El fin de semana en casa de los hermanos de mi novio
Hace unos años salía con un chico que conocí en la facultad. Se llamaba Tomás y lo que más me atrajo de él, además de que era guapo, fue su cabeza. Era culto, leído, de esos con los que podías hablar horas sin aburrirte. Siempre tenía algo interesante que contar y a mí esas conversaciones me encantaban.
Pero nada es perfecto. Con Tomás casi no había sexo. Casi siempre era yo la que daba el primer paso, y ni así tenía garantizado un sí. Aun con eso me sentía a gusto a su lado, así que fui acostumbrándome a la situación y dejé de darle tantas vueltas.
Él era muy unido a su familia, igual que yo a la mía. No era de la ciudad: había llegado a estudiar y cada viernes volvía a su pueblo a ver a sus padres. Con el tiempo, y porque sus papás insistían en conocerme, terminó invitándome a pasar un fin de semana en su casa.
Salimos un viernes por la tarde. El pueblo no quedaba lejos, hora y media de carretera y nada más. Apenas llegamos nos recibió un ambiente cálido. Sus padres, dos personas mayores y muy amables, nos llevaron a la sala y estuvimos charlando un buen rato.
La conversación se cortó cuando entró un chico a la casa. Era Bruno, el hermano menor de Tomás, que estaba terminando su último año en la universidad. Me saludó con la misma amabilidad que sus padres, aunque había algo en su mirada que no me cuadraba. La sentía pesada, demasiado encima de mí. No le di importancia y seguimos hablando, hasta que la puerta volvió a abrirse.
Esta vez entró un hombre. Lo que más me llamó la atención fue Tomás, que pegó un salto para recibirlo con un abrazo enorme. Era Damián, el hermano mayor, bastante más grande que él, alto y muy atractivo. Tanto que no pude evitar sentir algo cuando se acercó a saludarme. Me dio un abrazo y, entre sus brazos, algo se encendió dentro de mí que no supe controlar.
Ya con todos en casa, los papás nos pidieron pasar al comedor. La cena se alargó entre risas y temas que iban y venían, y yo no podía dejar de mirar de reojo al hermano mayor. Damián fue el primero en levantarse. Comentó que su esposa y su hija pequeña llegarían a la mañana siguiente, porque la niña estaba resfriada y la tarde se había puesto fría. Estaba casado. Lo sabía, y aun así no podía sacármelo de la cabeza.
Mientras Tomás lo acompañaba a la sala, yo me ofrecí a recoger la mesa. La mamá mandó a Bruno a ayudarme con los platos mientras ella iba a sentarse con los demás.
Yo lavaba y él secaba, pero sentía su mirada todo el tiempo. Notaba cómo me recorría de arriba abajo y me incomodaba. Volteaba de vez en cuando para que parara, pero no servía de nada: me sostenía la mirada como retándome. Para romper el clima empecé a hablarle de la universidad, cosas sin importancia. El ambiente se relajó un poco, pero duró poco.
Bruno se acercó, se recargó en la barra de la cocina sin dejar de mirarme, y mientras secaba un plato me soltó:
—Yo sí me di cuenta.
—¿De qué? —pregunté sin entender.
—De cómo miras a mi hermano.
Sonreí y le dije que era lo normal, que éramos novios. Él se rió, medio sarcástico.
—No, hablo del otro. De Damián. Te gusta, ¿verdad? Siempre pasa lo mismo. Es guapo y se lleva la atención de todas. El problema es que está casado y le es fiel a su mujer. Yo, en cambio, estoy disponible si te interesa.
Mientras lo decía bajó la mano y me pellizcó una nalga.
—Estás mal, Bruno —le aparté la mano de golpe—. Claro que no me gusta. Estoy con Tomás y soy feliz.
—Mira, Carla, no te avergüences. Tomás y yo somos muy cercanos, me cuenta todo. Sé que no te satisface en la cama. Es de lo más normal que te fijes en otros, sobre todo en alguien como Damián. Pero él no te va a corresponder. Yo sí.
Me acorraló contra el fregadero y volvió a llevar las manos a mi trasero. Me zafé empujándolo y me fui directo a la sala con los demás. Justo entonces Damián se levantaba para irse y me abrazó de nuevo para despedirse. Después de lo de la cocina, ese abrazo me dejó temblando por dentro.
Poco después Tomás y yo también nos retiramos a dormir. Yo iba tan encendida que, en cuanto cerramos la puerta del cuarto, casi le rogué que estuviéramos juntos. Aceptó con muchas reservas, dijo que le incomodaba hacerlo en casa de sus padres. Mi calentura era tal que no esperé: me desnudé, lo empujé sobre la cama, le solté el pantalón y me subí encima.
No pasaron ni unos minutos cuando se vino dentro de mí. Yo no llegué a nada. Intenté reanimarlo, pero no hubo manera, y como siempre, se quedó dormido casi de inmediato.
***
Yo no conseguía pegar ojo. Empapada, terminé tocándome a oscuras. Sentí un líquido bajando por mis muslos y al palparlo me di cuenta de que era lo que Tomás me había dejado dentro. Me levanté para no ensuciar las sábanas. Abrí la puerta, todo estaba negro, y salí en silencio. Llevaba solo una blusa de tirantes sin sostén y un short cortito que usaba de pijama.
Entré al baño, me limpié, y al salir me encontré a Bruno apoyado en la pared del pasillo.
—Buenas noches, cuñadita. ¿Qué haces a oscuras tan tarde?
—Nada, fui al baño. Que descanses, Bruno.
Me cortó el paso con el brazo y se acercó. Me rodeó otra vez con sus brazos.
—No te fue bien con Tomás, ¿verdad? No te llenó. ¿Por qué no me dejas hacerlo a mí? Me encantas. Quiero mucho a mi hermano, pero le quedas demasiado grande.
Empezó a acariciarme la cintura y el trasero, y esta vez yo casi no opuse resistencia. Hundió la cara en mi cuello mientras metía las manos por debajo del short. Le dije que parara, que Tomás podía despertarse, pero me contestó que ya se había asomado y que dormía como un tronco. Me tomó de la mano y me llevó a su habitación. Encendió la luz, cerró con seguro.
Me besó en la boca y bajó al cuello mientras me masajeaba los pechos por debajo de la blusa. Tenía los pezones durísimos y estaba completamente mojada. Me sacó la blusa de un tirón y se hundió entre mis senos, lamiendo y mordiendo, con las manos ocupadas entre mis piernas y mi trasero. Cuando sintió lo empapada que estaba me soltó solo para bajarme el short y echarlo a un lado.
Volvió a mis pechos y, al mismo tiempo, llevó un dedo a mi clítoris con un ritmo constante que me hizo gemir. Con la otra mano se abrió paso hasta mi ano y lo penetró despacio con un dedo. Yo no aguantaba el placer, gemía sin control. Me besó para callarme, pero no lo lograba.
Me dio la vuelta y me dijo que me apoyara en el borde de la cama, en cuatro. Me pasó su almohada y me pidió que la mordiera, porque iba a cogerme fuerte y seguro gritaría como loca.
Apoyé la cara en la almohada, con el culo al aire. De un solo empujón me la metió entera. Estaba tan mojada que entró sin esfuerzo. Mientras me embestía me volvió a meter un dedo por detrás y me daba nalgadas suaves para no hacer ruido. Lo hizo tan rico que me vine al menos dos veces antes de sentirlo terminar dentro. Después se dejó caer a mi lado. Dormimos un par de horas. Luego me levanté, me vestí y volví al cuarto con Tomás.
***
Aunque casi no dormí, me desperté temprano. Intenté despertar a Tomás y no hubo caso. Como nadie se movía todavía en la casa, fui a darme un baño. Serían las siete de la mañana. Ya estaba por meterme a la regadera cuando tocaron la puerta. Era Bruno, en voz baja.
—Déjame entrar, preciosa. Están todos dormidos.
Le abrí y entró. Volvió a besarme y a recorrerme con las manos, y otra vez me metió los dedos. Quería repetir lo de la madrugada, pero a esa hora me daba miedo que alguien despertara. Le propuse otra cosa. Me arrodillé, le bajé el pantalón de la pijama y empecé a acariciarlo con las dos manos mientras le besaba y lamía. Por su cara estaba disfrutando de lo lindo. Me lo metí entero en la boca, me tomó de la cabeza pero dejó que yo manejara el ritmo. No tardó mucho en terminar, y yo no me despegué hasta tragarme todo. Me dio una nalgada y salió del baño en silencio.
Mientras me bañaba empecé a oír ruido afuera; ya se había levantado todo el mundo. Salí, me cambié en el cuarto de Tomás, que entró justo detrás de mí para avisarme que estaban desayunando y me esperaban.
Bajé al comedor. Los papás, Bruno y Tomás ya estaban en la mesa. Me senté junto a mi novio y su mamá me sirvió. En eso llegó Damián con su esposa y su hija. La niña corrió a los brazos de Tomás, que claramente era el tío preferido, y se quedó desayunando en sus piernas. Bruno se corrió de silla hacia mí para hacerles lugar y, por debajo de la mesa, empezó a acariciarme la pierna bajo el vestido. Yo le empujaba la mano una y otra vez, pero el muy descarado no paraba.
Damián propuso el plan del día. La mamá quería que diera una vuelta por el pueblo para conocerlo, pero Bruno saltó enseguida:
—Es chico y aburrido. ¿Por qué no vamos mejor al río?
A todos les encantó la idea. La mamá me pidió ayuda para preparar unos sándwiches y acepté. Toda la mañana Bruno aprovechó cada descuido para tocarme o darme un manotazo en el trasero. Un poco antes del mediodía ya estaba todo listo.
El papá dijo que en su coche, que era pequeño, iríamos Tomás y yo con ellos, y en la camioneta de Damián el resto. Pero la sobrina se opuso: quería viajar con su tío Tomás. Como era chica entraba sin problema, solo que también pedía a su mamá. Damián me propuso cambiar lugares con la niña, así yo viajaría con él y con Bruno.
Mi suegro manejaba despacio y se adelantó mientras nosotros terminábamos de subir las cosas. La mamá me había pedido buscar unas toallas en su recámara, así que subí, pero como no conocía la casa no las encontraba. Bruno subió detrás con el pretexto de ayudarme. Abrió un clóset, sacó las toallas y, mientras tanto, me dijo:
—Vamos a perder todo el día allá afuera y lo único que quiero es cogerte de nuevo. Déjame, seré rápido, lo prometo.
Se me echó encima con tanta energía que no pude resistirme. Me saqué el vestido y quedé en ropa interior. Me dio la vuelta, me levantó sin quitarme el sostén, me apretó los pechos y se desabrochó el pantalón. Hizo a un lado mi tanga, me inclinó un poco y empezó a embestirme ahí mismo, de pie.
Era delicioso cómo lo hacía, parecía que no se le acababa nunca la energía. Y entonces la puerta de la recámara se abrió. Era Damián.
—¿Qué haces, Bruno? Es tu cuñada. No puedes hacer esto —gritó.
Bruno se separó de mí tratando de subirse el pantalón. Yo solo atiné a cubrirme con el sostén. Damián repetía lo mismo una y otra vez, con la cara desencajada de enojo. Levanté el vestido del suelo y me tapé con él sin ponérmelo, mientras Bruno trataba de calmarlo.
—Tranquilo, hermano. No es nada contra Tomás, solo pasó. Mira qué mujer trae el tonto y ni así la sabe atender, por eso me la cogí. Y no me digas que a ti no te gusta. Te vi anoche cuando la abrazaste. Nunca haces eso, y vi cómo la mirabas. La deseas igual que yo. ¿Y sabes qué es lo mejor? Que ella siente lo mismo por ti. Me dejó solo porque pensó que tú nunca le harías caso.
—¡Por supuesto que no! —estalló—. Estoy casado y ella es nuestra cuñada.
—¿Ves? Estás admitiendo que se te antoja. ¿Por qué no la pruebas? Ven, Carla, acércate para que te vea bien.
El susto se me fue convirtiendo en otra cosa. Me acerqué como Bruno pedía, él me tomó de la mano y me hizo dar una vuelta frente a Damián. Yo le sonreí.
—De verdad te gusto. Puedes tocar si quieres.
Le tomé la mano y me la llevé a los pechos. Al principio se resistió, pero le di espacio y terminó acariciándome, pellizcándome despacio. Empecé a gemir mientras Bruno me bajaba la tanga.
—Vamos, hermano, pruébalas. Están deliciosas.
Damián cedió. Se hundió en mis senos chupándolos con ganas, bajó una mano a mi trasero, y Bruno me soltó el sostén. Ya desnuda para los dos, me acerqué a Damián, lo besé y le abrí el pantalón lo justo para liberar lo que ya se le marcaba. Lo tomé con las manos y empecé a masturbarlo mientras nos besábamos, pero me moría por más, así que me lo metí en la boca de golpe. Él gimió, me sostuvo la cabeza y marcó el ritmo.
—Tranquilo, hermano —lo frenó Bruno—. Sé que la mama riquísimo, pero no te vengas sin probarla antes.
Damián tiró suave de mi pelo, me sacó de la boca y me recostó sobre la cama de sus padres. Se quitó la camiseta y el pantalón y se acomodó sobre mí. Me levantó las piernas hasta los hombros y entró con fuerza. Yo gritaba sin freno. Bruno se arrodilló al lado y me metió un dedo por detrás.
—Mira cómo le gusta, hermano —se burló.
Damián salió, me pidió que me pusiera en cuatro y me preguntó si me gustaba por atrás. Le dije que sí. Escupió, apoyó la punta en mi ano y empujó despacio. Bruno ya me había dilatado, pero aun así dolió un poco por el grosor. Centímetro a centímetro lo fui sintiendo entrar, y cuando estuvo entero empezó a moverse más rápido. Me daba nalgadas fuertes y agradables. Yo me di el lujo de gritar como loca, sabiendo que nadie iba a descubrirnos en esa casa vacía.
Bruno se desnudó y se subió de frente a mí. Me metió la suya en la boca, aunque con el ritmo de su hermano apenas podía atenderlo, así que lo masturbaba entre gemido y gemido. Hasta que Damián se detuvo, salió de golpe y le pidió a Bruno cambiar. Bruno pasó atrás y me la clavó por delante, donde estaba chorreando. Me embistió duro, como intentando hacerme gritar igual que su hermano, pero la verdad se quedaba muy atrás.
Damián volvió a ofrecerme la boca y lo devoré con gusto, hasta que empezó a gemir y me pidió que parara. Bruno terminó en ese momento. Damián pasó atrás de nuevo y me cogió por delante. Esta vez no aguantó mucho, era obvio que se había contenido. Me la sacó antes de venirse, intentó metérmela por el culo sin lograrlo, y terminó derramándose sobre mi trasero.
Se sentó agotado en la cama. Bruno estaba tirado del otro lado. Me incorporé con cuidado de no manchar nada, vi a Damián todavía goteando, me arrodillé frente a él y lo limpié con la boca hasta que no quedó nada. Después fui al baño a sacarme lo que me escurría por las piernas. Cuando volví, los dos ya estaban vestidos. Hice lo mismo. Damián llamó a su padre para decirle que se había pinchado una llanta y por eso se había demorado, pero que ya iban en camino.
Los tres nos fuimos en la camioneta. Todo el trayecto fue puro manoseo, ellos a mí y yo a ellos. El resto del día, con la familia alrededor, no hubo manera de repetir nada. Al día siguiente, domingo, Tomás y yo salimos temprano de vuelta a la ciudad.
Al poco tiempo terminamos y no volví a ver a sus hermanos. Pero ese fin de semana lo guardo con mucho cariño. A veces las cosas que no debían pasar son justo las que no se olvidan.