Lo que pasó con el primo de mi esposa aquella tarde
Tengo treinta y cuatro años y desde los veintidós descubrí que me gustaban los hombres tanto como las mujeres. Nunca lo dije en voz alta. En Bogotá, en mi círculo, en mi familia, esas cosas no se dicen. Me casé enamorado, tuve una hija y, salvo por algunos encuentros muy puntuales, llevo una vida que cualquiera consideraría normal. Pero hay una tarde que vuelve a mi cabeza cada vez que estoy solo, y necesito sacarla en algún lado.
Sucedió hace siete u ocho años, cuando todavía vivíamos en el apartamento del centro. Llegaron a pasar una semana con nosotros Camila, la prima de mi esposa, y su marido Esteban. Recién casados, sin hijos, llenos de planes y de esa energía que tienen las parejas que todavía se desean en silencio frente a los demás. Mi esposa Daniela y yo ya teníamos a la nena, que entonces no había cumplido los dos años.
El plan del sábado era salir los cuatro a cenar. Convencimos a otra prima de Daniela para que se quedara cuidando a la bebé. Por la tarde, las dos primas decidieron irse de compras con la niña. Querían recorrer un par de almacenes sin nadie que las apurara, sin maridos pesados pidiéndoles café cada media hora. Esteban y yo aceptamos quedarnos en casa y descansar.
Después de una siesta corta, me senté en el sillón de la sala a ver televisión. Esteban salió del cuarto en short y camiseta, con el pelo todavía húmedo de la ducha. Se acomodó a mi lado sin decir mucho. Cambiábamos de canal, hablábamos del clima, de fútbol, de la diferencia entre Bogotá y su ciudad. Nada que un hombre no le diría a otro hombre que recién conoce.
Tenía las piernas morenas y firmes, mucho más fuertes de lo que aparentaba vestido. Era bajo, debía medir un metro con sesenta como mucho, pero compacto, todo músculo. Yo en cambio iba en pantalón de chándal liviano y una camiseta vieja. Empecé a notar, sin querer notarlo, que se reacomodaba en el sillón con demasiada frecuencia.
Cuando levanté la vista del televisor, lo vi pasándose la mano por encima del short. Al principio creí que era casualidad. Después dejó la mano apoyada un rato. Después comenzó a frotarse despacio, sin disimulo. Bajo la tela se marcaba una forma cada vez más definida.
No lo mires, me dije. Pero ya estaba mirando.
—Mateo —dijo en voz baja, sin dejar de tocarse—, ¿te molesta si lo saco un momento? Tengo calor.
Me quedé quieto. La pregunta era tan absurda y tan directa que entendí enseguida lo que iba a pasar. Sentí la sangre subiéndome a la cara y, al mismo tiempo, bajándome al pantalón.
—Tranquilo —respondí, intentando que la voz no me traicionara—. Somos dos hombres. Hacé lo que quieras.
Se bajó el short y el calzoncillo de un solo movimiento, sin levantarse del sillón. Quedó al aire una verga gruesa, oscura, mucho más larga de lo que cualquiera esperaría en alguien de su tamaño. Era casi negra, varios tonos más oscura que el resto de su piel, circuncidada, con el glande brillando como si hubiera sido tallado para ese momento.
Empezó a tocarse con calma, sin urgencia. Como si lo hiciera por costumbre, por aburrimiento, sin esperar nada en particular. Yo no podía despegar los ojos. Sentía la garganta seca y el corazón golpeándome las costillas.
Apoyé una mano sobre su muslo. No dije nada. Él tampoco. Lo único que cambió fue el ritmo con el que se acariciaba: más lento, más profundo, como si me estuviera dando tiempo a decidirme.
Cuando le rodeé la verga con los dedos, supe que ya no había marcha atrás.
Lo masturbé apenas un minuto. Un minuto entero le pareció demasiado a la voz que tenía dentro. Una verga así no se trabaja con la mano. Me agaché y se la metí en la boca de una vez, sin preliminares ni rodeos, y él soltó un gemido ronco que me recorrió la espalda entera.
—Eso, papito —dijo entre dientes—. Así, sin miedo.
Lo chupé con una entrega que hasta a mí me sorprendió. Me había acostado con hombres antes, pero nunca con uno tan cercano a mi vida, tan peligrosamente cercano. Esteban era familia. Esteban dormía a dos puertas de la cama donde mi esposa me esperaba todas las noches. Y, sin embargo, nada de eso me detenía. Al contrario.
Me agarró del pelo con la mano abierta, no para forzarme, sino para guiarme. Subía y bajaba marcando el ritmo. Yo apretaba con la lengua, lo recibía hasta el fondo, soltaba con un ruido húmedo y volvía a tragármelo entero. Me decía cosas en voz baja, frases sueltas, casi insultos cariñosos.
—Mama, mama bien, bogotanito. Mama esa pinga como sabés.
Bogotanito. La palabra me cortó por la mitad. Era yo y no era yo. Era el de la oficina, el padre, el yerno, y al mismo tiempo era esa boca abierta sobre un primo lejano al que nadie me había presentado como amante.
Lo sentí endurecerse contra mi paladar, lo sentí temblar en los muslos, y supe que iba a venirse. Pensé en levantar la cara, pensé en algo decente, y no hice ninguna de las dos cosas. Lo recibí entero. Una corrida espesa, caliente, larga, que me llenó la boca y siguió saliendo cuando ya no había espacio. Lo tragué casi todo. Lo que se escapó por la comisura me lo limpié con el dorso de la mano.
Esteban dejó caer la cabeza sobre el respaldo del sillón. Respiraba como si hubiera corrido.
Pensé que ahí terminaba. Pensé en levantarme, ir al baño, lavarme la boca, fingir que nada de eso había ocurrido cuando volvieran las mujeres. Lo pensé tan rápido que casi no llegué a creerlo.
—Ahora vos —dijo él, todavía con los ojos cerrados.
—No, tranquilo —murmuré—. Yo no…
Abrió los ojos. Me miró por primera vez desde que se había bajado el short. Tenía una sonrisa que no le había visto en toda la semana.
—Date vuelta, Mateo. Yo te llevo.
Quise explicarle que no era activo, que nunca lo había sido, que me costaba decirlo en voz alta porque ni siquiera entre amantes lo terminaba de aceptar. No me salieron las palabras. Me bajé el pantalón de chándal, me bajé el calzoncillo y me apoyé contra el brazo del sillón con las rodillas hundidas en los almohadones, ofreciéndole la espalda.
***
Sentí su aliento primero. Después la lengua.
No me había preparado para eso. Me había preparado para los dedos, para la verga, para el dolor que viene antes del placer. Pero él se arrodilló detrás de mí, me abrió las nalgas con las dos manos y me lamió el culo como si fuera la primera vez que veía uno.
Solté un sonido que no reconocí. Una mezcla de risa y de queja, de pudor y de hambre.
—Culo blanco —murmuraba él—. Culo limpio, bogotanito. Culo que nadie te toca.
La lengua me entraba, me rodeaba, me abría. Era una habilidad que no se aprende leyendo. Era práctica, era memoria de otros cuerpos, era una manera de decirme sin palabras que yo no era el primero ni iba a ser el último. Y eso, en lugar de ofenderme, me prendió fuego.
Cinco minutos, quizás siete, sin pensar en nada. Solo en esa boca trabajándome por detrás mientras yo apretaba con los puños la tela del sillón y rogaba en silencio que las mujeres se demoraran un poco más en volver.
Se levantó sin avisar. Lo escuché escupir en la palma de su mano, lo escuché untarse, lo sentí apoyarse contra mí.
—Vas a ser mi mujer un rato —dijo, ya sin nombrarme—. ¿Sí?
—Metémela —respondí, y la voz me salió rota.
Lo hizo. No con cuidado, no con maldad, en algún punto intermedio. Empujó firme, sostenido, hasta el fondo. El golpe inicial me cortó el aire y enseguida fue otra cosa. Fue su cadera contra mis nalgas, su mano sobre mi cintura, su respiración contra mi nuca. Fue una verga gruesa, vigorosa, perfectamente clavada dentro de mí, marcando un ritmo que no me dejaba pensar.
—Qué rico, Mateo —decía bajito, como si rezara—. Qué rico, papito, qué rico culo bogotano.
No intentamos cambiar de posición. Ninguno de los dos quiso. Yo necesitaba sentirla así, completa, dominándome desde atrás. Él necesitaba mirarme, ver el contraste de su piel oscura contra la mía clara, ver cómo entraba y salía de mí sin parar.
Aceleró. Sentí que perdía el control y, al mismo tiempo, sentí que yo también estaba a punto. Alcancé con la mano el calzoncillo arrugado en el piso y lo puse delante de mi verga justo a tiempo. Justo cuando él soltó un gruñido largo y se vació adentro mío, cuando yo me vacié contra la tela con un temblor que me dobló las piernas.
Se quedó unos segundos más, todavía dentro, todavía respirando contra mi espalda. Después se retiró despacio y sentí cómo su semen empezaba a deslizarse por la parte interior del muslo.
***
No hablamos durante varios minutos.
Yo seguía con la cabeza apoyada en el sillón, el corazón yéndome a mil. Él se subió el short, fue al baño, volvió con dos vasos de agua. Me alcanzó uno sin sonreír, sin mirarme con culpa, sin pedir disculpas. Como si lo que acabábamos de hacer fuera algo entre dos hombres que se entienden y no algo entre dos parientes políticos que mañana iban a desayunar juntos con sus esposas.
El calzoncillo recibió todo. Lo doblé con cuidado, lo metí en una bolsa, lo tiré al fondo del tacho del lavadero. El sillón quedó intacto. Lo revisé tres veces antes de tranquilizarme. No me imaginaba la conversación que hubiera tenido que inventar para explicar manchas de semen en el tapizado.
Las mujeres llegaron una hora después, cargadas de bolsas, riéndose de algo que les había pasado en la calle. Daniela me dio un beso en la mejilla. Camila abrazó a su marido y le preguntó si nos habíamos aburrido mucho.
—Para nada —respondió él, mirándome por encima del hombro—. Mateo me enseñó un par de cosas de Bogotá.
Sonreí. Es lo único que pude hacer. Sonreír y servir el vino y poner cara de yerno bueno mientras por dentro todavía sentía su mano marcándome la cintura y su voz repitiéndome bogotanito como un secreto compartido.
Esteban y Camila se volvieron al país de él al final de esa semana. Nos vimos un par de veces más en bodas y en bautismos, siempre con las mujeres delante, siempre con un saludo correcto y una sonrisa medida. Nunca volvimos a quedarnos solos. Nunca volvimos a hablar de aquella tarde.
Pero todavía hoy, cuando estoy en el sillón viendo televisión y Daniela tarda en bajar de las compras, hay un momento en el que miro la puerta del cuarto y espero, en contra de toda lógica, que aparezca alguien en short y camiseta, con el pelo mojado, preguntándome si me molesta que se ponga cómodo.
Spoiler: no me molestaría.