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Relatos Ardientes

Creí que era él al otro lado de la pared

Me llamo Daniela y no les voy a decir cuántos años tengo, solo que ya soy mayor de edad y que, hasta hace poco, no sabía nada de mi propio cuerpo. Mido poco más de metro y medio, tengo el pelo oscuro, las caderas anchas y unas nalgas de las que, lo confieso, estoy bastante orgullosa. Esta historia me cuesta contarla, pero la voy a explicar con todo el detalle que pueda.

Vivo en San Andrés del Monte, un pueblo chico de Querétaro donde todas las familias nos conocemos. Hay tienda, hay campo de fútbol y poco más. Por las mañanas trabajo en el changarro de don Genaro, un viudo de unos cincuenta y tantos, moreno, calvo, gordito y feo, pero hasta ese día siempre me había parecido el hombre más amable del mundo.

Todo empezó una tarde aburrida, cuando pasé por detrás de las bodegas del campo buscando un rato de sombra. Entre la maleza sin cortar escuché pasos del otro lado de la barda. No quería que me vieran perdiendo el tiempo, así que me agaché y me quedé quieta.

Pero pudo más la curiosidad. Levanté un poco la cabeza y vi a Teo, un muchacho del pueblo. Es blanquísimo, casi rosado, y todos le hacen burla por eso. Para mí, en cambio, era el más guapo de por aquí. Hijo de gente con tierras, callado, siempre con la cara mirando al cielo.

Tardé en entender qué hacía. Tenía los ojos cerrados y una mano hacia abajo. Me asomé un poco más entre los hierbajos y me llevé la sorpresa más grande de mi vida.

Estaba orinando, con todo de fuera.

Yo nunca había visto una de verdad. En dibujos sí, en clase de biología también, pero jamás una así, frente a mí. La tenía pálida, con vello negrísimo alrededor, delgada y, para mi sorpresa, bastante larga. No podía dejar de mirarla. No era deseo exactamente, era la impresión de algo que veía por primera vez.

Me volvió la cordura de golpe y me agaché otra vez, con el corazón a punto de salírseme del pecho. Teo no me vio. Pero yo me quedé con esa imagen clavada el resto del día.

***

A la mañana siguiente llegué al trabajo distraída. Le di mal el cambio a una clienta, dejé las cosas a medias, no podía concentrarme. Don Genaro lo notó enseguida.

—¿Qué pasa, Daniela? ¿Todo bien en tu casa? —preguntó.

—Sí, don Genaro, disculpe —respondí, sin levantar la vista.

—Te ves rara. Sabes que puedes contarme lo que sea.

—Estoy bien, de verdad.

Si supiera que es por un hombre que no me puedo concentrar.

En esos ocho meses que llevaba en la tienda, nunca lo había sentido cochino ni aprovechado. Jamás me miró de más ni me hizo sentir incómoda. Por eso confiaba en él como en un abuelo.

Los días siguientes fueron peores. Soñaba con lo que había visto. Y para colmo, mi madre me dio una mala noticia: el dinero no alcanzaba, mi abuela estaba grave en el hospital y necesitaban cinco mil pesos urgentes. Llegué al trabajo deshecha.

—Ahora sí que te veo mal. Cuéntame —insistió don Genaro.

—Es mi abuela, está muy enferma. Hacen falta cinco mil pesos y en casa no los tenemos.

El viejo se quedó callado un momento. Después salió sin decir palabra.

—Te encargo el changarro, ahorita vuelvo.

Volvió cuarenta minutos más tarde con dos platos de comida y dos botes de crema de coco bien fría.

—Uno para ti y otro para mí —dijo, sonriendo.

Yo tenía hambre y mucho calor, así que me bebí el mío de un tirón. Estaba riquísimo. Comimos juntos, platicando de la escuela, de la familia, de sus planes. Es feo, pero tiene una conversación que engancha.

A la media hora empecé a sentirme rara. Mareada, pero no mal. El corazón me latía más fuerte, los dedos se me adormecieron y notaba un cosquilleo en el vientre. Algo difícil de explicar.

Y entonces don Genaro me hizo una pregunta que nunca esperé de él.

—Daniela, ¿alguna vez lo has hecho con alguien?

Me sorprendió que el caballero de siempre se pusiera tan directo. Pero, en lugar de incomodarme, me sentí extrañamente en confianza.

—No, nunca. ¿Y usted?

Soltó una carcajada.

—Ay, niña, hace tantos años que no lo hago que la respuesta es casi la misma que la tuya.

Seguimos hablando del tema y, sin saber por qué, empecé a humedecerme. No era por él, eso lo tenía claro. Tal vez era la mezcla de la conversación con el recuerdo de Teo. Para cuando me di cuenta, estaba completamente mojada y no entendía nada.

—¿Hoy ya no vas a la escuela, verdad? —preguntó.

—No. Ya para qué.

—Te ofrezco el turno completo. Te pago el doble.

Era justo lo que necesitaba. Le dije que sí. Y entonces vino la siguiente pregunta.

—¿Alguna vez has visto porno, Daniela?

Me sonrojé.

—No, don Genaro. Nunca.

Hubo un silencio incómodo de unos segundos.

—¿Te gustaría ver?

—No sé, nunca lo he pensado.

—Existe uno que se llama glory hole. Es una pared con un agujero. El hombre mete su miembro por el hueco y, del otro lado, una mujer se lo chupa sin que ninguno se vea la cara. Lo excitante es no saber a quién se lo estás haciendo.

Mi mente empezó a viajar. La idea, no sé por qué, me encendió como nada antes.

—En ese campo de fútbol —siguió— hay cuatro baños de hombres, todos con agujeros en las paredes. Y uno de ellos tiene una puerta trasera. Si una mujer entra, se lo hace a alguien y se sale por atrás, nadie sabría que fue ella.

—¡Ay, no, don Genaro! ¿Quién se atrevería?

—Solo piénsalo. Se lo haces a alguien sin que sepa que eres tú. ¿No te parece de lo más excitante? Ahí juegan todos los muchachos de tu edad. ¿A poco nunca te dieron ganas de hacérselo a uno?

Sentía la cara y el pecho ardiendo. Solo podía pensar en Teo orinando detrás de la bodega.

—Pues una vez vi a un chico haciendo pipí y se la vi —confesé sin pensar.

—¡Ahí lo tienes! Eso justamente.

—No creo que sería capaz, don Genaro.

El viejo solo sonrió y, en lugar de insistir, cambió de tema. No me presionó. Me dejó con la idea dando vueltas.

***

Esa noche llegué a casa con una humedad que no se me iba. Fui al baño y, al pasarme el papel, el roce con mi clítoris me estremeció entera. Nunca me había tocado en mi vida. Empecé a hacer pequeños círculos y todo el cuerpo me empezó a temblar.

Me encerré en mi cuarto, me desnudé y seguí. Una mano abajo, la otra en los pechos. Esa noche tuve mi primer orgasmo. Fue lo más intenso que había vivido jamás, una ola que me sacudió de pies a cabeza.

Volví al trabajo feliz, y don Genaro lo notó.

—¿Por qué esa sonrisita? ¿Hiciste lo del glory hole?

—¡Cómo cree! Nada de eso.

No insistió. Salió como ya era su costumbre y volvió con dos hamburguesas y dos jugos de melón. A la media hora de comer volví a sentir la misma humedad, el mismo temblor. Le pedí permiso para ir al baño y, otra vez, terminé tocándome hasta acabar, sin importarme dónde estaba.

Cuando salí, casi me muero. Don Genaro estaba a dos metros de la puerta.

—Escuché ruidos raros —dijo tranquilo—. No te preocupes, eso es de lo más natural. Qué bueno que tan joven ya conozcas tu cuerpo.

Me dio una vergüenza horrible, pero él lo dijo con tanta naturalidad que se me pasó pronto.

***

Pasaron unos días. Las pláticas sobre el tema ya eran casi diarias, y siempre las empezaba yo. Él se mantenía al margen. Hasta que una tarde de sábado, recién comidos, casi a las seis, miramos hacia el campo desde la puerta de la tienda.

—Mira a esos pobres, cómo les gusta jugar —dijo él—. ¿Estará ahí el que le viste su cosa?

Me sonrojé. Y, como cada día después de comer, estaba mojada otra vez.

—A lo mejor sí está, don Genaro.

—Estaría buenísimo que fueras al baño, te encerraras y el muchacho metiera la suya por el agujero. Se la podrías chupar sin que se diera cuenta. Yo le digo que entre cuando ya no haya nadie, y tú haces el resto.

—¡Ay, no! ¿Y si no sé? ¿Y si me duele?

—No uses los dientes, usa mucha saliva y ve despacito. Lo demás lo vas a sentir solita. Si no quieres, no pasa nada. Pero es tu oportunidad de cumplir tu fantasía con el chico que te gusta, y a mí me encantaría ayudarte.

Estaba empapada. Toda esa semana me había masturbado pensando justo en eso. El miedo seguía ahí, pero el morbo pudo más.

—Bueno —dije al fin, temblando—, la verdad es que sí me dan ganas.

—¡Esa es mi Daniela! No tengas miedo, yo te ayudo.

***

Cerramos la tienda. Don Genaro fue directo hacia donde estaba Teo y los vi platicar un rato. Yo me fui por detrás, tal como me había dicho. Ese baño tenía una puertita trasera. Entré, le puse el seguro a la puerta principal y me quedé a oscuras, temblando entre el miedo y las ganas.

Me llegó un mensaje suyo al teléfono: «Ya va para allá».

Más nerviosa me puse. ¿Esto es de putas? No soy una santa, pero tampoco eso. Aunque Teo es limpio, seguro no tiene nada, y yo solo quiero experimentar.

Escuché abrirse la puerta. El corazón se me quería salir. Esos baños no tienen buena luz, así que apenas distinguía una silueta por el agujero. Sin perder tiempo, oí cómo se desabrochaba, y una sombra se acercó al hueco.

Cuando la tuvo metida del todo por el agujero, acerqué la cara. Tenía un olor fuerte, amargo, nada agradable, pero hasta ese olor me dejó encendida. Cerré los ojos, saqué la lengua y la recorrí desde la base hasta la punta.

Del otro lado escuché un gemido apagado y eso me prendió todavía más. En la punta noté un líquido y empecé a chuparla con ganas, recorriendo con la lengua cada milímetro. Poco a poco la fui metiendo más en la boca, hasta el fondo, y me detuve solo a sentirla.

Fue morboso, tal vez sucio, pero maravilloso. Subí el ritmo despacio, sin dientes, tal como me habían dicho. En cuestión de minutos se la estaba comiendo con un descaro que no me reconocía.

Los gemidos del otro lado fueron creciendo, hasta volverse casi un gruñido animal. Y entonces, de pronto, sentí cómo se vaciaba en mi boca. Fueron varios chorros, abundantes, que me llenaron entera. No supe qué hacer, así que me los tragué. Después le pasé la lengua un rato más, hasta que noté que se ponía duro de nuevo.

Y se me cruzó una idea terrible.

¿Y si dejo que sea la primera vez de verdad?

No quería hablar, no quería romper el juego. Me puse de pie, me desnudé del todo, le di la espalda a la pared y me incliné hacia atrás. Yo tenía el control. Me fui acercando hasta sentir la punta rozándome el clítoris, y casi me vengo solo del morbo de frotarme contra ella.

La coloqué en mi entrada, bien mojada, y me fui dejando caer despacio. Quería que fuera la suya la primera. Al principio ardió un poco, pero entre más entraba, menos dolía y más placer sentía. Cuando la tuve adentro, empecé a moverme y toqué el cielo.

Mis gemidos crecían, los suyos también. Una pared nos separaba, pero yo me imaginaba su cara de placer y eso me volvía loca. Llevé la mano entre mis muslos, me acaricié el clítoris y no tardé en tener un orgasmo que me dejó sin sentidos. No oía nada, no veía nada.

Entonces lo sentí salir. Pensé que se vestía. Pero, a los pocos segundos, escuché abrirse la puertita trasera, la mía.

***

Estaba segura de que era Teo, que quería tocarme entera. Y, a esas alturas, yo también lo deseaba. La oscuridad era total, ni su silueta veía. Unas manos ásperas me voltearon de espaldas a él, me abrieron las piernas y volvió a penetrarme.

Fue tan rápido y tan rico que me dejé llevar. Sus testículos chocaban contra mí, más grandes de lo que imaginé. Estaba en la gloria, hasta que una pizca de cordura se asomó.

¿Por qué siento una panza rozándome la espalda? Teo es delgado.

Busqué el teléfono tan rápido como pude y encendí la luz. Tardé en enfocar. Y entonces vi la imagen más horrible de mi vida.

Era don Genaro, detrás de mí, con una sonrisa perversa, sujetándome las caderas y enterrado hasta el fondo.

—¡¿Qué está haciendo?! —grité, pero el muy desgraciado no paraba.

—No me lo vas a creer —dijo entre jadeos—. Le dije al tonto de tu amigo que se la chupaban gratis y no quiso. Como sabía que ibas a estar aquí, pensé que mejor me la mamabas a mí. No pensaba cogerte, solo dejar que me la chuparas. Pero tú solita quisiste más, y me dejaste bien caliente.

—¡No, no chingue, qué asco!

—Pues no decías eso mientras me la comías tan rico.

Me sujetó más fuerte y empezó a embestir con ganas. No sé qué me pasó, pero mi cuerpo respondía a pesar de todo. Los gemidos volvieron, cada vez más fuertes.

—Esto está mal, don Genaro.

—Tranquila, ya estamos aquí, ya la estás pasando bien. Disfrútala.

—¡Sáquemela!

—Qué te la voy a sacar.

Y empezó a darme nalgadas que, para mi vergüenza, me encendieron todavía más. Acabé pidiéndole más, hasta que la sacó de golpe y se vino sobre mis nalgas, esparciendo todo con la mano.

—Vámonos, no vaya a llegar alguien.

***

Volvimos a la tienda casi corriendo. Bajó la cortina, le puso seguro y me mandó a bañarme en el cuartito de atrás. El viejo se desnudó y entró conmigo, enjabonándome todo el cuerpo con esas manos que, por feo que fuera, me tocaban delicioso.

Abrí las piernas, le di la espalda, apoyé las manos en la pared y levanté un poco las nalgas. Él lo tomó como una invitación, y la verdad es que lo era. Me penetró de nuevo, me acarició, me nalgueó, y cuando estaba por terminar la sacó. Por instinto giré para chupársela, pero me detuvo y se vino en mi cara. El agua se llevó el rastro al instante.

—Ay, mija, qué cosas, ¿verdad? —dijo después, secándose.

—Ya ni la chinga, don Genaro.

—La pasaste bien, ¿para qué te haces? Yo también, así que no hay problema, ¿o sí?

Tomé mis cosas y me fui a casa. Esa noche apenas dormí. Quedé medio traumada de lo que pasó y de lo tonta que fui al confiar en ese viejo. Al día siguiente me presenté a trabajar muy seria, sin querer hablar del tema.

Si les gustó mi confesión, déjenme un comentario. Me ayudaría saber si quieren conocer lo que pasó al día siguiente con don Genaro.

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