Lo que confieso sobre mis noches en el polígono
Nunca le he contado esto a nadie, y dudo que lo haga en voz alta alguna vez. Por eso lo escribo aquí, donde nadie sabe quién soy. Tengo veintipocos años y un secreto que solo conoce la oscuridad de las calles vacías.
Cuando me marché de mi pueblo para estudiar en una ciudad grande del norte, descubrí algo que llevaba dentro desde siempre y que en casa jamás me había atrevido a soltar. En una ciudad donde nadie conocía mi nombre, donde podía ser otra persona cada noche, la mujer que de verdad soy salió por completo a la superficie.
Mi cuerpo no ayuda a pasar desapercibida. Soy de curvas marcadas, caderas anchas y un pecho grande y pesado que se mueve solo bajo cualquier prenda. Aprendí pronto a usarlo. Salía de madrugada con una falda corta, sin nada debajo, y una sudadera ancha que se convirtió en mi mejor aliada. Arriba no llevaba absolutamente nada: con solo bajar la cremallera del todo, mis pechos quedaban al aire, libres, con los pezones siempre listos para endurecerse con el primer roce del frío.
No buscaba que me pasara nada concreto. Buscaba la sensación. El vértigo de caminar sola, expuesta, sabiendo que en cualquier esquina podía aparecer alguien. Esa anticipación me empapaba más que cualquier caricia.
***
Fue una madrugada de invierno, sobre las dos, cuando crucé por primera vez aquel polígono industrial casi muerto. Naves cerradas, farolas a medio gas, el zumbido lejano de alguna máquina que nunca dormía. Solo se oía el eco de mis propios pasos sobre el asfalto.
Llevaba la cremallera abierta de par en par. Mis pechos fuera, balanceándose con cada zancada, el aire helado rozándome la piel y dejándome el sexo húmedo sin haber tocado nada. Me sentía poderosa y vulnerable al mismo tiempo, y esa contradicción era exactamente lo que me hacía volver.
Al fondo, en un lateral, había un tráiler grande aparcado con la cabina encendida. Junto a la puerta, un hombre fumaba apoyado en el estribo. Mayor que yo, corpulento, con la barba entrecana y unas manos que se adivinaban fuertes incluso a esa distancia. Me vio. Y no apartó la vista ni un segundo de mi pecho desnudo.
Podría haber subido la cremallera. Podría haber acelerado el paso. Hice justo lo contrario: me detuve a unos metros, le sostuve la mirada con una sonrisa lenta y seguí caminando despacio, dejando que disfrutara del espectáculo. Él tiró el cigarro al suelo y vino hacia mí con un paso tranquilo, sin prisa, como quien sabe que no hace falta correr.
—Menuda forma de pasear a estas horas —dijo con una voz grave, los ojos clavados en mí.
Me encogí de hombros, dejando que se balancearan un poco más.
—Me gusta sentir el aire —contesté en voz baja—. Y me gusta que miren.
Se acercó hasta quedar a un palmo. Olía a tabaco y a gasoil, una mezcla áspera que, lejos de molestarme, me encendió todavía más.
—¿Puedo? —preguntó sin más, señalando con la barbilla.
Lo miré a los ojos, asentí despacio y no dije nada. No hizo falta. Sus manos subieron enseguida, grandes y cálidas, y me cubrieron el pecho por completo. Lo sopesó, lo apretó, lo amasó sin prisa, como si quisiera memorizar la forma. Los pulgares encontraron mis pezones, los rodearon, los pellizcaron primero suave y luego más fuerte, hasta arrancarme un jadeo que se me escapó solo. Estuvo así un buen rato, separando, juntando, hundiendo los dedos en la carne, mientras yo respiraba cada vez más rápido y notaba cómo el deseo me resbalaba por dentro de los muslos.
Con una mano todavía ocupada, bajó la otra a su propia entrepierna y soltó un gruñido.
—Mira cómo me tienes —murmuró—. Por tu culpa.
Sus palabras me hicieron sonreír. Sin pensarlo, alargué la mano hacia su pantalón y empecé a acariciarlo por encima de la tela. Lo notaba latir bajo la palma, grueso, tensando el tejido. Lo froté despacio, de arriba abajo, sintiendo cada contorno y el calor que desprendía. Él contuvo el aliento, pero no me detuvo.
—¿Te gusta? —preguntó entonces, con la voz aún más ronca.
Le sostuve la mirada, me mordí el labio y respondí con una calma que lo descolocó.
—Me encanta. Pero lo que de verdad quiero es que me lo hagas por detrás. Fuerte. Hasta el fondo.
Se quedó un instante quieto, los ojos muy abiertos.
—¿Por detrás? —repitió—. ¿No te va a doler? La tengo grande.
Sonreí, me acerqué a su oído y le susurré.
—No te preocupes por eso. Sé perfectamente lo que hago.
Aquello terminó de encenderlo. Soltó un gemido bajo, casi animal.
—Entonces primero me la vas a chupar bien —dijo.
***
Me apoyó una mano en el pelo, suave, y me guio hacia abajo. Me arrodillé sobre el suelo polvoriento, con el pecho aún fuera rozándole los muslos, y le desabroché el pantalón con los dedos temblando de pura excitación. La saqué: larga, ancha, la piel tirante y la punta ya húmeda. La miré un segundo, casi con respeto, antes de empezar.
Besé primero la punta, apenas un roce de labios, saboreando lo salado. Luego abrí la boca y la envolví, chupando con calma, la lengua plana presionando por debajo. Él respiró hondo y me habló en voz baja.
—Así, despacio. Sin prisa.
Le hice caso. Bajé un poco más, tomando algo más de tronco, succionando con cuidado, notando cómo se hinchaba dentro de mi boca. La saliva empezó a acumularse y la usé para humedecerlo entero, lamiendo los lados en trazos largos, de la base a la punta, mientras lo miraba desde abajo.
—¿Te gusta cómo lo hago? —pregunté con la voz amortiguada.
—Joder, sí. Sigue.
Aceleré apenas el ritmo, la cabeza subiendo y bajando, succionando más fuerte en cada subida para que sintiera el vacío. Le besé los lados, mordisqueé suave la piel tensa, y volví a mirarlo. Esa atención que le daba, esa manera de hacerle creer que no había nada más importante en el mundo en ese momento, lo tenía completamente atrapado.
—Más hondo —pidió, agarrándome el pelo con un poco más de firmeza.
Lo intenté, tragando más, hasta que rozó el fondo de mi garganta. Me ahogué un instante, los ojos se me llenaron de lágrimas, pero aguanté, y la saliva me caía por la barbilla y goteaba sobre mi propio pecho. Salí un momento a coger aire.
—¿Te gusta verme así? —le pregunté.
—Me estás volviendo loco —contestó entre jadeos.
La sesión se alargó. Chupadas profundas, lamidas superficiales, la mano acompañando al ritmo de la boca. Él empezó a marcar el compás, empujando despacio las caderas, y yo lo dejé hacer, sin dejar de mirarlo desde abajo. Cuando lo noté demasiado cerca, demasiado tenso, me aparté con un sonido húmedo y me puse de pie. Todavía no.
***
Me giró contra el lateral del tráiler, el metal frío contra mis pechos. Me levantó la falda, me separó con las manos y se escupió en la palma. Me preparó con paciencia, primero un dedo, luego dos, girándolos despacio mientras yo apoyaba la frente en la chapa y respiraba hondo.
—Estás lista para lo que pedías, ¿verdad? —dijo.
—Hazlo —gemí, empujando hacia atrás.
Entró despacio, milímetro a milímetro, y me hizo sentir cada centímetro de la invasión. El ardor del principio dio paso enseguida a una sensación de plenitud que me cortó la respiración. Cuando estuvo del todo dentro, se quedó quieto un segundo, y luego empezó a moverse. Primero con vaivenes cortos, saliendo solo a medias, volviendo a entrar. Después fue ganando ritmo, las caderas chocando contra mí, cada embestida recorriéndome la espalda como una descarga.
Yo empujaba hacia atrás, buscándolo.
—Más fuerte —le pedí.
Obedeció. Me sujetaba el pecho con una mano, apretándolo al compás de sus movimientos, mientras la otra me agarraba la cadera para clavarse más hondo. Me corrí antes que él, un orgasmo largo que me dejó temblando contra la chapa, las piernas a punto de fallarme. Él siguió un poco más, cambiando el ángulo, buscando puntos nuevos, hasta que se tensó entero y se vació dentro con un gruñido ronco, abrazado a mi espalda.
Se quedó quieto un momento, respirando contra mi nuca, antes de salir con cuidado. Me dio una palmada juguetona y se rio bajito.
—Eres de las que no se olvidan —dijo, todavía sin aliento.
Me bajé la falda, subí la cremallera a medias y seguí caminando por el polígono como si nada, las piernas flojas, el cuerpo todavía vibrando. No miré atrás. No hacía falta.
Aquella noche entendí que esto no era una fase ni un capricho de ciudad nueva. Era yo. El exhibicionismo, el riesgo, los sitios prohibidos a las dos de la madrugada. Y sé que volveré a salir, sin nada bajo la sudadera, a buscar la próxima cabina encendida en la oscuridad.