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Relatos Ardientes

Lo que imagino con el desconocido del colectivo

Hola, lectores. Hoy quiero contarles algo que me pasa todas las mañanas y que se me metió en la cabeza hasta volverse una obsesión. No es una historia que ocurrió. Es una confesión de lo que imagino, una y otra vez, mientras viajo al trabajo apretada entre desconocidos.

Me despierto temprano, me visto formal porque la oficina lo pide, y me subo siempre al mismo colectivo. Lo tomo en la avenida, dos paradas antes que él. Y digo «él» porque hay un chico que sube casi siempre por la misma zona, más o menos a mi edad, y desde la primera vez que lo vi no pude dejar de mirarlo.

Es alto, de pelo rubio oscuro y ojos verdes. Tiene cara de buena persona, de esas que te dan ganas de despeinar. Yo tengo el pelo castaño claro, largo y lacio, y aunque me cubro bien con la camisa de trabajo, mis pechos son grandes y siempre llaman la atención. Más de una vez lo descubrí mirándome, y cuando nuestros ojos se encontraban, los dos desviábamos la vista al mismo tiempo, como dos chicos en penitencia.

Nunca hablamos. No sé su nombre, no sé adónde va, no sé nada. Y sin embargo lo conozco de memoria: cómo se acomoda el bolso al hombro, cómo se agarra del pasamanos cuando el colectivo arranca de golpe, cómo se muerde apenas el labio cuando cree que nadie lo ve.

Una mañana yo iba sentada del lado del pasillo y él quedó parado justo a mi lado. El colectivo dobló fuerte en una esquina, y por un segundo su cuerpo se acercó al mío más de lo que ninguno de los dos había planeado. Sentí el roce de su pierna contra mi rodilla. Fue nada, un instante, pero me estremecí entera y tuve que mirar por la ventana para que no se me notara.

Desde entonces, intento adivinar a qué hora se sube. Cambio mi rutina sin admitirlo. Salgo cinco minutos antes o cinco minutos después solo por la posibilidad de cruzarlo. Y mientras finjo leer el teléfono, en mi cabeza pasa otra cosa completamente distinta.

***

En mi fantasía, el colectivo va vacío. Es de esas mañanas raras en las que no hay nadie, solo nosotros dos y el chofer adelante, lejos, con la radio prendida. Estamos sentados en lugares separados, mirándonos sin disimular, hasta que él se levanta y camina hacia mí.

—Hace mucho que tengo ganas de hablarte —me dice, y se sienta a mi lado—. No me animaba.

—Yo tampoco —le contesto, y mi voz suena más segura de lo que estoy.

Llevo puesta mi falda de oficina, esa que me queda al cuerpo, y una camisa que apenas contiene lo que tiene que contener. Él me mira como si estuviera decidiendo algo. Después apoya la mano sobre mi rodilla y la desliza hacia arriba, despacio, hasta el borde de la falda. No la corre. Solo deja que sus dedos pregunten.

—Seguí —le digo en voz baja.

Nos cambiamos a los asientos dobles del fondo, del lado del chofer, donde su espejo no llega. Él me besa por fin, y es un beso con hambre acumulada, de meses de miradas que no fueron a ningún lado. Mientras me besa, yo apoyo la mano sobre el bulto de su pantalón y siento cómo crece bajo la tela. Él respira distinto. Yo también.

Me sube la falda hasta la cintura. Quedo expuesta sobre el asiento, con una tanga mínima que no tapa casi nada, y siento el frío del plástico contra la piel. Él me hace levantar, me da vuelta de espaldas a él y me acomoda en el estrecho espacio entre los asientos. Me apoya una mano en la nuca, suave, y con la otra me masajea, apretando, marcándome con los dedos. Una palmada seca me corta la respiración. Después besa la piel que acaba de golpear, y la barba de unos días me raspa y me eriza todo.

Me da vuelta otra vez para tenerme de frente. Me desabrocha los primeros botones de la camisa con una paciencia que me desespera, hasta dejarme en corpiño, uno que hace juego con la tanga. Me hace apoyar las rodillas a los costados del asiento, sobre él, y mis pechos le quedan a la altura de la boca. Pasa la lengua despacio, primero por uno, después por el otro, me muerde apenas los pezones, y yo ya estoy mojada antes de que pase nada más.

El colectivo sigue andando. Cada bache, cada freno, cada curva se transmite a nuestros cuerpos como si el viaje entero conspirara a favor. Él se baja el pantalón lo justo, se acomoda contra mí y me penetra de una sola vez, hondo. El movimiento del colectivo hace el resto: no necesita empujar, la calle empuja por él. Me sostiene de la cintura para que no me caiga, y eso nos pega todavía más, mi frente contra su cuello, su aliento en mi pelo.

—Callate —me susurra cuando se me escapa un gemido—. Que nos escucha.

Me besa para taparme la boca, y yo me río contra sus labios sin dejar de moverme.

***

Después de un rato me levanta, me da vuelta y me hace sentar sobre él, de espaldas, agarrándome los pechos con las dos manos. Desde acá veo pasar la ciudad por la ventana, las paradas vacías, los semáforos, gente que espera otro colectivo sin imaginar lo que pasa adentro de este. Me siento expuesta y eso me enloquece todavía más.

En vez de volver a entrar donde estaba, me separa con las manos y empuja despacio en otro lado, en ese lugar más estrecho que duele y gusta al mismo tiempo. Entra de a poco, ganando terreno con cada movimiento del colectivo, y me tapa la boca con la mano porque el primer impulso es gritar. El dolor y el placer se mezclan hasta que no sé distinguirlos. Con la otra mano me busca el clítoris y lo acaricia en círculos lentos, y de golpe el dolor se vuelve otra cosa, una corriente que me sube por la columna.

Trato de aguantar. Aprieto los dientes, cierro los ojos, ruego que el colectivo no pare, que nadie haga la seña, que la próxima parada esté vacía. Cada vez que el chofer frena, los dos nos quedamos quietos, conteniendo la respiración, hasta que el motor vuelve a acelerar y nosotros con él.

—No sé ni cómo te llamás —le digo, riéndome y temblando a la vez.

—No importa —me contesta al oído—. Hoy no.

Me agarra del cuello con una mano, sin apretar, solo dejándola ahí como una advertencia, y me dice cosas al oído que jamás dejaría que me dijeran en voz alta. Y en lugar de molestarme, me prenden fuego. Empiezo a moverme más rápido, ayudándome con las piernas, persiguiendo algo que ya siento cerca.

Me masturbo yo misma mientras él me sostiene, y todo se concentra en dos puntos a la vez. Cuando el orgasmo llega, llega de los dos lados al mismo tiempo, y es tan fuerte que tengo que morderme el dorso de la mano para no gritar. Me sigo moviendo, temblando, hasta que lo escucho respirar de otra forma, lo siento tensarse, y entonces termina él también, hundido en mí, mientras me aprieta contra su pecho.

Nos quedamos así unos segundos, los dos quietos, el único movimiento el del colectivo que sigue su recorrido como si nada. Él tiene una mano sobre mi pecho y la otra sobre mi cadera, y yo no quiero moverme nunca más.

***

Pero la fantasía siempre termina igual. Me levanto, me acomodo la falda, me abrocho los botones de la camisa con los dedos torpes. Él se acomoda el pantalón y los dos volvemos a ser dos desconocidos, sentados juntos, mirando hacia adelante mientras quedan unas paradas para mi destino.

Cuando llega mi esquina, me levanto para bajar. Lo miro a los ojos una última vez, sin decir nada, y bajo del colectivo como si nada hubiera pasado. Camino las dos cuadras hasta la oficina con las piernas todavía flojas, entro, saludo, prendo la computadora y arranco mi día como una persona normal.

Y entonces abro los ojos de verdad, en el colectivo real, apretada entre gente real, con el teléfono en la mano y la pantalla apagada. Él está dos asientos más adelante, mirando por la ventana. Por un segundo gira la cabeza, me encuentra mirándolo, y los dos desviamos la vista al mismo tiempo, como siempre.

Tengo pareja. Lo quiero, no busco engañar a nadie, y nunca le voy a hablar a este chico. Por eso lo confieso acá y no se lo cuento a nadie más. Pero cada mañana, mientras el colectivo me lleva al trabajo, me permito ese viaje paralelo donde todo pasa, donde me animo, donde sé su nombre.

Ojalá nunca cumpla esta fantasía. O quizás ojalá sí. Todavía no lo decidí.

¿Alguna vez les pasó algo parecido con un desconocido que ven seguido pero con el que nunca cruzaron una palabra? Cuéntenme en los comentarios. Me muero de ganas de saber que no soy la única.

Besos, Mica.

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Comentarios(6)

Maru_09

que buenisimo!!! la fantasia del colectivo es muy real jaja

RositaMdz

Ay me identifique totalmente, una pasa horas pensando en alguien que ni te conoce jajaja. Muy bien escrito, se siente autentico.

EstNocturno

quiero una segunda parte donde por fin le hablas, por favor!! que quede asi es un crimen

GabiSP_leit

excelente relato, muy bien narrado

ViajeroN

jajaj el colectivo nunca va a ser lo mismo para mi despues de leer esto

Florencia_BsAs

se hizo cortisimo, queria mas... magnifico

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