La chica del chat que volvió veinte años después
Hay quien ya no se acuerda, pero hubo una época en la que para hablar con alguien que no tenías delante solo existían dos caminos: una llamada de teléfono o la presencia física. Nada de esa inmediatez a la que hoy estamos malacostumbrados. Si querías conocer a una persona, tenías que currártelo de verdad, fuera para lo que fuese.
Por suerte, un buen día apareció un programa que le cambió la tarde a media generación. Se llamaba Messenger, y a principios de los 2000 había un detalle que lo hacía distinto a cualquier aplicación de ahora: como todavía no existían los móviles inteligentes, tenías que usarlo sentado delante del monitor de un ordenador. O en tu casa, o en un cibercafé. No había otra.
Corría el año 2002. Era una de esas tardes de invierno encerrado en mi cuarto, matando el rato con el ordenador, cuando sonó el típico aviso de mensaje entrante. Pausé la partida y miré quién me escribía.
Por la foto de perfil era una chica que no conocía. Me saludó con un «hola» a secas y yo le devolví el saludo con la misma naturalidad. Resultó que era alguien con quien días antes había tenido una charla bastante subida de tono en un chat anónimo, y a la que, a petición suya, le había pasado mi contacto. Por fin se había decidido a aceptarme, y a partir de ahí empezamos a hablar casi todas las tardes.
Desde el primer momento me pareció una chica interesantísima. Vivía en un pueblo no muy lejos de mi ciudad, teníamos casi la misma edad y compartíamos gustos, sobre todo en lo que al sexo se refería. Yo tenía novia, ella novio, pero eso no nos impedía decirnos todo tipo de guarradas, mandarnos fotos con poca ropa o describir con detalle lo que nos haríamos si algún día coincidíamos. Me contaba que le encantaba mamar pollas hasta que se corrieran en su boca, que se tragaba hasta la última gota y que a veces se metía dos dedos en el coño mientras chupaba. Yo le respondía que me la ponía dura solo de imaginarla arrodillada, con los labios brillantes y la lengua fuera esperando mi corrida. Fantaseábamos de mil maneras, hasta el punto de masturbarnos cada uno a un lado de la pantalla, describiéndonos en tiempo real cómo nos tocábamos, cuánto nos faltaba, cómo acabábamos. Más de una vez. Incluso llegamos a plantear vernos en persona, pero por una cosa o por otra nunca llegó a cuajar.
Después llegó la primavera, el buen tiempo, los planes con amigos, y poco a poco nos fuimos olvidando el uno del otro. Cosas de la juventud, supongo.
Pero la vida es caprichosa y a veces te coloca delante coincidencias que jamás habrías imaginado.
***
Hace un par de años, estando de copas con unos colegas en un bar de la zona de marcha de mi ciudad, crucé la mirada con una mujer que estaba al otro lado de la barra. Acababan de servirle un gin-tonic. Nos quedamos mirándonos un par de segundos. Me resultaba familiar, y por su cara creo que a ella le pasaba lo mismo. Los dos sabíamos que nos conocíamos de algo, pero ninguno tenía claro de qué.
En esas, mis amigos decidieron cambiar de garito y la perdí de vista. Recorrimos otros tres bares y, en el último, noté de pronto unos golpecitos en la espalda. Me giré y allí estaba, plantada con un vaso en la mano.
—Yo a ti te conozco —dijo.
—La cuestión es que tú también me suenas un montón —respondí, intentando ubicarla en algún rincón de mi memoria.
—Soy Noelia —soltó sin rodeos—. La chica del Messenger.
Al oír ese nombre junto al de aquel viejo programa, se me vinieron de golpe los cientos de conversaciones que habíamos tenido. Y por el contenido de aquellas charlas, sin poder evitarlo, la polla me dio un respingo bajo el pantalón.
—¿Te acuerdas de mí? —preguntó al ver que no reaccionaba.
—Claro que me acuerdo. Perdona, es que han pasado tantísimos años…
—No te preocupes, es lógico —rio, enseñando una sonrisa preciosa—. Y más cuando es la primera vez que nos vemos en persona.
—Cierto. Te seré sincero: si no llegas a venir tú, no sé si te habría ubicado.
—A mí también me ha costado un buen rato, ¿eh? Y porque estás casi igual que en las fotos que me mandabas.
Se señaló de arriba abajo, como quien presume de estreno. Por supuesto, ya no quedaba nada de la adolescente que conocí dos décadas atrás. Tenía delante a una mujer hecha y derecha. Aun así, en mi opinión, no había cambiado tanto como ella pretendía.
Mi memoria rebuscó entre las fotos que nos intercambiamos en su día. Más allá del corte o el color de pelo, yo seguía reconociendo esa nariz afilada, esos grandes ojos castaños y esos labios carnosos que tan atractivos me parecieron entonces. Tenía una figura estilizada, con unas tetas que rellenaban el vestido de manera obscena y un culo redondo que se marcaba bajo la tela, y todo su porte desprendía una sensualidad que costaba ignorar.
Charlamos de banalidades unos minutos hasta que ella decidió empujar la conversación hacia otro terreno.
—Sé sincero, Adrián. Cuando me he acercado y te he dicho quién era, no me digas que no has pensado en lo que hablábamos por el Messenger.
—Como para olvidarme de aquello…
—¿Y te acuerdas de mis preferencias?
—Me acuerdo de todo, Noelia.
—¿Y cuál es la que mejor recuerdas?
—¿De verdad quieres que te lo diga?
—Sin tapujos, por favor.
—Pues… siempre me fascinó lo mucho que te gustaba tragarte la corrida entera. Que no dejabas escapar ni una gota.
Sonrió de un modo enigmático y asintió varias veces, como si hubiera dado justo en la respuesta que esperaba.
—Entonces te alegrará saber que mis gustos no han cambiado nada. Es más, cada vez chupo más pollas y cada vez me pone más sentir el semen caliente bajando por mi garganta —confesó, mirándome fijo a los ojos.
***
En ese momento mi expectación estaba por las nubes. No sabía ni qué decir ni hacia dónde llevar la cosa. Tampoco hizo falta: ella lo tenía clarísimo y retomó la palabra enseguida.
—Mira, voy a ir al grano. Llevo casada siete años y tengo dos hijos maravillosos, y eso es y será siempre intocable. Pero tampoco quiero mentirte. No es la primera vez que le propongo esto a alguien que no es mi marido, y conociéndome, no será la última. Lo que pasa es que, cuando por fin te he reconocido, me han entrado unas ganas locas de comerte la polla hasta dejarte seco.
Me quedé de piedra. Cachondo, pero de piedra.
—¿No vas a decir nada?
—Pídemelo —reclamé. Llegados a ese punto, quería asegurarme de que no me estaba vacilando, porque estas cosas no me suelen pasar a mí así, de la nada.
—¿En serio? —preguntó arqueando una ceja.
—Y si me lo susurras al oído, mejor.
Ahí fui un poco cabrón, lo reconozco.
—Está bien, si es lo que quieres… —se acercó a mi oreja y, casi rozándome con los labios, me lo susurró con una voz aterciopelada—: Quiero mamártela. Quiero sacarte la polla, metérmela en la boca hasta el fondo y que te corras en mi garganta. ¿Lo tienes claro ahora?
Tragué saliva y solo fui capaz de asentir con la cabeza. Con aquella simple frase, mi calentura empezó a dispararse y noté cómo se me hinchaba dentro del vaquero. Quedaba claro que ella sabía jugar, y mucho mejor que yo.
—De acuerdo —se separó al fin, satisfecha—. En una hora más o menos podré despegarme de mis amigas. Dame tu teléfono y estate atento, que te mando la ubicación.
Apuntó mi número, me hizo una llamada perdida y volvió con su grupo como si nada, como si proponer estas cosas fuera lo más natural del mundo.
Seguí la fiesta con mi cuadrilla fingiendo normalidad, aunque la mente la tenía en otro sitio. Uno de mis amigos, que se había fijado en la mujer del escote con la que había intercambiado el teléfono, me preguntó. Para quitármelo de encima le dije que era una antigua compañera de trabajo y que habíamos quedado en tomar un café. No sé si me creyó, pero me dio igual. Pasé el resto de la noche con las palabras de Noelia retumbándome en la cabeza, mirando el móvil cada dos por tres como un adolescente. No quería que se me escapara aquella oportunidad. Después de más de veinte años, iba a follarme la boca de la primera chica con la que fantaseé que lo hiciera.
***
La noche avanzaba y no había noticias. Pasadas las cuatro de la mañana, cuando ya había transcurrido mucho más de una hora, empecé a desanimarme. Pensé que todo había sido una broma, o que se rajaría y ni siquiera escribiría. Me sentí ingenuo, un pardillo. Estuve a punto de llamarla, pero ¿qué le iba a decir? Me pareció tan pueril que deseché la idea.
Ya me estaba resignando cuando noté el móvil vibrar en el bolsillo. Dos mensajes secos: el primero, una ubicación; el segundo, un frío «15 minutos».
Vaya subidón. No tenía ninguna intención de hacerla esperar, así que le dije a un amigo que me iba al baño y, aprovechando que andaban medio borrachos, me esfumé hacia el punto acordado: un aparcamiento público al aire libre, no muy lejos de la zona de marcha.
Tardé menos de diez minutos, aunque podría haber llegado en cinco. Tampoco quería parecer desesperado. Oteé la zona unos segundos hasta que escuché su voz.
—Estoy aquí.
La vi apoyada en el lateral de un utilitario plateado con las luces del interior encendidas.
—Hola, Noelia.
—Déjate de saludos y entra en el coche, anda.
—¿Prefieres delante o detrás?
—Sinceramente, donde te dé la gana. Total, no vas a estar mucho rato sentado.
No pude evitar reírme por lo directa que era. Me ponía a mil. Se le notaba un poco tomada por el alcohol, igual que a mí me afectaban las copas que llevaba encima. Me senté en el asiento del copiloto y ella en el del conductor. Nos miramos un par de segundos.
—¿A qué esperas? Sácate la polla, venga. Llevo toda la noche pensando en ella.
Sonreí e hice lo que me pedía. Me desabroché el cinturón, bajé la cremallera y me bajé el pantalón y los calzoncillos hasta los tobillos. La tenía ya medio dura y, en cuanto sintió el aire y su mirada clavada encima, se puso completamente tiesa, apuntándome al techo del coche. No iba a ser yo quien le pusiera trabas.
—Joder, cómo la tienes… —murmuró, relamiéndose sin disimulo—. Está igualita que en las fotos, pero con veinte años más de ganas.
Sin decir una palabra más, me agarró la polla con una mano y empezó a masturbarla con una suavidad calculada, apretando justo lo necesario, subiendo y bajando el prepucio, humedeciéndose los labios mientras me miraba la punta como quien mira un caramelo. Con la otra mano me acariciaba los huevos, sopesándolos, jugando con ellos entre los dedos. En cuestión de segundos noté que perdía por completo el control de la situación, y eso era justo lo que ella buscaba.
—Mmm… —murmuró, cerrando los ojos—. Una última cosa antes de metérmela en la boca: ¿cuándo fue la última vez que te corriste?
Hice un cálculo rápido y me sorprendió comprobar que llevaba más tiempo del que me gustaría.
—Hará cuatro días.
—Uffff… cuatro días. Vas a llenarme la boca hasta reventar, cabrón.
Y como si esa cifra hubiera terminado de encender algo dentro de ella, se agachó sobre mi regazo y se la metió entera de una sola vez. Sentí cómo el glande le tocaba el fondo de la garganta y cómo ella, lejos de arcadear, apretaba los labios contra la base y se quedaba ahí un par de segundos, tragando saliva alrededor de mi polla. Cuando por fin subió, un hilo espeso conectaba su boca con la punta. Sonrió, se lo limpió con el pulgar y volvió a bajar, esta vez marcando un ritmo lento, profundo, chupando con las mejillas hundidas.
—Hostia, Noelia… —jadeé, agarrándome al reposacabezas.
Yo, para qué engañar a nadie, me acomodé y me dejé llevar. La penumbra del interior apenas dejaba ver, pero lo suficiente como para que prestara toda mi atención a lo que mi antigua amiga del Messenger me estaba haciendo. La veía subir y bajar, la lengua enroscada en el frenillo cada vez que llegaba arriba, la mano en la base retorciéndose al ritmo de la boca. De vez en cuando la sacaba entera, escupía saliva sobre el glande y volvía a comérsela hasta el fondo, mirándome a los ojos con una descaro brutal. Quería atesorar aquel momento. Porque no voy a mentir: era una de las mejores mamadas de mi vida.
Se notaba que aquello le encantaba, tal y como siempre me había asegurado. Se notaba que sabía lo que hacía y que disfrutaba tanto como yo. Empezó a bajar más rápido, a marcarse pequeñas arcadas voluntarias contra el fondo de la garganta, y cada vez que subía dejaba escapar un gemido ronco, ahogado, que vibraba alrededor de mi polla y me hacía apretar los dientes. Desde mi posición tenía a la vista su pronunciado escote, y no me lo pensé dos veces. Le bajé un tirante del vestido y de un tirón le saqué una teta entera, con el pezón duro y oscuro. Alargué la mano, la sopesé y empecé a pellizcarle el pezón entre el índice y el pulgar. Ella, al captar mis intenciones, se sacó también la otra y se las estrujó ella misma sin dejar de mamármela. Gemía ya, y esos gemidos se intensificaron en cuanto pasé los dedos por debajo de la lengua a la punta del pezón.
—Sí… tócame las tetas… dime guarradas… —pidió a intervalos, con la voz quebrada, sacándose la polla de la boca solo para hablar—. Dime que soy una puta chupapollas.
—Eso eres —le solté sin pensarlo—. Una puta guarra que lleva veinte años queriendo mamármela. Y ahora te la vas a tragar entera, ¿me oyes?
—Sí… sí, dámelo todo…
Volvió a bajar la cabeza y esta vez se la metió tan a fondo que noté la nariz apretada contra mi vientre. Se quedó así, sin respirar, tragando alrededor del glande hasta que se le saltaron un par de lágrimas. Cuando subió, tomó aire de golpe y volvió a hundirla, más rápido, más sucia, chapoteando con la saliva que le corría por la barbilla y le caía sobre las tetas al aire. Estaba desatada y no pretendía contrariarla.
Después de media noche pensando en aquello, no iba a aguantar mucho. Le pellizqué el pezón con fuerza, saqué las manos de su piel y le avisé de que no podía más.
—Me voy a correr…
—Venga, dámelo todo. Córrete en mi boca, cabrón —me pidió sin sacársela del todo, hablando con los labios pegados al glande.
Y entonces llegó, brutal, después de varios días acumulado. Ella no apartó la cara ni un milímetro; al contrario, sacó la lengua y la puso justo debajo del glande, con la boca abierta de par en par, para que viera cómo el primer chorro le caía dentro. Solté un gruñido y descargué la primera, la segunda, la tercera. Fueron cinco o seis chorros seguidos, espesos, calientes, que le llenaron la lengua y le desbordaron por la comisura. Ella no cerró la boca hasta que noté que dejaba de salir. Solo entonces me miró, sonrió, me enseñó la lengua cargada de semen y, de un trago sonoro, se lo tragó todo. Después volvió a chupar el glande hasta la última gota que me quedaba dentro, apretando con los labios y tirando hacia arriba, como si estuviera exprimiéndome.
Yo seguí, sin reservas, emitiendo sonidos guturales mientras ella gemía con la boca llena y disfrutaba como si llevara una semana esperando aquello.
Cuando por fin me relajé, la tensión de todo el cuerpo se desvaneció de golpe.
—Madre mía, Noelia… —acerté a decir, recuperando el aliento.
Ella solo sonreía, feliz, ufana, con los labios brillantes y un hilillo blanco todavía en la comisura que se limpió con el dedo y se chupó despacio. Había conseguido lo que vino a buscar. En realidad los dos lo habíamos conseguido, eso que tantas veces habíamos imaginado dos décadas atrás.
—Quiero más… —dijo de pronto.
—¿Perdón?
Y sin contestar siquiera, volvió a agacharse y se metió mi polla flácida entera en la boca. Empezó a chuparla con calma, sin ansia, como quien saborea, jugando con la lengua por debajo del glande y por el frenillo, mimándomela hasta que noté cómo empezaba a despertar otra vez dentro de su boca.
—Joder… —logré decir entre jadeos, sintiendo cómo la sangre volvía a bajarme ahí abajo—. No te cansas, ¿eh?
—¿Qué te puedo decir? —respondió sacándosela un segundo y volviendo a lamerla desde los huevos hasta la punta—. Ya sabes lo mucho que me gusta comer polla. Y con esta llevo veinte años soñando. Ahora mismo necesito más semen, y me lo vas a dar.
Mientras seguía, con una mano metiéndose la polla hasta el fondo y la otra bajando entre sus piernas por debajo del vestido, me vinieron a la mente fragmentos de aquellas conversaciones arrinconadas en algún cajón de la memoria. Recordé una tarde, los dos calentísimos al otro lado de la pantalla, en la que me contó de dónde le venía aquella afición. Decía que con cada chico con el que se enrollaba terminaba igual, con la boca abierta y la lengua fuera esperando la corrida, casi como un juego de comparar sabores que con el tiempo se convirtió en costumbre. Que en la universidad llegó a chupársela a tres tíos en la misma noche solo por probar cómo sabía cada uno. Lo contaba sin pudor, con una naturalidad que entonces me parecía de otro planeta.
Aunque no habían pasado ni dos minutos, los recuerdos y su empeño volvieron a ponerme dura otra vez, dentro de su boca. La sintió endurecerse y gimió con satisfacción, sin sacarla, vibrando alrededor de mi polla.
—Vamos fuera —me dijo de repente, soltándomela con un chasquido.
—¿Y eso?
—Ahora lo verás.
Salimos del coche, me apoyó de espaldas contra el vehículo de al lado y se arrodilló frente a mí sobre el asfalto, sin importarle lo más mínimo el frío ni la suciedad. Después se subió la falda del vestido hasta la cintura, dejando a la vista un tanga negro empapado que se apartó a un lado, y volvió a agacharse. Metió dos dedos en su coño, los sacó brillantes, y con esa misma mano me agarró la polla y se la untó por toda la longitud.
—Ahora fóllame la boca. Sin piedad.
Aquella petición fue gasolina pura. Puse ambas manos sobre su cabeza y empujé, marcando el ritmo, sin prisa pero sin tregua. Al principio la metía hasta la mitad, luego más al fondo, luego entera, hasta que noté la garganta apretándose alrededor del glande. Ella no ofrecía resistencia; al contrario, se agarraba a mis muslos y tiraba de mí hacia dentro, incitándome a ir más fuerte. Lo único que rompía el silencio del aparcamiento era nuestro propio jadeo, el chapoteo de la saliva y el ruido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su boca. Estábamos dando un espectáculo entre dos coches, en plena calle. Por suerte eran casi las cinco de la madrugada y la oscuridad nos cubría; de lo contrario, seguramente habríamos tenido público.
Yo iba a tardar más esta vez, así que a ratos ella tomaba aire un instante, se la sacaba de la boca, escupía sobre el glande y me la volvía a meter. Otras veces bajaba a chuparme los huevos, uno primero y otro después, mientras me masturbaba con la mano llena de saliva. Se los metía en la boca enteros, tirando suavemente hacia abajo, mientras la otra mano no paraba de sacudírmela. Después volvía a subir y se la tragaba entera de un solo golpe.
—Joder, qué guarra eres… —le gruñí, agarrándola del pelo con las dos manos.
—Más… fóllame más fuerte —me suplicaba entre embestidas—. Rómpeme la garganta.
Y le hice caso. La agarré con firmeza y empecé a moverle la cabeza yo mismo, a mi ritmo, hundiéndola contra mi pelvis una y otra vez. Ella se dejaba, gimiendo con la boca llena, con las lágrimas corriéndole por las mejillas mezcladas con el rímel, con la saliva chorreándole por la barbilla y cayéndole entre las tetas todavía sacadas fuera del vestido. Su otra mano no paraba de trabajarse el coño ahí abajo, con dos dedos entrando y saliendo a toda velocidad, chapoteando en su propia humedad. No le importaba lo más mínimo el descontrol. Estaba totalmente entregada a lo suyo, y yo alucinaba. Aquella mujer sabía exactamente lo que hacía, y lo disfrutaba sin remilgos ni complejos.
Llevaría cerca de un cuarto de hora, pero todo tiene un final y el mío estaba cerca. Pensé con gracia que, si su intención al proponerme aquello era vaciarme por completo, lo iba a conseguir con creces.
—Me corro otra vez… —le avisé, sintiendo cómo se me tensaban los huevos.
Lejos de apartarse, se acercó aún más, la sacó de la boca y me la sacudió a toda velocidad con una mano justo enfrente de la cara, con la lengua fuera y la boca abierta, mientras con la otra se metía tres dedos hasta el fondo del coño con un ritmo furioso. Y esa imagen fue demasiado. Sujeté su cabeza con firmeza, se la volví a meter de golpe hasta la garganta y, tras un gruñido ronco, llegué de nuevo. Descargué dentro de su boca chorro tras chorro, sintiendo cómo tragaba a la vez que le seguía saliendo. Cuando ya no pude más, la saqué y los últimos restos le cayeron sobre los labios, la barbilla y la teta derecha. Ella recogió con el dedo lo que le había caído en la piel y se lo llevó a la boca sin perder ni una gota. La sensación la arrastró a ella también, hasta el punto de tener que agarrarse a mis piernas para no perder el equilibrio mientras su propio orgasmo la atravesaba. Temblaba, gemía con la boca todavía llena, y con cada segundo se entregaba un poco más a su propio placer, apretando los muslos alrededor de su mano, corriéndose ahí de rodillas en plena calle.
Pasado medio minuto, recompuesta del orgasmo, se puso en pie y se lamió los labios lentamente, saboreando lo poco que le quedaba.
***
La estampa resultaba hasta cómica: Noelia con la falda arremangada hasta la cintura, el tanga apartado a un lado dejando ver el coño depilado y todavía brillante, las tetas fuera del vestido, despeinada, con el rímel corrido hasta las mejillas y una sonrisa de satisfacción imposible de disimular. Yo, un poco más discreto, con el pantalón por las rodillas y la polla todavía fuera, chorreando saliva y goteando los últimos restos. Los dos recuperando el aliento.
—Dios… muchas gracias —me dijo mientras se recolocaba las tetas dentro del vestido y se bajaba la falda.
—¿Que tú me das las gracias a mí? Madre mía, Noelia. Gracias a ti.
—Es que lo necesitaba, de verdad. Necesitaba una polla en la boca y una corrida en el estómago.
—Ha sido increíble.
—Y eso que me has dicho que llevabas cuatro días sin nada —rio, chupándose el dedo con el que había recogido las últimas gotas.
Se quedó pensativa un instante y, con cara de pícara, me ofreció media sonrisa.
—Entonces no te importará que te llame algún día de estos, ¿no?
—¿Dónde hay que firmar? —respondí.
Y, a día de hoy y por fortuna para mí, me escribe de vez en cuando con la única intención de quedar y vaciarme la polla en su boca. No tengo queja.
Aún me río cada vez que pienso en cómo me tiene guardado en la agenda de su teléfono. Digamos que el apodo no deja lugar a dudas sobre lo que busca cuando aparece mi nombre en su pantalla.





