Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Le confesé a mi mejor amigo que ya no era la misma

Después de aquella noche con Andrés, la culpa no me dejó pegar un ojo. Sabía que estaba casado, sabía que mi papá lo estaba ayudando a traer a su mujer desde Colombia, y aun así me había dejado convencer otra vez. Me había vuelto a buscar con esa calma suya de hombre que sabe lo que quiere, y yo había vuelto a ceder. Al día siguiente me sentí todavía peor, porque Lucho me había pedido ser su novia hacía apenas una semana, en la playa, y yo le había dicho que no por un tipo casado que solo quería «pasarlo bien».

Necesitaba hablar con alguien que no me juzgara. Alguien que me conociera de verdad, sin filtros, desde antes de que yo misma supiera quién era. Así que agarré el teléfono y le escribí a Lucho: «¿Estás en casa? Necesito verte».

Me contestó al toque: «Vení, te espero con café».

Llegué a media mañana. Abrió la puerta en buzo gris y jeans, el pelo revuelto y esa sonrisa tranquila que tiene incluso cuando recién se levanta. Me abrazó fuerte, sin preguntar nada, y me pasó un café negro como me gusta, sin azúcar, en la taza descascarada de siempre.

—No tenés que contarme nada hasta que quieras —dijo, y eso bastó para que se me aflojaran un poco los hombros.

Pasamos el día entero juntos, como en los viejos tiempos. Arrancamos por lo banal: hablamos de la serie que estábamos viendo a medias, nos reímos de memes idiotas que me mandaba a las tres de la mañana, pedimos pizza y dejamos un partido de fondo que ninguno de los dos miraba en serio. Jugamos a la consola. Él me ganó en el de fútbol y yo lo aplasté en el de los autitos, y festejé como si hubiera ganado un mundial solo para verlo poner cara de derrota.

Después nos tiramos en el sillón a ver videos sin sentido, comentando pavadas, riéndonos hasta que me dolía la panza. Era raro lo fácil que resultaba todo con él. Con Andrés cada encuentro era electricidad y secreto; con Lucho era como respirar.

Al atardecer, cuando el sol ya caía detrás de los edificios, nos sentamos en el balcón con dos cervezas frías. Ahí por fin hablé.

—Lucho… sigo viéndome con Andrés —solté, mirando el horizonte naranja en vez de mirarlo a él—. Y no es solo eso. La otra noche, cuando volví de la fiesta, pasó algo más. Estaba Renata, una amiga de él. Yo estaba media borracha y ella también. Y nos besamos. Y terminamos haciendo cosas. Fue mi primera vez con una mujer.

Hice una pausa. Lucho no se movió, solo le dio un sorbo a la cerveza, los ojos quietos en mí.

—Pensé que era totalmente hetero —seguí—. Pero me gustó. Mucho. Más de lo que quiero admitir. Y ahora ya no sé qué soy ni qué quiero.

—¿Y qué sentiste después? —preguntó, suave, sin un gramo de reproche.

—Confusión. Culpa. Porque vos me pediste ser tu novia y te dije que no. Porque con Andrés todo es puro instinto, ganas y nada más. Pero con vos… con vos es otra cosa. Es confianza, risas, saber que estás. Quiero estar con vos, pero no sé si ahora mismo te puedo prometer fidelidad. No sé ni qué soy.

Se quedó callado un rato largo. Después dejó la botella en el piso del balcón, me tomó la mano y habló despacio, como elige siempre las palabras.

—Mara, está bien. Nos acostamos cuando los dos queremos, siempre fue así, desde mucho antes de todo esto. Pero antes que cualquier otra cosa somos amigos. Mejores amigos. Eso no se toca con nada. No te voy a pedir exclusividad si no estás lista. No voy a competir con Andrés ni con nadie. Si necesitás explorar, explorá. Yo voy a estar igual. Siempre.

Sentí que me sacaban un ladrillo del pecho. Lo abracé fuerte, enterré la cara en su cuello y respiré ese olor a él que me calma desde que tengo memoria: jabón barato, un dejo de cigarrillo y algo que solo puedo describir como hogar.

***

Nos quedamos hablando hasta tarde. Me contó que se estaba viendo con Caro, una chica del grupo. Algo casual, sin etiquetas, pero que estaba bueno. «No es como con vos, pero me ayuda a no volverme loco pensando en lo que no puedo tener», dijo, y se rió de sí mismo. Yo le tiré un almohadón a la cara y nos reímos los dos, esa risa nuestra que no necesita motivo.

Cuando ya no dábamos más, nos fuimos a su cama. Sin nada sexual. Solo cercanía. Él en bóxer, yo en bombacha y una remera vieja suya que me quedaba enorme. Nos acomodamos en cucharita, su pecho contra mi espalda, el brazo rodeándome la cintura, la mano abierta sobre mi vientre. Sentí su respiración lenta en la nuca, su calor filtrándose a través de la tela, el roce suave de su cuerpo contra el mío. Ninguno de los dos hizo nada más. Solo estar. Los latidos acompasándose, piel contra piel, esa intimidad que no necesita palabras.

Me dormí sintiéndome segura por primera vez en semanas. En paz.

***

A la mañana siguiente desperté con el sol entrando por la ventana sin cortina y con Lucho ya despierto, besándome el cuello despacio, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Buenos días, loca —susurró con la voz ronca de recién levantado, pero con un hambre debajo que me erizó la piel entera.

Me giré hacia él. Nuestros ojos se encontraron y no hicieron falta palabras. Solo deseo. Sus manos subieron por mi cintura, firmes, y me apretó contra su cuerpo. Sentí su erección dura rozándome el vientre por encima del bóxer, caliente, latiendo. Me besó profundo, la lengua explorando mi boca con una pasión contenida, como si hubiera aguantado esto toda la noche y recién ahora se permitiera soltarlo.

Sus manos bajaron a mis pechos. Los tomó con una especie de devoción, amasándolos despacio, los pulgares rozándome los pezones que se endurecieron al instante. Gemí contra su boca. Él los miró como si fueran lo más valioso del mundo, bajó la cabeza y los probó con ternura primero, la lengua plana rodeándolos, después succionando más fuerte, mordisqueando apenas. Nunca me había sentido tan deseada por nadie.

—Estos me vuelven loco desde hace años —gruñó contra mi piel—. Siempre quise hacer esto y nunca me animé.

Me recostó boca arriba, se arrodilló entre mis piernas y siguió. Una mano bajó entre mis muslos, los dedos rozándome suave, abriéndome despacio, mientras la otra seguía en mi pecho. Arqueé la espalda gimiendo su nombre, sintiendo cómo su atención me hacía sentir adorada y no solo usada. Aceleró, chupando más fuerte, pellizcando apenas hasta que el límite entre el placer y el dolor se volvía delicioso.

De golpe se enderezó. Se sacó el bóxer y empezó a tocarse encima de mí, sin dejar de mirarme a los ojos.

—Quiero terminar sobre vos —dijo, la voz temblándole de ganas—. Nunca lo hice. Pero con vos quiero.

Asentí, mordiéndome el labio. Él aceleró la mano, gruñendo bajito, y se vino fuerte, el calor cayendo sobre mi piel, resbalando lento. Esa tibieza me arrancó un gemido. Había algo tierno y sucio a la vez en dejarlo marcarme así, en ser el primero con quien se animaba. Jadeaba mirándome con los ojos llenos de algo que era deseo y cariño en partes iguales.

Después se dejó caer a mi lado, me abrazó fuerte y me besó la frente.

—Vení acá —susurró.

Me giré hacia él y nos besamos lento, profundo. Sus manos bajaron por mi espalda, me apretaron con ternura, y yo terminé de sacarme la bombacha. Me subí encima, lo guié con la mano y lo sentí entrar suave, llenándome entera. Nos movimos despacio al principio, mirándonos a los ojos, besándonos sin apuro. Era pasional rozando lo tierno: sus manos en mi cintura guiándome, mi pecho contra el suyo, sus labios en mi cuello murmurando mi nombre como un rezo.

Aceleramos de a poco. Me agarró las caderas, me levantó y me bajó con fuerza, pero siempre con cuidado, siempre con cariño, como si tuviera miedo de romper algo. Me arqueé gimiendo contra su boca, sintiendo cada movimiento llegar hondo. Me vine primero, temblando encima de él, apretándolo, y él me siguió poco después, gruñendo mi nombre, abrazándome como si no quisiera soltarme nunca más.

Quedamos jadeando, transpirados, riéndonos bajito de la nada y de todo. Él me abrazó por detrás, la mano abierta otra vez sobre mi vientre, besándome la nuca.

—Mara, no te estreses —murmuró—. Somos amigos. Mejores amigos. Yo no me hago drama. Lo que tenga que pasar, va a pasar. Pero esto, lo nuestro, siempre va a estar acá.

Me giré un poco, lo besé despacio y me acurruqué contra su pecho. Sentí su corazón latiendo fuerte, su calor envolviéndome, y supe que tenía razón. Con él no había presión, no había secretos que esconder, no había culpa. Solo confianza y cariño. Y eso, justo en ese momento de mi vida en que no entendía nada de mí misma, era exactamente lo que más necesitaba.

Todavía no sé qué soy ni qué voy a hacer con Andrés, ni con Renata, ni con todo lo que se me abrió adentro esa semana. Pero sé una cosa: si todo se derrumba, hay una puerta que se abre con un café negro esperándome del otro lado. Y por ahora, con eso me alcanza.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

Romi_LPQ

Que relato mas lindo, me encanto de principio a fin!!

PatricioZ

seguii!!! necesito saber como termino todo entre ellos jeje

MiriamL

Me paso algo muy parecido hace unos años, esa mezcla de vulnerabilidad y lo inesperado... muy bien descripto, se siente real.

nacho_bsas

increible!! de los mejores de confesiones que lei

DiegoLector

La narracion esta muy bien llevada, se nota que es algo vivido de verdad. Felicitaciones!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.