Lo que pasó en el hotel de Sevilla no se lo conté a nadie
Era uno de esos viajes exprés que odio y a la vez espero todo el año: reuniones interminables, una cena de empresa que se alarga sin sentido y un hotel anónimo cerca de Santa Justa, en Sevilla. Lo que voy a contar no se lo he dicho a nadie. Ni a mis amigas, ni mucho menos a la gente que trabaja conmigo. Pero necesito sacarlo de dentro.
Esa noche, en cuanto se terminó la cena, subí a la habitación y me cambié. No me puse el pijama. Me puse una falda negra tan ceñida que se me marcaba cada curva, una camisa de seda blanca casi transparente sin nada debajo, medias de rejilla con liguero y nada más. Nada de ropa interior. Salí al pasillo así, depilada y ya húmeda, sintiendo cómo a cada paso los muslos se rozaban y dejaban un rastro tibio entre las piernas.
Bajé al bar del hotel sabiendo perfectamente lo que buscaba.
Lo vi enseguida, solo, en una esquina de la barra. Sesenta y tantos, traje gris impecable, el pelo plateado peinado hacia atrás, manos grandes y nudosas de hombre que ha vivido mucho. Tenía esa seguridad tranquila de quien no necesita perseguir nada porque siempre acaba consiguiéndolo. Nuestras miradas se cruzaron y fue como si ya supiéramos el final de la historia.
Pedí un gin-tonic y me senté en el taburete de al lado. No disimulé. Cuando me acomodé, dejé que la falda se subiera por el muslo, abrí un poco las piernas y le di tiempo de mirar. Él miró. Despacio, sin prisa, con una media sonrisa que no era de vergüenza.
—Vienes sola —dijo. No era una pregunta.
—Por trabajo —contesté—. Y aburrida.
—El aburrimiento es peligroso —murmuró, y le dio un sorbo a su copa sin dejar de mirarme.
Estuvimos así diez minutos, jugando. Yo me inclinaba hacia delante cada vez que hablaba, dejando que la camisa se abriera lo justo. Él respondía con frases cortas, en voz baja, y cada una era una mano invisible apretándome por dentro. Bajo el pantalón se le marcaba todo. Yo apretaba las piernas en el taburete porque ya no aguantaba.
Al final me incliné hacia su oído.
—Voy un momento al baño —susurré—. Por si quieres acompañarme.
No dije nada más. Me levanté, dejé la copa a medias y caminé hacia los servicios sintiendo su mirada clavada en la espalda como dos manos.
***
El baño estaba vacío. Eché el pestillo del cubículo grande, el de minusválidos, y esperé apenas unos segundos antes de oír la puerta. Entró sin decir nada, cerró, y de repente la cabina se hizo pequeñísima con él dentro.
Me empujó contra la pared con una calma que asustaba. Me besó. Sabía a ginebra y a tabaco caro. Su mano subió por mi muslo, encontró la piel desnuda por encima de la media y se detuvo un segundo, como sorprendido.
—No llevas nada —dijo contra mi boca.
—Para qué.
Soltó una risa ronca. Sus dedos siguieron subiendo hasta que me tocó, y al notar lo mojada que estaba apretó la mandíbula. Metió dos dedos despacio y yo me agarré a sus hombros para no resbalar. Los movió dentro de mí mientras me miraba a los ojos, estudiando cada gesto de mi cara.
—Cuánto tiempo llevas así —preguntó.
—Desde que te he visto en la barra.
Me arrodillé en el suelo frío. Le abrí la bragueta con dedos ansiosos y la saqué. Gorda, dura, con esa curva de las pollas que han usado mucho. Olía a hombre, a deseo guardado durante quién sabe cuánto. Me la metí en la boca entera, de una vez, y él dejó escapar un gemido grave que rebotó en los azulejos.
Una de sus manos se enredó en mi pelo y empezó a marcarme el ritmo. No con violencia, con autoridad. Yo le miraba desde abajo, con los ojos llenos de lágrimas, la saliva cayéndome por la barbilla, y eso le ponía más.
—Así —decía—. Mírame mientras lo haces. No cierres los ojos.
No los cerré. Le hice una paja lenta con la mano mientras le pasaba la lengua por la punta, le acaricié los huevos, volví a tragármela hasta el fondo hasta que la garganta me ardía. Él aguantó más de lo que yo esperaba, pero al final se tensó, me sujetó la cabeza y se corrió. Lo tragué todo, lamí lo que quedaba, le limpié con la lengua hasta la última gota. Cuando me levanté, me temblaban las piernas y él me miraba como si acabara de descubrir algo.
—Habitación 507 —dijo, abrochándose el pantalón—. Dame dos minutos y sube. La puerta estará abierta.
***
Subí en el ascensor mirándome en el espejo: el rímel corrido, los labios hinchados, la camisa medio abierta. Parecía otra. Me gustaba esa otra.
La puerta de la 507 estaba entreabierta, tal como había dicho. Entré y él ya se había quitado la chaqueta y la corbata. Sin mediar palabra me agarró, me dio la vuelta y me empujó contra la pared. Me subió la falda de un tirón, me separó las piernas con la rodilla y volvió a meterme los dedos, esta vez tres, hasta que me oyó jadear.
—Estás empapada otra vez —dijo a mi oído—. ¿Esto es lo que te gusta? ¿Que un desconocido te use en un hotel?
—Sí —admití, y la voz me salió rota.
Me llevó a la cama y me puso a cuatro patas. Oí cómo se desnudaba detrás de mí, sentí sus manos grandes abriéndome, su saliva caliente, y luego la punta presionando donde yo más lo deseaba. Entró despacio, centímetro a centímetro, y yo mordí la almohada porque el ardor y el placer eran la misma cosa. Cuando estuvo del todo dentro se quedó quieto un momento, dejándome sentirlo entero.
—Quieta —ordenó—. Aguanta.
Y empezó a moverse. Al principio lento, profundo, cada embestida llegándome hasta un sitio que casi me hacía perder la cabeza. Yo empujaba hacia atrás buscándolo, gimiendo sin ninguna vergüenza ya, con la cara hundida en las sábanas. Él me sujetaba de las caderas con esas manos enormes y marcaba el ritmo, acelerando poco a poco.
—Dilo —jadeó—. Dime lo que eres esta noche.
—Tuya —dije—. Soy lo que tú quieras.
Eso lo encendió. Me agarró del pelo, tiró hacia atrás hasta arquearme la espalda y empezó a bombear sin piedad. Yo me corrí así, temblando entera, mojando las sábanas, sin dejar de repetir que no parara. Él aguantó unos segundos más y se vació dentro con un gruñido grave, clavándome los dedos en la cintura hasta dejar marcas que descubriría al día siguiente.
Salió despacio. Me dejé caer de lado en la cama, jadeando, sintiéndome usada de la mejor manera posible.
***
Pensé que se acababa ahí. Pero él se sentó en el borde de la cama, me miró con una calma rara y dijo algo que no esperaba.
—Quédate un rato más.
—No suelo hacer esto gratis —solté, medio en broma, medio en serio.
Levantó una ceja. No se ofendió. Al contrario, pareció que la frase le gustaba todavía más.
—No esperaba que fuera gratis —dijo—. Tampoco lo querría.
Se levantó, fue hasta la chaqueta colgada en la silla y sacó la cartera. Dejó unos billetes doblados sobre la mesilla, junto a la lámpara, sin contarlos delante de mí, con la naturalidad de quien lo ha hecho otras veces.
—Por la noche —dijo—. Y por ser exactamente lo que parecías en el bar.
No voy a mentir: ver el dinero ahí me caldeó de una forma que no sabía explicar. No era por la cantidad. Era por lo que significaba, por cómo me hacía sentir, por confirmar la fantasía sucia que llevaba todo el viaje rondándome la cabeza. Me acerqué, le besé despacio, con lengua, y noté cómo volvía a endurecerse contra mi pierna.
—Entonces todavía tienes un rato —murmuré contra su boca.
Volvimos a la cama. Esta vez fue más lento, más largo, casi tranquilo. Me tumbó boca arriba, me abrió las piernas y me lamió hasta que me corrí dos veces seguidas con sus dedos dentro y su lengua dándome vueltas exactas. Luego me folló mirándome a la cara, con mis tobillos sobre sus hombros, observando cada gesto, diciéndome al oído cosas que me daría vergüenza repetir aquí pero que entonces me parecían lo más excitante del mundo.
Se corrió por segunda vez sobre mi vientre, jadeando como un hombre mucho más joven, y se dejó caer a mi lado en la cama deshecha.
—Llevaba mucho sin una noche así —confesó mirando el techo.
—Yo también —dije, y era verdad.
***
Me vestí despacio, con su mirada siguiéndome por la habitación. Recogí los billetes de la mesilla y los guardé en el bolso sin contarlos, igual que él los había dejado. No hacía falta. Me sentía poderosa de una manera difícil de explicar: yo había elegido, yo había decidido, yo había bajado a ese bar buscando exactamente esto.
—¿Vienes mucho a Sevilla? —pregunté desde la puerta.
—Un par de veces al año —dijo—. Siempre a este hotel.
—Pues ya sabes —contesté, con la mano en el pomo—. La próxima vez, búscame en la barra.
Me sonrió, cansado y satisfecho, y no dijo nada más.
Salí al pasillo en silencio, con el rímel corrido, el cuerpo todavía latiendo y el peso de los billetes en el bolso. En el ascensor volví a mirarme en el espejo. Seguía siendo esa otra mujer, la que solo aparece cuando estoy lejos de casa, en una ciudad que no es la mía, sin nadie que me conozca.
Al día siguiente cogí el tren de vuelta, fui a la oficina, sonreí en las reuniones y nadie notó nada. Nunca lo notan. Pero cada vez que paso por delante de Santa Justa, o veo a un hombre mayor de traje gris y pelo plateado, vuelvo a sentir aquello entre las piernas.
Y, lo confieso, espero que dentro de seis meses esté otra vez en aquella barra, esperándome.