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Relatos Ardientes

Mi compañera me besó en el viaje de graduación

Era el viaje de graduación y llevábamos tres días en el hotel, ese tipo de hotel todo incluido donde la pulsera de plástico te garantiza alcohol sin freno y la mejor excusa para olvidarse de quién eras en la prepa. Yo tenía veintidós años, recién egresada, y arrastraba conmigo a media generación: amigas de toda la vida, amigos del salón, algunas parejas formales y otras de fin de semana. Renata venía con su novio, Joaquín, que era uno de nuestros amigos del grupo más cercano.

Esa tarde estábamos en la piscina principal, la de los camastros y la barra flotante. Había sol, había mojitos diluidos, y había una conversación absurda entre las chicas sobre si todas teníamos una teta más grande que la otra. Yo escuchaba a medias, más concentrada en el reflejo del agua que en la teoría anatómica de mis compañeras.

—Oye, ¿puedo tocar las tuyas? —me preguntó Renata, sin contexto, como si me estuviera pidiendo prestado el bloqueador.

Me reí. Hice un gesto con los hombros que quería decir «bueno, si insistes». Era un juego, una de esas estupideces de viaje que se cuentan después con los ojos en blanco. Renata me puso la mano sobre el bikini, apretó un segundo, soltó una carcajada y se volteó a contarle al grupo cuál era más grande. Nadie en la mesa pareció escandalizarse. Joaquín estaba en la barra pidiendo otra ronda. Yo seguí en mi camastro como si nada.

Como si nada.

Lo cierto es que Renata y yo nunca habíamos sido amigas. Compartíamos clases desde primer semestre, pero ella iba con un círculo distinto, más fiestero, más expuesto. La saludaba en los pasillos y nada más. Esa había sido la primera vez en cinco años que sentí su mano sobre mí, y se quedó zumbando en algún lugar al que no quise prestar atención.

***

Horas después nos pasamos a la piscina chica, esa que el hotel reserva para los huéspedes mayores y que casualmente estaba vacía. Éramos quince, repartidos en grupitos, con los vasos altos rozando el borde de la alberca y la música saliendo de una bocina portátil. Renata se sentó frente a mí, en la otra orilla, con Joaquín al lado pasándole el brazo por los hombros.

El agua estaba tibia. Casi nadie nadaba; flotábamos. Me acuerdo del sonido de los hielos contra los vasos de plástico y del modo en que el sol de las cinco se metía entre las palmeras.

Renata me miró desde el otro lado. Yo le sostuve la mirada un segundo más de la cuenta. Y entonces sentí su pie.

Fue lento. No fue un roce torpe ni un calambre disimulado. Fue un pie subiendo por la parte interna de mi muslo, debajo del agua, con el cuidado de quien sabe muy bien dónde está pisando. Tragué saliva. Miré hacia los costados. Joaquín platicaba con un amigo, ajeno. Las chicas reían de algo que no escuché. Y el pie de Renata subió un centímetro más.

El agua de las piscinas pequeñas tiene un problema: es transparente. Cualquiera que se asomara desde fuera podía ver perfectamente cómo Renata, con el novio sentado al lado, me estaba acariciando. Y yo no la detuve. Crucé las piernas para ocultarlo, sí, pero también para apretar su tobillo entre mis muslos.

—¿Estás bien? —me preguntó mi amiga Camila desde el costado, con los ojos entrecerrados.

—Sí, sí —respondí, demasiado rápido—. Es el sol.

Camila no se lo creyó. Esa noche, en el cuarto, me lo dijo de frente.

—No te metas en esa, en serio. Renata anda con Joaquín. Joaquín es nuestro amigo. No seas la causa de un desmadre que después no vas a saber cómo apagar.

Yo le debatí. Le dije que era ella la que había empezado, que yo no había hecho nada. Camila me miró como una hermana mayor mira a una hermana boba.

—Pues entonces frénala tú —dijo, y apagó la luz.

Y la frené. El resto del viaje me mantuve a distancia. Hubo miradas, sí, hubo roces de hombro al pasar, hubo una mano que me tomó la cadera dos segundos en el ascensor cuando solo estábamos las dos. Pero no llegamos a más. Nos despedimos en el aeropuerto con un beso en la mejilla y unos «cuídate» que no significaban nada.

***

Una semana después fue la piscinada en casa de Diego. Él era el primo de Mateo, otro del grupo, y vivía a las afueras, en una casa con alberca, jardín y una barra de cantina que su papá le había mandado a hacer para sus cumpleaños. Estábamos casi todos los del viaje, más algunos amigos de otras carreras. Yo no esperaba ver a Renata ahí. Pero ahí estaba, con un vestido de tirantes blanco encima del traje de baño, y la sonrisa de quien ya había decidido algo.

Para las nueve de la noche llevaba cuatro vodkas y un mezcal mal medido. Las luces de la alberca estaban encendidas, y la música ya nadie sabía quién la controlaba. Me metí al agua con Mateo a contarle de un trabajo final que nunca terminé. Estábamos hablando de tonterías cuando Renata se metió también, con el vestido todavía puesto, riéndose de que no le había dado tiempo de cambiarse.

Se acercó a nosotros. No recuerdo qué dijo. Sé que se rio de algo que dijo Mateo, sé que le puso la mano en el hombro a él y la otra en la mía, y sé que, en algún momento que no logré ver venir, su boca encontró la mía.

Fue corto. Tres segundos, tal vez cuatro. Lo suficiente para que Mateo se quedara tan callado como yo. Lo suficiente para que el sabor del mezcal de ella se mezclara con el de mi vodka. Lo suficiente para que entendiera que no iba a poder seguir fingiendo.

—Vamos a la tienda —dijo Renata en mi oído—. Tengo que comprar cigarros.

***

Mateo nos llevó. Diego se subió de copiloto porque era su coche y nadie más sabía cómo se hacía el atajo a la tienda. Renata y yo nos sentamos atrás. El cinturón ni siquiera intenté ponérmelo.

El coche arrancó. Ella se pasó al medio. Me miró. Me agarró la nuca con una mano y me besó con todo el peso de una semana de espera. Esta vez no fueron tres segundos. Esta vez fue su lengua, su saliva, sus dientes mordiéndome el labio inferior, su mano apretándome el muslo por encima del short.

—Por fin —murmuró contra mi boca.

Mateo, a un lado, miraba al frente con una sonrisa torpe, como quien sabe que no debe voltear pero tampoco quiere perderse el milagro. Diego conducía con el espejo retrovisor inclinado hacia atrás. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta.

Renata se me sentó encima. Las dos en falda corta, en el asiento trasero de un coche que iba a cuarenta por hora por una calle de barrio. Sus caderas sobre las mías. Su pecho a la altura de mi boca. Le subí el vestido, le besé un pecho por encima del bikini, le pasé la lengua por el filo de la tela. Ella se arqueó hacia atrás, y al hacerlo se apoyó en el hombro de Mateo, que ya no fingía mirar al frente. Lo miró. Y entonces, antes de que yo entendiera lo que pasaba, lo besó a él también. Un beso corto. Y después volvió a mí, y volvió a él, repartiendo algo que no era de nadie.

No voy a parar esto.

Eso fue lo que pensé. Y no paré.

***

Llegamos a la tienda. Mateo bajó a comprar. Diego no apagó el motor. No nos dijo nada, no nos pidió que esperáramos, no se bajó tampoco. Se quedó ahí, con las manos en el volante, mirando el aparador iluminado al frente y, de vez en cuando, deslizando los ojos al retrovisor.

Renata aprovechó la pausa. Me besó la garganta, me pasó la mano por dentro del top, y yo dejé de pensar en Diego, en Mateo, en Joaquín, en Camila, en cualquiera. Le subí el vestido hasta la cintura. Sentí, sobre la tela del traje de baño, lo caliente que estaba. Ella sentía lo mismo en mí. Nos besamos como si el coche fuera una habitación cerrada, y no un vehículo estacionado en doble fila frente a una tienda de la esquina.

Vi los ojos de Diego en el espejo. Sostuvieron los míos un segundo. No aparté la mirada. Tampoco él.

Renata me mordió el cuello. Yo me mordí los labios para no hacer ruido. Y de fondo, la campanita de la puerta de la tienda nos avisó que Mateo regresaba.

Para cuando él abrió la puerta del coche, las dos estábamos otra vez sentadas como adolescentes castas, con los vestidos en su lugar y la respiración medio recompuesta. Renata se rio. Yo no pude.

—¿Listas? —dijo Mateo, todavía con el cambio en la mano.

—Listísimas —contestó ella.

***

El regreso fue más callado. Un par de besos más, casi de despedida, mientras Mateo nos pasaba los cigarros por encima del respaldo. Diego no dijo una sola palabra en todo el camino. Cuando entramos a la casa, hicimos como que veníamos riéndonos de un chiste idiota de Mateo, y nadie pareció notar nada.

Mis amigas, en cambio, sí me notaron a mí. Me notaron las pupilas, me notaron el peinado, me notaron el labial que ya no estaba donde debía. Camila se acercó, me agarró del brazo y me dijo, sin levantar la voz.

—Te llevo a tu casa. Ya.

No discutí. Salí abrazada de ella, con la mejilla apoyada en su hombro, sintiendo aún el sabor del mezcal de Renata y el latido golpeándome en las muñecas.

***

Nunca más volvimos a hablar de eso. Renata y yo nos vimos un par de veces más en cosas del grupo, en una boda, en un brindis de fin de año. Siempre con Joaquín al lado. Siempre con esa media sonrisa que decía «esto pasó y ninguna de las dos lo va a admitir nunca».

Me casé hace dos años. Renata se casó con Joaquín hace tres. Nos felicitamos por mensaje, sin emojis de más.

Pero a veces, cuando estoy sola, me acuerdo del coche, del retrovisor de Diego, del sabor del mezcal, del pie de Renata subiendo por mi muslo bajo el agua transparente de una piscina pequeña en un hotel todo incluido. Y entiendo que sigue siendo, sin discusión, una de las experiencias más sexies que he tenido con una mujer. Con una mujer que se decía hetero, que tenía novio, y que ese día —esa semana entera, en realidad— decidió que yo no iba a olvidarla.

No la olvidé.

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