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Relatos Ardientes

Obedecí cada orden de mi Señor frente a la cámara

La sesión empezó como todas las otras: con un video corto en el que me exhibía para él. Encendí la cámara, me alejé un par de pasos y dejé que me mirara despacio. Llevaba un pantalón de vestir ajustado en las caderas, azul oscuro, y una blusa de algodón color verde apagado, cerrada al frente con botones a presión. Debajo, un conjunto de ropa interior color hueso, también de algodón, elegido por orden suya: la tela clara delata enseguida cuánto se humedece mi sexo, y a él le gusta esa prueba.

Me acaricié los pechos y las nalgas por encima de la ropa, primero con la palma abierta y después con las yemas. Froté el pantalón contra mi entrepierna con una lentitud calculada, sabiendo que cada segundo era para él. Fui desabrochando los botones uno a uno hasta quedarme en ropa interior, sin prisa, mirando el lente como si lo mirara a los ojos.

Era pasado el mediodía. El correo que había recibido esa mañana, como siempre los días de sesión, me indicaba que esta vez sería en mi propia habitación. A diferencia de otras ocasiones, no me daba ningún detalle sobre materiales ni preparativos previos. Entendí enseguida lo que buscaba: añadir una ansiedad extra, la del misterio, la de no saber qué me esperaba.

Arreglé la cama, ajusté la cámara en su soporte y dejé la notebook cerca para la comunicación. Lo único que preparé fueron mis dos cajas con todo el material, abiertas sobre el suelo, para tenerlo a mano. Después me senté en el borde del colchón y esperé.

La notificación sonó. Abrí el chat.

«Bien hecho, pequeña. Cada vez lo haces mejor. Vas a sacar los pechos fuera del sujetador y me vas a mostrar cómo cuelgan, inclinándote hacia adelante. Los vas a mover hasta que choquen entre sí. Quiero escuchar el sonido. Será videollamada. Apaga el televisor y la música. No quiero ningún ruido tuyo, solo tus pechos golpeándose.»

Pasó cerca de un minuto antes de que entrara la llamada. Yo ya esperaba de pie, en posición. Saqué mis pechos del sujetador, me incliné hacia adelante y empecé a balancear los hombros para hacerlos oscilar de lado a lado. En la pantalla solo veía sus piernas: estaba sentado en un sofá, sin mostrar la cara, como siempre.

El movimiento era agotador. Tenía que sacudirme con fuerza para que se mecieran de verdad, y al poco rato empecé a sudar. Bajé el ritmo casi sin darme cuenta.

—Muévete más fuerte —dijo la voz al otro lado—. Sigue así un poco más.

La orden era clara. Volví a acelerar sin dudar. Mis pechos chocaban uno contra otro y entre las piernas ya sentía la humedad avanzando.

—Bien. Ahora muéstrame de cerca cómo se moja tu ropa interior.

Acerqué la cadera al lente. La tela clara estaba oscurecida por el centro, empapada. Él lo miró unos segundos y cortó la llamada sin decir nada.

***

El mensaje no tardó. «Quiero que te pongas los succionadores bien apretados en los pezones. Me lo vas a mostrar por videollamada y yo te diré hasta qué punto ajustar la perilla según cuánto se estiren. Te vas a filmar usándolos tres minutos mientras haces la cama. No importa que ya esté hecha: la deshaces y la vuelves a hacer desde cero. Cuando pase el tiempo, vas a tirar de ellos con la presión puesta hasta arrancarlos. Después colocas las pinzas y dejas la cadena colgando por delante tres minutos más.»

Busqué los accesorios en las cajas. Ubiqué la cámara del móvil de modo que tomara la mayor parte de la habitación, para que él pudiera apreciar la tarea, y acepté la llamada desde la PC para mostrarme mientras me los colocaba. Lamí la ventosa del primero y la apoyé sobre el pezón izquierdo. Giré la perilla una vez. El dolor fue inmediato, intenso. Coloqué el derecho y lo enseñé a la cámara.

—Gira otra vez —dijo su voz.

Lo hice en los dos. Dolía, pero se los acerqué igual al lente.

—Otra vez.

Era la tercera vuelta. Nunca los había usado tan apretados. Mis pezones quedaron estirados casi un centímetro y ardían cada vez que giraba la perilla. Los mostré una vez más y la llamada se cortó. Eso significaba que debía continuar sola. Un temporizador empezó a correr en la pantalla.

Pasaron los minutos mientras hacía la cama en ropa interior, con los pezones estirados por las ventosas. Entre las piernas, el calor seguía creciendo y la tela se pegaba a mi piel. Me excitaba demasiado pensar en el momento de tirar de los succionadores hasta arrancarlos. El instante se acercaba.

Sonó la alarma. Me senté en la cama, dentro del plano de la cámara, y empecé a tirar despacio. Mis pechos se levantaban y se estiraban enteros hacia adelante. Era una sensación extraña y deliciosa a la vez. El izquierdo se soltó primero; el derecho me obligó a seguir tirando hasta que cedió. Quedaron hipersensibles, duros, hinchados. De inmediato los pincé y dejé la cadena colgando en el medio. Empecé a contar el tiempo de nuevo.

El dolor crecía con cada segundo y el mínimo roce me hacía gemir. Llegó otro mensaje.

«Durante los tres minutos con las pinzas vas a estimularte los pezones. Al terminar te las quitas y me mandas foto de los pezones hinchados y de cómo quedó tu ropa interior.»

Los tenía duros como piedra. El simple contacto de mis dedos me llevaba al borde, y abajo no paraba de mojarme. Tomé las fotos lo mejor que pude, aunque la excitación me hacía temblar las manos, y esperé lo siguiente masajeándome los pechos.

***

«Con las pinzas puestas y el culo lleno para mí, vas a andar a cuatro patas por la habitación, como la perra que eres, al menos tres minutos cronometrados. Te quitas la ropa interior y te penetras el ano con el inflable. Quiero ver en video cómo te abres. Solo puedes lubricarlo con tu propio flujo. La penetración tiene que ser rápida, y vas a bombear dos veces para inflarlo dentro. Después vuelves a ponerte las pinzas y caminas en cuatro patas con la pera de aire colgando por detrás, como una cola.»

Estaba tan caliente que cada orden detallada me aceleraba el pulso entre las piernas. Acomodé la cámara en el soporte, cuidando que todo entrara en cuadro. Mi habitación no es grande, así que con un poco de paciencia lograba una toma bastante completa.

Cuando terminaba los preparativos llegó un mensaje imprevisto: al quitarme la ropa interior debía mostrar en primer plano cuánto se había mojado, y lamer la parte interior, la que había estado en contacto con mi sexo.

Me excitó probarme a mí misma. El sabor era intenso, agridulce, igual que el aroma tibio y dulzón de mi propio cuerpo. Tomé entonces el inflable y lo froté contra mi sexo húmedo, cubriéndolo con mi flujo, recorriéndome con las piernas lo más abiertas que pude. Después me acomodé para abrirme con él.

Costó meter la cabeza redondeada en mi ano cerrado. Volví a llevar el inflable a mi entrepierna para juntar más humedad y arrastrarla hasta la entrada, una y otra vez, hasta que por fin entró. Me quedé unos segundos respirando hondo. Lo inflé un par de veces y me mantuve muy quieta, dejando que el cuerpo se acostumbrara al diámetro repentino, sin dilatación previa. Me sentía llena y, de un modo que cuesta explicar, completa.

Me deslicé hacia el piso manteniendo la pose. De rodillas, ajusté la cámara y volví a colocar las pinzas en mis pezones, todavía sensibles. Empecé a caminar a cuatro patas por la habitación. El mecanismo del inflable rebotaba contra mis muslos, el flujo me chorreaba por la cara interna de las piernas y el ano se abría poco a poco, acostumbrándose a estar lleno.

Aunque yo llevaba mi propio cronómetro, al terminar el tiempo llegó un mensaje nuevo.

***

«Te pones de pie, retiras el inflable y las pinzas, y buscas en el armario una percha de madera y dos prendas. Me las muestras por separado, numeradas, en fotos. Yo elijo una. La cuelgas en la percha, vuelves a ponerte las pinzas y colgás la percha de la cadena que cae sobre tu pecho. Cruzas las manos detrás de la nuca y cuentas hasta veinte en voz alta. El peso no puede apoyarse en nada: lo sostienen solo tus pechos. Antes de todo eso te vuelves a poner la ropa interior, apretando contra tu sexo el vibrador a máxima velocidad, solo por fuera. Tienes prohibido penetrarte. Lo grabas todo y me lo mandas por correo, porque con esto cerramos la sesión de hoy. Si no te corres con el vibrador antes de terminar de contar, la jornada termina igual: no podrás tener un orgasmo fuera de la sesión, ni cambiarte la ropa húmeda hasta mañana.»

Tuve que hacer una pausa para beber algo. Antes elegí dos prendas: una chaqueta de lana fina y un blazer de vestir. Fotografié las dos, numeradas, y él escogió el blazer para colgar de mis pechos. Acomodé todo lo necesario y me preparé para cumplir.

Primero apoyé el vibrador encendido al máximo contra mi sexo y lo sujeté con la ropa interior, manteniendo las piernas apenas cerradas. Me pellizqué y estiré los pezones para colocar las pinzas lo más firmes posible, todo mientras grababa. Después colgué la percha de la cadena.

El dolor del estiramiento era brutal. Uno, dos, tres. Aguanta. Cuatro, cinco. Respiraba hondo entre número y número. Diez, once. De fondo se escuchaba el zumbido constante del vibrador. Quince. Mis pechos colgaban estirados por el peso. Dieciséis. Las piernas me temblaban. Diecisiete, dieciocho, diecinueve.

Veinte.

Lo logré. El pecho me ardía, estaba sensible hasta el límite y mi sexo no dejaba de palpitar, pero no hubo orgasmo. La jornada terminaba así, en ese filo, justo donde él quería dejarme. Y aun así, mientras retiraba la percha y apagaba la cámara con las manos todavía temblando, me sentí extrañamente completa por haber sabido responder a cada una de sus órdenes.

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Comentarios (6)

Noctambula_27

que calor!!! tremendo relato

AdriLectora

Por favor seguí escribiendo, me quedé con ganas de saber mas. Es de las mejores confesiones que leí acá en mucho tiempo

PabloRivera_

Me recordó a algo que yo viví... la tension de no saber que viene despues es lo que mas engancha. Bien escrito

CuriosoLector99

¿Es todo real? se siente muy autentico, como si lo estuvieras viviendo mientras escribis

MariV_Cba

Increible. No pude parar de leer

LuisaMDP

Lo leí dos veces y sigue poniéndome nerviosa jaja. Se nota que lo sentiste de verdad, eso se trasmite

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