Lo vi mirándome desde la ventana del patio
Estoy caliente. Muy caliente, y son apenas las dos de la tarde de un sábado cualquiera. Llevo puesta la camisa azul de Mateo, esa que le queda enorme y que a mí me llega a mitad del muslo. Nada debajo. Me gusta sentir la tela contra la piel, me gusta que huela a él, a su cuello, a esa colonia barata que se pone aunque no salgamos a ningún lado.
Me siento en el borde de la cama, junto a la ventana del patio interior, y me acaricio. Despacio. Sin prisa, con dos dedos, en círculos, mientras miro el rectángulo de cielo blanco que se asoma entre los edificios. Es un placer egoísta, lento, de los que una se da cuando piensa que nadie la ve.
Pero alguien me ve.
Lo descubro al levantar la vista. Mateo está en la ventana de enfrente, la del living, con la remera de los Rolling Stones que tanto le gusta. Me observa en silencio, quieto, como si llevara un rato ahí y no quisiera romper el momento. Y cuando entiende que yo también lo vi, no se aparta. Al contrario.
Se baja el short de un tirón. Se la agarra, ya dura, y la acaricia de arriba abajo sin dejar de mirarme, con esa sonrisa torcida de chico que sabe exactamente lo que está haciendo. El patio entre nosotros es estrecho, apenas seis metros de aire caliente y ropa colgada de los vecinos, pero la distancia lo vuelve todo más intenso. Verlo y no poder tocarlo.
Hace un gesto con la mano. Solo eso.
Ven.
Y voy.
***
Me abrocho dos botones de la camisa, los justos para no escandalizar al portero si me lo cruzo. La tela me roza los pezones y siento un escalofrío que me baja por la espalda. No necesito nada más. Salgo al pasillo descalza, llamo al ascensor, y mientras espero el zumbido del motor me muerdo el labio pensando en lo absurdo y delicioso que es esto: bajar dos pisos, cruzar un palier, subir tres, todo para llegar a la cama de mi propio marido como si fuéramos dos amantes clandestinos.
Porque eso es lo que somos a veces. Vivimos juntos hace seis años y, sin embargo, todavía jugamos a encontrarnos como si recién nos conociéramos. Él alquiló ese departamento de enfrente hace meses con la excusa de usarlo de estudio. La verdad es que lo usamos para esto.
La puerta está entreabierta. La empujo y ahí está, esperándome de pie en el medio del living con esa cara de fauno, los ojos brillantes, el short todavía a media pierna.
—Llegaste rápido —dice.
—Vos me apuraste.
Me tira de la mano y cierra la puerta con el pie. Me besa antes de que pueda decir nada más, me mete la lengua, me aprieta contra su cuerpo. Noto su erección dura contra el vientre y me restriego apenas, lo justo para que sienta lo mojada que llego, para que entienda que el juego ya empezó hace rato, frente a la ventana.
—Esperá, no me rompas la camisa —le ruego cuando lo siento tironear de la tela.
—Sacátela vos, entonces —murmura contra mi boca, y se baja el short del todo.
Me desabrocho los dos botones despacio, sosteniéndole la mirada, y dejo que la camisa resbale hasta el suelo. Él suspira al verme desnuda, como si fuera la primera vez, y esa reacción suya me prende más que cualquier caricia.
—Qué bien estás —dice, y la voz le sale ronca.
Me pone las manos en los pechos. Primero los acaricia, casi con cuidado, y después aprieta, busca mis pezones con los dedos y juega con ellos hasta que se ponen tan duros que el placer me llega directo entre las piernas. No quiero esperar. Hace media hora que estoy lista.
—Acostate —le digo, empujándolo del pecho—. Dejame a mí.
***
Se tumba en la alfombra despacio, sin dejar de tocarme, recorriéndome la cintura, las caderas, como reclamando cada centímetro. Queda boca arriba, la mirada fija en mí, y yo me arrodillo encima, un pie a cada lado de sus caderas, y empiezo a descender.
Lo hago de a poco. Me muevo adelante y atrás, rozándolo apenas, dejando que la punta de su sexo me separe sin entrar todavía. Quiero volverlo loco, igual que él me volvió loca desde la ventana. Pero Mateo sabe aguantar. Se queda quieto, con las manos abiertas sobre mis muslos, mirándome con una paciencia que es casi una provocación.
Hasta que ninguno de los dos puede más y bajo del todo.
Lo siento entrar entero, llenándome, y se me escapa un gemido largo que ni siquiera intento disimular. Estoy tan mojada que se desliza sin esfuerzo, y la sensación de quedar empalada, de tenerlo hasta el fondo, me deja un segundo sin aire. Apoyo las palmas en su pecho y empiezo a moverme. Roto las caderas en círculos lentos, girando, buscando el ángulo exacto.
Él vuelve a mis pechos. Los recorre con las manos, los aprieta, me pellizca los pezones con una mezcla de cariño y firmeza que me hace arquear la espalda. Esa combinación de placer y un punto de dolor es justo lo que necesito.
—Así, no te controles —me dice, mirándome desde abajo—. Me encanta verte cuando te venís.
Trato de aguantar un poco más, de estirar el momento, pero él se da cuenta y aprieta más fuerte, justo cuando yo bajo con todo mi peso. La barrera se rompe sin aviso. El orgasmo me sube desde lo más profundo, una corriente que me sacude entera, y me dejo ir cabalgándolo, temblando, con un gemido que me sale de un lugar que no sabía que tenía.
Me quedo unos segundos sin poder moverme, derrumbada sobre su pecho, sintiendo cómo el corazón le late rápido bajo mi mejilla.
—Tramposa —le digo, todavía agitada—. Vos arrancaste todo esto.
—Vos te estabas tocando sola con la ventana abierta —responde, y me da una palmada juguetona en la cadera—. Yo solo miraba.
***
—Ahora me toca a mí —dice, y hay algo en su tono que no admite discusión.
Me levanto apenas, sintiendo cómo sale de mí, y antes de que yo decida nada él ya me está guiando hacia arriba, hacia su boca. No necesita levantarse. Me acomodo con las rodillas a los costados de su cara y bajo despacio hasta sentir su aliento caliente contra mi sexo.
Me da un azote suave y tira de mis caderas para acercarme del todo. Yo me dejo hacer. Su lengua entra entre mis labios, lento, paciente, recorriéndome con una calma que después de tanta urgencia me parece casi tortura. Me sostiene firme, sin dejarme escapar, y yo me apoyo en la pared para no perder el equilibrio.
Desde esa posición alcanzo a verlo entero, y no me resisto. Me inclino hacia atrás, lo agarro y empiezo a devolverle el favor. El sabor mezclado de los dos me marea un poco, me da vértigo, y me lo meto en la boca buscando el mismo ritmo que él lleva conmigo. Lo lamo, lo beso, lo gozo como si fuera la última vez.
Lo escucho gemir contra mí, y ese sonido amortiguado me prende todavía más. Es difícil concentrarme cuando él me está comiendo así, cuando encuentra mi clítoris y lo trabaja con la punta de la lengua sin descanso. Por un momento dejo lo que estoy haciendo, apoyo la frente en su muslo y me rindo al placer, que vuelve a subir, más hondo esta vez.
Sus dedos entran en mí mientras me chupa, y dan justo donde tienen que dar. Lo siento venir desde muy adentro, una ola lenta y enorme, y sé que él también lo sabe, porque me sostiene más fuerte y no afloja.
Cuando me deshago sobre su boca, me agarra la cabeza con la otra mano y me marca el ritmo a mí también. Cierro los labios alrededor de él, lo recibo hasta el fondo, cada vez más rápido, hasta que lo siento tensarse entero y terminar con un gruñido que le sale del pecho.
Nos quedamos así un rato, enredados, respirando fuerte, mientras la tarde se cuela por la ventana del patio y un vecino pone música a todo volumen en algún piso.
***
Me relamo. Le doy un beso lento, sin apuro, de los que se dan después y no antes. Después estiro el brazo y busco la camisa azul en el suelo.
—¿Tan rápido te vas? —protesta, pasándome la mano por la espalda.
—Tengo que hacer el almuerzo —digo, abrochándome los dos botones de siempre—. Viene mi familia a las tres y todavía no compré el pan.
Se ríe, todavía tirado en la alfombra, las manos detrás de la cabeza, mirándome como si no terminara de creer su suerte.
—La próxima dejá la ventana cerrada —me dice—. Capaz que no te veo y zafás.
—Mentira —le contesto desde la puerta, sonriendo—. Vos siempre estás mirando.
Y mientras espero el ascensor para volver a casa, con la camisa que huele a los dos y las piernas todavía temblando, pienso que mañana, sin falta, voy a dejar la ventana abierta otra vez.





