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Relatos Ardientes

Las vecinas del edificio de enfrente cambiaron todo

Aquel año Diego y yo seguíamos pegados como desde siempre. Estudiábamos juntos, comíamos en su casa, salíamos al boliche o a patear la pelota con los vecinos, tocábamos la guitarra en su cuarto. Cosas de chavos que todavía no tenían claro nada de la vida, salvo que el tiempo sobraba y las ganas también.

Una tarde estábamos muertos de aburrimiento. Su novia no andaba por ahí y teníamos examen al día siguiente. Después de horas tragando la guía de estudio, me asomé a la ventana. En el edificio de enfrente, tres chicas reían y bailaban en una habitación. Una giraba sobre sí misma y las otras le levantaban la falda entre carcajadas.

—Ven, mira. ¿Las conoces? —le dije a Diego.

Se acercó al cristal entornando los ojos.

—No. Pero mira qué piernas las de la del pelo negro.

—Yo no le veo los pelos, solo el cabello —contesté, y los dos nos reímos como idiotas.

Diego abrió la ventana y les chifló varias veces, hasta que la que bailaba nos descubrió y avisó a las demás. Las tres voltearon a la vez. Les hicimos señas de que bailaba muy bien y de que abrieran su ventana. Empezamos a gritarnos cosas de un edificio a otro mientras media calle volteaba a mirar. Cuando les propuse que saliéramos a tomar algo, dos de ellas aceptaron sin pensarlo mucho.

Bajamos por ellas. En el café de la avenida nos enteramos de que una vivía justo ahí con su hermana y sus papás, y las otras eran amigas que habían ido a pasar la tarde. Se aburrían, y por eso se habían puesto a bailar. Volvimos cada quien a su edificio con la promesa de repetir.

***

De vez en cuando les hablábamos por teléfono, pero casi nunca coincidíamos: la escuela, el papá en casa, los horarios. Así que la cosa se fue calentando por la línea. Bromeábamos sobre su ropa interior, sobre todo la de la hermana, la misma a la que le habían levantado la falda aquel día del baile.

Una tarde el juego subió de tono. Yo estaba sentado en la cama de Diego, frente al ventanal, con el auricular pegado a la oreja hablando con Camila. Diego, de pie a mi lado, le hacía señas a su hermana de que quería volver a ver lo que escondía bajo la falda.

—Solo un poquito, si adivinan de qué color son —dijo ella entre risas.

—Pero ustedes también enseñan algo —gritó Camila tan fuerte que tuve que separar el teléfono de mi oído.

—¿Son oscuras o claras? —pregunté.

—No te digo. Suelta un color y ya —respondió Camila, mientras su hermana negaba con la mano del otro lado del cristal.

—Pero si le atinamos, enseñan bien. Con vuelta lenta —dijo Diego, y luego, arriesgando—: las tuyas blancas, y las de tu hermana azules. ¿Cómo se llama?

—¡Marisol! Y fallaste —celebró Camila.

—Voy yo —dije—. ¿Le atiné a alguna?

Marisol asintió moviendo la cabeza.

—Entonces, Camila, las tuyas son rosas.

—No. Ni modo. Ahora van ustedes. Los suyos, sin ropa.

—Qué chiste, eso es más fácil —dijo Diego, y empezó a desabrocharse el pantalón sin mostrar nada todavía.

—Espera —intervine—. Faldas arriba a las tres.

Marisol se levantó la falda y giró despacio enseñando una prenda azul cielo. Qué piernas tenía, y una nalga asomando por el borde de la tela un poco subida. Diego y yo nos miramos, y al mismo tiempo dejamos caer los pantalones frente a la ventana. Ellas se reían tapándose la boca, sonrojadas. Marisol nos hizo señas de que nos pusiéramos de perfil, y obedecimos, marcando bulto, porque la situación no nos dejaba indiferentes.

A Camila no hubo manera de convencerla de que mostrara nada. Seguimos charlando un rato y las invitamos al boliche.

***

Nos vimos en la esquina, porque había llegado su mamá y no querían que las viera salir con nosotros. Jugamos un par de líneas y, de regreso, las convencimos de subir a comer pastel a casa de Diego. Llamaron a su mamá para decirle que se habían topado con unas amigas y que se quedarían un rato más por la zona.

Comíamos el pastel en la sala, bromeando, cuando le solté a Camila:

—Eres una tramposa. Sí los traes blancos.

—¿Cómo sabes?

—Al subir la falda se te vieron un poco. Así que ahora nos enseñas.

—No. Son color hueso, no blancos —se defendió, riéndose.

Aproveché que tenía el plato en las manos y le levanté la falda.

—Que decidan ellos —dije.

No pudo hacer gran cosa: mi brazo le impedía echarse hacia adelante. Con la otra mano le separé un poco las piernas. Ella relajó el cuerpo, resignada.

—No vale —protestó, tratando de cubrirse, pero yo seguía bloqueándola—. Ya, está bien. Eres un abusivo y un tramposo.

Acerqué mis labios a los suyos y la besé. Bajé la mano de su cintura, solté la falda y le acaricié los muslos, avanzando despacio hacia el centro mientras ella intentaba frenarme sin demasiada convicción. La besé más hondo, recorriendo el interior de sus piernas.

A un lado, Diego ya se había desabrochado el pantalón y llevaba la mano de Marisol hacia él. Ella reaccionó de golpe.

—Ya nos vamos, mi mamá nos va a regañar.

—Espera, mira cómo estoy —insistió Diego—. Acarícialo aunque sea, no me lo dejes así.

Marisol lo tomó por encima de la tela y apretó, pero enseguida se levantó de un salto.

—No, no puedo. No debo. Vámonos —le dijo a Camila, que también se apartó de mí y se puso de pie acomodándose la falda.

—Está bien, las acompañamos abajo —dije, rodeándole la cintura a Camila—. ¿Nos vemos mañana?

—Ya veremos —contestó Marisol.

Las dejamos en el portal sin salir, para que nadie nos viera.

***

Salimos un par de veces más, y cada encuentro nos dejaba con más ganas. Un día las llevamos al cine, a una película europea rara para nosotros en aquel entonces, llena de silencios y de un erotismo velado que años después aprendí a interpretar. En su momento solo entendimos que tenía algo que encendía las hormonas, porque nos pasamos media función tocándonos en la oscuridad.

Salimos abrazados, cada quien con su pareja, comentando la película de regreso a casa de Diego. En cuanto cruzamos la puerta, las caricias siguieron donde las habíamos dejado.

Fui avanzando con Camila despacio. El ambiente se llenó de deseo mientras nos besábamos en el sofá. Diego y Marisol estaban en la cocina; se escuchaban sus murmullos y el ruido de sus besos. Poco a poco nos fuimos resbalando del sofá hasta quedar tendidos sobre la alfombra.

Al principio había resistencia. Cuando quería subirle la falda o ella sentía que iba a desabrocharme, me detenía la mano y la apretaba sobre la tela de mi pantalón. Así estuvimos un buen rato, venciendo de a poco esa barrera entre besos cada vez más largos.

Le besé el cuello, le acaricié las piernas, me coloqué sobre ella y la presioné con mi cuerpo. Camila empezó a responder, a abrazarme, a suspirar más agitada con cada minuto. Nos fuimos hundiendo en algo que ya no controlábamos ninguno de los dos.

Hice a un lado la tela ajustada y la acaricié directamente. Intentó frenarme una última vez.

—No, espera… ay, no puedo —gimió, encogiendo el cuerpo y escondiendo la cara en mi pecho.

Seguí. Le levanté la barbilla y me besó con una fuerza que no esperaba. Con la otra mano le recorrí el pecho. Fui bajando hasta la cadera y me desabroché el pantalón sin dejar de tocarla.

Aflojé un poco la caricia para poder quitarle la prenda mientras la besaba, me bajé el pantalón y la ropa interior, y volví a tocarla, suave, sintiendo cómo movía la pelvis y apretaba las piernas. Coloqué mi sexo entre sus muslos y empecé a deslizarme de un lado a otro, rozándola, cada vez más firme. Le besé los pechos, ya libres, y ella misma se terminó de soltar la prenda de arriba pasándola por encima de la cabeza, apretando mi nuca contra ella.

Estábamos los dos al límite. Solo se oía mi respiración contra su piel y su jadeo, que crecía con cada roce. La acaricié, le separé las piernas doblándolas hacia arriba y apoyé la punta en su entrada, mirándola a los ojos. Camila se mordió el labio y me abrazó, juntando su boca a la mía. Empujé. Entré con bastante resistencia a pesar de la humedad.

Me clavó las uñas en la espalda al avanzar. Sentí ceder algo, una barrera mínima, y me detuve. La miré. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Me lo metiste —susurró.

Asentí sin moverme, solo girando apenas, acariciándole el pecho con los dedos.

—¿Sigo? —pregunté.

Cerró los ojos a modo de respuesta y me rodeó el cuello con los brazos. La penetré más hondo, despacio. Se quejó levemente al sentirme hasta el fondo, y empecé a moverme con calma, entrando y saliendo, ajustado, una y otra vez. Las respiraciones se nos aceleraron al mismo ritmo.

Desde la habitación de Diego llegó un grito agudo. La besé para taparle un poco los oídos con mis manos y su pelo. Camila estaba concentrada en lo suyo, apurándome a seguir. La embestí con más vigor, sintiendo el calor de su cuerpo, hasta que abrió los ojos, me abrazó fuerte y se quejó de placer al llegar a su primer orgasmo.

—Ay, qué rico —murmuró, empujando la cadera hacia arriba.

Le acaricié el cuerpo, le sujeté las nalgas, le besé el cuello e intensifiqué el ritmo. Cuando sentí que llegaba, salí y terminé sobre su vientre. Ella me miró agitada, me tocó con el dedo, recogió un poco de lo que había quedado sobre su piel y se quedó mirándolo, curiosa, como quien descubre algo nuevo.

Fui por papel. Se limpió, se levantó y entró al baño.

***

Al volver, echó una mirada hacia la puerta del cuarto de Diego y se sentó a mi lado. Le puse la mano en el muslo y la besé.

—Perdón, no sabía que era tu primera vez. Estabas tan entregada…

—No hay problema. Algún día tenía que ser. Siempre hay una primera vez para todo —dijo, acercando los labios a los míos. La abracé fuerte—. Pensé que dolería más. Casi no sangré.

—No siempre pasa. A lo mejor era más elástico.

Me miró extrañada y le expliqué algo que había leído en un libro. Se rió.

—Pues qué bien. Tenía miedo, por lo que me contaban mis amigas.

La besé de nuevo. Las caricias volvieron solas, y sin hablar, solo con miradas, terminé de desnudarla. Escuché la puerta del baño cerrarse del otro lado. La tomé de la mano.

—Ven.

Nos metimos al cuarto que solía ocupar la hermana de Diego. Cerré la puerta y nos abrazamos, las lenguas otra vez juntas, mis manos amasándole las nalgas. Ella tomó la iniciativa, se colocó entre sus piernas lo que buscaba y empezó a moverse, imitando lo que yo había hecho antes en el sofá.

La cargué, le rodeé la cintura con sus piernas y la llevé a la cama. Le besé el cuello, los pechos, bajé con la boca por su cuerpo hasta llegar al centro. La lamí de arriba abajo.

—¿Qué haces? —suspiró.

—Ya verás.

Busqué con la lengua, despacio, hasta encontrar lo que la hacía temblar, y lo recorrí como si fuera un dulce. Camila gimió, me hundió los dedos en el pelo. Seguí mientras un dedo entraba en ella, primero en círculos, después penetrándola lento.

—Ay, qué rico… ya me viene —jadeó, y se soltó empapándome la mano, el cuerpo convulsionando, apretándome la cabeza contra ella.

Cuando se calmó, todavía agitada, le besé los labios para que probara su propio sabor y dirigí mi sexo a su entrada. La penetré de nuevo, esta vez sin resistencia. Me abrazó con brazos y piernas mientras yo entraba hasta el fondo y salía despacio, dejando solo la punta, para volver a hundirme entero. Así la tuve un buen rato, cada vez con más fuerza, escuchándola jadear en mi oído.

—Sigue… ya me viene otra vez —pidió.

Aceleré, y cuando llegó bajé el ritmo para dejarla disfrutar, mirando sus gestos y esa media sonrisa. Cambiamos de postura, de lado, para mirarnos de frente y poder acariciarnos enteros. Le recorrí la espalda, las nalgas, le lamí los pechos hasta que, al borde, salí y terminé entre sus piernas, sobre las sábanas.

***

Descansamos un rato y salimos del cuarto. Diego y Marisol estaban sentados a la mesa tomando refresco. Tímida, Camila se escondió detrás de mí.

—¿Me puedo bañar? —le preguntó a Diego.

—Claro, estás en tu casa.

Corrió al baño y me pidió que le llevara su ropa. Recogí la suya y la mía ante la mirada de Marisol, y me metí con ella. Quise acariciarla bajo el agua, pero negó con la cabeza.

—No, ya es tarde.

Nos aseamos rápido, se vistieron y se fueron. Diego y yo nos quedamos comentando lo que había pasado.

—Qué onda, cuate. La desvirgué —dijo él, todavía incrédulo—. Espero que no la arme.

—No creo. Fue de común acuerdo, me consta. ¿Y tú qué tal?

—Bien. Pero le dolió y sangró bastante.

—A mí dos —presumí, señalando la sala y luego el cuarto—. Por cierto, habrá que cambiar las sábanas —agregué riéndome.

Nos pusimos a arreglar las camas. La sábana de Diego acabó en la basura, manchada. Terminamos justo a tiempo, y me fui antes de que llegaran su hermano y su madre, con la cabeza dando vueltas por una tarde que ninguno de los cuatro vio venir.

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Comentarios (6)

Romi_Bsas

tremendo!!! me encanto

TangoNocturno

Que relato mas bueno, se siente completamente real. Espero que haya una segunda parte porque quede con muuuchas ganas de saber como siguio todo

Sandra_MDP

lo lei dos veces seguidas, la verdad que quede impresionada. Muy buen ritmo y muy bien contado todo

Pablito_BsAs

jajaja lo del silbido al principio me mato, que atrevido el Diego

NinaK_ok

Se hizo cortisimo, como termino todo esa tarde?? Necesito saber mas!!

Gustavo_rdp

Me recordo a una tarde de verano en mi edificio hace unos años, aunque mi historia no tuvo ni la mitad de ese final jaja. Muy bueno el relato, se lee de un tiron.

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