Mi novio me castigó en cada parada del viaje
Las segundas vacaciones de Nerea y Adrián empezaron con la misma ilusión con la que las habían planeado durante todo el invierno: recorrer la Dordoña en bicicleta. Él llevaba años rodando por carreteras de montaña y quería compartir esa pasión con ella. Ella, traductora de profesión y deportista por contagio, aceptó la propuesta sin saber del todo dónde se metía.
La idea sonaba perfecta sobre el papel. Castillos colgados de los acantilados, mercados de pueblo, vino tinto a la sombra de un nogal y kilómetros de carretera tranquila entre viñedos. Adrián había trazado las rutas con la misma meticulosidad con la que revisaba las bicicletas: frenos ajustados, ruedas a la presión justa, alforjas equilibradas al milímetro.
Nerea, en cambio, estaba emocionada y nerviosa a partes iguales. Sabía que él tenía más fondo físico, y aunque había mejorado en los entrenamientos, no estaba segura de poder seguirle el ritmo durante jornadas enteras. Pero confiaba en Adrián. Confiaba en que él sabría cuándo apretar y cuándo dejarla respirar. Esa confianza era, en realidad, el corazón de todo lo que había entre ellos.
Volaron con las bicicletas desmontadas y, al llegar al valle, el paisaje los dejó sin palabras. Colinas verdes, el río serpenteando abajo y, sobre un meandro, la silueta de un castillo medieval que parecía suspendido en el aire.
El primer día fue suave, más de adaptación que de esfuerzo. Pedalearon veinte kilómetros entre paradas turísticas, almorzaron en una terraza un plato de pato confitado y compartieron una botella del país. Después del café, Adrián miró el cielo todavía alto y sonrió.
—Venga, aún tenemos luz y el paisaje merece otro tramo —dijo.
Ella asintió encantada. Rodaron por carreteras secundarias, cruzaron puentes de piedra y bordearon viñedos hasta que él frenó junto a la orilla, detrás de unos chopos, para aliviarse.
***
—Nerea, ven, mira esto —la llamó.
Ella se acercó y, al verlo con el miembro en la mano, se arrodilló por instinto, creyendo adivinar lo que él quería.
—Solo he venido a mear y te llamé por las vistas —dijo Adrián, divertido—. Pero ya que estás aquí, sostenla mientras lo hago.
Ella tragó saliva, se colocó cerca de él y le sujetó la base con cuidado. El chorro salió caliente y firme, y Nerea, fascinada y tensa a la vez, siguió el arco dorado que caía sobre la hierba. Él no apartó la vista de ella en ningún momento, como si lo excitara más la obediencia que el alivio de vaciar la vejiga. Cuando el chorro se fue haciendo corto y tembloroso, unas gotas salpicaron los nudillos de Nerea y ella sonrió, respirando ese olor agrio y animal de la orilla.
Adrián terminó con un estremecimiento. Se sacudió la última gota, se recogió y, en vez de apartarla, le rozó la mejilla con la punta húmeda de los dedos.
—Buena chica —murmuró, con un tono satisfecho que la hizo apretar las piernas sin darse cuenta.
Ella se inclinó y besó la punta aún tibia antes de levantarse. Él le sostuvo la barbilla un segundo, como aprobándola.
—Ahora no te hagas la perezosa y recoge, que aún nos queda —comentó, mientras hacía suaves estiramientos.
Nerea sacó un pañuelo, se limpió un par de gotas cálidas del cuello y empezó a guardar las cosas en las alforjas. Él la observaba con aprobación. Era un pacto silencioso: él guiaba, ella confiaba.
Esa noche durmieron en una pequeña casa rural con vistas a los viñedos. Tras una ducha reparadora, cenaron una tabla de quesos de la zona y una copa de tinto, hablando de los castillos del día siguiente.
—Ha sido un buen día —dijo Nerea, masajeándose los muslos doloridos.
—Mañana será mejor —respondió él, ya pensando en cómo exigirle un poco más.
En la habitación, Adrián le alivió la sobrecarga con un masaje profundo. Buscó los puntos de tensión, clavó los dedos con precisión, deshizo las pequeñas contracturas que empezaban a formarse. Cuando los músculos recuperaron su firmeza flexible, el masaje se convirtió en caricia. Le subió la camiseta despacio, recorriéndole el vientre con la palma, y al llegar a los glúteos notó que el sillín ya le había dejado la piel algo irritada. La besó con dulzura, primero la curva de la cadera, luego la carne caliente del trasero, y ella soltó un suspiro tembloroso que no sabía si era alivio o hambre.
—Ahora te toca a ti —dijo ella—. ¿Lo hago de rodillas, como en casa?
Él asintió con un leve movimiento de cabeza y se tumbó, ocupando toda la cama.
Ella se arrodilló entre sus piernas y le desabrochó el pantalón con dedos ansiosos. Lo sacó despacio, notando el bulto duro y caliente saltándole en la mano, y lo lamió de la base a la punta como si quisiera probar hasta dónde llegaba su paciencia. Adrián soltó un jadeo áspero, apoyando las manos en la sábana. Nerea siguió, abriendo los labios alrededor de la corona, chupando con ritmo, hundiéndolo hasta donde la garganta se lo permitía y volviendo a subir con la saliva brillando en la piel. Él la miraba desde arriba, respiración rota, mientras ella alternaba lengua, labios y presión, cada vez más segura, más hambrienta de su reacción.
Cuando él estuvo a punto de correrse, la sujetó por el pelo y la apartó con suavidad pero firmeza.
—Todavía no. Hoy te quiero mandando más que pidiendo —dijo, y le hizo abrir la boca para llenársela de nuevo, lento, profundo, hasta que Nerea se le quedó colgando de la punta con los ojos húmedos y la respiración agitada.
***
Los días siguientes fueron una mezcla de esfuerzo y disfrute. Cada mañana, tras un desayuno ligero, pedaleaban entre treinta y cinco y sesenta kilómetros, visitando castillos colgados de la roca, jardines de boj y salones llenos de tapices. Adrián evaluaba el estado de Nerea al final de cada ruta; si la veía con fuerzas, buscaba una subida para alargar la jornada un poco más.
—Mejoras, pero todavía te falta para alcanzarme —bromeaba.
Ella reía, cansada y orgullosa de su progreso. Las largas jornadas empezaron a pasar factura en forma de pequeñas rozaduras que aliviaban con crema cada noche, aunque a ella le duraban más que a él.
La víspera de la ruta más dura, casi noventa kilómetros de pendientes suaves pero continuas, Nerea estaba inquieta. Mientras esperaban la cena, él notó su nerviosismo.
—Sé que estás preocupada —dijo con voz suave pero firme—. Pero confío en que puedes hacerlo.
—No estoy tan segura, Adrián. Estoy agotada y me da miedo no cumplir.
Él la miró con seriedad.
—Quiero que me lo prometas. No quiero oír más dudas. ¿Lo entiendes?
—Lo prometo, pero...
—Si vas a dudar, entonces necesito que estés más comprometida —la interrumpió—. Esta noche habrá un castigo por tus dudas. Y mañana, si no cumples los objetivos que te marque, habrá consecuencias.
—¿Qué tipo de castigo? —preguntó ella, con un nudo en el estómago.
Adrián sonrió sin perder la calma.
—Después de la cena lo sabrás. Va a ser divertido. Al menos para mí —añadió, guiñándole un ojo.
—Está bien. Haré lo que me pidas.
Entonces él se inclinó sobre la mesa con una expresión que mezclaba juego y mando.
—Pídele al camarero el picante más fuerte que tengan.
—¿Picante? ¿Para qué?
—Solo hazlo. Confía en mí.
Desconcertada, Nerea llamó al camarero y le pidió lo más potente de la casa. El hombre levantó una ceja, extrañado, y volvió con un bote de cayena molida.
—Úsenlo con moderación —advirtió, dejándolo sobre el mantel.
Ella lo tomó con una mezcla de incertidumbre y resignación. Esperó toda la cena que él le mandara echarse el picante en la comida, pero no llegó la orden. Se sintió aliviada: temía ese picante, no en la boca, sino al día siguiente, con el surco trasero tan irritado por el sillín.
Adrián le explicó cómo debía rodar al día siguiente, le dio un apretón de manos como sello del pacto y la mandó a la habitación. Subió pocos minutos después, tras apurar un licor del país mientras chapurreaba con el camarero en su francés torpe.
***
La encontró ya acostada, en pijama. Pero él no había terminado con sus planes, y se lo hizo saber en cuanto sus labios se encontraron con los de ella. La besó con hambre, empujándola hacia el colchón, y dejó que las manos vagaran por su cuerpo, bajando por la cintura, subiendo por la curva de las tetas, apretando los pezones duros bajo la tela. Al rozar las irritaciones del trasero, ella dejó escapar un gemido bajo, entre dolor y deseo.
Se apartó del beso y la miró a los ojos. Vio allí la sumisión y el deseo ardiendo juntos, y supo que estaba lista. Fue hasta la mesita de noche, sacó un frasco de lubricante y vertió un poco en sus dedos. El corazón de Nerea se aceleraba con cada segundo, porque ya conocía esa mirada: la de cuando él había decidido que no habría marcha atrás.
Adrián se acercó por detrás. Sus dedos trazaron las curvas del trasero, acariciaron las rozaduras y se deslizaron despacio entre sus nalgas, buscando la entrada cerrada. Primero le abrió con paciencia, untando bien la piel irritada con la sustancia tibia; luego hundió un dedo, después dos, arrancándole un jadeo largo, roto, mientras ella se apoyaba en la cama para no caer. El roce en carne sensible le arrancó un sollozo, pero también un espasmo de placer que le hizo arquear la espalda. Él no dejó de mover la mano, alternando presión y caricia, frotando el anillo de entrada hasta que la dejó húmeda, preparada, temblando entera.
—Sé que esto es parte de lo que merezco —murmuró ella, empujándose hacia atrás contra su mano.
—Eso es —respondió él, bajando la voz—. Así. Aguanta para mí.
Sin aviso, él retiró los dedos y se puso de pie. Nerea se giró, el corazón desbocado al ver la mirada decidida, casi febril. Adrián la inclinó hasta dejarla sobre las manos y las rodillas, en el suelo, y se colocó detrás. Ella sintió primero la punta, caliente y dura, apoyándose en su entrada; luego la presión lenta, insoportable, mientras él respiraba hondo y la iba llenando despacio, centímetro a centímetro, hasta que ella se quedó sin aire y con los dedos hundidos en la alfombra.
—Eso es. No te muevas —gruñó él.
El dolor era intenso, punzante, pero formaba parte del juego que había aceptado. Lo dejó tomarla, sintiendo cómo la llenaba mientras él se movía cada vez más hondo, empujando con fuerza contenida, después con golpes más secos que le hacían apretar los dientes. Cada embestida le sacaba un gemido y una sacudida en las caderas; cada pausa, una necesidad más sucia de que siguiera. Él le sujetó la cintura, marcando el ritmo, y Nerea acabó devolviéndole el movimiento, ofreciéndole el culo, arqueándose para recibirlo mejor. El sonido de piel contra piel llenó la habitación, húmedo, brutal, hasta que él empezó a perder el control.
—Joder, cómo aprietas —murmuró entre dientes, hundiéndose una y otra vez.
Nerea apenas podía responder. Sentía el cuerpo abierto, sensible, vivo, y al mismo tiempo una excitación tan fuerte que le latía entre las piernas. Se aferró a la alfombra, cansada y dolorida, mientras él aceleraba, la llevaba al borde, la obligaba a soportar más de lo que creía posible. El temblor le subió por los muslos y por el vientre, y cuando él gimió su nombre, se quedó rígido unos segundos antes de derramarse dentro de ella con un respingo entero, caliente y pesado.
Después, ella gateó hasta él, lo tomó en la boca y lo limpió despacio, mirándolo a los ojos, tragando la última pulsación de su orgasmo con una disciplina que lo dejó sonriendo. Le lamió la base, recogió la corrida con la lengua y se la bebió con la naturalidad de quien sabe exactamente cómo terminar un castigo que en realidad ha sido una recompensa.
—Eres mía —dijo él, acariciándole el pelo cobrizo—. En cuerpo y alma.
La subió a su regazo y ella le rodeó el cuello con los brazos. Ambos sabían que aquello era solo el principio.
***
Pero el castigo verdadero todavía no había llegado. Adrián la llevó al baño. La luz tenue volvía el ambiente más íntimo y secreto. En el lavabo había dejado preparado un frasco de vaselina y el bote de cayena que ella misma había traído.
—Tu castigo de esta noche es aplicarte esto en las rozaduras —dijo, mostrándole ambos botes.
—¿Picante en las rozaduras? ¡Eso va a doler! —protestó ella, incrédula.
—Lo sé —respondió él con calma—. Pero es la forma de que enfrentes tus dudas y llegues preparada para mañana.
Mezcló en un cuenco la vaselina con una buena dosis de cayena hasta formar una pasta espesa y rojiza, y se lo tendió.
—Empieza con poco y ve probando cómo lo aguantas.
Nerea se untó una pizca en la piel irritada y el ardor llegó de inmediato. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras intentaba no quejarse.
—Escuece muchísimo —susurró, temblándole la voz.
Él se acercó, le secó las lágrimas con los pulgares y la abrazó.
—Lo sé, cariño. Aguanta un poco más. Úntate otra vez, estoy contigo.
Ella siguió aplicando la crema urticante, esforzándose por mantener la calma. Cuando él vio que rozaba su límite, tomó un buen pegote en los dedos y se lo introdujo lo más hondo que pudo. Nerea soltó un grito ahogado y dio un respingo, abriéndose de golpe bajo la presión ardiente, con las rodillas flojas y la boca entreabierta.
Adrián guardó el bote, la tomó de la barbilla y la miró a los ojos.
—Recuérdalo. Si flaqueas mañana en la ruta, no dudaré en repetir la cura —dijo, con una sonrisa que era a la vez amenaza y ternura.
Con el ardor todavía vivo en la piel, ella asintió. La sentó en sus rodillas, le acarició el pelo y le secó las últimas lágrimas.
—Lo estás haciendo muy bien. Mañana valdrá la pena.
—Perdóname por haber dudado —murmuró ella, refugiándose en su pecho.
A media noche se despertó: el escozor no la dejaba dormir. Él le sugirió una ducha para aliviarse, y ella se lo agradeció. Adrián volvió a la cama satisfecho del nivel de obediencia que había alcanzado, y se durmió feliz como un niño.
***
Al amanecer, Nerea encaró la última ruta decidida a demostrar que podía con todo. Adrián pedaleaba a su lado, atento. Tras una subida especialmente dura, se volvió hacia ella.
—¿Cómo llevas el escozor? ¿Sigue molestándote? —preguntó, sonriendo.
—Todavía escuece, pero es soportable —respondió ella con firmeza—. No quiero más picante, así que voy a apretar el ritmo.
—Cuanto menos tardemos, menos roce —asintió él—. Yo ya ni lo noto.
Ella apretó los dientes y pedaleó con energía renovada, empujada por la promesa de un final menos doloroso. Hubo un momento, hacia el kilómetro setenta, en que el cansancio acumulado le pesó de golpe.
—Adrián... creo que necesito una pausa.
Él paró para beber agua, pero pronto la animó.
—Venga, ya queda poco. Cinco kilómetros y terminamos.
Agotada pero incapaz de decepcionarlo, Nerea pedaleó hasta el pueblo donde pasarían la noche. Estaba exhausta y orgullosa de haber superado sus límites. Esa noche, tras una cena ligera, él le acarició el rostro.
—Estoy orgulloso de ti. Sabía que podías. Ni siquiera ha hecho falta volver a la crema.
***
Al día siguiente tomaron un tren hasta Burdeos, donde pasarían la última noche antes de volver a casa. Llegaron exhaustos pero plenos. Nerea, muerta de cansancio, propuso pasar la tarde durmiendo en el hotel. Adrián tenía otros planes.
—La ropa está toda sucia y arrugada. Quiero que la laves y la planches esta tarde.
—¡Adrián, esto lo hacemos en casa con la lavadora! Estoy agotada.
—Sé que estás cansada —respondió él con una sonrisa pícara, tumbándose en el sofá—. Pero quiero que me obedezcas. Lavas, planchas, y luego descansas.
Resignada, empezó a lavar en el lavabo, quejándose en voz baja. Él la imitó con voz aguda y ridícula:
—¡Oh, no puedo creer que tenga que lavar en el lavabo! —exageró, y añadió frases de su cosecha—. «Y encima me quieres volver a untar esa crema horrible.»
A pesar del cansancio, Nerea acabó riéndose. Adrián, viéndola rendirse a la risa, se acomodó aún más en el sofá, satisfecho con su pequeño triunfo, y terminó dormido con una sonrisa mientras ella seguía con la colada.
Esa noche se sentaron en el balcón del hotel. Las luces de la ciudad y la silueta del campanario se recortaban contra el cielo. Recostada en su pecho, ella sonrió.
—Gracias por esta aventura. Ha sido perfecta, a pesar de todo. No solo por los castillos, sino por estos momentos juntos, incluso cuando las cosas no salieron como yo esperaba.
—Sí salieron como yo esperaba —respondió él, abrazándola—. He disfrutado cada minuto. Y será la primera de muchas rutas.
Contemplando las luces, ambos sabían que el viaje no había sido solo una prueba de resistencia física, sino algo que había estrechado todavía más lo que los unía. Y los dos intuían, sin decirlo, que aquella «crema estimulante» volvería a aparecer en alguna noche futura.