Lo que pasó en el restaurante después del cierre
No me entusiasma la comida asiática, la verdad. A casi nadie de los que conozco le gusta del todo, y por eso esos locales suelen mezclar de todo un poco y bajar los precios hasta hacerse imbatibles. Son serviciales hasta lo imposible: pides lo que quieras, acuerdas el precio y lo pagas. Punto.
Aquel verano mandé a mi mujer y a los niños a la casa de la costa y me quedé solo en la ciudad, acumulando guardias para escaparme después un mes entero. El calor en el interior era espeso, de esos que no se van ni de noche.
La primera vez que entré en aquel restaurante fue casi a la hora de cerrar. Había salido con dos colegas a tomar algo y, al final de la noche, nos entró hambre. Un martes de verano, pasada la medianoche, en una capital de provincias, solo quedaba un sitio con las luces encendidas.
Nos recibió una pareja: él, medio calvo y sudado, con un trapo al hombro, claramente el cocinero. Ella parecía a punto de marcharse a casa, porque vestía una camiseta de tirantes, un pantalón corto y sandalias, nada de uniforme. Debajo de la camiseta no llevaba nada, y aunque la prenda era holgada, dibujaba un pecho mediano y firme. Tenía un rostro bonito y el pelo largo recogido en una coleta.
Por supuesto, no iban a desperdiciar tres clientes a esas horas. El cocinero se metió en la cocina y ella nos llevó a una mesa con sofá corrido pegado a la pared, justo bajo la salida del aire acondicionado, lejos del calor de los fogones.
La situación era tentadora. Imaginé la piel de ella apenas cubierta por aquella tela fina, y se me ocurrió que sería un juego peligroso seducirla allí mismo. Algo en su manera de mirarme me decía que no era imposible. Así que empecé a tirar del hilo, sin prisa.
—Disculpa —le dije—. Como habéis tenido la amabilidad de atendernos tan tarde, vamos a gastar bien. ¿Tenéis whisky?
—Sí, claro.
—Sácanos cuatro chupitos, por favor.
Trajo la bandeja, la botella y cuatro vasitos que llenó enseguida. Mis dos amigos y yo bebimos. El cuarto seguía lleno.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Lian.
—Lian, a tu salud. Bebe con nosotros.
—No debería beber con clientes.
—Estos son Marcos y Tomás, y yo soy Darío. Ahora que nos conocemos ya somos amigos, no clientes. Brindemos: por Lian, que da de comer al hambriento.
—¡Por Lian! —gritamos los tres chocando los vasitos.
Apurada, cogió el suyo, lo chocó y se lo bebió de un trago, con una risita avergonzada que la traicionó. Ahí entendí que la noche podía torcerse hacia donde yo quisiera.
Mientras la pareja trabajaba en la cocina, me acerqué al baño. El calor era insoportable, así que aproveché para abrir la rejilla del aire del pasillo y dejarla descolocada, lo justo para que la refrigeración fuera floja. Nos asaríamos un poco, sí, pero ella bebería más y la camiseta empapada haría el resto. Eran las pequeñas trampas de alguien que se aburre y juega con fuego.
Cuando volvió con el vino, ya traía la piel brillante de sudor. Para tres hombres achispados a esas horas, estaba irresistible. El calor de los fogones había hecho su trabajo: la camiseta se le pegaba al cuerpo y se le marcaban los pezones sin remedio.
—La comida tarda un poco, estábamos a punto de cerrar —dijo.
—Sin problema. Acompáñanos mientras tanto, que se te ve cansada.
Como la veía a medio camino entre el agotamiento, el calor y el alcohol, palmeé el sitio del sofá contiguo al mío antes de darle tiempo a pensar.
—En la carta no entiendo nada —mentí—. Ven, siéntate aquí y nos vas explicando.
Se dejó caer a mi lado con una naturalidad que me sorprendió. Le pregunté por los platos y ella respondía con paciencia, riéndose de mis bromas malas, sirviéndose ella misma otro vino sin que yo se lo pidiera. Cada chupito la soltaba un poco más.
—¿Y tu marido ya ha cenado? —pregunté señalando la cocina con un gesto.
—Ese es el empleado. Mi marido está por ahí, apostando, mientras yo trabajo.
Lo soltó sin filtro, contestando justo a la pregunta incómoda y no a la educada. Una fisura. No había que dejarla pensar demasiado.
—Decidido. Cenas con nosotros y nos cobras tu consumición. Estarás menos cansada para atendernos y le das alegría al local. Y si quieres aprovecharte de tres bárbaros y pedir lo más caro, allá tú.
La sonrisa de Lian fue tímida y enigmática, pero los ojos le brillaron al imaginar la caja que iba a hacer esa noche. Levanté la copa y los cuatro la apuramos. Se fue a la cocina a recitar el pedido.
***
Volvió haciendo eses, con una bandeja de sushi, y se sentó otra vez a mi vera, esperando nuestra aprobación al plato. Se la di.
—Un juego —propuse—. El de la izquierda le da de comer al de la derecha. Nadie se sirve a sí mismo.
Así Lian tenía que concentrarse en mirarme a los ojos y a la boca, lo más sensual que tiene una persona cuando aún está vestida. Cogió una pieza con queso y fingí asco.
—¡Queso no! —dije arrugando la nariz.
—Tú come, anda —se rio.
—¡Que no!
—Sí, sí. Sigue el juego.
Ya había caído en mi trampa: ahora no podría echarse atrás cuando le tocara a ella algo que no quisiera hacer. Me sostuvo la barbilla para bajármela y me metió el trozo de sushi. Le cogí la mano, le chupé despacio el índice y luego el pulgar, y le guiñé un ojo. Fue nuestro primer roce. No sería el último. Se ruborizó.
Sonó la campanilla de la cocina, avisando de otro plato. Lian se levantó como un autómata, y aproveché para sostenerle la servilleta del regazo mientras mi mano rozaba toda su pierna desnuda y sudada, dejando un surco de piel de gallina a su paso. Me miró de reojo mientras se alejaba. Me sonrió.
Trajo unos rollitos y se sentó de nuevo. Esta vez di un paso más: con delicadeza, le puse la pierna derecha a caballo sobre la mía. Como yo llevaba pantalón corto, fue piel contra piel. No protestó. Ni pestañeó. Ni retiró la pierna. Como si nada.
—Otro juego —dijo Tomás—. Comemos los rollitos sin cubiertos, sin palillos y sin manos.
Cada uno se las apañó como pudo. Lian cometió la torpeza de morder el suyo de lado y se le quedó cruzado, sin poder tragarlo.
—¿Te ayudo? —ofrecí.
Asintió con la cabeza, sofocada.
—Pero sin manos, ¿eh?
Volvió a asentir. La sujeté de los brazos, la giré hacia mí y atrapé el rollito con la boca. Inevitablemente, mis labios envolvieron los suyos. Una vez, otra, ajustando el mordisco, demorándome más de la cuenta. Bajo mis dedos sentí otra vez aquel escalofrío recorrerle la espalda. Le pasé el resto del rollito de mi boca a la suya, le rocé las encías con la lengua y, cuando ya no quedaba comida que disimulara nada, seguimos un instante más. Ella cerró los ojos. No bajó la pierna de la mía.
Alcé la copa, ella la suya, brindamos. Marcos y Tomás habían dejado de comer, alucinados con el espectáculo que dábamos.
—Es el mejor rollito que he probado en mi vida —murmuré.
—Aquí hay tema —se rio Tomás por lo bajo.
***
Llegó el marisco. Lian se había propuesto vaciarnos los bolsillos, y yo me había propuesto otra cosa. Al partir el buey de mar saltaban trozos que nos manchaban la ropa, así que iba a ponerme la servilleta cuando ella me la quitó de las manos, me la metió por el cuello de la camisa y la alisó contra mi pecho con las dos palmas abiertas, sin prisa, dos veces.
No iba a quedarme atrás. Retiré la servilleta del regazo de Lian y, con la excusa de colgársela, mi dedo recorrió la piel de sus piernas, subió por la camiseta mojada y casi transparente, le rozó un pezón endurecido y le aplané la tela contra el pecho, despacio, dos veces, sintiendo todo bajo la palma. Me devolvió aquella sonrisa indescifrable, la misma con la que un camarero te indica dónde están los servicios.
El vino también hacía estragos en mi vejiga, así que le besé la mano y le pedí permiso para ir al baño. Tenía que levantarse ella para dejarme salir.
Se incorporó con su sonrisa de siempre. Como buena camarera, no solo me dejó pasar: me acompañó hasta la puerta del aseo. Lo sorprendente es que entró conmigo y se quedó mirándome.
—Antes de comprar el producto hay que verlo, ¿no? —dije.
Me bajé el pantalón sin disimulo, empalmado como estaba. Ella miró sin pudor.
—¿Es verdad eso de que…? —empezó, y se le fue la frase en una risa floja.
—De fábrica, todo natural —respondí.
Como lo más normal del mundo, me alcanzó una de esas toallitas tibias y perfumadas que dan en estos sitios.
—¿Quieres hacer los honores? —le dije, extendiendo las manos pero dejando claro que la pelota estaba en su tejado.
—Eres un sucio —contestó, y me limpió ella misma, sin apartar la vista.
Entonces, como si yo no estuviera, o precisamente por eso, se bajó el pantalón y el tanga, se sentó y orinó delante de mí, mirándome todavía.
—Tienes una piel preciosa, Lian —dije, provocador.
—¿En serio? Yo no tomo el sol nunca —respondió sin dejar de mirar.
—¿Y tu marido te cuida bien? Me da que te tiene abandonada.
—No quiero más embarazos. Cuando viene, lo arreglo con las manos.
—¿Y usa de pago? —solté.
—¿De pago? —repitió, más a la defensiva que enfadada, como si tocara un recuerdo.
Aproveché ese segundo de duda. Me acerqué, y cuando volvió a abrir la boca para responder, no la dejé hablar. Sus ojos se abrieron del todo al sentirme. Le sostuve la nuca con suavidad.
—El truco está en el ritmo —le dije con todo el cinismo del mundo—. Lento si quieres que aguante, rápido si no. Y veo que te está gustando.
No pudo responder. Respiraba por la nariz, con los ojos clavados en los míos, alucinados. Me corrí en dos oleadas largas. Cuando me retiré, no apartó la cara: siguió observándome, desconcertada y excitada a partes iguales.
—Me ha puesto cachonda tu polla en mi boca —confesó al fin, limpiándose la comisura—. Que me obligaras a tragar me ha hecho sentir muy puta.
—Eres una cochina —bromeé.
—Cochina —repitió, riéndose.
Le pasé un dedo entre la ingle y la vulva mientras ella, temblando, miraba cómo le acariciaba un pecho por encima de la camiseta. Tan caliente estaba que se corrió al tercer movimiento, agarrándose a mi brazo.
—¡Ah! Me vas a buscar la ruina —jadeó.
—Tu marido te tiene muy abandonada.
—Eres un cochino —dijo, subiéndose el tanga y empujándome de vuelta al comedor.
***
Disimuló un rato antes de salir, llevándose los platos sucios a la cocina. Pensé en largar a mis amigos, pero quedarme a solas con la jefa habría sido demasiado evidente para el empleado, así que esperé. Trajo fideos, luego un solomillo a la plancha, y entre plato y plato seguíamos jugando, rozándonos por debajo de la mesa con una calma que ya no engañaba a nadie. Por debajo del mantel mi mano hacía su trabajo, y ella seguía atendiendo a los demás con la voz firme y la cara impasible, como si nada ocurriera bajo la madera.
—Aguanta el palillo conmigo —me retó en uno de los juegos, riéndose.
—Más bien aguanto otra cosa contigo —respondí, y los tres nos partimos.
Cuando llegaron los postres, los licores y un par de puros, ya no quería comer nada más. Solo a ella.
—Chicos, hora de iros —dije—. Creo que aquí hay tema. Yo pago y luego hacemos cuentas.
—Qué cabrón —se rio Marcos.
—Me cierran el aparcamiento —improvisó Tomás—. ¿Me acercas, Marcos?
—Claro.
—Hasta luego, señores —los despidió Lian desde la puerta.
Bajó la persiana, apagó las luces y fue a la cocina. Le dijo algo al cocinero, que se marchó por la puerta trasera. Poco después oí girar la cerradura del callejón. Estábamos solos.
Apareció en la penumbra, junto a la mesa. Temblaba de excitación, casi helada pese al calor.
—¿Postre? —preguntó, de pie a mi lado, como si anotara un pedido.
—Creo que el postre eres tú —contesté, pasándole un dedo desde la barbilla hasta el ombligo, entre los pechos—. ¿Eres dulce?
—Depende de para quién y de qué postre pida.
Le levanté la camiseta y le besé los pezones, salados de sudor. Le gustaba todavía más que le pasara la lengua por debajo, entre el pecho y la piel; ahí se estremecía y gemía. Me hundió las manos en el cuello y me recorrió la espalda, mirándome con esos ojos imposibles de leer, pero con un cuerpo que pedía a gritos dejarse hacer.
Se bajó el pantalón corto y el tanga. La senté a horcajadas sobre mí, piel contra piel, su sexo apretado contra mi pantalón, y empezó a frotarse contra mí, frustrada por no ser penetrada todavía. Le besé el cuello bajo las orejas y marqué el ritmo con las manos en su cadera hasta que se corrió de golpe, sorprendiéndome.
—Me has calentado mucho, Darío —murmuró mientras me retiraba el pantalón y empezaba a acariciarme—. Me encanta tu boca. Besándome me he mojado entera.
La tumbé en la misma mesa donde habíamos cenado, volví a mi sitio y le mordisqueé los labios mientras amagaba la penetración con la lengua. Tenía la espalda arqueada, las piernas abiertas del todo. Cambié al clítoris, firme pero sin apretar, arriba y abajo, en círculos, hasta que se corrió otra vez.
Me incorporé y paseé la longitud de mi sexo por su abertura, sin entrar. Quizá porque había perdido el control por primera vez, hablaba sin parar.
—Nunca he estado con un hombre así…
—¿Y quién te dice que vayamos a hacerlo? —la provoqué.
—Métemela, por favor. Te necesito.
—A lo mejor te hago daño, cochina.
—Hazme lo que quieras.
—No quiero. Mejor me voy a casa, que mi mujer se va a mosquear —dije de pronto, en seco.
La trampa fue perfecta. Se quedó tan cortada que no esperó lo que vino después. La penetré de golpe, aprovechando su desconcierto, y me recibió tan ceñida que tuve que parar un segundo para no terminar ahí mismo. La hice correrse otra vez antes de moverme yo, marcando un vaivén lento que la tenía aferrada a mis muñecas con los ojos en blanco.
—Eres un cerdo —jadeaba, riéndose entre gemidos—. Me encanta.
Sus ojos ya no eran indescifrables. Por fin asomaba su verdadero yo: una mujer a la que le gustaba el sexo por el sexo, que me cabalgaba sin tregua. Cuando me corrí, ella me empujó más adentro, prolongando su propio orgasmo, los dos quietos al final, deshechos sobre la mesa.
***
Después, como si no hubiera pasado nada, se levantó, recogió desnuda los platos y los llevó a la cocina. Era desconcertante: práctica, eficiente, una profesional incluso así. Cuando volvió, la senté otra vez a caballo entre mis piernas, recuperando aquel tacto que tanto me había encendido durante la cena. La acaricié sin tocarle el sexo, solo para provocarla, y ella ronroneaba, buscando mis manos.
Sobre la mesa quedaban las fundas de aluminio de los puros. Cogí una y, mientras la besaba y la distraía, la fui llevando despacio hacia un terreno que ella no esperaba. Dio un respingo, sorprendida, pero no me detuvo. Sus piernas temblaban, su boca se retorcía de gusto, y aun así mantenía un silencio terco, orgulloso.
Sonó su teléfono. En la pantalla, un nombre. Su marido. No aflojé. Ella contestó con monosílabos, la voz firme aunque todo el cuerpo le temblaba, y yo le susurré al oído libre cosas que la pusieron al borde mientras seguía al teléfono.
—Cuelga —le dije al oído—. Y déjate de mentiras con él.
Murmuró algo parecido a una disculpa y colgó con las manos temblorosas.
—Eres un… —no terminó. Se corrió convulsa, arqueada contra mí, un orgasmo tan largo como ruidoso, mordiéndose el labio para no gritar.
La seguí hasta el baño, divertido, observando cómo se sostenía con cierto gesto de molestia y aquella sonrisa torcida que ya empezaba a entender. Se aseó con calma, se vistió, recompuso la coleta y volvió al salón, fría y profesional otra vez, como si los últimos minutos los hubiera vivido otra persona. Me tendió la factura.
Pagué sin mirarla siquiera.
—¿Y propina? —preguntó, impasible, alisándose la camiseta—. ¿El servicio no ha sido bueno?





