El juego del hielo que jugué con mi mejor amiga
Habíamos quedado un sábado más, como cada sábado desde hacía meses. Lara y yo aprovechábamos las noches en las que su marido cubría el turno de madrugada en el hospital, esas horas largas en las que la ciudad parecía pertenecer solo a nosotras. Pero esta vez había una diferencia importante: hoy no íbamos a tocarnos.
La idea había sido suya. Me la había soltado el jueves, mientras tomábamos un café apurado entre clases en la universidad. «Quiero probar algo nuevo», me dijo, y me explicó las reglas con esa mezcla de timidez y descaro que tan bien se le daba. Yo asentí sin pensarlo demasiado, convencida de que sería un juego inofensivo. Cuarenta y ocho horas después, parada en el recibidor de su piso, ya empezaba a sospechar que me había metido en un terreno mucho más resbaladizo de lo que había imaginado.
Movimos dos sillones del salón hasta dejarlos enfrentados, separados por una distancia prudente que no llegaba a tres metros. A un lado, una mesa baja con dos copas de martini que ella misma había preparado: vodka frío, una aceituna en cada vaso y los bordes escarchados como si nos hubiéramos esmerado en una cita real. Nos quitamos los vestidos sin prisa, en silencio, y nos quedamos en ropa interior. Repasamos las normas como si las recitáramos en voz alta para no traicionarlas: podíamos mirarnos, escucharnos, olernos. El gusto y el tacto quedaban penalizados. Si alguna cedía, perdía.
—Tú primero —dijo Lara, hundiéndose en el sillón con esa naturalidad que a mí siempre me costaba imitar.
—De eso nada. Empieza tú —respondí—. La idea fue tuya.
Se rió. No la risa nerviosa de quien improvisa, sino la de quien tenía todo pensado desde la mañana. Se inclinó sobre la mesa, sacó un cubito de hielo de su copa y se recostó en el sillón. Cruzó las piernas con una lentitud calculada, y yo, sin querer, pensé en aquellas heroínas de película negra que se saben miradas y lo aprovechan como arma.
—A ver… —empezó—. Imagina que estoy arrodillada delante de ti. Te sujeto los tobillos con cuidado y subo las manos hasta apoyarlas en tus pantorrillas. Te abro las piernas de par en par, despacio, sin pedir permiso, hasta dejarte el coño abierto de cara a mi boca. Y por dentro de los muslos te empiezo a pasar este hielo hacia arriba, dibujando círculos pequeños. Llego a las rodillas y me detengo.
El cubito ya se le estaba derritiendo en el puño. Lo acercó a su escote y se refrescó la clavícula con él, dejando un rastro brillante que bajó por su piel hasta perderse bajo la tela del sujetador.
—¿Qué haces? —protesté—. Dijimos que nada de tocarse.
—Yo no me estoy tocando —contestó sin levantar la vista—. Es el hielo. Y el hielo es agua, y el agua no cuenta.
Lara siempre fue así, pensé. Le sostuve la mirada para que continuara. No iba a darle el gusto de protestar dos veces.
—Separo tus rodillas y me coloco entre tus piernas —siguió—. El hielo sube por tus muslos, por encima y por los lados, hasta el borde mismo de tus bragas. Tu piel se eriza. Mi aliento te llega al ombligo, y un poco más abajo, justo encima de donde tienes el coño empapado esperándome. Aparto la tela con dos dedos, sin tocarte, y te veo brillar, hinchada, los labios abiertos, el clítoris asomando duro como un botón. Podría chuparte hasta hacerte gritar. Podría meterte la lengua entera y follarte con ella hasta que me tirases del pelo. Pero no te beso. Me retiro. Te miro. Lamo lo que queda del hielo y dejo que se deshaga del todo en mi boca. Tenía tu sabor. El sabor de tu coño mojado.
Tomé aire en el sillón. Me di cuenta de que había estado conteniendo la respiración desde hacía demasiado rato. Era como salir de un sueño en el que estás a punto de caer y te despiertas justo antes del golpe. Sentí las bragas pegadas a la piel, empapadas, y un latido molesto entre las piernas que iba a la par de mi pulso. Lara descruzó las piernas y siguió hablando, sin descanso.
—Te miro fijo y empiezo a bajarme los tirantes del sujetador —dijo—. Despacio. Uno y luego el otro. El cierre es delantero, ya lo sabes. Y en él se han quedado pegadas dos gotitas de agua que bajaron por mi escote y no encontraron por dónde seguir.
Esta vez no tuve que imaginar nada. En el sillón de enfrente, ella iba haciendo exactamente lo que describía. Tiró del tirante izquierdo y lo enredó en el dedo índice antes de soltarlo. Hizo lo mismo con el derecho. Las dos gotas brillaban sobre el broche, justo como había dicho.
Se inclinó sobre la mesa para coger su copa. Lo tenía fácil: el martini quedaba a su alcance. El mío estaba al otro lado, lejos. Sospeché que había distribuido la decoración del cuarto pensando precisamente en eso.
—¿Quieres? —preguntó, dejando el suyo sobre la mesa—. ¿Te acerco el tuyo?
Asentí porque hablar me parecía un riesgo. Se levantó con mi copa en la mano y caminó hasta plantarse delante de mí. Sentí todos los músculos del cuerpo tensarse a la vez, desde la nuca hasta los dedos de los pies. Se inclinó y me tendió la copa. La tomé con un cuidado exagerado, atenta a no rozarle la mano ni por accidente.
Bebí. Mala decisión: el vodka me dejó la boca aún más seca de lo que ya la tenía. Lo que necesitaba en ese momento era agua. Lo que tenía delante era alcohol y a Lara a treinta centímetros de la cara, con las tetas casi fuera del sujetador y un olor a hembra caliente que me llegaba en oleadas cada vez que respiraba.
Entonces hizo algo que no entraba en las reglas. Metió dos dedos en mi copa, sacó el cubito de hielo y lo levantó hasta su boca. Le pasó la lengua despacio, mirándome sin parpadear, y luego lo chupó como si me estuviera mamando la polla que no tenía, con las mejillas hundidas y los ojos entornados.
—El martini deja la piel pringosa —murmuró.
Y se acercó más. Pegué un respingo cuando el hielo me tocó el cuello. No me había rozado con la mano, pero el contacto del frío sobre la piel caliente me arrancó un sonido que no supe identificar, algo entre gemido y queja. Dos gotas se deslizaron por la curva de mi clavícula y bajaron hasta detenerse en el borde del sujetador.
Acercó el hielo a mi boca. Lo entendí enseguida: tenía que saborearlo. Lo lamí porque no me dejó otra opción y porque, a esas alturas, ya no estaba segura de querer salir indemne. Estaba caliente, casi líquido. Lara siguió arrastrándolo por mi torso, sin tocarme nunca, con un equilibrio imposible. Lo pasó por encima de la tela del sujetador, justo sobre los pezones, y sentí cómo se me endurecían de golpe, marcándose bajo el encaje como dos piedras. Bajó el cubito hasta el ombligo, lo hizo dar una vuelta, y siguió hasta detenerse a un centímetro escaso de la cinturilla de las bragas. Yo tenía la boca abierta y el coño mojándome los muslos.
Su sujetador, ese sujetador suyo de broche delantero que aún no había caído, no se movía. Cuando se inclinaba un poco más, alcanzaba a verle por el escote la piel más oscura, la cumbre de cada pecho, la sombra de los pezones erguidos apretando la tela. La visión me dolió en alguna parte profunda. Me dolieron los muslos, las manos cerradas sobre los reposabrazos, la zona baja del vientre, el clítoris hinchado latiéndome entre las piernas como si tuviera vida propia. Pensé que iba a necesitar el resto de los hielos del congelador para sobrevivir a esa noche, y que a lo mejor tampoco me iban a alcanzar.
El cubito se le terminó. Me sonrió con calma, se dio la vuelta y volvió a su sillón con un caminar despacio que parecía ensayado delante del espejo. El culo, apenas cubierto por un tanga fino, se le movía a cada paso, y yo no pude apartar la vista de las dos medias lunas de carne prieta hasta que se sentó. Solté el aire que llevaba reteniendo. Tenía las uñas marcadas en las palmas de las manos.
Se sentó esta vez con una postura distinta, más abierta, con el codo apoyado en el reposabrazos y la barbilla en alto. Las piernas separadas, el tanga tan mojado que se le pegaba a los labios del coño marcándole la raja entera. Estaba empapada de sudor y de agua del hielo derretido. Me miró como diciendo: «Te toca».
***
—Tal y como estás —empecé, con la voz más firme de lo que esperaba—, me meto entre tus piernas. Lo primero que hago es desabrocharte ese sujetador maldito.
Sonrió. Levantó las manos hasta el broche y lo abrió ella misma. El sujetador se aflojó y cayó por sus brazos hasta quedarle colgando de las muñecas. Sus tetas quedaron libres, perfectas, pesadas, con los pezones oscuros duros como puntas de dedo, mirándome de frente. Me costó un esfuerzo enorme no levantarme del sillón en ese instante, no cruzar los tres metros a cuatro patas y metérmelas enteras en la boca.
—Hago como los bebés —seguí, tragando saliva—. Los agarro con las dos manos, uno con cada palma, y los aprieto hasta que se te escapa un gemido. Me llevo el pezón derecho a la boca y te lo chupo entero, dando vueltas con la lengua alrededor, mordiéndote apenas, tirando de él. Después el otro. Te los dejo brillantes de saliva, tan duros que te duelen. Y mientras tanto, la otra mano se desliza por el costado de tu cuerpo, baja hasta el tanga y, con un dedo, recorro el encaje justo en el borde, donde la tela se hunde un poco en la piel, empapada de ti.
Paré un instante para ver cómo reaccionaba. Esta vez Lara no replicó la imagen con su mano, pero apretó los labios y se le movió la garganta al tragar saliva. Los pezones se le habían puesto tan duros que parecían clavados en el aire.
—Le doy descanso a la boca —continué—. Mi lengua baja en línea recta desde el valle de tus tetas hasta el ombligo. Ahí me detengo. Sé que tienes cosquillas justo ahí. Sé que no aguantas. Y, mientras, el dedo encontró un hueco en el encaje y tira de la tela hacia un lado, apartándola. Tu coño queda al descubierto, hinchado, tan mojado que veo cómo brillas de arriba abajo, los labios abiertos, el clítoris fuera pidiendo boca. Meto la nariz primero. Te huelo. Huelo cada centímetro de ti hasta que me mareo. Y entonces saco la lengua y te doy un lametón largo, lento, desde abajo hasta arriba, aplastándote el clítoris al final con la punta.
Lara cambió de postura. Se le notaba en el cuello, en el modo en que apretaba los muslos, en el temblor mínimo de la barbilla. Se le escapó un jadeo cortado en dos.
—Repito el lametón —seguí, saboreando cada palabra—. Y otro más. Te chupo el clítoris entero, me lo llevo a la boca y lo mamo despacio, como si fuera una polla pequeña. Luego bajo, te meto la lengua tan adentro como puedo, te la follo con ella hasta que tú misma me empujas la cabeza contra el coño. Subo otra vez al clítoris. Ahí me quedo. Ahí te dejo un rato largo, mordiéndote apenas, chupándote hasta que te tiemblan los muslos alrededor de mi cara.
—Joder… —murmuró, casi sin voz.
—Ahora me levanto —dije—. Y cojo un hielo. Pero este hielo no es para mí, cariño. Lo acerco a donde tu cuerpo late más fuerte. Donde tienes más calor. Te lo poso sobre el clítoris y te tiembla todo cuando hago contacto.
Hizo el amago de cerrar las piernas, pero no las cerró. Al contrario: acabó abriéndolas un poco más, como si el cuerpo se le hubiera adelantado a la cabeza.
—Sí, no se parece en nada a ponerlo en el cuello —seguí—. Tú empezaste, querida. Paseo el cubito por los labios de tu coño, arriba y abajo, hasta que se te mezcla el agua fría con lo que estás mojando. Lo empujo despacio contra la entrada y lo introduzco. Poquito a poquito, hasta que se te mete entero. Tú aprietas por dentro para no soltarlo. Lo saco con dos dedos. Lo lamo igual que hiciste tú antes, con tu sabor pegado. Repito. Otra vez. Te lo vuelvo a meter, esta vez con dos dedos empujándolo hondo, y te lo dejo ahí mientras te chupo el clítoris por encima. Hasta que el cubito se hace pequeño y entonces sí, me lo meto entero en la boca, con tu jugo y todo, y me lo trago.
—Espera —me cortó, con la voz entrecortada.
Levanté las cejas, sin moverme.
—Hay solo una cosa diferente —dijo—. Yo sí te toqué con el hielo. Tú no me has tocado todavía.
Sonreí. Era una invitación con forma de reclamo. Me levanté del sillón con las piernas dormidas y el corazón en alguna parte de la garganta, y me acerqué a la mesa. Quedaba un cubito flotando en mi copa. Lo saqué con los dedos, pringosos del martini.
Cuando llegué a su sillón, ella ya se había quitado el tanga. Lo había dejado doblado sobre el brazo del sillón, como una pieza de ropa de muestra, retándome a hacer lo que acababa de describir. Tenía el coño abierto, brillante, y un hilo de humedad le bajaba desde el culo hasta el cojín. No iba a defraudarla. Me arrodillé entre sus piernas, le pasé el hielo por los pezones primero, uno y luego el otro, hasta que se los dejé tiesos y rojos. Bajé por el vientre. Le rocé el ombligo. Y llegué al coño.
Cumplí cada palabra que había dicho, una por una, sin saltarme ninguna. Le lamí los muslos, le comí los labios de abajo despacio, le chupé el clítoris hasta que empezó a gemir con la boca cerrada, apretando los dientes para no gritar y despertar al vecindario entero. Le metí la lengua tan hondo como pude y la follé con ella hasta que me apretó la cabeza contra su coño con las dos manos, tirándome del pelo. Después usé el hielo. Se lo pasé por todos los pliegues, se lo introduje despacio, la vi arquear la espalda cuando el frío la abrió por dentro. Se lo saqué y lo lamí, salado y dulce a la vez. Se lo volví a meter con dos dedos empujando. Y cuando el hielo se hizo pequeño, me lo pasé a la boca y seguí chupándole el clítoris con él dentro, hasta que se corrió temblando entera, con los muslos cerrándose alrededor de mi cara y un gemido largo, ronco, que le salió del fondo del vientre. Hasta que el hielo se acabó en su piel y en mi boca. Hasta que Lara se me deshizo encima como se le había deshecho a ella el cubito en el puño.
Nos quedamos así un rato largo, calladas. Yo arrodillada delante de su sillón, con la boca todavía brillante de ella, ella con la espalda echada hacia atrás contra el respaldo y las piernas abiertas sin ganas de cerrarlas. Ya no quedaban hielos, ni martinis, ni reglas. Solo nuestra respiración y el zumbido de la nevera al fondo del piso. Me senté en el suelo, con las piernas dormidas de verdad, y apoyé la cabeza en su rodilla durante un minuto entero, oliendo el rastro de su corrida en mi propia cara.
—¿Nos damos una ducha? —preguntó.
Sonreí contra la piel de su muslo. Esa vez, la regla se rompió antes de llegar al baño.