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Relatos Ardientes

Mi primera cita por la app y lo que pasó después

Tengo treinta años y, si soy honesta, nunca me sentí del todo cómoda en mi cuerpo. Soy de las que pesan más de lo que dicen las revistas, de las que entran a una fiesta mirando el suelo y buscando una pared donde apoyarse. En persona soy callada, insegura, me cuesta horrores sostener una conversación con alguien que me gusta. Hay una sola excepción a todo esto, y es bastante peligrosa: cuando tomo, me transformo.

Borracha dejo de pensar en mis piernas, en mi panza, en lo que el otro va a opinar. Borracha me vuelvo otra mujer, una que se ríe fuerte y baila pegada y dice que sí antes de medir las consecuencias. Lo cuento porque sin ese detalle no se entiende nada de lo que pasó aquella noche.

Hace unos meses tenía una de esas aplicaciones de citas instaladas en el teléfono. La había bajado más por aburrimiento que por convicción, y la mayoría de los matches morían en dos mensajes tibios. Hasta que apareció él.

Se llamaba Damián. Tenía una sonrisa torcida en las fotos y escribía sin faltas de ortografía, algo que para mí ya era media batalla ganada. Charlamos varios días, me hizo reír, y cuando propuso salir a tomar algo le dije que sí sin la ansiedad de costumbre. Quedamos en un bar con pista de baile, de esos donde la música está tan alta que uno no tiene que hablar demasiado. Perfecto para mí.

Llegué temprano y pedí una cerveza para aflojar los nervios. Para cuando él apareció, yo ya iba por la segunda y la timidez empezaba a disolverse. Damián era más alto de lo que esperaba y olía bien, a algo amaderado que me hizo acercarme más de lo necesario al saludarlo.

—Pensé que ibas a cancelar a último momento —me dijo al oído, porque era la única manera de que lo escuchara.

—Lo pensé —admití, y los dos nos reímos.

Las cervezas siguieron cayendo. En algún punto dejamos la barra y nos metimos en la pista. Yo bailo bien cuando estoy así, suelta, sin vergüenza. Y él bailaba pegado, con las manos en mi cintura, marcando el ritmo contra mi cuerpo.

Esto va a terminar mal y no me importa nada.

Cada canción nos dejaba más cerca. Sentí su respiración en mi cuello, sus dedos bajando un poco más de la cintura cada vez que creía que no me daba cuenta. Y entonces la sentí: una polla dura clavándose contra mi cadera, ahí, en medio de la pista, entre la gente y las luces. En lugar de apartarme, me apreté más, moví el culo contra su bulto y lo escuché soltar un gruñido en mi oreja.

A partir de ahí todo se aceleró. Una mano suya subió por debajo de mi blusa, me pellizcó un pezón por encima del corpiño y me lo puso duro en dos segundos. La otra apretaba mi culo por sobre la tela de la falda, la levantaba unos centímetros, me buscaba entre las piernas. Yo lo dejaba, mareada por el alcohol y por lo empapada que ya estaba la bombacha. Nos besamos por primera vez en un rincón oscuro, un beso largo y desordenado, con lengua, con dientes, y él me metió la mano por debajo de la falda y me tocó el coño por encima de la tela mojada. Cuando nos separamos tenía los ojos brillantes y los dedos húmedos.

—¿Vamos a otro lado? —preguntó.

—Vamos —dije, sin dudarlo.

***

El problema fue el camino. Pedimos un auto y, en esos quince minutos de trayecto, con el aire acondicionado en la cara y el silencio del coche, se me bajó la borrachera de golpe. Volví a ser yo. La de siempre. La insegura. Empecé a pensar en mi cuerpo bajo esas luces de motel, en lo que iba a pasar, en que apenas conocía a este hombre, y un nudo frío se me instaló en el estómago.

Cuando llegamos a la habitación yo ya había decidido que no quería seguir. No del todo, al menos. Me senté en el borde de la cama con la cartera apretada contra las rodillas, como un escudo.

—Creo que me arrepentí —solté—. Perdón. No estoy segura de esto.

Damián no se enojó. Se sentó a mi lado, con calma, y no dijo nada por un rato. Después se inclinó y me besó el hombro, despacio, sin apuro.

—No tenemos que hacer nada que no quieras —murmuró—. Pero quedate un rato. Solo quedate.

Sus labios bajaron por mi brazo, por mi muñeca, y de ahí pasaron a mi rodilla. Yo seguía repitiéndome que no, que me iba a levantar, que esto no era para mí. Pero su boca empezó a subir por la cara interna de mi muslo, mordiendo suave, dejando marcas de saliva calientes, y mi cuerpo empezó a contradecir cada cosa que mi cabeza decía. Los muslos se me abrieron solos unos centímetros.

—No deberíamos —dije, y mi voz ya no sonaba muy convencida.

—Decime que pare y paro —contestó él contra mi piel.

No se lo dije.

Se acomodó entre mis piernas, me arrancó la bombacha por un costado sin sacármela del todo, la corrió y posó la boca sobre mi coño. La primera lamida entera, de abajo hacia arriba, me arrancó un gemido que no pude tragar. Chupaba lento, con toda la lengua plana, y después subía a jugar con el clítoris haciendo círculos, encerrándolo entre los labios, tironeando apenas. Cuando me metió dos dedos y curvó los nudillos hacia adelante mientras seguía chupándome, se me escapó un "puta madre" que no supe de dónde salió.

Yo todavía me movía, todavía fingía que quería frenar, pero cada vez que él insistía mi resistencia se hacía más pequeña. Poco a poco dejé de moverme para escapar y empecé a moverme para buscarlo, para apretarle la cara contra el coño, para pedirle más sin pedirlo con palabras. Le agarré la nuca y lo hundí más entre mis piernas. Él gruñó ahí abajo, y esa vibración me hizo apretar los dedos que tenía adentro.

Cerré los ojos. Me agarré de las sábanas con la otra mano. Lo que había empezado como una negativa se convirtió en un calor líquido que me subía desde el coño hasta la garganta, y cuando me corrí fue tan intenso que me arqueé de la cama y le empapé la cara. Me quedé temblando, con la respiración entrecortada, con los muslos apretándole las orejas, sin entender en qué momento había cambiado tanto de opinión. Él se separó despacio, con la boca brillante, y me sonrió desde ahí abajo antes de subir a besarme en la boca. Me hice probar mi propio gusto y no me importó nada.

***

Damián se incorporó con esa sonrisa torcida que le había visto en las fotos. Se bajó el pantalón y el bóxer sin dejar de mirarme, y la vi entera por primera vez: gruesa, dura, con la punta hinchada y una gota transparente asomando. Se sentó en el borde de la cama y, con una mano firme pero sin brusquedad, me guió hasta que quedé arrodillada frente a él en la alfombra.

—Ahora vos —dijo.

Lo miré desde abajo, con la polla a centímetros de la cara. Una parte de mí seguía sorprendida de estar ahí, pero ya no había marcha atrás, ni yo la buscaba. La tomé con la mano, despacio al principio, probando el peso, y le pasé la lengua por toda la vena de abajo, desde los huevos hasta la punta. Cuando llegué arriba lamí la gota que le colgaba y él se estremeció entero. Me la metí en la boca de a poco, primero solo el glande, chupando fuerte, después bajando cada vez más hasta que la sentí golpear contra la garganta. Él echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido grave.

—Así, así, no pares —jadeó.

Su mano se enredó en mi pelo, no para forzar, sino para marcar un ritmo que yo seguía. Le chupaba subiendo y bajando, con la mano acompañando en la base, y de vez en cuando la sacaba para lamerle los huevos, uno y después el otro, mientras se la seguía pajeando. La saliva me caía por el mentón y me chorreaba entre las tetas. Cuando me apuré demasiado y me la clavé más de la cuenta, los ojos se me llenaron de lágrimas por el esfuerzo, y él aflojó enseguida, me dejó tomar aire, me acarició la mejilla con el pulgar mojado.

—¿Estás bien?

Asentí. Y volví a bajar la cabeza, esta vez por decisión propia, tragándomela hasta el fondo, arcadas y todo, porque me estaba gustando verlo perder el control.

Estuvimos así un buen rato, entre pausas y miradas, hasta que él me detuvo con suavidad, con la polla latiéndole contra mis labios.

—Pará —jadeó—. No quiero terminar todavía. Todavía te tengo que coger.

Me ayudó a levantarme. Me terminó de sacar la ropa con una lentitud que me hizo sentir, por primera vez en la noche, mirada de verdad. Cuando me quedé desnuda no bajé la vista: le sostuve la mirada. Me llevó frente al espejo grande que cubría una pared entera y me inclinó sobre el borde de la mesa. Yo me vi ahí reflejada, despeinada, con las mejillas encendidas, las tetas colgando y balanceándose, el coño hinchado y brillante entre las piernas abiertas, y él detrás de mí pasándose la polla por entre mis nalgas.

—Mirate —dijo en voz baja, con los ojos clavados en los míos a través del cristal—. Mirá qué puta te ponés.

Sentí cómo me buscaba la entrada con la punta, cómo la restregaba de arriba abajo entre los labios de mi coño, empapándose de mi humedad, y para ese momento yo ya no solo quería: se lo estaba pidiendo.

—Metémela, por favor, metémela ya —lo dije en voz alta, sin reconocerme, empujando el culo hacia atrás para buscarla.

Cuando finalmente entró de una embestida, yo estaba tan mojada que se deslizó hasta el fondo de una, y los dos gemimos a la par. Se quedó quieto un segundo, apoyado hasta la base, y después empezó a moverse, primero lento, sacándomela casi entera y volviéndola a meter con fuerza, después cada vez más rápido, agarrándome de las caderas para clavarme contra la mesa. Yo miraba en el espejo cómo mis tetas rebotaban a cada golpe, cómo se me caía la boca abierta, cómo él apretaba los dientes atrás mío.

Me hablaba mientras me cogía. Cosas que en cualquier otro contexto me habrían incomodado, pero que ahí, frente al espejo, me encendían todavía más.

—¿Te gusta mi verga? Decime que te gusta.

—Sí, me encanta, más fuerte, dale.

—Tenés cara de buena y sos una puta, mirate cómo me la pedís.

—Soy una puta, soy tu puta, no pares.

Me agarró del pelo con una mano y me tiró la cabeza para atrás, obligándome a mirarme en el espejo mientras me la clavaba hasta los huevos. Con la otra me daba palmadas en el culo que sonaban por toda la habitación y me dejaban la piel roja. Yo le respondía a todo, perdida, apretándolo con el coño cada vez que sentía que estaba por venirse.

***

En algún momento me llevó de nuevo a la cama, me tumbó de espaldas y me abrió las piernas con las manos, doblándomelas contra el pecho. Se acomodó sobre mí y me la volvió a meter de una, pero ahora bajó el ritmo, lo volvió más hondo, más pesado. Cada estocada la sentía hasta el ombligo. Yo lo escuchaba respirar contra mi oído, sentía su peso, sentía cómo los huevos me golpeaban contra el culo a cada embestida, y supe que no iba a aguantar mucho más.

Llevé una mano hacia abajo, entre los dos, y me toqué el clítoris con dos dedos mientras él seguía moviéndose adentro mío. Lo miré a los ojos y me froté cada vez más rápido, empapando los dedos con mi propio flujo y con el suyo. Él bajó la cabeza, me chupó un pezón, lo mordió, y ahí un segundo orgasmo me sacudió de pies a cabeza, más largo y más profundo que el primero. Se me contrajo todo, lo apreté por dentro tan fuerte que él soltó un "la puta madre" contra mi cuello.

—Esperá —dijo, y se apartó justo a tiempo, con la polla brillando de mí y latiéndole en la mano.

Me arrodillé otra vez, ya sin que me lo pidiera, abrí la boca y le saqué la lengua. Él se pajeó rápido, dos, tres tirones, y acabó a chorros: el primero me cayó en la lengua, salado y espeso, los siguientes sobre las tetas y el cuello, uno hasta el mentón. Me quedé quieta, mirándolo, con el semen resbalándome entre las tetas, y me pasé el dedo por un pezón para llevármelo a la boca. Él soltó un último gemido ronco al verlo y se quedó un instante quieto, con la mano todavía apoyada en mi nuca, antes de dejarse caer hacia atrás en la cama.

Nos quedamos así, en silencio, recuperando el aire. Después se levantó a buscar una toalla, me la alcanzó con una sonrisa cansada y empezó a vestirse para irse.

***

Me quedé sentada en la cama un rato más, sola, mirando mi reflejo en ese mismo espejo donde minutos antes había sido otra persona. Sentía cosas contradictorias, todas al mismo tiempo. Me sentía usada y deseada. Me sentía una desconocida para mí misma. Me sentía, sobre todo, increíblemente viva.

Había llegado a esa habitación decidida a frenar todo, segura de que no era el tipo de mujer que hace estas cosas. Y resultó que sí lo era. Que debajo de la timidez y la inseguridad había alguien capaz de dejarse llevar hasta el final y disfrutarlo sin culpa, o casi.

No volví a ver a Damián. No hizo falta. Lo que me llevé de esa noche no fue él, sino la certeza de quién soy cuando me animo a soltarme.

Gracias por leerme. Si llegaste hasta acá y algo se te movió por dentro, entonces ya somos dos.

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Comentarios(4)

NadiaSol77

Dios, que bueno!!! Me quede pegada desde el primer parrafo y no pude parar.

RolandoCorr

Por favor seguí contando, no puede terminar asi!

SilviaCba_lec

Lo que mas me gusto es que se siente completamente real, nada forzado. Seguí escribiendo asi!

LuchoBA_lec

jajaja esa lucha interna al principio... me mato, es demasiado reconocible

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