía a chicle barato, me la enjaboné bien, me la aclaré, me la sequé con papel, y volví. Te encontré de pie, apoyada en la mesa, todavía a medio vestir, con los pezones asomando por encima del sujetador descolocado.
Te arrodillaste sin que yo dijera nada. Me cogiste con las dos manos y empezaste despacio, con los ojos puestos en los míos, como si quisieras grabar mi cara mientras lo hacías. Me lamiste primero, desde la base hasta la punta, muy despacio, la lengua plana. Después lamiste los huevos, uno primero, otro después, y me los metiste enteros en la boca de dos en dos. Volviste a subir por el tronco con lengüetazos, y solo entonces te la metiste entera de golpe, hasta el fondo, hasta que noté la punta contra tu garganta.
No fue tu primera vez. Lo supe enseguida. Tu boca conocía el movimiento exacto, el ángulo, el momento de aflojar y el momento de apretar. Chupabas moviendo la cabeza con un ritmo estudiado, sacándomela hasta la punta y volviendo a tragármela entera, ayudándote con una mano en la base y la otra masajeándome los huevos. De vez en cuando la sacabas del todo y me daba un lametazo largo mientras me miraba, sonriendo, con un hilo de saliva entre tu labio y mi glande. Y me daba igual cuántas veces lo hubieras hecho antes; en ese momento eras solo mía, en ese despacho, ese sábado.
Empecé a agarrarte el pelo. Con suavidad al principio, marcando el ritmo, y después con más fuerza, follándote la boca directamente, viendo cómo se te llenaban los ojos de lágrimas sin que te apartaras ni un centímetro. Se te escapó saliva por las comisuras y te resbaló por el mentón hasta las tetas. Te aparté justo antes y me la sacudí un par de veces sobre ti. Me corrí sobre tu pecho, en la garganta, en un pezón, en la barbilla. Tú cerraste los ojos y sonreíste con la cabeza un poco echada hacia atrás, la boca abierta, la lengua fuera para recoger la última gota, y juro que esa imagen es la que se me viene a la cabeza, mucho más que ninguna otra, cada vez que recuerdo aquel día.
Te quedaste un momento así, arrodillada, mirándome, con mi semen resbalándote por el escote. Después te pasaste dos dedos por el pecho, los recogiste bien y te los llevaste a la boca sin dejar de mirarme. Estuve a punto de empalmarme otra vez solo con eso.
***
Nos vestimos sin prisa. Ordenamos lo que pudimos. Limpié con unas toallitas la mesa del director, en el sitio exacto donde habíamos estado, aunque siempre me quedó la duda de si de verdad no había quedado ninguna huella. Volví a poner el portarretratos del director sobre la mesa, alineado como estaba. Tú colocaste otra vez las carpetas, te peinaste con los dedos delante del cristal de su ventana y te pusiste de nuevo la bufanda hasta la nariz, como cuando habías llegado. Te acompañé hasta el rellano, cerré con llave y bajamos las escaleras separados, por si acaso, aunque no había nadie.
En la calle nos despedimos con un beso corto, casi de compañeros, y cada uno se fue por su lado.
El lunes nos saludamos como si nada. El martes también. El miércoles llegó aquel correo de Ramón pidiéndome un informe urgente y, sin pensarlo, te escribí por el chat interno una broma sobre lo poco que iba a tardar yo en acabarlo. Tú me contestaste con un emoticono y nada más. Y así, sin que ninguno de los dos lo hablara, decidimos que aquello no se iba a repetir.
Nunca te pregunté si te gustó. Y nunca lo haré, porque tengo miedo de la respuesta, sea cual sea. Si fue solo un sí, me sabrá a poco. Si fue un sí inmenso, me dolerá no haberlo intentado de nuevo. Pero lo que sé, lo que llevo conmigo aunque hayan pasado los años, es que fue el mejor sábado de mi vida, y que la mesa del director nunca volvió a ser, para mí, solo una mesa.
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