Lo que pasó con mi suegra cuando nos quedamos solos
Hay cosas que uno se calla durante años porque no sabe cómo contarlas sin sonar a monstruo. Esta es una de esas. La escribo ahora, tantos meses después, porque necesito sacarla de adentro de una vez. Todo lo que voy a contar pasó de verdad, en casa de la madre de mi mujer, una tarde de marzo en la que el destino quiso que nos quedáramos solos.
Se llama Marisol. Tiene cincuenta y pocos, aunque nadie se lo cree cuando la ve. Es de esas mujeres que envejecen sin perder nada, con una forma de moverse que no termina de ser inocente. Yo siempre la había mirado un poco más de la cuenta, lo confieso, pero nunca pasó de ahí. Una mirada en una cena, un comentario que se quedaba a mitad de camino. Nada que no se pudiera disimular.
Aquel día mi mujer había salido temprano a acompañar a una amiga al médico, y me pidió que me quedara a esperar al técnico del gas, que venía a revisar la caldera de su madre. Marisol andaba por la casa con una bata fina, terminando de ordenar cosas, y yo me senté en el patio interior a leer algo en el móvil mientras se hacía la hora.
El patio de esa casa es pequeño, cerrado, con macetas y una parra que da sombra. Da directo a la ventana del baño, una de esas ventanas altas de cristal traslúcido que casi nunca cierran del todo. Yo estaba en lo mío cuando oí correr el agua de la ducha.
No voy a mentir. Levanté la vista.
La ventana estaba entreabierta, apenas un palmo, y el vapor empezaba a salir por la rendija. Me dije que no, que era una locura, que era la madre de mi mujer. Volví a mirar la pantalla. Pero el agua seguía cayendo, y la imaginación es una cosa terrible cuando la dejas suelta.
Solo una vez. Solo para confirmar que soy un imbécil y volver a sentarme.
Me levanté con el corazón golpeándome el pecho y me acerqué despacio, como si el suelo pudiera delatarme. A través del cristal mojado se adivinaba su silueta, deformada por el vapor, una sombra que se movía bajo el chorro de agua. No se veía nada concreto, y aun así me quedé clavado ahí, conteniendo la respiración. Ya tenía la polla dura contra la tela del pantalón, latiendo, y no me atrevía ni a acomodármela.
Entonces cerró el grifo.
El silencio repentino me asustó tanto que volví a mi silla de un salto y fingí concentrarme en el móvil. Escuché la mampara, el roce de una toalla, sus pies descalzos sobre las baldosas. Y luego, nada. Pensé que se había ido a vestir y que aquello quedaría como un secreto vergonzoso entre yo y mi conciencia.
***
Me equivoqué.
Diez minutos más tarde fui a la cocina por un vaso de agua. La puerta del baño estaba en el pasillo, abierta de par en par, y ella seguía dentro, frente al espejo, envuelta en una toalla que apenas le cubría lo justo. Se estaba pasando la crema por los hombros. Me vio reflejada antes de que pudiera retroceder.
—Perdón —dije, y noté que la voz me salía rota—. No sabía que seguías aquí. Ya me voy.
Pero no me moví. Y ella tampoco.
Me sostuvo la mirada en el espejo un segundo más de lo normal. Después se dio la vuelta despacio, sin prisa por cerrar la toalla, y bajó los ojos hacia mí. Yo era consciente de lo evidente que resultaba mi cuerpo en ese momento, de que el pantalón no disimulaba nada, de que la polla se me marcaba como un poste bajo la tela.
—No hace falta que te disculpes —dijo, con una calma que me desarmó—. Ya somos grandes. Y no es la primera vez que me miras así. —Bajó los ojos otra vez a mi entrepierda y sonrió de lado—. Y no es la primera vez que se te pone así conmigo delante, tampoco. No te creas que no lo he notado.
Tragué saliva. El corazón se me había subido a la garganta.
—Marisol, esto no…
—Está mi hija fuera toda la mañana —me cortó, y dio un paso hacia mí—. Y tú llevas dos años mirándome como si quisieras preguntarme algo y no te atrevieras. Pregúntamelo ahora.
No pregunté nada. La distancia entre los dos se deshizo sola. Cuando mi mano encontró su cintura por encima de la toalla, ella no se apartó. Al contrario, se acercó hasta que sentí el calor húmedo de su piel recién duchada contra la mía, y su mano bajó directa a agarrarme la polla por encima del pantalón, apretándola sin ninguna vergüenza.
—Joder —murmuró—. La tienes durísima. Eso no se disimula, cariño.
La toalla cayó al suelo entre los dos.
***
La besé como llevaba demasiado tiempo imaginando que la besaría. No fue un beso dulce. Fue de los que muerden, de los que llevan dentro toda la frustración acumulada de las cenas, de las miradas a medias, de lo que nunca dijimos. Ella me respondía con la misma urgencia, agarrándome la nuca, empujándome contra el borde del lavabo, mientras yo le devoraba la boca y le mordía el labio.
La miré entera, sin la toalla, y casi se me va el aliento. Las tetas todavía firmes, los pezones oscuros y erectos, apuntándome como si ya supieran lo que iba a pasar. La barriga suave, las caderas anchas, y ese coño con un vello recortado y prolijo brillándole todavía húmedo de la ducha. Le puse la mano ahí sin pensarlo, entre las piernas, y ella abrió un poco los muslos para dejarme entrar.
—Mírate —le susurré al oído, hundiéndole dos dedos de golpe—. Estás empapada, Marisol. Estás así por mí.
—Llevo así toda la puta mañana —jadeó ella, apretándose contra mi mano—. Desde que sabía que ibas a venir tú.
Le moví los dedos dentro despacio, curvándolos, buscando ese punto que la hacía temblar, mientras con el pulgar le trabajaba el clítoris en círculos lentos. Ella gimió contra mi cuello, mordiéndomelo para no gritar, y su coño empezó a chorrear tanto que me resbalaba por la muñeca.
—Quítate la ropa —me dijo al oído, con la voz ronca—. Quiero verte. Quiero ver esa polla que se te pone dura cada vez que ceno con vosotros.
Me bajé el pantalón y el bóxer de un tirón, sin dejar de mirarla. Ella se mordió el labio cuando me vio salir la polla dura y palpitando, con la punta ya mojada, y esa sola reacción me encendió más que cualquier palabra. Bajó la mano, me agarró con firmeza y empezó a pajearme despacio, midiéndome, apretando en la base y subiendo hasta el glande, esparciendo la gota espesa que me asomaba por el capullo.
—Qué polla tienes, hijo de puta —murmuró, sin dejar de mirármela—. Con esto llevo yo soñando meses. Aprovechemos que estamos solos.
Se arrodilló frente a mí sobre la alfombra del baño. No tuve que pedirle nada. Me la tomó en la boca de una vez, hundiéndosela hasta la mitad, y yo tuve que apoyarme en la pared para no perder el equilibrio. Mamaba con hambre, con años de hambre acumulada, cerrando los labios apretados alrededor de mi verga y subiendo y bajando en un ritmo que me estaba matando. Le sujeté el pelo todavía húmedo, apartándoselo de la cara para verla, y ella levantó los ojos hacia mí mientras seguía chupando, con la boca llena y las mejillas hundidas. Esa imagen no se me va a borrar nunca.
Sacaba la polla un instante, me la agarraba con la mano y me lamía los huevos uno por uno, se los metía en la boca, chupaba, tiraba suave con los labios, y después volvía a comérmela entera hasta que la punta le tocaba el fondo de la garganta y se atragantaba un segundo. Un hilo de saliva le colgaba de la barbilla hasta las tetas. Nunca en mi vida me la habían mamado así.
—Marisol, para —le pedí, apartándole la cara—. Para o me corro en tu boca ahora mismo.
—Podría tragármela sin pestañear —contestó, relamiéndose los labios brillantes—. Pero quiero esa polla en otro sitio primero.
—Ven —le dije, ayudándola a levantarse.
La giré con suavidad y la puse de frente al espejo, mi pecho contra su espalda. Verla así, reflejada, con mis manos recorriéndole las tetas y el vientre, fue casi más intenso que el tacto. Le pellizqué los pezones a la vez, girándoselos entre los dedos, y ella echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en mi hombro con un gemido largo. Mi polla le quedaba encajada entre las nalgas, dura como una piedra, y ella empezó a mover el culo contra mí, restregándose, buscándome.
—¿Estás segura? —le pregunté, porque a pesar de todo necesitaba oírlo.
—Más segura que nunca —contestó, buscando mi mano y guiándola entre sus piernas—. Hace mucho que nadie me folla como quiero. Métemela ya. No seas cabrón.
***
La incliné hacia delante contra el lavabo, con las manos apoyadas en el espejo empañado, y le abrí las piernas con la rodilla. Le pasé la punta de la polla por el coño empapado, arriba y abajo, restregándosela por los labios hinchados y por el clítoris hasta que ella empujó el culo hacia atrás desesperada.
—No juegues —gruñó—. Métela entera.
Se la metí de una embestida, hasta el fondo, y ella soltó un gemido ahogado que rebotó en los azulejos del baño. Estaba tan mojada que se la clavé sin ninguna resistencia, y sentí cómo su coño se cerraba en anillo alrededor de mi verga, agarrándome, chupándome hacia dentro. Me quedé quieto un segundo, con la polla enterrada del todo, disfrutando de cómo le palpitaba por dentro.
—Joder, qué apretada estás —le dije al oído, mordiéndole la nuca.
—Fóllame ya —me suplicó—. Fuerte. Que se oiga.
Empecé a moverme, saliendo casi hasta la punta y volviéndola a hundir de un golpe seco. La sujetaba de las caderas con las dos manos y la embestía sin piedad, viéndole la cara en el espejo cada vez que mi polla le entraba entera. Sus tetas rebotaban contra el mármol del lavabo, sus manos resbalaban en el cristal empañado dejando marcas largas, y yo no podía dejar de mirarla, con la boca abierta, los ojos entrecerrados y la lengua asomándole entre los dientes.
—Así, así, así —repetía ella entre jadeos—. No pares, cabrón, no pares.
Se la sacaba entera para verla brillar de sus jugos, y se la volvía a meter de golpe, escuchando el chasquido húmedo cada vez que mis huevos chocaban contra su coño. El baño olía a sexo, a piel mojada, a hembra caliente. Le di una palmada en el culo y quedó marcada, roja, y ella gimió más fuerte.
—Otra —me pidió—. Dame otra.
Le solté otro cachete, y otro más, y con cada uno se cerraba más apretada alrededor de mi polla. Le pasé el brazo por delante y le agarré una teta con toda la mano, la otra bajó al clítoris y le froté a la vez que la seguía embistiendo. Ella empezó a temblarme entera, a apretar los dientes.
—Cámbiate —le dije, saliendo de golpe.
La giré, la senté en el borde del lavabo, le agarré las piernas por detrás de las rodillas y se las abrí de par en par. Le volví a meter la polla de una y ella me clavó las uñas en la espalda. Así, cara a cara, mirándonos a los ojos mientras la penetraba, era otra cosa distinta. Me abrazó con las piernas, cruzándolas por detrás de mi culo, y me forzaba a hundírsela más profundo con cada empujón.
—Me vas a hacer correr —susurró contra mi boca—. Me vas a hacer correr como una cerda.
—Córrete —le respondí, embistiéndola más rápido—. Córrete en mi polla, Marisol. Empápamela.
Le mordí el cuello, le chupé un pezón con fuerza, y noté cómo se le tensaba todo el cuerpo. Su coño empezó a apretarme en oleadas, cerrándose y abriéndose alrededor de mi verga como un puño, mientras ella se corría entre gemidos ahogados contra mi hombro, mordiéndome para no gritar. Sentí un chorrito caliente resbalándome por los huevos.
—No aguanto mucho más —le confesé, con la polla a punto de estallarme.
—Córrete dentro —me dijo al oído, apretándome las nalgas con los talones—. No te salgas. Córrete dentro, cariño. Quiero notártelo.
Fueron cuatro embestidas más, hasta el fondo, y me solté. La polla me explotó dentro de ella en descargas largas y espesas, un chorro tras otro, y yo la abrazaba fuerte contra el espejo mientras la vaciaba entera. Ella temblaba, jadeaba, me apretaba las nalgas para que no me saliera, para que le dejara hasta la última gota adentro.
Nos quedamos así, encajados, resbalando un poco contra el lavabo, sosteniéndonos el uno al otro para no caernos. Todavía dentro de ella, sentía cómo mi corrida empezaba a escurrírsele muslo abajo.
***
Nos quedamos así unos segundos, recuperando el aliento, mi frente apoyada en su nuca mojada. Ninguno de los dos dijo nada. El espejo estaba lleno de huellas, la alfombra revuelta, y por la ventana entreabierta entraba el ruido normal de la calle, como si el mundo no se hubiera enterado de nada. Cuando por fin saqué la polla, un hilo blanco y espeso le cayó del coño y ella lo recogió con dos dedos, se los llevó a la boca y los chupó sin apartarme la mirada.
Marisol se bajó del lavabo, me dio un beso corto, casi tierno, distinto a todos los anteriores. Recogió la toalla del suelo, se limpió por dentro sin ninguna vergüenza y se la enredó otra vez en el cuerpo con una naturalidad que me dejó sin palabras.
—Vístete —me dijo con media sonrisa—. El del gas no tarda. Y lávate esa polla, que apestas a mí.
Y se fue al cuarto a vestirse, dejándome ahí, de pie, con la verga todavía brillando y goteando, todavía temblando, intentando entender qué acababa de hacer.
El técnico llegó veinte minutos después. Revisó la caldera, firmó un papel y se marchó. Mi mujer volvió a casa al mediodía, contó cómo le había ido a su amiga en el médico, y su madre puso la mesa como si nada. Comimos los tres. Marisol me pasó el pan, me preguntó por el trabajo, sonrió a su hija. Nadie habría dicho nunca lo que había pasado en ese baño un par de horas antes.
Desde entonces nos vemos en las cenas familiares, en los cumpleaños, en las navidades. Nos saludamos con dos besos y hablamos del tiempo. Y solo a veces, cuando nadie mira, ella me sostiene la mirada un segundo de más, igual que aquel día frente al espejo.
Nunca volvimos a hablar de lo que pasó. Tampoco hizo falta. Las dos personas que comparten un secreto así no necesitan recordárselo en voz alta. Lo llevamos puesto, como una marca debajo de la ropa, cada vez que coincidimos.
No sé si está bien o está mal. Sé que pasó, que ninguno de los dos lo provocó del todo y que ninguno de los dos lo lamenta. A veces la culpa me pesa, sobre todo cuando miro a mi mujer. Otras veces, en cambio, cierro los ojos y vuelvo a esa tarde de marzo, al vapor saliendo por la ventana, a una toalla cayendo al suelo entre dos personas que llevaban demasiado tiempo callando lo evidente.
Y, que Dios me perdone, no consigo arrepentirme.