Entré al baño y la madre de mi amigo estaba desnuda
Habían pasado varias semanas desde la primera vez con Carla y su hermana, y aunque seguíamos viéndolas, no había manera de volver a estar a solas con ellas. Caricias en la cafetería, manos que se buscaban en la oscuridad del cine, poco más. Yo le insistía a Mateo que le pidiera el departamento a su hermano mayor, pero los dos andaban distanciados por una pelea vieja, así que no quedaba otra que esperar la ocasión.
Una tarde casi lo logramos. Convencimos a las chicas y subimos al departamento del hermano, pero estaba estudiando con dos compañeros de la facultad y tuvimos que dar media vuelta. Íbamos tan calientes los cuatro que, apenas se cerró la puerta del ascensor, Mateo lo detuvo entre dos pisos y empezamos a tocarlas, y ellas a nosotros.
Accedieron medio temerosas, de pie, agarradas del pasamanos, la ropa interior a medio muslo y nosotros acomodándonos detrás. Estábamos a punto cuando alguien empezó a golpear la puerta en la planta baja y a gritar que el ascensor llevaba un buen rato parado. Ellas se asustaron, se arreglaron la ropa en dos segundos, y Mateo soltó el freno. Nos quedamos con las ganas otra vez.
***
Otro día llegamos a casa de Mateo con muchas ganas de ir al baño. Como siempre, él se metió al de su cuarto y yo fui al de sus padres. Pero al cruzar la habitación me quedé clavado en el sitio.
Ahí estaban sus padres, desnudos, ella en cuatro recibiendo las embestidas de él, los dos a punto de terminar. Sus pechos grandes se balanceaban con cada movimiento y los gemidos de ella se mezclaban con la respiración pesada de su marido hasta llenar todo el cuarto. Cayeron rendidos sobre el colchón justo cuando me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo mirando.
Ni siquiera tuvieron fuerzas para gritarme.
—Perdón —dije en voz baja, y cerré la puerta sin hacer ruido.
Se me quitaron hasta las ganas de orinar. Salí al pasillo justo cuando Mateo aparecía abrochándose el pantalón.
—¿Qué pasa? —preguntó al verme la cara.
—Están tus papás —contesté, y me metí al baño del fondo.
Cuando salí, él ya me hacía señas de irnos. Les gritó a sus padres un «ahora volvemos» y bajamos a la calle a dar una vuelta hasta que se nos pasara la vergüenza.
***
A los pocos días me volvió a pasar algo parecido. No tan fuerte como verlos en plena faena, pero igual de excitante, o más.
Salíamos de la facultad y fuimos a tirar unas líneas al bar de bowling de siempre. Comimos unas papas y una hamburguesa con dos refrescos cada uno, y volvimos casi corriendo a su casa porque, con tanto líquido, a media cuadra ya no aguantábamos. Subimos, abrimos la puerta y cada uno disparó hacia un baño distinto. Yo, como siempre, al de sus padres.
Me bajé el cierre y entré sin mirar. Empecé a orinar y, de reojo, vi una sombra en la regadera. Era su madre, desnuda, secándose el pelo con una toalla. Cuando giró la cabeza y me vio, ya era tarde: todo había pasado en un segundo.
—¿Otra vez tú? —dijo, más sorprendida que enojada.
—Perdón, es que ya no aguantaba y vi la puerta abierta, no pensé que hubiera alguien.
No podía dejar de orinar, y verla así, de frente, completamente desnuda, hizo que mi pene empezara a crecer solo dentro de mi mano. Ella lo notó.
—No creí que volvieran tan pronto. Tengo una cita, ¿puedes salir para que termine de arreglarme? —dijo, sin dejar de mirar abajo.
—Sí, señora, ya salgo, perdón.
Sacudí mi miembro al terminar, peleando por guardarlo, y ella, ya más relajada, soltó una media sonrisa.
—Bueno, ahora estamos a mano.
Volvió a mirar su propio cuerpo y después mi erección, como si las dos cosas fueran parte de la misma broma. Subí el cierre como pude y salí, regalándole una última mirada a aquel cuerpo de mujer hecha y derecha. Qué buena está la madre de Mateo, pensé.
***
Cuando salí, Mateo ya había servido refresco y sacado los cuadernos para avanzar con un trabajo. Al rato apareció su madre, vestida y perfumada.
—Me voy, no sé cuánto dure la reunión, capaz me encuentro con tu papá en el restaurante. Tu hermano salió a hacer un trabajo a casa de Andrés. ¿Tienen mucho que estudiar?
—No mucho —contestó Mateo—. Igual capaz vamos al cine.
—Muy bien, los dejo. Pórtense bien.
—No sabía que estaba tu mamá —dije apenas cerró la puerta.
—Yo tampoco, me sorprendí cuando la vi —mintió él, sin saber lo que yo había visto—. Apurémonos y vamos al cine.
—¿Y si las invitamos? —propuso de pronto, señalando con el mentón el edificio de Carla.
—Mucho mejor —dije, tocándome el pene todavía medio duro de pensar en su madre.
Al diablo el trabajo. Mateo se levantó a llamar a Daniela, la hermana de Carla, y media hora después estábamos los cuatro caminando hacia el cine del centro, el único donde no ponían problema con la edad y pasaban funciones para mayores.
***
Elegimos una película francesa de la cartelera, de esas lentas y cargadas de tensión que te dejan más caliente que cualquier escena explícita. Hubo un par de momentos que nos prendieron y empezamos a acariciarlas con disimulo, sin pasarnos, porque el acomodador no paraba de subir y bajar la escalera con su linterna.
Carla traía una falda azul suelta que no me dejaba avanzar tranquilo por su muslo. Cuando frenó mi mano con la suya, en vez de apartarla la llevé conmigo y puse las dos sobre mi pierna, muy cerca de la entrepierna. Me acomodé de medio lado para que sintiera cómo estaba. Ella apretó apenas los dedos y entendió.
—Ya va a terminar —dijo Mateo—. Vámonos antes de que se amontone la gente.
Salimos, nos subimos al colectivo y, mientras comentábamos las escenas fuertes de la película, yo abracé a Carla por detrás y Mateo hizo lo mismo con Daniela. Para cuando bajamos, ninguno de los cuatro quería ir a su casa.
Sin preguntarnos nada, caminamos directo al edificio de Mateo. En el ascensor empecé a acariciarle el trasero a Carla y a besarle el cuello; estaba tan excitado que ella lo notó enseguida y se puso colorada de tenerme así al lado de su hermana. Apenas entramos al departamento, la tomé de la cintura sin decir palabra y la llevé al cuarto de Mateo.
***
Entorné la puerta y la abracé. Fui bajando las manos por su espalda hasta la cadera y, metiéndolas debajo de la falda, le acaricié las nalgas mientras pegaba mi erección a su vientre.
—No, espera —decía, pero sin separarse ni un centímetro.
—¿Por qué? ¿No te gusta? —le pregunté, soltando el aire caliente entre su cuello y su oído hasta hacerla temblar.
—La puerta —murmuró, con la voz ya entregada.
La cerré con el pie. Besándole los labios y sin dejar de acariciarla, la fui acercando a la cama hasta que caímos juntos.
—Qué linda eres, y qué bien te queda esta falda —le dije, subiéndosela hasta descubrir una braga de algodón con florecitas.
Le desabotoné la blusa mientras pegaba mi pierna contra la suya. Ella misma se soltó el sostén y yo empecé a besar y lamer sus pechos, concentrándome en sus pezones hasta que se le endurecieron del todo. Me desabroché el pantalón sin bajarlo por completo, me puse sobre ella y empecé a rozar su sexo con el mío, separados todavía por la tela.
Nos fuimos calentando cada vez más. La respiración se volvía pesada, los labios hacían ruido al juntarse, y entre caricia y caricia nos quitamos lo que faltaba hasta quedar los dos desnudos.
Nos mirábamos con deseo. Ella fijó la vista en mi pene erguido y lo acarició mientras me besaba el pecho. Yo metí la mano entre sus piernas y froté su sexo, cada vez más húmedo, pasando los dedos de arriba abajo entre sus labios antes de hundirlos en ella. Con el pulgar le dibujaba círculos en el clítoris y ella gemía apretando la boca contra mi hombro.
Tiró de mí hacia ella. Me acomodé entre sus piernas y la fui penetrando despacio, sintiendo cómo se abría poco a poco a cada empuje, entre quejidos y suspiros. Avanzaba y retrocedía sin prisa, ganando terreno mientras se acostumbraba, besándola, acariciándole los pechos y las piernas que ella abría del todo para dejarme entrar entero.
Me quedé quieto, hundido por completo. Entonces ella movió la cadera y yo empecé a embestirla, lento, sacándolo casi por completo para volver a entrar de una sola vez, una y otra vez. El ritmo fue subiendo solo. Su respiración se agitaba, sus manos me recorrían los hombros y la espalda, y cuando aceleré, gimió fuerte, sin importarle ya si la escuchaban.
—Así, sí, no pares —decía con la voz quebrada.
Me abrazó con fuerza, levantó las piernas temblorosas y se vino apretándome contra ella mientras yo seguía moviéndome, más rápido, uniendo nuestras bocas en un beso largo.
***
La giré de costado con una mano en la nalga, sus piernas alrededor de mi cintura, y seguí entrando despacio, acariciándole la cadera. Apretaba su carne y empujaba más fuerte cada vez, hasta que echó la cabeza atrás y tuvo otro orgasmo.
Después me dejé caer de espaldas y la subí encima de mí. Le tomé los pechos con las dos manos mientras ella, apoyada en mi torso, empezaba a subir y bajar, mordiéndose el labio y sonriendo. Le pasé las manos a las nalgas y la ayudé a moverse más rápido, ensartándola entera, hasta que se le escapó un gemido agudo y se desplomó sobre mi pecho.
—Ya estoy, me voy a venir —le dije, intentando salir.
Pero ella apoyó las manos en mi pecho, se apretó contra mí y, mirándome a los ojos, dijo:
—Hazlo, no importa, estoy cuidándome.
Y por primera vez terminé dentro de ella, sintiendo cómo se contraía alrededor de mi miembro mientras se dejaba caer, agitada, sobre mi pecho. Habíamos acabado al mismo tiempo. Le acaricié la espalda y las nalgas, ella levantó la cabeza y nos besamos largamente.
Nos quedamos así, unidos, hasta que lentamente la fui abandonando. Se recostó a mi lado en silencio. Le rodeé los hombros con el brazo y ella bajó la mano para seguir acariciándome, sin decir nada durante un buen rato.
—Me gustó mucho así —dijo al fin, sin soltarme.
—A mí también —contesté, un poco serio, con mil cosas dándome vueltas en la cabeza por haber terminado adentro.
—¿Por qué tan serio, si dices que te gustó?
—No me dejaste salir.
—Ah, eso. Quería sentirlo así una vez, completo. Ya te dije que me estoy cuidando, no te preocupes.
Me dio un beso y siguió acariciándome hasta que volví a estar listo. Se incorporó sin soltarme y se fue sentando despacio hasta metérselo entero, entrelazó sus dedos con los míos y empezó de nuevo, sonriendo.
—Te gusta así, ¿verdad?
—Muchísimo —dije, soltando una de sus manos para acariciarle un pecho—. ¿Y a ti?
—También.
***
—¿Te das vuelta? Quiero verte mientras subes y bajas —le pedí.
—Eres un morboso —se rió, pero me hizo caso.
Se levantó, volvió a guiarme ella misma hacia dentro y siguió montándome de espaldas, apoyada en mis piernas, mientras yo le amasaba las nalgas a mi antojo. Así estuvimos hasta que tuvo un orgasmo pequeño y entrecortado.
La hice hacia adelante, la puse boca arriba al borde de la cama con las piernas sobre mis hombros y la penetré de pie, embistiéndola con fuerza, sintiendo cómo rebotaba todo su cuerpo con cada empujón. El sonido de mis muslos contra ella llenaba la habitación. Empezó a gemir más fuerte y yo, ya cerca del final, le bajé las piernas, le acaricié los pechos sin perder el ritmo y, besándola, me corrí otra vez en lo más hondo.
Seguí empujando mientras terminaba, y ella me miraba acariciándome la cabeza, besándome la cara. Nos abrazamos y nos besamos despacio, con las lenguas enredadas, mientras yo todavía latía dentro de ella.
Estábamos así, abrazados, cuando la puerta se abrió de golpe. Aparecieron Mateo y Daniela, los dos desnudos.
—¡Qué escandalosa eres! —dijo Mateo riéndose, y se sentó en la otra cama con Daniela en las piernas.
Tiré de la sábana para taparnos.
—¿Qué onda? —dije, cubriendo a Carla y sentándome.
—Teníamos curiosidad por los gritos de tu hermana —contestó él, mirando a Daniela—. Y aquí estamos. Capaz Dani quiere un cambio de pareja.