Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El monitor del gimnasio me recogió de camino a clase

Lo conocí una noche que salí con unas amigas. No pasó nada entre nosotros, pero era imposible no fijarse en él: enorme, tatuado de los hombros a las muñecas, rapado, con esa pinta de chico malo que sabe perfectamente el efecto que causa. Me sacaba dos cabezas y debía pesar el doble que yo. Antes de despedirnos me dijo que daba clases dirigidas en un box, en un polígono a las afueras, y acabamos intercambiando los números casi sin darnos cuenta.

Últimamente le había cogido el gusto a entrenar. Iba al gimnasio del barrio, hacía mis rutinas, sudaba la camiseta y volvía a casa con esa sensación de haber hecho algo bien. Cuando él me escribió invitándome a una de sus clases, me picó la curiosidad. No solo por el entrenamiento. También por volver a verlo, lo admito.

Esa tarde me puse unos leggins grises que, sin falsa modestia, me hacían un culo de escándalo. Un top, las zapatillas, una chaqueta fina por encima, y salí hacia la parada del autobús. El box quedaba lejos, en una zona industrial a la que solo se podía llegar en bus, pero qué más me daba. Era poco después de la hora de comer, estaba algo cansada del día y tenía ganas de ver a don musculitos en su terreno.

Bajé del autobús y empecé a subir una rampa que se metía ya dentro del polígono. Escuché un claxon sonar dos o tres veces a mi espalda. No le hice mucho caso, hasta que un coche se detuvo casi delante de mí y bajó la ventanilla.

—Al final sí que has venido —dijo. Era él, con su coche—. ¿Te acerco?

Subí. Y ahí estaba, en pleno febrero, en pantalón corto y camiseta de tirantes, con todo el pectoral marcado y cubierto de tinta. El frío parecía no afectarle. A mí, en cambio, me subió la temperatura de golpe.

—Estaba viendo subir tu silueta y no sabía si eras tú —dijo arrancando de nuevo—. Pero en cuanto vi el culo, te reconocí enseguida.

No me sorprendió. La última vez, aunque no hubiera pasado nada, me había tocado el culo varias veces sin el menor disimulo. Era un tío que no se cortaba un pelo, de los que dicen las cosas a la cara. Seguramente habría tenido a muchas chicas sentadas encima de él. Por otro lado, pensé, ¿quién no querría sentarse encima de él?

—He venido a entrenar —dije, intentando sonar firme.

—A ver, has venido a entrenar increíblemente sexy.

—¿Me vas a piropear durante toda la clase? Porque entonces me bajo.

No contestó. Giró por una calle estrecha entre dos naves y aparcó el coche en una esquina. Se volvió hacia mí, mirándome fijamente, y se quitó el cinturón de seguridad con un gesto lento, sin apartar la vista.

Me quedé petrificada.

Se acercó sin titubear. Me desabrochó el cinturón. Después la chaqueta, dejando el top a la vista, y recorrió mi escote con los ojos descaradamente, como si quisiera que yo notara hasta dónde llegaba su atrevimiento. Subió la mano rozándome el cuello, se metió entre mi pelo y, con un movimiento brusco, me atrajo hacia su boca.

No tardamos nada en empezar a besarnos.

Me esperaba de todo menos esto. Me había imaginado muchas escenas con él, pero ninguna así: en un coche aparcado al lado del box, liándome con él antes siquiera de pisar la clase. Y, sin embargo, no me aparté.

Noté su mano subir por el top. Empezó a apretarme el pecho por encima de la tela, pero algo no terminaba de gustarle.

—Esto debería estar fuera —murmuró contra mis labios.

No entendí a qué se refería hasta que coló la mano por dentro del escote y me sacó los pechos por encima del top, dejándolos al aire en pleno mediodía.

—No, no, no —dije apartándome—. Nos van a ver.

—Aquí no. En esta esquina no nos ve nadie.

Tenía razón, el muy listo. Lo hubiera planeado o no, estábamos en un rincón sin un alma alrededor, escondidos entre las naves cerradas a la hora de comer.

Sus manos me recorrieron y bajaron directas hacia mis piernas, empujándome a abrirlas. Sin preliminares, sin paciencia, intentó hacerse hueco por dentro de los leggins.

—No, espera, que voy a entrenar ahora —protesté—. Se me va a notar todo.

Y era verdad. No es que no quisiera sus dedos. Es que, si me ponía a tono, en la clase se me iba a notar a kilómetros. Aun así, sentí un dedo abrirse paso. Tuve que cerrar las piernas y casi hacerle una llave para bloquearle la mano y obligarlo a sacarla.

Se quedó mirándome fijamente un instante. Tenía la cara de alguien completamente fuera de sí. Me recorrió de arriba abajo, los pechos todavía al aire, los ojos clavados en los míos. No sabía qué iba a hacer, pero intuía que sería algo totalmente fuera de tono.

Lo vi acomodarse en el asiento y, de pronto, sacarse la polla.

—No, que nos van a ver. Nos van a ver, nos van a ver —repetí—. No, no, no.

Parecía no escucharme. Con la mano se descubrió la punta. No podía apartar la mirada: el puño la agarraba entera por la base, dejando a la vista la punta brillante. Tragué saliva.

Sentí su mano cerrarse sobre mi nuca.

—No, ni se te ocurra —alcancé a decir.

No pude hacer nada. El tirón fue tan firme que, cuando quise darme cuenta, ya la tenía dentro de la boca.

Volví en mí cuando llevaba un rato chupándosela sin pensar. Me sujetaba el pelo con fuerza y marcaba el ritmo con pequeños empujones hacia abajo, tirando luego hacia arriba para que volviera a subir. A pesar de la fuerza con la que me agarraba, lo hacía con una suavidad extraña, como si supiera medir exactamente cuánto apretar.

Me sentí un poco guarra por haber acabado así, en una esquina, a los cinco minutos de subir a su coche. Pero ese pensamiento duró poco. Se transformó en una mezcla de lujuria y rebeldía, y decidí dejar de pelear conmigo misma y disfrutarlo.

Decidí comérsela de verdad. Sabía que se la habrían chupado muchas otras, pero algo en mí quiso hacerle la mejor mamada de su vida. Empecé a tragármela más de lo que él me empujaba, a anticiparme a su mano, a llevar yo el ritmo. Hacía fuerza hacia abajo justo cuando él tiraba hacia arriba, hasta que se dio cuenta de que ya no hacía falta guiarme.

Aflojó la mano. La dejó apoyada sobre mi cabeza, sin agarrar, sin empujar, solo posada ahí. Entonces me solté de verdad y empecé a deslizar la boca por toda su longitud a mi manera.

Me puse casi a cuatro patas en el asiento, con el culo en pompa hacia la ventanilla, y empecé a moverme rápido.

—Joder, cómo chupas —jadeó—. Joder. Así, así, así. Dios, sigue. Sara.

Oírlo decir mi nombre con esa voz ahogada me puso muchísimo. Me estaba encantando que me lo pidiera, que perdiera el control, que toda esa chulería suya se deshiciera por lo que yo le estaba haciendo.

La boca empezaba a saberme entera a él. Necesitaba tragar, respirar, coger algo de aire por la nariz. Me la saqué un momento, escupí y levanté la cabeza por encima del volante para asegurarme de que seguíamos solos. Apenas distinguí la calle vacía y un par de coches aparcados a lo lejos antes de sentir de nuevo su mano empujándome hacia abajo con firmeza.

—Te he dicho que no pares —ordenó—. No pares. Entera.

Volví a tenerlo dentro.

—Eso es. Muy bien, así.

Esta vez se transformó en otra cosa. Me agarró mucho más fuerte, me bloqueó la cabeza con las dos manos. No podía subir ni bajar. Tenía media polla quieta en la boca, sin entender qué pretendía, hasta que noté que, sin que yo me moviera, era él quien empujaba un poco más hacia el fondo de mi garganta.

Empecé a hacer ese ruido raro que me sale cuando me entra muy adentro, un sonido ahogado que no puedo controlar. Lejos de frenarlo, pareció enloquecerlo.

Empezó a follarme la boca de verdad.

—Sara. Sara. Joder, Sara, te voy a llenar.

Mientras seguía moviéndose dentro de mí, oí en su voz que ya no había marcha atrás. Sabía que daba igual lo que yo hiciera. No podía escaparme. Cuando empecé a chupársela había pensado, ingenua, que controlaría el final, que en el último momento podría apartarme y dejarlo fuera. Ahora era imposible. Si estaba a punto de correrse, era solo cuestión de segundos; y si le faltaba un poco, dudaba mucho de que aquellas manos me dejaran ir.

No es que deseara su semen. Era todo lo demás: sus gemidos roncos, la fuerza con la que me sujetaba, esas embestidas que no admitían discusión. Eso era lo que me tenía completamente encendida.

—Te voy a llenar la boca —jadeaba—. Sara, Sara. Dios, no aguanto más. Aaah.

Me llenó entera. No dejó que sacara ni un milímetro mientras se corría, sujetándome la cabeza hasta el último espasmo.

Cuando terminó, fue él quien me levantó tirándome del pelo con suavidad. Me miró fijamente. Sabía que tenía la boca llena hasta arriba y que la mantenía cerrada para no derramarlo todo sobre el asiento.

Su mirada me atravesó de arriba abajo, todavía agitado, todavía dueño de la situación.

—Escúpelo o trágatelo —dijo—. Pero no te lo guardes.

Lo miré con los ojos llorosos del esfuerzo y una rabia que se parecía demasiado al deseo. Tragué. Despacio, aguantándole la mirada, para que viera exactamente lo que hacía.

Él sonrió de medio lado, satisfecho, como quien acaba de ganar una apuesta que solo jugaba en su cabeza.

—Ahora sí —dijo, recolocándose la ropa como si nada—. Vamos a esa clase.

Me bajé el top, me recompuse el pelo en el espejo del coche y respiré hondo. Tenía las piernas temblando y la cara ardiendo. Entré al box detrás de él, me coloqué en mi sitio entre el resto de la gente y entrené una hora entera notándolo todo, exactamente como había temido. Cada vez que cruzábamos la mirada por encima de las pesas, él sonreía con descaro y yo apartaba la vista, mordiéndome el labio.

Al terminar, mientras recogía mis cosas, se acercó por detrás y me habló muy bajito, solo para mí.

—La próxima vez te recojo antes —murmuró—. Tenemos más tiempo.

No le contesté. Pero al subir al autobús de vuelta a casa, ya estaba mirando el móvil, calculando cuándo sería la próxima clase. Sabía perfectamente que iba a volver.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(4)

MateoBA_ok

increible el giro que toma la historia, no me lo esperaba para nada!!!

SantiRdz_

Buenisimo. Por favor seguí escribiendo, se nota que tenes mucho para contar.

Lorena_NQN

Me recuerda un poco a algo que viví hace tiempo... esas coincidencias que te cambian el dia. Muy bien contado.

felipemdz22

Una pregunta, esto te paso de verdad o es ficcion? Se siente muy real la narración.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.