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Relatos Ardientes

El deseo que mi pareja despertó y ya no pude frenar

Me llamo Carla y tengo treinta y cuatro años. Trabajo en la recepción de un hotel en el centro de Valencia, mido poco más de un metro sesenta y siempre he tenido un cuerpo de curvas que llama la atención sin que yo me esfuerce. Tetas grandes, culo redondo, caderas anchas: el tipo de figura que hace girar cabezas cuando cruzo un vestíbulo. Cuento esto porque hay confesiones que una arrastra durante años, guardadas debajo de la lengua, hasta que un día necesita ponerlas en palabras. Esta es la mía, y empieza mucho antes de lo que cualquiera imaginaría.

Mi despertar como mujer no fue ni rápido ni sencillo. Perdí la virginidad tarde, casi a los veintidós años. Antes había tenido caricias y juegos con un novio del instituto, pajas torpes en el asiento trasero de un coche, algún dedo tímido metido bajo mis bragas, pero nada más. Fue con mi segunda pareja con quien crucé esa línea: el clásico chico problemático y reformado, seguro de sí mismo, que sabía lo que hacía en la cama. Me folló por primera vez en el sofá de su piso, despacio primero, mordiéndome el cuello, hasta que rompió lo que quedaba de mí y me hizo correrme casi sin darme cuenta. En aquel entonces yo creía que él tenía todo lo que una mujer podía necesitar. Era joven, era ingenua, y no sabía todavía cuánto podía cambiar mi propio cuerpo con los años.

Después llegó la relación que de verdad me marcó. Estuve ocho años con Adrián, y fueron ocho años de amor y de sexo en partes iguales. Lo curioso, lo que nunca le he contado a nadie hasta hoy, es que fue precisamente él quien destapó la parte de mí que yo tenía enterrada bajo capas de prejuicios.

Porque yo, a los veintidós, era una mujer cerrada. Lo reconozco con vergüenza. Pensaba aquello de «cada oveja con su pareja», y todo lo que se saliera de mi pequeño molde me resultaba incómodo. Adrián, en cambio, era distinto. Tenía la cabeza abierta y una curiosidad que a mí me daba un poco de miedo.

Una noche lo descubrí mirando vídeos cuando creía que yo dormía. No era nada del otro mundo, pero me di cuenta de qué tipo de imágenes lo encendían: pollas negras enormes entrando en mujeres blancas menuditas, coños abiertos hasta el límite, gemidos de las actrices reventadas por vergas del doble del tamaño al que estaban acostumbradas. Al principio me sentí rara, casi traicionada. Tardé días en decir nada.

—¿Por qué no me dijiste que te gustaba eso? —le pregunté una tarde, sin reproche, solo con curiosidad.

—Porque pensé que te ibas a enfadar —contestó él, con una media sonrisa avergonzada.

Y tenía razón. Unos meses antes me habría enfadado.

Pero algo dentro de mí estaba empezando a moverse. Adrián era un hombre que aguantaba muchísimo en la cama, demasiado a veces, y yo había descubierto por accidente cuál era su botón secreto: hablarle. Le encantaba que le dijera cosas al oído, que le susurrara lo que sentía, que alimentara su ego mientras nos movíamos juntos. Cuando lo hacía, perdía el control en cuestión de minutos.

Así que empecé a usar las palabras como un arma. Se la mamaba durante minutos larguísimos, con la polla entera en la boca, mirándolo desde abajo, y entre chupada y chupada le describía cosas al oído: cómo me imaginaba a otra mujer arrodillada al lado mío, compartiendo su verga; cómo sería si me follara otro hombre delante de él; cómo se me apretaría el coño si sintiera dos pollas a la vez. Le contaba fantasías inventadas mientras se la meneaba con la mano, apretando la base para que no se corriera todavía. Y noté que cuanto más me adentraba en aquel terreno, más se desbocaba él, más se le hinchaba la polla, más se le tensaba la mandíbula. Lo que empezó como un juego para complacerlo terminó cambiándome a mí. Cuando por fin lo montaba, empapada, y le seguía hablando sucio con su verga clavada dentro, yo misma me corría antes que él, apretando el coño alrededor de su polla hasta dejarlo temblando.

***

De los susurros pasamos a ver vídeos juntos. Muchos estaban en inglés, y Adrián no lo entendía, así que yo le iba traduciendo en voz baja, casi como si le narrara un cuento al oído. «Le está diciendo que se la meta más adentro», «le pide que se corra en su cara», «que le dé por el culo aunque le duela». Esa intimidad, la de mi voz traduciendo mientras él me abrazaba por detrás con la polla dura contra mi culo y los dedos jugando entre mis piernas, fue lo que terminó de derribar mis muros. Sin darme cuenta, dejé de mirar aquello con distancia. Empecé a mirarlo con deseo propio, con el coño mojado y las tetas duras contra sus antebrazos.

Un día, Adrián llegó a casa con una caja. Dentro había un juguete, realista, mucho más grande de lo que yo estaba acostumbrada: una polla de silicona oscura, gruesa, con venas marcadas, casi el doble de ancha que la suya. Recuerdo la primera vez que intentamos usarlo: fue un desastre. Ni con lubricante ni con paciencia, mi coño no se abría lo suficiente. Sentí molestia, casi dolor, me puse de mal humor y acabamos discutiendo. Me parecía absurdo, exagerado, una de esas ocurrencias suyas que yo no terminaba de comprender.

Esa misma madrugada, sin embargo, él volvió a acercarse. Esta vez fue paciente. Empezó despacio, con las manos, con la boca, chupándome el clítoris con la punta de la lengua mientras me metía primero un dedo, luego dos, luego tres. Me lamía entera, de arriba abajo, hasta el culo, sin prisa ninguna, hasta que mi cuerpo se relajó por completo y noté cómo mi coño se abría solo, pidiendo más. Cuando volvió a intentarlo con el juguete, todo era distinto. Me lo pasó por los labios mojados, me lo restregó por el clítoris, y fue metiéndomelo milímetro a milímetro, sin forzar, mirándome a los ojos. Por primera vez sentí cómo mi coño se estiraba alrededor de algo que jamás pensé que me iba a caber, y en lugar de dolor lo que me subió fue una oleada de placer bruto que me arqueó la espalda. Estaba llena, tapada por dentro, tocando puntos que nunca me habían tocado. Aquella noche tuve dos orgasmos seguidos, uno arriba de otro, con el juguete entrando y saliendo despacio y la lengua de Adrián sobre mi clítoris; me quedé temblando, empapada de sudor y de mis propios fluidos, asustada de lo mucho que me había gustado.

Con el paso de las semanas aprendí a controlar yo el ritmo. Me subía encima, con el juguete pegado al colchón, y me lo clavaba a mi manera, moviendo las caderas en círculos, dejando que entrara hasta el fondo y saliera casi entero. Encontré la manera, las posturas, los tiempos. A cuatro patas era mi favorita: el culo levantado, la cabeza contra la almohada, y Adrián detrás manejando el juguete con una mano mientras con la otra me apretaba una teta o me pasaba el pulgar por el ojete. Adrián, para ser sincera, terminó disfrutando más como espectador que como protagonista, sentado en la butaca meneándosela mientras me miraba correrme una y otra vez, y a mí me venía bien tener el mando. Poco a poco fui perdiendo el miedo, perdiendo los prejuicios, perdiendo a la mujer cerrada que había sido.

Ya no reconocía a la chica de veintidós años. Y, sinceramente, no la echaba de menos.

El final de aquella relación llegó pocos meses después. No fue por nada de esto; simplemente nos habíamos convertido en dos personas distintas, y ambos lo sabíamos. Nos despedimos sin rencor. Le agradezco, eso sí, que me ayudara a conocerme. Salí de aquella historia siendo otra mujer.

***

Para despejar la cabeza tras la ruptura, me apunté a un gimnasio cerca de casa. Necesitaba rutina, sudor, algo que me sacara del bucle de pensar. Lo que no esperaba era encontrar allí el siguiente capítulo de mi historia.

Se llamaba Daniel y era uno de los entrenadores del centro. Alto, ancho de espaldas, negro, con la piel muy oscura y una sonrisa blanquísima que parecía pedir disculpas y provocar al mismo tiempo. Al principio fue todo profesional: él corregía mi postura, me ajustaba las máquinas, me marcaba las repeticiones. Pero hay miradas que dicen mucho más que las palabras, y la suya empezó a quedarse en mí un segundo de más cada día, sobre todo cuando me agachaba en las sentadillas y las mallas se me metían entre las nalgas.

—Tienes que bajar más las caderas —me dijo una tarde, con la mano apoyada en mi cintura para guiarme.

—¿Así? —pregunté, y noté que mi voz salía distinta, más baja de lo que pretendía.

—Así —respondió él, sin retirar la mano.

El aire entre nosotros cambió en ese instante. Los dos lo sentimos. Esa noche no entrené bien; entrené pendiente de él, de sus brazos, de cómo se le marcaba la espalda bajo la camiseta, del bulto que se le adivinaba bajo el pantalón corto cada vez que se agachaba a ajustar un peso. Salí del gimnasio con el pulso acelerado y las bragas empapadas por motivos que no tenían nada que ver con el ejercicio.

Tardamos dos semanas en dejar de fingir. Una noche, cuando ya casi no quedaba nadie, me invitó a tomar algo. Una cosa llevó a la otra, y terminé en su apartamento sin haberme parado a pensarlo siquiera. No quería pensar. Quería, por una vez, dejarme llevar entera.

Nada más cerrar la puerta me empujó contra la pared y me besó con la boca abierta, metiéndome la lengua hasta el fondo, mientras sus manos me arrancaban la camiseta y me bajaban el sujetador. Me chupó las tetas una a una, mordiéndome los pezones justo hasta el límite del dolor, y yo, sin pensarlo dos veces, le bajé el pantalón. Cuando le vi la polla se me cortó la respiración. Era enorme, oscura, gruesa, muchísimo más grande que cualquiera que hubiera tenido antes. Me arrodillé sin que me lo pidiera y empecé a chupársela, primero la punta, empapándola de saliva, luego intentando meterla entera, atragantándome, salivando por la barbilla. Él me sujetaba la cabeza con las dos manos, marcando el ritmo, follándome la boca con embestidas lentas y profundas mientras me miraba desde arriba y me susurraba «así, tragátela toda, no pares».

Me llevó al dormitorio en volandas y me tiró boca arriba sobre la cama. Me abrió las piernas de par en par y bajó la cabeza sin decir nada. Empezó a comerme el coño con una lengua ancha y caliente, lamiéndome de arriba abajo, chupándome el clítoris, metiéndome los dedos hasta encontrar el punto que me hacía temblar. Me corrí en su boca en menos de dos minutos, apretándole la cabeza contra mi coño con los muslos, jadeando sin pudor.

Cuando por fin se puso encima y me metió la polla, tuve que agarrarme a las sábanas. Entró despacio, abriéndome milímetro a milímetro, y aun así sentí que me partía en dos. Me lo folló entero, hasta el fondo, hasta que mi coño se rindió y se acomodó a él. Entonces empezó a moverse en serio: embestidas largas y hondas, chocando con mi cintura, haciendo que mis tetas rebotaran con cada golpe. Me puso a cuatro patas y me la clavó desde atrás, agarrándome del pelo, dándome cachetadas en el culo hasta dejármelo rojo. Me montó encima y me hizo cabalgarlo, subiendo y bajando sobre su verga oscura mientras él me apretaba las tetas y me chupaba los pezones. Me dobló las piernas contra los hombros y me folló en misionera con tanta fuerza que la cama se golpeaba contra la pared.

Daniel me enseñó posturas que yo no había probado, ritmos que no conocía, una manera de tomarse su tiempo y de leer mi cuerpo que me dejó sin defensas. Pero lo que más me sorprendió no fue la técnica. Fue darme cuenta de cuánto me encendía la imagen de los dos juntos frente al espejo del armario: su piel oscura contra la mía blanca, su polla enorme entrando y saliendo de mi coño, mis tetas moviéndose con cada embestida. El contraste, la diferencia, todo aquello de lo que años atrás había huido, ahora me estaba haciendo correr como nunca. Me corría mirándonos, perdiendo la cabeza por algo que mi yo de veintidós años jamás habría aceptado. Terminó corriéndose sobre mis tetas y mi cara, chorros espesos y calientes que yo recogí con los dedos y me llevé a la boca sin apartarle la mirada.

Qué lejos quedaba ya aquella mujer llena de prejuicios.

***

Con Daniel no funcionó como pareja. Era guapo, era atento en la cama, pero fuera de ella nos faltaban demasiadas cosas en común. Aun así, le debo el haber confirmado lo que ya intuía sobre mí misma: que mi deseo había cambiado, que ya no era negociable, que se había convertido en parte de quien yo era.

A partir de entonces dejé de disculparme por lo que me gustaba. Empecé a buscar, a salir, a conocer gente sin las ataduras de antes. Tuve varias relaciones a lo largo de los años siguientes. Algunas fueron pura química y poco más; otras me enseñaron cosas; alguna me hizo daño. Aprendí a tragarme una corrida sin apartar la cara, a que me follaran por el culo sin cerrar las piernas, a pedir lo que quería en la cama sin dar rodeos. No todas las personas que te encienden por dentro son buenas para ti, esa es una lección que aprendí a base de tropiezos. Hubo quien fue maravilloso en la cama y un desastre en todo lo demás.

Hoy, a mis treinta y cuatro años, estoy embarazada. El padre se llama Malik, y lo conocí del modo más absurdo posible: en un semáforo, los dos esperando para cruzar, una sonrisa, una conversación que no debía durar más de un minuto y duró media tarde. Él venía de una vida difícil, de trabajos precarios y de un montón de puertas cerradas. Entre los dos conseguimos que enderezara su rumbo, y ahora trabaja en el campo, en la temporada de recogida de fruta, con las manos llenas de tierra y una tranquilidad que nunca le había visto a nadie.

Llevamos juntos cuatro meses esperando a este bebé, y por primera vez en mucho tiempo siento que estoy donde tengo que estar. No es solo deseo, aunque también lo haya, y del bueno: Malik me folla despacio cada noche, con las manos apoyadas en mi barriga que empieza a notarse, y me hace correrme con una calma que no había conocido antes. Es algo más sereno, más hondo. Creo, de verdad, que es el hombre con el que quiero quedarme.

Vengo de una familia que nunca entendería nada de esto, así que he librado esta batalla sola, defendiendo mis decisiones contra todo y contra todos. No me arrepiento de ninguna. Antes de Malik tuve otra historia que terminó mal, un embarazo que no llegó a término y un hombre del que, con el tiempo, me alegré de alejarme. Pero esa es otra confesión, para otro día.

Escribo esto porque sé que hay mujeres que están justo donde yo estaba a los veintidós: encerradas en sus propios prejuicios, asustadas de su curiosidad, convencidas de que el deseo que asoma de vez en cuando es algo que deben reprimir. A ellas les digo que no hay nada de malo en conocerse, en explorar, en dejar que el cuerpo y la mente caminen al mismo ritmo. La mujer que soy hoy no se parece en nada a la que fui, y no cambiaría este recorrido por nada del mundo.

Gracias por leer esta confesión. Hay muchas más guardadas, y poco a poco las iré contando.

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Comentarios(4)

lectorsombra

Increible, me dejo sin palabras!!!

CaroNocturna

Sigue escribiendo por favor, quede con ganas de mas. Se hizo corto.

FernandoC_lect

Me recordo a algo que me paso hace tiempo. Esa sensacion de que algo dentro tuyo cambia y ya no podes pretender que no. Muy bien contado.

Vikita_lect

¿Esto paso de verdad? Se siente muy real, eso es lo que mas me gusto.

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