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Relatos Ardientes

La cena del día del empleado terminó en otro lado

Trabajo desde hace once años en una oficina del centro donde la mayoría de mis colegas ronda los cuarenta y cinco años. Yo soy uno de los más jóvenes, y eso me dio la ventaja, según ellos, de no estar tan curtido en las maniobras políticas que se cuecen en pasillos y cafeterías. Casi todos están casados; alguno que otro arrastra un divorcio reciente y la melancolía de los lunes.

Dentro de esa fauna había una mujer que ya era leyenda interna. La voy a llamar Mireya, porque sigue trabajando ahí y prefiero no jugar con su nombre real. Llevaba el cargo de coordinadora contable de mi área, y los rumores aseguraban que había llegado a ese puesto después de una historia incómoda con uno de los directivos. Lo cierto era que el jefe la trataba con una familiaridad que rozaba lo descarado.

A Mireya no se le podía decir que fuera fea. Tenía un cuerpo trabajado por la maternidad —tres hijos, decían las malas lenguas, de tres apellidos distintos— pero conservaba un aire de mujer que sabe lo que vale en una habitación llena de hombres. Yo no era nadie para juzgarla; me limitaba a observar.

El día del empleado, la empresa nos invitó a una comida en un restaurante de Chapinero. Habremos sido unos veinticinco mandos medios, cada quien con su pareja oficial o, en algunos casos, con compañías más recientes. Yo llevé a mi esposa, Camila. Para ese momento ya me habían promovido a subjefe del departamento, y la formalidad obligaba.

Mireya apareció acompañada de un muchacho que parecía sacado de una agencia. Tendría unos treinta años, traje ajustado, sonrisa medida. Después nos enteraríamos de que el jefe lo había pagado para que la escoltara. El jefe iba solo, como casi siempre. El contador general iba con una chica menuda, de cara dulce y sin mucho cuerpo, pero con una mirada que no se detenía en nada.

La comida transcurrió sin incidentes. Hubo cruces de miradas que se podían interpretar de mil formas, hubo brindis demasiado largos y hubo carcajadas que delataban la cantidad de copas ingeridas. Poco a poco los matrimonios fueron despidiéndose, junto con quienes habían llevado parejas ocasionales y querían apurar el resto de la tarde en otro lado.

Al final quedamos siete personas en el restaurante: el jefe, Mireya con su acompañante, el contador con su chica, y nosotros dos. Cuando ya casi nos íbamos, el jefe propuso continuar la velada en su departamento, a pocas cuadras de allí.

—Tengo bebida buena y tengo música —dijo, como si esos dos argumentos fueran suficientes.

Camila me apretó el brazo y me susurró que prefería volver a casa. La entendía. Mireya llevaba una falda tan corta que, cuando se inclinaba, se le marcaba el inicio de las nalgas. Pero le expliqué a Camila, en voz baja, mientras esperábamos la cuenta, que en esos saraos se cocinaban los ascensos y los proyectos.

—Una hora, no más —le prometí.

***

El departamento del jefe estaba detrás de un parque pequeño que de noche parecía más grande. Era un piso amplio, con muebles de cuero oscuro y un mueble bar al fondo lleno de botellas de marcas que yo jamás me podría permitir. Había rones añejos, mezcales de etiqueta, un par de coñacs con polvo encima y licores en frascos que parecían de farmacia antigua.

Nos repartimos por parejas. Mireya se sentó pegada al jefe en el sillón principal y mandó a su acompañante a oficiar de barman. El contador se acomodó con su chica cerca de la ventana, que daba a la avenida. Camila y yo escogimos el sofá más cercano a la puerta, como si quisiéramos guardarnos una vía de escape.

Sonó música de fondo, primero algo melódico, después algo más rítmico. Las primeras copas fueron livianas; la conversación, predecible. Anécdotas de la oficina, chismes sobre proveedores, planes de vacaciones que nadie tomaría.

Con cada vaso, el barniz se iba cayendo. El jefe le acariciaba el muslo a Mireya, primero como quien posa la mano sin pensar, después con una determinación que ella aceptaba sin disimulo. La chica del contador soltaba carcajadas demasiado fuertes para los chistes que se contaban. En algún momento, el acompañante de Mireya se levantó, se despidió con un gesto seco y se marchó. El jefe nos confesó entonces, riendo, que lo había contratado para guardar las apariencias.

Quedamos seis. Camila bebía despacio, pero a las nueve y media ya proponía temas, ya reía con los ojos brillantes, ya se mordía el labio entre frase y frase. Yo notaba —y ella también notaba— cómo Mireya se abría apenas las piernas cuando se reía, dejando ver el borde de una ropa interior color durazno. Cuando se levantaba a bailar al centro de la sala, lo hacía con una pereza calculada, como si supiera exactamente qué cadera mover y en qué dirección.

La chica del contador no se quedaba atrás. Vestía un traje sastre de pantalón y blazer, pero su carita y su cuello largo bastaban para que cualquier movimiento se volviera una invitación. Camila iba vestida más conservadora: falda hasta la rodilla, chaleco, zapatillas altas y unas medias claras que brillaban con la luz tibia de las lámparas.

En un momento, mientras los demás reían de algo en otro extremo de la sala, Camila me habló al oído.

—Mírate, mirando a Mireya como si yo no estuviera aquí.

—Estás imaginando cosas —mentí.

—Si tú la desnudas con la mirada, yo también puedo abrir las piernas y ver qué pasa.

Lo dijo sin enojo, con una sonrisa torcida que yo no le conocía. Me la quedé mirando y entendí que el alcohol y la atmósfera la habían empujado a un lugar nuevo. Se cruzó de piernas con lentitud, me tomó la mano y se la puso sobre el muslo. Le subí la falda apenas un par de centímetros y, cuando levanté la vista, vi que el contador y el jefe ya no miraban a sus parejas.

***

Fue Mireya quien propuso lo del juego, como suele pasar en las películas. Trajo una botella vacía de tequila, juntamos las sillas en el centro de la sala y empezamos a girarla. Los primeros castigos fueron inocentes: besos prolongados entre parejas, un trago de un licor que nadie había probado, un baile lento improvisado. Luego vinieron las prendas. Primero los zapatos, después aretes, anillos, relojes. Cada giro de la botella robaba un poco de tela y un poco de pudor.

A Mireya le tocó bailar encima de la mesa de centro. Y vaya si bailó. Con todo y el cuerpo trabajado por los años, se movía como si arrastrara una serpiente dentro. Yo miraba a Camila por el rabillo del ojo: ella también la observaba, con esa mezcla de envidia y curiosidad que las mujeres reservan para las que se atreven a más.

Llegó mi turno de imponer un castigo. Le tocó a Mireya elegir la víctima y elegir el reto. Eligió a la chica del contador.

—Te tapas los ojos —ordenó—. Vas a tocar las piernas de Camila y vas a adivinar la marca de las medias.

Camila se sonrojó y por un segundo pensé en intervenir, pero ella se puso de pie sola, con una calma extraña, y se quedó esperando frente a la chica. La chica del contador, sentada en una banqueta, se inclinó con una sonrisa nerviosa y le rozó la pantorrilla. Dijo una marca. Camila negó. Tocó la otra pantorrilla. Volvió a equivocarse.

Entonces Mireya se levantó.

—Yo te ayudo, nena. Así, mira.

Subió las manos por las rodillas de Camila, despacio, sin levantar la falda lo suficiente como para que viéramos nada concreto. Pero la caricia duró más de la cuenta. Mucho más. Camila cerró los ojos un instante y los abrió clavándolos en los míos, como buscando un permiso o un reproche. Yo no supe darle ni una cosa ni la otra.

***

Cuando la botella había girado lo suficiente, ya casi nadie tenía ropa. El jefe quedó en calzoncillos y un calcetín solitario. Mireya, en lencería color durazno. La chica del contador, en sostén y bombacha. Camila, igual. Yo, en bóxer. El contador se sostenía con una camiseta interior y los calzones.

Mireya apagó las luces principales y el jefe encendió velas aromáticas que ella misma había traído en el bolso. La música bajó de volumen y se volvió más suave. Las conversaciones se volvieron sexo abierto: anécdotas, deseos, comparaciones. Mireya hablaba más que nadie; pasaba la mano sin disimulo por la entrepierna del jefe, pero él seguía sin reaccionar como debía. En un momento se levantó, fue al baño, y volvió al rato con una nueva sonrisa y una nueva firmeza bajo la tela.

—A ver, chicas —dijo Mireya, ya cuando todos estábamos demasiado dentro como para retroceder—. Apostemos. La que aguante más mamando a su hombre, gana.

Lo dijo y, sin esperar respuesta, le bajó los calzoncillos al jefe y se inclinó sobre él. Camila se quedó con la boca abierta, mirándola, sin reaccionar. La chica del contador soltó una risa nerviosa, miró al contador, me miró a mí, miró a Camila, y al final le hizo caso a Mireya: se arrodilló frente a su pareja y se metió la verga en la boca.

Camila tardó unos segundos. Después se giró hacia mí, sin sonreír, y se acercó. No fue exactamente sensual. Fue determinada. Hizo lo mismo que las otras dos, sin mirar al frente, concentrada en lo que tenía entre los labios. Los tres hombres nos mirábamos por encima de las cabezas de nuestras mujeres y ninguno decía nada.

A los cinco minutos, Mireya se levantó. Se quitó las dos prendas que le quedaban y se montó sobre el jefe, mirando hacia nosotros. Empezó a moverse con los ojos cerrados, soltando gemidos que sonaban más a actuación que a entrega, pero que cumplían su función.

Yo no podía creer lo que veían mis ojos.

Camila levantó la cabeza, me miró fijo y se quedó así un instante. Después se puso de pie, recogió su falda y su chaleco del piso, y se vistió sin prisa pero sin pausa.

—Vámonos —dijo, y no era una pregunta.

Recogí mi ropa, me la puse mal en el pasillo, y nos despedimos con un gesto rápido. El contador y la chica seguían entrelazados en el sofá. El jefe y Mireya estaban demasiado lejos para escucharnos.

***

En el taxi de regreso no hablamos. Camila miraba por la ventana, con la cabeza apoyada en el vidrio, y yo no me atrevía a romper el silencio. Cuando llegamos a casa, se metió a la ducha sin decir palabra. Yo me senté en la cama y traté de procesar lo que acababa de pasar. No sabía si estaba excitado, asustado, avergonzado o las tres cosas a la vez.

Salió del baño con el pelo mojado y una camiseta vieja, se metió en la cama, me dio la espalda. Apagué la luz. Quince minutos después, sin girarse, me dijo:

—No vuelvas a llevarme a ese tipo de reuniones.

—No —respondí—. No te vuelvo a llevar.

Esa fue toda la conversación. Al día siguiente, en la oficina, Mireya pasó por mi escritorio con un café y me sonrió como si nada hubiera ocurrido. El jefe entró a la reunión de las diez con los ojos hinchados y los chistes de siempre. Nadie volvió a mencionar lo que había pasado, ni esa semana ni nunca.

Yo aprendí algo esa noche, y por eso lo cuento. Los hilos que sostienen la confianza entre colegas, entre parejas, entre desconocidos en una sala con velas, son más delgados de lo que uno cree. Basta una botella, un alcohol mal medido y un par de miradas cruzadas para que se rompan. A veces se reparan. A veces no. Yo tuve suerte: Camila tiene la cabeza fría incluso cuando el cuerpo le dice otra cosa.

Pero ahora, cuando me invitan a una de esas reuniones que prometen seguirla en otro lado, pongo una excusa cualquiera y me voy a casa con mi esposa, a comer pizza recalentada en el sillón. Es menos espectacular. Pero también es menos peligroso.

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Comentarios (3)

CronicasNocturnas

brutal el relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Nando77

Por favor seguilo, quede con ganas de saber cómo termino todo eso. Tremendo final de noche jaja

ElenaK

Me recordo a una cena de empresa que tuvimos hace unos años... algo parecido paso jajaja. Buenisimo

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