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Relatos Ardientes

La tarde que me exhibí para un desconocido en el parque

Era una tarde de primavera, de esas en las que el calor todavía no aprieta pero ya se siente en la piel. Yo acababa de cumplir cuarenta y tres años y llevaba semanas con una urgencia que no me dejaba en paz. De día funcionaba como siempre: trabajo, recados, llamadas. De noche, en cambio, me convertía en otra persona. Me tocaba pensando en escenas que nunca me atrevería a contar, mandaba fotos a chats de extraños, me metía los dedos imaginando que alguien me descubría a mitad de todo. Pero esa tarde lo de imaginar ya no me bastaba.

Necesitaba algo real. Algo con riesgo, aunque fuera medido. Quería sentir el aire en la piel desnuda y saber que alguien podía estar mirando sin que yo lo confirmara del todo. Esa mezcla de control y descontrol era lo que me ponía como nada.

Elegí un parque grande en las afueras, uno de esos con senderos que se internan entre árboles altos y bancos medio escondidos detrás de los setos. Lo conocía de pasear, sabía que a media tarde había gente, pero también rincones por los que apenas pasaba nadie. La idea de moverme entre los dos mundos —lo transitado y lo solitario— era parte del juego.

Me vestí pensando en la rapidez. Una falda negra con vuelo, ligera, de las que se levantan con cualquier movimiento. Una blusa clara, sin sujetador, lo bastante escotada como para insinuar más de lo prudente. Debajo, unas bragas finas que pudiera bajar y subir en un segundo. Me miré en el espejo antes de salir y me costó reconocerme: tenía las pupilas dilatadas y una sonrisa que no era inocente.

Si me arrepiento, doy media vuelta y ya está, me dije. Pero sabía que no iba a arrepentirme.

Llegué cuando el sol empezaba a bajar, esa hora en la que todavía hay paseantes pero las sombras ya se alargan. Caminé despacio por los senderos principales, sintiendo cómo la tela rozaba mi cuerpo con cada paso. Dos chicas pasaron corriendo, un hombre con un perro me saludó con la cabeza. Yo respondía con normalidad, como si no llevara la respiración acelerada desde que crucé la verja.

***

Tardé un rato en encontrar el sitio. Lo descarté todo hasta dar con un banco de madera medio oculto detrás de un grupo denso de arbustos. Desde el camino ancho no se veía nada; pero un sendero estrecho pasaba justo por el costado, y entre las ramas quedaba un hueco, una especie de ventana de hojas. Quien tomara ese atajo y mirara en el momento justo tendría una vista que yo no podría negar después.

Me senté. El corazón me latía en la garganta. Esperé un par de minutos, escuchando: el viento, algún pájaro, voces lejanas que iban y venían. Cuando me convencí de que el camino lateral estaba vacío, empecé.

Primero me subí la falda poco a poco, arrugándola contra la cintura. El aire fresco me tocó los muslos y subí un escalón más de excitación solo con eso. Separé las rodillas todo lo que el banco permitía, apoyé un pie en el filo del asiento y me bajé las bragas hasta medio muslo, sin quitármelas. Quería poder cubrirme en un segundo si hacía falta. Esa posibilidad de huida era justo lo que me daba permiso para seguir.

Me acaricié despacio. Ya estaba mojada, lo había estado todo el camino. Pasé los dedos por encima, sin prisa, sintiendo cómo respondía cada terminación. El clítoris pedía atención, pero yo tenía otra idea en la cabeza, una que me da más morbo que ninguna.

Me llevé dos dedos a la boca, los humedecí bien y bajé la mano hasta el otro punto. Rodeé el borde despacio, sintiendo cómo se tensaba y se aflojaba bajo la yema. Empujé el índice con cuidado hasta que cedió. Solté un gemido más alto de lo que pretendía y me quedé quieta, asustada, escuchando. Nada. El parque seguía indiferente.

Entonces me solté. Empecé a moverme con un ritmo lento, entrando y saliendo, abriéndome de a poco. Con la mano libre me apreté un pecho por encima de la blusa, pellizcando el pezón que ya tensaba la tela. La sensación de estar a cielo abierto, con la falda en la cintura y las piernas separadas hacia ese hueco entre las ramas, me tenía al borde sin apenas haber empezado.

***

Oí pasos. Lejanos al principio, después más cerca, en el sendero estrecho. Me quedé congelada un instante, con el dedo dentro, debatiéndome entre cubrirme o seguir. Ganó la parte de mí que había salido de casa buscando exactamente esto. No paré. Al contrario: saqué el dedo, lo humedecí otra vez y volví con dos, despacio, sintiendo el estirón. La respiración se me cortó.

Y lo vi. O, mejor dicho, lo sentí antes de verlo. Un hombre mayor, de unos sesenta y tantos, alto y de pelo blanco, con pinta de jubilado tranquilo: camisa de cuadros, pantalón claro y un paso pausado de quien sale a estirar las piernas. Caminaba mirando el suelo. Al llegar a la altura de los arbustos, algo lo hizo levantar la vista. Y se detuvo en seco.

Desde su ángulo, entre las hojas, tenía una vista completa. Sabía que la tenía. Yo, con la falda recogida, las piernas abiertas, una mano ocupada y el cuerpo entregado al placer. Nuestros ojos se encontraron a través de aquel hueco verde. Lo natural habría sido cerrar las piernas, taparme, morirme de vergüenza.

Hice lo contrario.

Me puse aún más caliente. Sostuve su mirada y seguí, ahora más decidida, moviendo los dedos con más firmeza. Con la otra mano me abrí el escote y saqué un pecho entero al aire de la tarde, pesado, con el pezón oscuro y endurecido. Me lo acaricié despacio, casi con descaro, mientras lo miraba fijo entre las ramas.

Él no se movió. Se quedó plantado a unos pocos metros, medio oculto por la vegetación, con la boca entreabierta y los ojos clavados en mí. Vi cómo su mano libre bajaba con disimulo hacia el bolsillo del pantalón y empezaba a moverse, lenta, contenida. Se estaba tocando. Por mí. Eso terminó de encenderme.

***

Aceleré. Probé con un tercer dedo, estirándome con ese dolor que a mí me sabe a placer, gimiendo bajito pero ya sin tanto cuidado. Mírame bien, pensé, aunque no dije nada en voz alta. Me giré un poco más hacia él, abrí con la mano libre para que viera mejor, ofreciéndome a su mirada como no me había ofrecido nunca a nadie. El pecho fuera se movía con cada empujón, el pezón duro como una piedra.

Él dio un paso, siempre resguardado por los arbustos. Sacó la mano del bolsillo lo justo, y vi la forma evidente bajo la tela. Se acariciaba despacio, sin sacarla del todo, con los ojos fijos en mí como si temiera que aquello desapareciera si parpadeaba. Había algo en su contención que me gustaba todavía más que el descaro: ese hombre llevaba años, quizá décadas, soñando con encontrarse una escena así, y la tenía delante.

Me corrí entonces. Fuerte, pero en silencio, mordiéndome el labio para no gritar. Un temblor largo que me recorrió entera, los músculos apretando mis dedos, el cuerpo entero sacudido por una corriente que no controlaba. Eché la cabeza atrás un segundo y, cuando volví a mirarlo, vi que él también había llegado al límite.

Se tensó, cerró los ojos un instante y respiró hondo, como quien suelta un peso de muchos años. No hizo ruido. Solo apareció una mancha tenue en la tela clara del pantalón, y supe que se había dejado ir igual que yo.

***

Nos quedamos mirándonos un rato largo, los dos recuperando el aliento, separados por unos metros y por aquella pared de hojas. No hubo palabras. No hacían falta. Saqué despacio los dedos, me los llevé a la boca y los chupé sin dejar de mirarlo, saboreando lo que acababa de hacer, dándole el último gesto que sabía que recordaría.

Él sonrió por primera vez. Una sonrisa breve, agradecida, casi tímida para todo lo que acababa de pasar. Inclinó apenas la cabeza, como diciendo «gracias», y reanudó su paseo con el mismo paso tranquilo de antes, como si volviera de comprar el pan.

Me recompuse rápido. Subí las bragas, ya empapadas, bajé la falda, guardé el pecho dentro de la blusa y me quedé sentada un minuto, dejando que el pulso volviera a su sitio. El cuerpo me palpitaba entero, con esa sensación rara de haber sido tocada sin que nadie me pusiera un dedo encima. Solo su mirada. Y había bastado.

Salí del parque con las piernas todavía temblando y la certeza de que aquel hombre se iría a dormir muchas noches pensando en la mujer que se abrió de piernas para él entre los arbustos. Lo curioso es que yo también. Lo pienso cada vez que paso cerca de allí.

Y sí, ya lo sé: no debería. Una mujer de mi edad, con mi vida, no debería buscar esas cosas. Pero llevo semanas mirando el calendario y calculando a qué hora bajaba el sol aquella tarde. Quizás vuelva. Quizás al mismo banco, a la misma hora. Por si él también repite.

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Comentarios (5)

MartaB88

Dios mio, que relato!!! Me quede sin palabras, de verdad. Sigan viniendo estas confesiones!!!

LectorBsAs

La descripcion del parque, el calor, el nerviosismo previo... todo muy bien logrado. Espero mas relatos en esta categoria, hacen falta mas asi de honestos.

RoxiMdP

Me encanto!!! tan real que parecia que yo estaba ahi tambien jajaja

Marito_Cba

Directo y sin vueltas, eso es exactamente lo que uno busca en una confesion. Muy bueno.

Confieso_todo

Hay algo en lo de hacer cosas atrevidas en lugares publicos que te pone los pelos de punta... o algo mas jeje. Muy bueno el relato

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