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Relatos Ardientes

La noche que mi mujer me filmó como su mascota

Hay confesiones que uno no se atreve a contarle ni a su mejor amigo. Esta es una de ellas. La cuento porque después de meses pensándolo todavía no sé si lo que pasó esa noche me destrozó o me dejó adicto a esa sensación que no había sentido nunca antes: la de no ser el hombre de mi mujer.

Las cámaras llevaban encendidas desde la tarde. Tenemos suerte: la casa tiene espacio de sobra, hasta dos habitaciones que parecen pensadas para esto. Yo mismo las había montado, pegando los micrófonos a las paredes, revisando el ángulo del trípode, ajustando la luz cálida que a Daniela le hacía la piel más dorada.

—¿Cuál me queda mejor? —me preguntó, plantada delante del espejo del cuarto—. ¿El negligé o el vestido de látex?

Le contesté lo que ella ya sabía que iba a contestar.

—El negligé. Para empezar.

Daniela sonrió sin mirarme. Llevaba semanas planeando este directo y nada de lo que yo dijera iba a cambiar las decisiones que ya tenía tomadas.

Esa noche, según el guion que ella misma había escrito en una libreta y guardado bajo llave, no me iba a tocar. No me iba a mirar a los ojos. No me iba a hablar salvo para darme órdenes. Mateo, su amigo del gimnasio, iba a venir a atenderla en la habitación grande mientras yo escuchaba todo desde la salita de al lado, atado de pies y manos al perchero metálico que ella había comprado en una tienda de remates. A mi lado iba a estar Damián, otro de su grupo, con una correa de cuero que mi mujer le había entregado dos días antes y unas instrucciones precisas: si yo me revolvía o protestaba, me apretaba los testículos con ella hasta que entendiera mi sitio.

Y como vigilante, Iris. Una amiga de Daniela del trabajo, lesbiana declarada, que no me soportaba desde hacía años y que aceptó venir gratis con la única condición de poder hacer conmigo lo que quisiera si yo no cumplía las reglas.

—Tu mujer me pidió un favor —me dijo Iris al llegar, dejando el bolso en la entrada y mirándome de arriba abajo como quien mira un mueble feo—. Pero, sinceramente, soy yo la que le debe agradecer a ella.

Tragué un nudo que llevaba todo el día en la garganta. Saludé a Mateo cuando entró. Es un tipo que no me gusta, sin pelos en la lengua: ni siquiera me devolvió el saludo. Pasó directo a la cocina, se sirvió un vaso de agua, y se quedó mirando a Daniela como se mira algo que ya está reservado.

***

El directo empezó a las once.

Yo estaba ya en la salita. Las muñecas apretadas, los tobillos atados a las patas del perchero. Damián a un lado, con la correa enroscada en la mano. Iris al otro, sentada en el sillón, con las piernas cruzadas y el móvil grabando todo en vertical «por si las cámaras del marido fallan».

La pantalla del portátil que tenía delante mostraba en vivo lo que pasaba a tres metros de mí, al otro lado de la pared. Mi mujer abriendo la puerta. Mateo entrando sin decir buenas noches. Ella poniéndose de puntillas para besarlo. Él bajándole un tirante del negligé con dos dedos, despacio, como si aquello lo hubiera ensayado mil veces.

Y entonces Mateo se desnudó.

Yo había oído los rumores. Los rumores eran cortos comparados con lo que vi. Sentí algo parecido a la vergüenza, pero más limpio, más físico. Como si me hubieran puesto un espejo delante con una etiqueta colgada que decía «esto no es lo tuyo».

—Mírate y mírale —susurró Damián a mi lado, apretándome levemente la correa—. Y aprende.

Daniela gritó antes incluso de que él entrara del todo. No fue un grito de dolor. Fue un grito de reconocimiento, como cuando uno encuentra al fin algo que llevaba años buscando.

—Confío en ti, Mateo —la oí decir entre jadeos, con la mirada clavada en la cámara que ella sabía que yo estaba viendo—. Sin condón. Si me dejas un hijo dentro, mi marido lo cuidará igual.

Aquello le hizo terminar a los pocos segundos.

Mateo es un hombre con experiencia: lo intuí desde fuera, por el ritmo, por la respiración, por cómo cambió de postura sin perder el control. Y sin embargo se corrió antes de tiempo. Porque escuchó esa frase. Porque sabía perfectamente que yo medía la mitad que él y que ese era exactamente el detalle que llevaba años poniéndole cachondo. Daniela me lo había confesado meses atrás: a Mateo le excita más imaginarte a ti escuchando que estar conmigo.

***

No le dio tiempo a recuperarse. Mi mujer, que conoce a sus invitados, ya tenía al siguiente en la lista.

—Bruno —llamó, sin moverse de la cama—. Ven. ¿Te acuerdas de la fiesta de Lucas?

Bruno entró desde el pasillo. No le había visto venir. Lo habían colado mientras yo miraba la pantalla. Antes de que pudiera preguntar nada, Damián se levantó, me puso una mordaza de cuero negra que mi mujer había dejado sobre la mesa, y me la apretó por detrás del cuello.

—No la necesitabas para hablar —me dijo al oído—. La necesitas para no gemir mientras miras.

Y eso fue lo último que se dijo en esa habitación durante un buen rato.

Vi cómo Bruno la besaba. Vi cómo ella se incorporaba para atenderlos a los dos a la vez, dejándose hacer, dirigiéndolos con la mano cuando alguno se equivocaba de ritmo. Las cuerdas que sacaron de la cómoda no las había visto nunca antes en mi propia casa. Cuando la ataron a la cabecera, las pidió ella.

—Más fuerte —dijo.

Bruno apretó.

—Más.

Bruno apretó otra vez.

***

Iris se levantó del sillón cuando consideró que ya había mirado bastante.

—Lo tuyo no era ver —me dijo, soltándome los tobillos del perchero—. Lo tuyo era acompañar.

Damián le pasó la correa. Iris no había venido sola; ya lo sabía yo desde la entrada. Vega, otra amiga suya del mismo entorno, había estado fumando en el balcón todo este tiempo, oyendo el directo desde el altavoz portátil. Una mujer baja, ancha de hombros, con el pelo muy corto y los brazos cruzados como un portero de discoteca. Entró sin pedir permiso.

—Los machos tienen ganas de orinar —dijo Iris, como si fuera lo más natural del mundo—. Trae los recipientes.

Vega trajo dos botellas de plástico vacías que habían cortado por la mitad. Me las pusieron a los pies.

Damián salió de la habitación primero. Cuando volvió, traía a Mateo del brazo como si fuera el padrino de una boda. Mateo me miró desde arriba con esa media sonrisa que ya le conocía y dijo, sin saludar:

—Si tanto lo quieres, te lo doy. Pero después de tu mujer.

No contesté nada. Tampoco podía: la mordaza no me dejaba más que respirar por la nariz.

Damián, mientras tanto, abrió la cremallera del pantalón y dirigió el chorro a mis pies descalzos. Estaba caliente. No olía a alcohol porque él apenas bebe; olía a algo más íntimo, a un cuerpo que llevaba todo el día comiendo y aguantándose. Vega se rio. Iris no.

—Lávate bien, pito chico —dijo Damián cuando terminó, recolocándose con calma—. Y no me lo sacudas a mí, que ya me lo sacudo yo solo.

Iba a moverme, aunque fuera para apartar los pies. Iris me leyó la intención antes de que el músculo se me activara. Me empujó del pecho con la palma abierta, y Vega me cogió de los tobillos y me tumbó panza arriba en la moqueta.

—Quizás te falta algo de respeto —dijo Iris, arrodillándose a mi lado.

Se bajó los vaqueros hasta las rodillas. Lo que vino después tardé en entenderlo y todavía me cuesta describirlo sin sentir un calor incómodo en la cara. Se masturbó encima de mí, ahí mismo, con una mano apoyada en mi vientre y la otra moviéndose con la naturalidad de quien lleva años conociéndose. No me miraba a los ojos: miraba la pantalla del portátil donde mi mujer seguía con sus dos invitados. Tardó poco, menos que Mateo. Y se corrió encima de mis testículos.

Desde el otro lado de la pared, mi mujer gritó:

—Venga, mójaselos bien. Quizás así crezcan. O al menos se levanten alguna vez.

Vega aplaudió. Damián se rio. Iris se subió los pantalones con la misma indiferencia con la que se los había bajado.

***

El directo siguió hasta pasadas las dos de la mañana. Yo no volví a entrar en la habitación. Me dejaron en la salita, mojado, atado todavía al perchero, con la cámara del portátil enfocándome a media altura. Los espectadores podían cambiar entre las dos vistas con un botón. Según me contó Daniela al día siguiente, casi todos pasaron más rato mirándome a mí que mirando lo que pasaba en la cama.

Cuando todo terminó, los amigos se marcharon uno a uno. Iris se despidió de mi mujer con un beso en la boca que duró más de lo necesario. Vega, sin saludarme, recogió el cenicero del balcón y se fue. Mateo se vistió despacio, bebió otro vaso de agua, y antes de salir por la puerta me pasó la mano por la cabeza como se pasa la mano a un perro.

—Hasta el próximo directo, campeón.

Damián fue el último en irse. Me desató sin prisa, me quitó la mordaza, me dio un vaso de agua y me ayudó a vestirme. No me dirigió la palabra: creo que sabía que yo no quería oír nada todavía.

Daniela se metió en la ducha sin esperar. Cuando salió, envuelta en una toalla, se sentó a mi lado en el sofá y me puso una mano en la rodilla, despacio, casi tierna.

—¿Estás bien? —preguntó.

Quería decirle que no. Que aquello había sido demasiado. Que la idea era una cosa y la realidad otra muy distinta. Que llevaba dos horas con el pecho apretado y sin poder llorar.

Le dije que sí.

—Bien —contestó ella—. Porque el viernes que viene repetimos. Iris quiere traer a su novia.

Asentí. Esa es la parte que todavía no entiendo, y la razón por la que estoy contando esto: no sé en qué momento dejé de querer parar.

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