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Relatos Ardientes

Lo que pasó en aquel viaje con dos hippies

Tenía diecinueve años cuando viajamos al sur a jugar un torneo con el equipo de la universidad. Éramos un grupo de muchachos que apenas se conocía la ciudad, alojados en un hotel modesto de paredes pintadas de amarillo, con una recepcionista que nos trataba como si fuéramos sus sobrinos. De todo aquel viaje, lo que de verdad se me quedó grabado no fue el básquet. Fue lo que vino después.

El viernes nos tocaba el partido más duro: la selección local, en su propia cancha, con todo el público en contra. Al principio cada canasta nuestra se recibía con silbidos. Pero esa presión, en vez de aplastarnos, nos encendía. Empezamos a soltar jugadas que ni en los entrenamientos nos salían, y poco a poco las gradas cambiaron de bando. Para el último cuarto, media tribuna coreaba nuestro nombre. Ganamos por seis puntos y salimos eufóricos.

El entrenador, de buen humor por la victoria, nos dejó celebrar. Un grupo de chicas que se había improvisado como porra nos invitó a casa de una de ellas. Bailamos, bebimos algo dulce y barato, y todo prometía más de lo que terminó dando: al final solo hubo besos torpes y manos que se detenían a tiempo. Rodrigo, mi mejor amigo en el equipo, se reía después en la calle.

—Mucho ruido y pocas nueces —dijo.

Volvimos al hotel pasada la medianoche, todavía con ganas de algo que no sabíamos nombrar. Al día siguiente había una excursión a un taller de telares que, por supuesto, nos perdimos por dormir de más. Bajamos a recepción a media mañana, sin nadie a quien buscar, y nos quedamos platicando con la señora del mostrador. Fue entonces cuando entraron ellos.

***

El muchacho tendría unos veinticinco años, melena hasta los hombros y un morral cruzado al pecho. Lo acompañaban dos chicas, y reconozco que dejé de oír a la recepcionista en cuanto las vi. Una llevaba un chaleco de cuero sin nada debajo, con los pezones marcándose contra el cuero cada vez que respiraba, y una minifalda tan corta que se le adivinaba el pliegue del culo al caminar; la otra, unos jeans ajustados a la cadera que le dibujaban el coño y una blusa escotada con bordados de colores por la que se le escapaban las tetas. Las dos calzaban huaraches y caminaban como si el mundo entero fuera suyo.

—¿Ustedes no tienen algo? —preguntó él, acercándose con una sonrisa fácil.

—Para drogas no —contestó Rodrigo, cortante.

—No son drogas, son hongos —dijo una de ellas, y se acercó más a nosotros que a su propio acompañante. Tenía los ojos grandes y una manera de mirar que no pedía permiso—. Vamos a un pueblo cerca de aquí, con doña Tomasa, una curandera famosa. ¿Han oído hablar de ella?

—Algo —dije—. Pero no podemos, estamos esperando a los demás.

—Son los chicos de la capital que vinieron a jugar —les explicó la recepcionista, orgullosa.

El muchacho sacó del morral un puñado de collares y pulseras de cuentas.

—Cómprennos algo, así juntamos para el camino. ¿Ya comieron?

—No todavía —dije, mirando a la de la blusa bordada—. Vamos al mercado a almorzar. Si gustan, vengan.

***

Caminamos hacia el mercado y ellos nos siguieron. Por el camino me enteré de que se llamaban Marisol y Paola. Marisol, la del chaleco, era la novia del muchacho, aunque también su prima por parte de madre. Paola era su hermana. Las dos se habían escapado de casa buscando aventura, conocieron a unos hippies de una comuna en la montaña y se quedaron a vivir ahí, haciendo diademas de flores, pulseras y collares para vender en los pueblos.

Yo no le quitaba la vista a Marisol, y ella se daba cuenta. Sonreía, me platicaba de la comuna y dejaba caer la mano cerca de la mía sobre la mesa de madera. Su novio, ajeno o cómplice, seguía mostrándole sus mercancías a Rodrigo y a la recepcionista que se nos había unido. En un momento bajé la mano y la apoyé en el muslo de Marisol. Ella volteó. Hice ademán de retirarla y, con una sonrisa, la sostuvo donde estaba, guiándola un poco más arriba, hasta que las yemas de mis dedos le rozaron el borde de las bragas por debajo de la minifalda. Estaba tibia y ya se sentía la humedad marcando la tela.

—Cuidado —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo—, que si sigues me vas a tener que terminar el trabajo.

Cuando se levantó al baño, me quedé mirando el movimiento de su cadera y la sombra de las nalgas asomando bajo el ruedo. Su novio lo notó.

—Está buena, ¿no? —dijo, sin rencor.

Me lo quedé mirando, esperando la trampa. No la hubo.

—No hay bronca, hombre. Si le gustas, adelante. La vida es corta y el amor no es exclusivo. Yo necesito ir con doña Tomasa, eso es lo mío. Y te aviso: a Marisol le encanta cogerse a los que le gustan hasta dejarlos secos. Aguántale el tirón.

Terminamos de almorzar. Le había comprado un par de collares, y al darle un billete y decirle que se quedara con el cambio, Marisol me regaló dos pulseras de su propia muñeca. De regreso al hotel, el muchacho se despidió.

—Yo me adelanto a la comuna. Luego nos vemos —dijo, y se fue caminando, como si nos dejara un regalo.

***

Nos quedamos los cuatro frente a la entrada del hotel. Marisol me rodeó la cintura con el brazo y me metió la mano por debajo de la playera, arañándome apenas la piel del vientre, y sin decir más subimos. Rodrigo dudó un segundo en recepción, pero Paola lo tomó de la mano y le apoyó la palma directo sobre el bulto del pantalón.

—¿Se van a quedar ahí parados? —dijo ella, riéndose—. Se te nota que la tienes bien parada, no la desperdiciemos.

Entramos los cuatro a la habitación. Sin preámbulos, Paola se desabrochó el chaleco y Rodrigo se fue directo a sus tetas, no muy grandes pero firmes, con los pezones oscuros y erizados. Se los chupó uno tras otro, tirando de ellos con los dientes hasta arrancarle un gemido.

—Tranquilo —le dijo ella, apartándolo con suavidad y agarrándolo del pelo—. Hay tiempo. Mi hermano no vuelve hasta mañana, por lo menos. Te la voy a chupar bien, pero primero mira.

Tomó a Marisol de la mano y las dos empezaron a moverse despacio, como bailando una música que solo ellas oían. Rodrigo y yo nos sentamos en el borde de la cama a mirarlas, ya con las pollas empujando la tela de los pantalones. Empecé a desabrocharme, pero Marisol me detuvo con la voz.

—Eso lo hago yo después. Quiero sacártela con la boca.

Dejé el botón abierto y seguimos mirando. Se acariciaban las tetas una a la otra mientras se besaban con la lengua fuera, y entre beso y beso se iban desnudando lentamente, hasta quedarse solo con unas bragas mínimas que dejaban a la vista media nalga y el bulto del coño marcado en la tela. Marisol le metió a Paola dos dedos por encima de las bragas, presionando el clítoris hasta hacerla gemir. Paola le respondió agachándose y mordiéndole un pezón. El aire de la habitación pesaba. Yo sentía el pulso en la garganta y la polla latiéndome contra la bragueta abierta.

Se acercaron a nosotros y nos quitaron las playeras besándonos el pecho. Se arrodillaron entre nuestras piernas, nos bajaron los pantalones y los calzoncillos de un tirón y arrojaron todo a un lado. Cuando la polla me saltó frente a la cara, Marisol se rió por lo bajo.

—Mira lo que tenemos aquí —dijo, y le dio un lametón largo desde los huevos hasta la punta, sin metérsela todavía. Luego se levantó.

Las dos volvieron a bailar, esta vez pegando la espalda a nuestros cuerpos, restregando las nalgas desnudas contra nuestras vergas duras, subiendo y bajando despacio, dejando que el glande se les hundiera un instante entre las nalgas y volviera a salir. Era una tortura deliciosa. Sentí cómo Marisol se agachaba lo justo para que la punta se le acomodara contra la entrada del coño por encima de las bragas empapadas, y luego se enderezaba riendo.

***

Rodrigo no aguantó más. Empujó a Paola sobre la cama, le arrancó las bragas y le clavó la verga de una sola embestida. Ella gritó y le pidió calma entre risas, arqueando la espalda mientras él se la metía hasta los huevos.

—Aahh, cabrón, más despacio, que me partes —le decía, y él le contestaba al oído cosas que la hacían reír más fuerte y abrir más las piernas.

Yo apenas los registraba, porque Marisol ya se había vuelto hacia mí. Me besó metiéndome la lengua hasta el fondo mientras me agarraba la polla con la mano y la apretaba como midiéndola. Cuando la liberó del todo, abrió mucho los ojos.

—Uf —dijo en voz baja—, qué sorpresa. Con esto me vas a dejar rota.

Se puso en cuclillas y me la tomó con la boca, empujándose adelante hasta que la punta le tocó la garganta y la hizo tragar. Yo le acariciaba el pelo y los hombros mientras ella subía y bajaba sin prisa, con los cachetes hundidos por la succión, alternando la lengua por todo el tronco, deteniéndose a chuparme los huevos uno por uno y volviendo a empezar. Me escupía saliva sobre el glande y la esparcía con la mano, masturbándome mientras se la metía otra vez hasta el fondo. Cuando sentí que se me venía, la levanté con cuidado.

—Todavía no —le dije—. Ponte de rodillas.

La acomodé de rodillas sobre la cama, con la cara contra la almohada y el culo bien alto, me coloqué detrás y le pasé el glande por toda la raja del coño, empapándolo en su humedad, antes de entrar. Estaba tan mojada que me la tragó entera de una, sin la menor resistencia. La sentí ceñirse alrededor de la polla, apretándome como un puño caliente.

—Aahh, así —dijo, aferrándose a la sábana con las dos manos—. Así, despacio, siénteme bien adentro.

La sostuve por la cadera y empecé a moverme lento, disfrutando cada centímetro, saliendo casi por completo hasta que solo el glande le quedaba dentro, para volver a entrar hasta el fondo con un empujón seco que le sacudía las nalgas. Ella levantaba la cabeza y gemía con la cara hundida en la almohada, apretando el coño cada vez que llegaba al fondo. Le di un par de nalgadas y la piel se le puso roja al instante.

—Sí, cógeme así —jadeó—, dámela toda, no te aguantes.

Aceleré. El cuarto se llenó del ruido húmedo de la polla entrando y saliendo del coño y del choque de mis muslos contra sus nalgas. Seguimos así un buen rato, hasta que la giré de espaldas, le puse las piernas sobre mis hombros y la tomé de nuevo, ahora de frente, doblándola casi por completo, besándole el cuello y chupándole las tetas mientras se la metía bien profundo. Desde ese ángulo se le veía la panza abombarse cada vez que llegaba al fondo, y ella se miraba a sí misma con la boca abierta, incrédula.

—Me estás llegando hasta la matriz —murmuró, con los ojos vidriosos.

Después nos pusimos de lado, encajados el uno en el otro, con una pierna de ella colgando sobre mi cadera para que se la pudiera seguir metiendo despacio. Solo se oían su respiración entrecortada, la mía, y el chapoteo del coño empapado. Cada vez que el placer crecía dentro de ella, me abrazaba más fuerte y me clavaba las uñas en la espalda.

—No pares —me pidió contra el oído, con la voz rota—, no pares, chulo, que ya me viene, ya me viene, córreme adentro, no, adentro no, sigue, sigue…

La acompañé despacio mientras se corría, sintiendo cómo el coño se le apretaba en oleadas alrededor de la polla, cómo la humedad le corría por los muslos hasta la sábana. Luego me empujó del hombro, me hizo girar bocarriba y se montó encima, con la polla enterrada hasta el fondo y las manos apoyadas en mi pecho. Empezó a cabalgarme, marcando ella el ritmo, subiendo hasta la punta y dejándose caer con todo su peso, con las tetas rebotando en cada bajada, hasta que otro orgasmo la dejó temblando, encorvada sobre mí, con el pelo cayéndole sobre la cara.

***

Reposamos un momento sin sacarla. Le acariciaba las nalgas con la palma abierta y deslizaba el dedo por el contorno del culo; ella respondía apretando el esfínter y arqueándose un poco, ronroneando.

—¿Te gusta así? —pregunté, presionando la yema contra el ojete.

Se encogió de hombros con una media sonrisa que era un sí, y bajó ella misma sobre mi dedo hasta tragárselo hasta el nudillo.

—Mételo con paciencia —dijo, sin mirarme, mordiéndose el labio—, que hace tiempo no me cogen por ahí.

Tomé un poco de crema del buró, le unté generosamente el culo y me embadurné la polla hasta que quedó brillante. Le abrí las nalgas con las dos manos y apoyé el glande contra el agujero. Empujé despacio, sintiendo cómo el anillo cedía milímetro a milímetro, deteniéndome a la primera señal, retrocediendo, volviendo a avanzar. Ella respiraba hondo, aflojándose, buscando el ángulo.

—Ya, ya, mételo entero —jadeó al fin.

Cuando por fin cedió del todo y le hundí la polla hasta los huevos, me quedé quieto unos segundos, sintiendo el calor apretadísimo alrededor. Entonces fue ella la que empezó a moverse, echando el culo atrás contra mi cadera, marcando otra vez el ritmo, llevándome consigo. Se metió los dedos al coño y se masturbaba mientras yo se la clavaba por detrás, y podía sentir sus dedos moviéndose a través de la pared delgada que separaba los dos agujeros.

—Aahh, cabrón, así, rómpeme el culo —gemía—, más fuerte, más fuerte.

Volteé un instante hacia el otro lado de la cama. Rodrigo tenía a Paola a cuatro patas y se la estaba metiendo con embestidas largas, igual de perdidos que nosotros, con las nalgas de ella marcadas por los dedos de él. Por un instante los cuatro coincidimos en un mismo compás, y la habitación entera pareció contener el aliento entre el chapoteo, los gemidos y el crujir de la cama.

Marisol me pidió cambio. Salí de su culo con un pequeño ruido húmedo y ella se dio la vuelta y me montó de nuevo, esta vez de espaldas, guiándome otra vez al coño con la mano, y empezó a cabalgarme mirando hacia la puerta. Sentí unos dedos jugando con los míos sobre las caderas de Marisol. Miré al espejo del armario: era Paola, arrodillada detrás de su prima, con una teta en la boca y los dedos también hundidos en el coño de Marisol acompañándome la penetración, mientras su hermano dormía boca abajo, vencido, con la verga todavía brillante. Las dos se reían en voz baja, cómplices, como si todo aquello fuera parte de un juego que ya conocían de memoria.

—¿Y Rodrigo? —alcancé a preguntar.

—Dormido —contestó Marisol, sin dejar de moverse—. Nos toca compartir.

Paola se agachó y me lamió los huevos mientras la polla me entraba y salía del coño de su prima. Después me sacó de dentro, se metió mi verga en la boca para probar a Marisol, la volvió a colocar en su sitio y se la hundió ella misma con la mano. Terminé con Marisol encima, apretándome el coño hasta ordeñarme, los dos jadeando, y me vine con un rugido, echándole toda la corrida bien adentro mientras ella se corría por tercera vez, temblando entera. Nos dejamos caer enredados sobre la cama revuelta, con el semen chorreándole por los muslos.

Paola se acercó, me besó el hombro y, sin pedir turno, ocupó el lugar de su prima un rato más. Se sentó sobre mi cara y me obligó a chupársela hasta correrse dos veces sobre la lengua, apretándome la boca contra el coño con las dos manos. Yo ya no distinguía dónde empezaba una y terminaba la otra; solo sabía que no quería que aquella tarde se acabara.

***

Más tarde me metí a la regadera. Marisol estaba ahí, bajo el agua, haciendo espuma con un jabón diminuto. Me lavó despacio, deteniéndose a enjabonarme la polla con las dos manos hasta ponérmela otra vez dura, y yo le devolví el gesto recorriéndole la espalda, la cadera y metiéndole los dedos jabonosos entre las nalgas y en el coño. La pegué de cara contra los azulejos fríos, le abrí las piernas con la rodilla y se la volví a meter por detrás, viéndola apoyar las tetas aplastadas contra la pared.

—No termines dentro, por favor —me pidió con la voz floja, las manos apoyadas en la pared, moviendo el culo hacia atrás para recibirme—. Ya me llenaste bastante antes.

Le hice caso. Se la clavé un buen rato, ella corriéndose otra vez con la frente pegada al azulejo, hasta que al final la saqué a tiempo y se arrodilló bajo el chorro para terminar de mamármela hasta que le vacié la boca entera. Tragó lo que pudo y se rió con los labios brillantes cuando el resto le resbaló por la barbilla. Salimos de la regadera con la piel arrugada y una risa tonta que no se nos iba.

Comimos los cuatro en una fonda del mercado, como si nada de aquello hubiera ocurrido, como si fuéramos viejos amigos que se reencontraban. Al caer la tarde, Marisol y Paola se despidieron para alcanzar al muchacho en la comuna de la montaña. Marisol me dejó un collar de cuentas azules entre las manos y un beso que sabía a despedida.

—La vida es corta —me dijo, repitiendo a su novio—. Acuérdate de nosotras.

No volví a verlas. El equipo regresó a la capital el domingo y la rutina se tragó todo lo demás. Pero todavía, cuando me cuelgo aquel collar y siento las cuentas frías contra el pecho, vuelvo por un momento a aquel cuarto de paredes amarillas, al sur, a los diecinueve años, y a las dos chicas que me enseñaron que algunas tardes valen por una vida entera.

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Comentarios(8)

Horacio_99

buenisimo!!! me encanto

MarisolViajera

Que historia tan increible. Me quede con ganas de mas, necesito una segunda parte!!!

noctambulo_r

Me hizo acordar a un viaje que hice por el norte hace unos años... ese ambiente tiene algo especial. Muy buen relato.

Lunera_Noche

jaja y el novio tranquilo mirando... tremendo tipo. Me encanto la historia

FedericoPza

Bien narrado y creible. Se nota que estas cosas pasan mas de lo que uno cree. Sigue escribiendo!

Valentina_CR

Las confesiones son mi seccion favorita porque parecen reales. Esta en particular me gusto mucho.

ViajeroKarl

Tremendo relato. La filosofia hippie llevada a la practica jajaja. Espero que hayas tenido mas aventuras asi

dani_surf_ok

genial!!!

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