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Relatos Ardientes

La noche de disfraces en que crucé mi último límite

Era una de esas noches frescas de finales de otoño, de esas en las que el aire ya pide chaqueta pero una se niega a taparse el escote. Mis amigas y yo llevábamos semanas planeando salir disfrazadas a la fiesta más grande de la ciudad. Y entonces, una tras otra, empezaron a caerse: que el trabajo, que un resfriado, que una cena con la suegra. Para el viernes a las nueve de la noche, ya estaba sola.

Me quedé plantada frente al espejo del armario, mirándome de arriba abajo. Falda corta y ajustada, botas altas hasta la rodilla, un top que dejaba muy poco a la imaginación y un sombrero de vaquera ladeado que coronaba todo el conjunto. Había dedicado dos tardes a armar ese disfraz. Me pareció un crimen dejarlo colgado.

Pensé en quedarme, ponerme el pijama, abrir una botella de vino y ver cualquier cosa en la tele hasta dormirme. Pero algo dentro de mí se rebeló contra esa idea. Era joven, estaba soltera y tenía unas ganas enormes de que la noche significara algo. Pedí un taxi antes de arrepentirme.

Si nadie viene conmigo, voy sola. Punto.

El local estaba a reventar. Luces de colores parpadeando en el techo, música retumbando hasta dentro del pecho, gente disfrazada de absolutamente todo lo que se te pueda ocurrir bailando como si el mundo se fuera a acabar al amanecer. Pedí un cóctel en la barra, dejé que el primer trago me bajara despacio y me metí en medio de la multitud, moviéndome al ritmo de la música y sintiendo cómo el alcohol me iba soltando los nervios uno a uno.

No tardé mucho en notarlo a él.

Estaba al otro lado de la pista, disfrazado de vampiro, con una camisa negra entreabierta y la capa colgándole de un hombro con un descuido que parecía estudiado. No llevaba colmillos ridículos ni maquillaje exagerado: solo él, el cuello marcado, una sonrisa de medio lado. Nuestras miradas se cruzaron una vez. Después otra. A la tercera, los dos dejamos de fingir que era casualidad.

Se fue acercando poco a poco, sorteando cuerpos, sin apartar los ojos de los míos. Cuando por fin llegó a mi lado, la música estaba tan alta que apenas podíamos hablar. Tuvo que inclinarse hasta rozarme la oreja con los labios.

—Me llamo Damián —dijo—. ¿Y la vaquera tiene nombre o prefiere el misterio?

Me reí más de lo que merecía la frase. Le dije mi nombre, él fingió no escucharlo bien para que se lo repitiera dos veces más cerca. Era torpe y descarado a la vez, y esa mezcla me resultó irresistible.

Bailamos un buen rato. Pedimos otro par de tragos. En algún momento sus manos encontraron mi cintura y yo no hice nada por moverlas; al contrario, me acomodé contra él como si ese sitio hubiera estado esperándome toda la noche. El ambiente subía de temperatura con cada canción, y yo notaba el calor concentrándose en sitios donde un cóctel no llega. En un giro de la música me pegó por detrás, y sentí clarísimo el bulto duro de su polla apretándose contra mi culo por encima de la falda. No me aparté. Al contrario, empujé las caderas hacia atrás, restregándome despacio, y lo oí soltar un jadeo ronco pegado a mi nuca.

Fui yo la que se atrevió. Me puse de puntillas, le hablé al oído y le dije que vivía a diez minutos de allí. Él se separó apenas lo justo para mirarme a los ojos, comprobando que hablaba en serio. Cuando vio que sí, su sonrisa se ensanchó.

—Pues vámonos antes de que cambies de idea —contestó.

***

Salimos del local agarrados de la mano, riéndonos de nada como dos adolescentes. En la calle el aire frío me golpeó las piernas desnudas y me hizo apretarme contra él. Caminamos los diez minutos besándonos en cada esquina, sin prisa y con toda la prisa del mundo al mismo tiempo. En un portal oscuro me acorraló contra la pared y me metió la mano por debajo de la falda, directo, sin preguntar. Cuando sus dedos rozaron la tela de mi tanga y notó lo empapada que estaba, se le escapó un gruñido contra mi boca.

—Joder, cómo estás —susurró—. Vas a acabar conmigo antes de llegar.

En el ascensor de mi edificio ya no aguantamos más. Lo besé contra el espejo, le mordí el labio, le agarré la polla por encima del pantalón y la apreté con la mano entera. Estaba durísima, tan gruesa que apenas la abarcaba. Sus manos bajaron por mi espalda hasta el borde de la falda, la subieron de un tirón, y me manoseó el culo desnudo con las dos manos hasta dejarme sin aire. Cuando se abrieron las puertas en mi piso salimos casi a trompicones, todavía pegados. Metí la llave a la tercera porque me temblaban los dedos.

Apenas cerré la puerta, su boca ya estaba de nuevo sobre la mía, esta vez con un hambre distinta, más urgente. Nos fuimos quitando los disfraces por el pasillo: la capa cayó primero, después mi sombrero rodó por el suelo, las botas quedaron tiradas a mitad de camino. Sus manos se colaron bajo mi top, lo subió de un tirón por encima de las tetas y me arrancó el sujetador con dos dedos. Se agachó ahí mismo y me metió un pezón entero en la boca, chupando fuerte, mordisqueando, mientras la otra mano me pellizcaba el otro. Yo arqueé la espalda con un gemido que me salió del estómago.

Llegamos al dormitorio entre tropezones y risas ahogadas. Me tiró de espaldas sobre la cama, me arrancó la falda de un tirón y me dejó tirada solo con el tanga puesto. Se quedó de pie mirándome un segundo, respirando fuerte, y se desabrochó el pantalón. Cuando bajó el bóxer y le saltó la polla fuera, se me secó la boca. La tenía gruesa, larga, con el capullo brillante y una vena marcada por debajo. Sin pensarlo, me incorporé, me arrodillé al borde de la cama y se la agarré con las dos manos.

—Ven aquí —le dije, y sin esperar respuesta me la metí en la boca hasta donde pude.

Se la chupé con hambre, cerrando los labios apretados alrededor del tronco, subiendo y bajando la cabeza, dejando que se le escurriera un hilo de saliva hasta los huevos. Se los lamí también, uno por uno, y volví a tragarme la polla hasta que me golpeó el fondo de la garganta y me hizo lagrimear. Damián me agarró del pelo con una mano y empezó a marcarme el ritmo, follándome la boca despacio primero, más fuerte después, jadeando como un animal.

—Así, joder, así, sigue chupándomela así, tienes una boca de vicio.

Cuando notó que estaba a punto, tiró de mi pelo hacia atrás para sacármela y me tumbó sobre la cama boca arriba de un empujón. Me arrancó el tanga por un lado, me abrió las piernas de par en par y se lanzó a comerme el coño sin previo aviso. Su lengua entraba, salía, subía a chuparme el clítoris con una fuerza que me arqueaba entera, y sus dedos, dos, se me metieron dentro y empezaron a bombear buscándome un punto que me hizo gritar. Le apreté la cabeza contra mí con las dos manos, moviendo las caderas contra su cara, sin pudor ninguno.

—No pares, no pares, me voy a correr, no pares…

Me corrí en su boca así, con las piernas temblando alrededor de sus orejas, empapándole la barbilla, y él se quedó ahí lamiendo hasta la última contracción, tragándose todo, mirándome desde abajo con esos ojos oscuros. Antes de que recuperara el aire ya se había subido encima. Se agarró la polla, me la pasó por los labios del coño de arriba abajo, mojándosela con mis jugos, y me la metió hasta el fondo de una sola embestida.

Grité. La sentí llegar tan adentro que se me cortó la respiración. Empezó a follarme fuerte desde el principio, sin transición, apoyado en los brazos, dándome estocadas largas que me sacudían el cuerpo entero contra el colchón. Yo le clavaba las uñas en la espalda, gimiendo cada vez que me embestía, sintiendo cómo su polla me abría por dentro con cada empujón.

—Así me gusta, así, cabalgándote como se debe —le jadeé al oído—. Fóllame más fuerte, no te cortes.

Me obedeció. Me agarró de detrás de las rodillas, me dobló las piernas contra el pecho y aumentó el ritmo hasta que el somier empezó a golpear la pared. Sus huevos me chocaban contra el culo con cada embestida, y yo escuchaba el ruido húmedo de mi coño chapoteando alrededor de su verga. Después me giró en un movimiento rápido, me puso a cuatro patas, se colocó detrás y volvió a meterla de un envión. Desde ese ángulo la sentía todavía más profunda. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a martillearme sin piedad, sacándomela casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo.

Justo cuando todo se volvía más intenso, aflojó el ritmo. Apoyó la frente contra mi nuca, recuperando el aliento, y me miró de reojo con una sonrisa traviesa que no presagiaba nada inocente.

—Oye —murmuró con la voz ronca, mientras seguía dentro de mí, meciéndose lento—. ¿Alguna vez lo has probado por detrás?

Me quedé helada un segundo entero.

Nunca lo había hecho. Era algo que siempre me había parecido intimidante, de esas cosas de las que solo había oído hablar o leído en algún relato a las tres de la madrugada, prometiéndome que algún día, quizá. Pero ese día nunca llegaba.

Dudé. Mi mente daba vueltas a toda velocidad, calculando, midiendo el miedo contra las ganas. Y las ganas, esa noche, iban ganando por mucho. La curiosidad me estaba devorando, y la excitación del momento empujaba con fuerza.

¿Cuándo, si no es ahora?

—Está bien —dije, sorprendiéndome a mí misma—. Pero despacio. Muy despacio.

Él asintió con una seriedad casi tierna, como si entendiera exactamente el tamaño de lo que le estaba confiando. Sacó la polla de mi coño con cuidado y me dejó un beso húmedo en la parte baja de la espalda. Me estiré hacia la mesilla, abrí el cajón y saqué un frasco de lubricante que llevaba meses sin estrenar. Se lo tendí. Damián lo abrió, se echó un buen chorro en los dedos y lo calentó frotándolos.

Me giré boca abajo, abrazando la almohada, con el culo un poco levantado y el corazón latiéndome en la garganta. Sus dedos empezaron a masajear mi ojete con una paciencia que no me esperaba, esparciendo el lubricante en círculos lentos, sin prisa ninguna. Primero por fuera, embadurnándome bien, y después con la yema de un dedo empezó a hundírselo despacio, hasta el primer nudillo, esperando a que me acostumbrara. Cuando cedí, metió el dedo entero y lo movió dentro con suavidad, abriéndome. Después añadió un segundo dedo, y yo apreté la almohada con un gemido ahogado, entre el ardor y algo nuevo que ya empezaba a gustarme demasiado. Cada vez que notaba que me tensaba, se detenía y esperaba a que respirara.

—Avísame si algo no te gusta —dijo en voz baja, besándome el hombro—. No tenemos por qué seguir si no quieres.

Esa frase, no sé por qué, me relajó más que cualquier caricia.

Se colocó detrás de mí, se puso un preservativo, se echó lubricante también en la polla y la embadurnó bien de arriba abajo. Recostó el peso de su cuerpo sobre mi espalda, cubriéndome como una manta tibia, y me pasó el capullo por la raja del culo un par de veces, mojándome. Entonces apoyó la punta contra mi ojete y empezó a empujar, despacio, milímetro a milímetro. Sentí cómo mi cuerpo se resistía primero, cómo el aro cedía después con un ardor que me hizo morder la almohada, y cómo por fin el capullo entró dentro con un tirón sordo.

—Respira, mi vida, respira —me susurró al oído, quieto, sin moverse—. Ya está lo más difícil.

Se detenía cada vez que yo lo necesitaba sin que tuviera siquiera que pedírselo. Sentía cómo controlaba cada centímetro por mí, hundiéndose un poco más, esperando, hundiéndose otro poco. Cuando por fin lo tuve entero dentro, con sus huevos apoyados contra mi coño empapado, me di cuenta de que estaba temblando.

Al principio fue una sensación rarísima, tan nueva que me hizo contener la respiración y agarrar las sábanas con los puños. Una mezcla de invasión y vértigo que no se parecía a nada. Pero poco a poco, conforme mi cuerpo se acostumbraba, aquello empezó a transformarse en algo distinto, en algo increíble que me subía por dentro en oleadas.

El ritmo se hizo más fluido. Sus manos me sujetaban las caderas, guiándome, marcando un compás suave que yo misma empecé a pedir que aumentara. Empezó a sacarla casi entera y a volver a metérmela con más ganas cada vez, y yo empujaba el culo hacia atrás para encontrarme con él, buscando más. Una corriente de placer inesperado me recorrió de arriba abajo, tan intensa que me dejó sin palabras.

—Más, más fuerte, no te cortes, ya estoy bien —le pedí, empujando yo misma contra su polla—. Fóllame el culo, quiero sentirlo.

Gemía contra la almohada, aferrada a las sábanas, sintiendo cada embestida en lo más profundo, pidiéndole con la voz entrecortada que no parara. Damián me recogió el pelo con una mano, me echó la cabeza hacia atrás con cuidado y me susurró cosas al oído que me encendían todavía más, palabras sucias dichas con una dulzura que no tenían por qué ir juntas y que, sin embargo, me volvían loca.

—Mira cómo te tragas mi polla con el culo, guarra, mira qué bien te la metes… si tenías esto guardado, joder, cómo aprietas…

Bajé una mano entre mis piernas y empecé a acariciarme el clítoris en círculos rápidos, sumando ese placer al otro, construyendo de a poco algo enorme en mi interior. Los dedos se me llenaron enseguida de mis propios jugos, y con la otra mano me colé un par por dentro del coño, notando desde ahí el bulto de su polla moviéndose en el otro agujero. La sensación era tan bestia que casi me hizo saltar. Lo sentía crecer, acumularse, tensarse como una cuerda a punto de romperse. Y cuando por fin reventó, lo hizo de golpe: un orgasmo que me recorrió la columna entera y me hizo derrumbarme sobre el colchón, gritándole contra la almohada, con todo el cuerpo temblando bajo el suyo y el culo apretándose alrededor de su verga en espasmos que le arrancaron un gruñido gutural.

—Joder, así no aguanto, así no aguanto…

Damián salió con cuidado poco después, me giró con suavidad, se quitó el preservativo y empezó a pajearse encima de mí con la mano rápida, mordiéndose el labio. Le agarré los huevos desde abajo, se los apreté con suavidad, y le saqué la lengua para que apuntara. Terminó con un gemido grave, disparando chorros gruesos de corrida sobre mis tetas, mi cuello y mi barbilla, calientes, uno tras otro, hasta la última gota. Le pasé un dedo por el capullo, recogí lo que quedaba y me lo llevé a la boca chupándomelo despacio, mirándolo fijo. Se dejó caer a mi lado en cuanto pudo, medio muerto. Los dos nos quedamos ahí, jadeantes y sudorosos, con el semen resbalándome todavía por el pecho, mirando el techo y riéndonos bajito de pura incredulidad.

***

Nos limpiamos entre bromas, todavía con la respiración entrecortada, y nos acurrucamos bajo las sábanas. Estuvimos un rato hablando de tonterías, de su disfraz, del mío, de las amigas que me habían dejado plantada y a las que en ese momento les estaba profundamente agradecida. El sueño nos venció a media frase.

A la mañana siguiente nos despedimos en la puerta con un beso largo y sin promesas. Él tenía cosas que hacer, yo también, y ninguno de los dos sintió la necesidad de inventar un futuro que no nos hacía falta. Me dedicó una última sonrisa, yo le respondí asintiendo, y lo vi alejarse por el pasillo con una sensación de calor todavía latiéndome en la piel.

Cerré la puerta, me preparé un café y me senté en el sofá con la taza entre las manos, mirando la luz de la mañana entrar por la ventana. Esa noche había abierto una puerta que ni siquiera sabía que existía dentro de mí. Un mundo entero de sensaciones nuevas, de posibilidades que nunca me había atrevido a imaginar.

Y mientras daba el primer sorbo, sonreí para mis adentros con una certeza nueva: la próxima vez que esa puerta apareciera, no iba a dudar ni un segundo en volver a cruzarla.

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Comentarios(8)

Romi_2312

Que relato!!! me lo lei de una sentada, increible

MarisolPaz

Segunda parte por favor, no puede terminar ahi. Quede con ganas de saber que paso despues

LectorNocturno_MDP

Me recordo a algo que me paso en una fiesta de disfraces hace unos anos. Esas noches tienen algo especial, uno termina siendo otra persona sin darse cuenta.

tati_cordoba

Y despues que paso?? jajaja nos dejas con la intriga

NocheX77

excelente, de los mejores que lei en mucho tiempo

FelipeSantana

Me gusto lo honesta que sos al contarlo, sin tapujos pero sin ser burda. Eso es dificil de lograr y acá se logra.

Valentina_LT

Dios mio como me identifique con esto. Hay noches que simplemente te soltas y hacés cosas que en otro contexto jamas harias. Muy bien narrado, se siente completamente real.

PampeanoK

el detalle del disfraz al principio ya te engancha, buen arranque

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