Le mamé la polla frente al ventanal abierto
Aquel sábado del verano pasado me pasé la tarde entera enganchada al chat, intercambiando mensajes, fotos y vídeos con varios lectores que me habíais escrito opinando sobre los relatos anteriores. Me encantó por dos motivos: queda clarísimo que todo lo que cuento es verdad… jejejeje, y de paso sacio esa parte de mujer guarra y morbosa que no consigo controlar.
Esa tarde me masturbé sin descanso. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que bien cerda, tranquila en casa y por cámara? En el chat conocí a tres chicos de entre veintitrés y veintiséis años; montamos una llamada en grupo para que vieran cómo me toqueteaba las tetas mientras ellos me escribían cosas que me ponían a mil. Llegué a un punto en el que necesitaba más, necesitaba enseñarme. Seguí con más videollamadas para que vieran cómo me metía los dedos por el culo mientras gemía como una perra delante del micro.
Después de tanto cibersexo, con la calentura disparada, uno de los tíos del chat me soltó que si necesitaba tanto morbo debería vestirme provocativa y salir a buscar a un viejo a algún parque. Aquello me puso todavía peor. Como siempre priorizo la discreción, esa misma tarde me metí en los chats de mi ciudad y solté un mensaje directo: «Mujer de 41 años, rellenita, 110 de pecho, melena castaña rizada. Busco hombre mayor con sitio propio para un encuentro discreto HOY».
En un rato tenía el Telegram a reventar de mensajes. Yo quería algo muy sucio, muy morboso. Necesitaba calmar a la zorra que llevo dentro.
Empecé a hablar con un tal «Señor58», que vivía a unos quince minutos en metro. Después de toda la tarde masturbándome y hablando con desconocidos, ya no me importaba nada de nada: solo quería correrme como una loca. Quedamos para el día siguiente.
***
Nos encontramos en una cafetería justo a la salida del metro que él me indicó, para tomar algo rápido y comprobar si fluía la cosa. Ya nos habíamos pasado los Telegram y, de repente, me entraron unas ganas terribles de hacer pis. Le dije que iba al baño y me llevé el móvil. Después de mear y limpiarme, me abrí bien de piernas, me separé los labios del coño con los dedos y le mandé una foto.
Al volver a la mesa él todavía no la había visto, así que le pregunté:
—¿Has visto la foto que te acabo de mandar?
—No, ¿me has mandado una foto? —dijo con cara de sorpresa—. Déjame mirar.
—Es de ahora mismo, recién hecha en el baño.
Abrió Telegram y se encontró con mi coño bien abierto y empapado.
—Joder, cielo… me encanta.
Sin pensármelo dos veces solté:
—¿Subimos a tu casa y te lo enseño en persona?
No hizo falta decir nada más. Terminamos el café mirándonos fijamente y salimos de allí.
***
De camino a su casa, mientras caminábamos por la calle (no estaba lejos del metro), la calentura ya era insoportable. Él empezó a sobarme con disimulo: primero la mano en la cintura, luego bajando hasta el culo y apretándomelo fuerte. Yo llevaba falda y medias, así que en un momento dado coló la mano por debajo, me apartó las bragas y me metió un dedo en el coño mientras seguíamos andando. Yo intentaba no gemir en plena calle, pero estaba chorreando. Me susurraba al oído:
—Estás empapada, putita… y esto es solo el aperitivo.
Llegamos a su portal y, en cuanto se cerraron las puertas del ascensor, me bajé rápido las bragas y me incliné hacia delante levantándome la falda, dejándolo todo al descubierto para que lo viera bien.
Al entrar en el piso la calentura explotó. Todo estaba limpio y ordenado. Me preguntó si quería tomar algo y le pedí un vaso de agua. Fue a la cocina y, en lo que tardó, me quité el jersey y me saqué las tetas por encima del sujetador. Cuando volvió se quedó parado mirándome los pechos. Me dio el vaso, di un trago y lo dejé sobre la mesa.
Me dijo que me pusiera cómoda. Me quité la falda y me quedé en bragas negras y sujetador, con las tetas por fuera. Empezó a sobarme los pechos, a acariciarme la barriga hasta llegar a las bragas, que apartó para mirarme el coño.
—Joder, qué coño más rico —dijo, y tras toquetearlo un par de segundos me clavó un dedo de golpe.
Gemí fuerte.
—¿Te gusta que te meta el dedo?
—Sí —contesté con una sonrisa pícara.
Sacó el dedo empapado y me lo metió en la boca para que lo chupara; lo sacó y lo volvió a meter varias veces. Me pidió que me pusiera de pie, se sentó en el sofá y empezó a besarme la barriga mientras me bajaba las bragas. Me di la vuelta, me incliné apoyando las manos en la mesa de delante del sofá, abrí las piernas y noté cómo me separaba las nalgas para lamerme el culo y el coño. Su lengua jugaba, abría más y la metía dentro.
Luego me mandó sentarme en el sofá para comérmelo mejor. Abrí las piernas de par en par y él se puso a lamerme el clítoris con lametones cortos; de repente me metía la lengua en el coño y, sin avisar, dos dedos que movía rápido mientras seguía lamiendo. Mis gemidos subían de volumen, lo disfrutaba como una cerda, y cada vez que sacaba los dedos me los metía en la boca para que los chupara. Estaba chorreando.
Se acercó a besarme, me desabrochó el sujetador, me acarició las tetas, se levantó y se bajó los pantalones. La tenía ya medio dura. Me arrodillé y empecé a mamársela despacio, saboreándola, pajeándola con la boca, haciendo presión en el glande, combinando mano y lengua mientras él gemía:
—Qué boquita tienes, chúpamela así, putita… que sé que te gusta. La tienes toda para ti.
Aquello me soltó del todo: me la metía hasta el fondo, me atragantaba, volvía a mamarla despacio, le succionaba el glande y se la pajeaba con la boca hasta tragármela entera mientras él me apretaba la cabeza.
***
Después de un buen rato mamándosela en el sofá, abrió las puertas correderas del gran ventanal que daba a la terraza y me llevó hasta allí.
La terraza era amplia y el ventanal ocupaba la pared entera: desde los bloques de enfrente, desde otras terrazas cercanas e incluso desde la calle, cualquiera que mirase podía verme perfectamente. La luz de la tarde entraba a raudales y yo estaba completamente desnuda.
Me puso de rodillas justo delante del cristal abierto.
—Mira hacia fuera, putita. Ahora vas a seguir mamándomela aquí, para que todo el mundo vea lo zorra que eres.
Y eso hice. A ratos me dejaba mamar a mi ritmo, despacio y profundo, babeándole la polla mientras las tetas me rebotaban; otros ratos me agarraba fuerte del pelo y me follaba la boca sin piedad, empujando hasta el fondo, haciéndome ahogar y llorar, con la cara pegada al cristal. Mis gemidos y los ruidos obscenos de la mamada se oían perfectamente hacia fuera. Sentía el aire de la terraza en la piel, el morbo de estar totalmente expuesta, y me ponía cada vez más cachonda.
—Así, zorra… que te vean tragándotela entera. Eres una puta exhibicionista.
Pasamos un rato eterno de esa manera: él alternando entre dejarme chupar como una perra sumisa y follarme la boca como si fuera un coño, mis tetas aplastadas contra el cristal frío, el culo en pompa hacia la terraza. Creo que estuve más de media hora entre el sofá y el ventanal con su polla en la boca sin parar.
***
Al final, cuando ya tenía la mandíbula molida y él la tenía dura como una piedra, me puso de pie, me giró y me apoyó contra el ventanal.
—Ahora saca el culo hacia la terraza.
Obedecí. Las tetas se me aplastaron contra el vidrio, todo mi cuerpo desnudo a la vista de quien quisiera mirar. Fue a la cocina y volvió con un calabacín grande y grueso.
—Primero te voy a abrir bien ese culo rico con esto.
Lo untó con mi propia humedad y empezó a metérmelo despacio en el ano, centímetro a centímetro, mientras yo gemía alto contra el cristal. Lo sacaba y lo volvía a meter más profundo, girándolo, dilatándome. Yo miraba hacia fuera, imaginando que nos observaban desde los edificios de enfrente.
Cuando ya estaba bien abierta y temblando, sacó el calabacín, lo dejó sobre la mesa a la vista y se colocó detrás de mí. Me apuntó la polla al ano y me la metió de un empujón lento pero firme.
Grité de placer. Me folló el culo ahí mismo, frente al ventanal y la terraza abierta, fuerte y hondo. Cada embestida me hacía rebotar las tetas contra el cristal y mis gemidos resonaban hacia la calle. Me agarraba de las caderas, me azotaba el culo y me decía:
—Eres mi puta rellenita, mi zorra exhibicionista… te estoy follando el culo para que lo vea todo el mundo.
No aguanté mucho. Me corrí como una loca, el ano apretándole la polla, los chorros saliéndome del coño. Él siguió un poco más y se corrió dentro, llenándome el culo de leche caliente.
***
Nos quedamos así un rato, él clavado en mí, jadeando. Luego salió despacio, me giró y me besó con lengua.
—Has sido la putita más guarra que he tenido en mi vida —dijo sonriendo.
Yo solo asentí, con las piernas temblando. Me vestí como pude, con su corrida resbalándome por los muslos, y antes de irme me hice una foto apoyada en el ventanal: el culo rojo y abierto, con el semen asomando, la terraza de fondo. Se la mandé por Telegram: «Recuerdo de tu putita exhibicionista. Repetiremos pronto».
Salí de allí sintiéndome más puta que nunca, sabiendo que esas situaciones —que me sobara de camino a casa, mamársela tanto rato en el sofá y luego frente al ventanal mientras me follaba la boca, el calabacín, que me follara el culo totalmente expuesta a la terraza— me convierten en una auténtica putita sin remedio. Y me encanta.