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Relatos Ardientes

Desperté mojada y mi marido seguía roncando

Hola. Me llamo Marcela y tengo cincuenta y dos años. No soy nadie especial, que quede claro desde el principio. Una mujer que se conserva razonablemente bien para la edad que tiene, con dos partos a la espalda que dejaron su huella en sitios que ya no vuelven a su lugar por mucho que una se empeñe. Pueden imaginarme como quieran mientras leen esto. Total, van a pensar en mí un rato y luego cerrarán la página.

Hace tiempo que no escribo nada. Llevaba meses, quizá años, sintiéndome desconectada de mi propio cuerpo, como si la mujer que fui se hubiera ido despidiendo sin avisar. Por eso me decidí. Voy a empezar a contar mis experiencias más íntimas, al menos desde mi punto de vista, que es el único que tengo. Espero no aburrir a nadie.

Lo de esta madrugada merece ser lo primero.

***

Desperté con calor. Y no me refiero a ese calor odioso de la menopausia, el que llega de golpe y te deja sudada, irritada, abanicándote con la sábana a las cuatro de la mañana mientras maldices en voz baja. Ese lo conozco demasiado bien. No. Este era otro calor, uno que no sentía desde hacía tanto que tardé en reconocerlo. Un calor húmedo, concentrado, muy localizado, justo entre las piernas.

Me quedé quieta unos segundos, desconcertada, con los ojos cerrados todavía. ¿De verdad estaba pasando lo que creía que estaba pasando? Mi cuerpo me hablaba en un idioma que llevaba mucho tiempo sin escuchar, y lo primero que sentí fue casi extrañeza, como cuando te encuentras con una vieja amiga por la calle y tardas un instante en ponerle nombre a la cara.

Instintivamente bajé la mano. Despacio, sin prisa, dejando que las yemas de los dedos se deslizaran por la barriga, disfrutando de ese masaje mínimo que mi propia piel se regalaba con cada roce. No tenía intención de nada concreto, o eso me dije. Solo quería comprobar. Confirmar que aquello era real y no el resto de un sueño que se desvanecía.

Al llegar al ombligo, dejé que el pulgar se quedara un momento anclado en la hendidura, mientras los otros dedos avanzaban hasta rozar las primeras hebras del vello. Enredé las uñas en él, formando pequeños tirabuzones, y al soltarlos sentí esa oleada de placer anticipado que mi cuerpo ya sabía que venía, como quien escucha los primeros compases de una canción y reconoce la que sigue.

Ahí abrí un ojo.

No estaba soñando. Estaba despierta, en mi cama, a oscuras, con la mano apoyada justo encima del pubis y una decisión rondándome la cabeza.

¿De verdad vas a hacer esto? ¿A tu edad, a estas horas?

Me dio una pereza tremenda, lo confieso. Pensé en lo fácil que sería estirar el otro brazo, buscar a mi marido, acariciarle hasta despertarlo y dejar que él se ocupara de todo. Que me tomara como le diera la gana. Llevábamos meses sin tocarnos, y a lo mejor era la ocasión perfecta para romper el hielo. Pero esa idea se me hizo cuesta arriba enseguida. Tendría que despertarlo, esperar a que reaccionara, gestionar su sorpresa, sus tiempos, su sueño. Demasiado trámite para un fuego que ardía solo y que era, sobre todo, mío.

Mientras yo calculaba qué tan buena idea era, mis dedos ya habían tomado la decisión por mí.

***

Habían llegado solos hasta su destino, apremiándose por entrar, y lo que encontraron me sorprendió tanto que casi retiré la mano. Estaba empapada. No húmeda: empapada. Los labios se abrieron sin la menor resistencia, como si llevaran toda la noche esperando, y un líquido espeso y tibio cubrió los dedos en cuanto rocé la entrada.

Mi primera reacción, lo admito, no fue de placer sino de alarma. ¿Y si me estoy desangrando? Desde que perdí un embarazo hace ya algunos años, cada cierto tiempo tengo algún episodio de pérdidas que me deja con el corazón en un puño. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, intentando descifrar qué era exactamente lo que mi mano había encontrado en la oscuridad.

Pero no. No era sangre. Era deseo. Deseo puro, líquido, abundante, de ese que creía haber dejado atrás para siempre. Y al darme cuenta solté el aire de golpe y casi me río sola, ahí en la penumbra, con el corazón latiéndome contra las costillas. Hacía tanto tiempo. Tantísimo. Y sin más, sin un motivo aparente, sin un sueño que recordara, sin nadie que lo provocara, había vuelto.

Empecé a moverme despacio. Dos dedos, el corazón y el anular, deslizándose arriba y abajo por toda la longitud húmeda, reconociendo un territorio que era mío pero que llevaba demasiado tiempo sin visitar. Cada caricia me devolvía una sensación olvidada. Subía hasta el clítoris, dibujaba un círculo lento alrededor sin tocarlo del todo, y bajaba otra vez, alargando la espera, jugando conmigo misma como nadie había jugado conmigo en años.

A mi lado, mi marido roncaba.

Y eso, lejos de cortarme, me encendió todavía más. Había algo profundamente excitante en aquel pequeño secreto. Él dormía, ajeno por completo, soñando con vaya una a saber qué, mientras a treinta centímetros yo me derretía sin hacer un solo ruido. Era mi momento. No tenía que compartirlo, ni explicarlo, ni complacer a nadie más que a mí. Llevaba media vida pendiente del placer de otros: el de mis hijos cuando eran pequeños, el de mi marido, el de todos menos el mío. Aquella madrugada el único cuerpo que importaba era el que tenía debajo de las sábanas.

***

Aceleré sin darme cuenta. Los dedos encontraron el ritmo solos, ese ritmo que el cuerpo nunca olvida del todo, y me sorprendió la facilidad con la que todo se encadenaba. El calor subía desde el vientre, se expandía hacia los muslos, me erizaba la piel de los brazos. Apreté los labios para no gemir. Giré apenas la cabeza para mirar el bulto dormido a mi lado y asegurarme de que seguía roncando.

Seguía. Imperturbable.

Subí la otra mano hasta el pecho, por debajo del camisón, y me acaricié un pezón con la punta de los dedos. Estaba duro, sensible, reaccionaba a la mínima presión. La doble sensación me arrancó un suspiro que tuve que ahogar contra la almohada. Cerré los ojos otra vez y me dejé ir, abandonándome por completo a algo que no le debía a nadie.

Pensé en cosas. En recuerdos antiguos, en una época en la que mi cuerpo respondía así de fácil, en miradas, en manos que ya no recordaba bien de quién eran. No hacía falta una fantasía elaborada. Bastaba con la propia sorpresa de seguir viva ahí abajo, de comprobar que aquella mujer no se había ido del todo, que solo estaba dormida, igual que el hombre que tenía al lado.

El momento llegó rápido. Demasiado rápido, casi sin avisar.

Cuando los dedos entraron del todo, hasta la segunda falange, lo sentí venir como una marea. Cálido. Breve. Potente. Conciso. Una contracción que me recorrió entera, de los pies a la nuca, y que tuve que sostener mordiéndome el labio para no despertar a media casa.

Me corrí.

Madre mía. Me he corrido. Yo sola. Y este, aquí al lado, roncando.

***

Me quedé temblando un buen rato, con la mano todavía entre las piernas y la respiración entrecortada, sintiendo cómo las últimas oleadas se apagaban poco a poco. Una sonrisa tonta se me instaló en la cara y no había manera de quitarla. Me sentía ridícula y poderosa a partes iguales.

Casi sin atreverme, retiré la mano despacio. Y entonces hice algo que no había hecho en años. Me la llevé a la boca y me metí los dedos para saborearme, para saborear ese placer que era solo de mujer adulta, de mujer que ha vivido y que todavía tiene mucho por sentir. El sabor me devolvió de golpe a otra época, a una intimidad conmigo misma que había dado por perdida.

Y entonces vino lo más extraño de toda la noche. Una descarga de algo que no sé muy bien cómo nombrar me subió desde el sexo hasta los pezones. No era placer físico, ya estaba saciada. Era otra cosa. Una especie de orgullo, de reconciliación, de poder. Un latigazo eléctrico de ida y vuelta que terminó por morir en lo más hondo de eso que yo misma, hasta hacía un rato, había dado por enterrado bajo la etiqueta de coño de vieja.

Pues resulta que de vieja, nada.

***

Me giré sobre el costado y me quedé mirando a mi marido en la penumbra. La nariz silbándole, la boca entreabierta, una pierna fuera de la sábana. Llevábamos veintitantos años durmiendo en la misma cama y nunca se había enterado de la mitad de las cosas que pasaban en ella. Sentí una ternura rara hacia él, mezclada con una pizca de travesura. Mañana le miraría con cara de no haber roto un plato mientras desayunábamos, y él no sospecharía nada.

Estuve un rato despierta, repasando lo que acababa de pasar, intentando entender por qué justo esa noche, después de tanto tiempo. No encontré respuesta. A veces el cuerpo simplemente decide que es la hora, que ya ha descansado bastante, que quiere volver a sentir. Y una hace bien en escucharlo.

Lo único que sé es que me dormí distinta a como me había despertado. Más ligera. Más yo. Con la certeza tonta y maravillosa de que aquello no había sido un episodio aislado, sino el principio de algo. De que la mujer que creía perdida llevaba todo este tiempo esperando, paciente, a que yo me acordara de ella.

Esta madrugada me acordé. Y pienso seguir acordándome, tan a menudo como pueda. Por eso escribo. Para no olvidar otra vez que aquí dentro sigue habiendo fuego. Solo hacía falta una madrugada cualquiera, una mano y el silencio de la casa para volver a prenderlo.

Y mañana, quién sabe. A lo mejor la próxima vez sí estiro el brazo y despierto al de al lado. O a lo mejor no, y me lo guardo para mí otra vez. Ahora que he recuperado el secreto, no tengo ninguna prisa por compartirlo.

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Comentarios (6)

LolaB_Sur

excelente!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

Ferchu_BA

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo

NochesFrias

jaja el titulo ya dice todo... demasiado real esto

MarcelaRG

Que bien escrito, se siente autentico. Ese detalle de sentirse viva despues de tanto tiempo... me llego al alma. Gracias por animarte a contarlo.

Mariela_q

me recorda a algo que me paso hace un tiempo. Las confesiones de madrugada son otra cosa jaja

SilPar_78

el marido roncando es demasiado jajaja, tremendo detalle

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